miércoles, abril 29, 2026
Ideas
Gianna Benalcázar Manzano

Gianna Benalcázar Manzano

Fotoperiodista, apasionada por temas de derechos humanos, género y niñez.

El amor como resistencia silenciosa

Tal vez amar en este tiempo enloquecido con placebos, ruidos y máscaras sea el último gesto humano auténtico que nos queda, no por nostalgia, sino por convicción.

El sociólogo Zygmunt Bauman lo dijo claro: hoy los seres humanos no buscan relaciones, buscan conexiones. Se activan cuando las necesitan y se apagan cuando incomodan. Antes, las relaciones requerían tiempo, paciencia y esfuerzo; ahora predominan los vínculos on demand, sin demasiado peso, sin demasiada promesa, siempre con una salida de emergencia. El problema es que el cuerpo humano no funciona en modo descartable: necesita apego, repetición, seguridad. Por eso algo duele aunque “todo esté bien”. Queremos vínculos profundos, pero también buscamos irnos sin explicaciones y esa contradicción, cansa más de lo que parece. Bauman no decía que amar fuera imposible, decía que amar requiere frenar en un mundo que nos empuja a correr. Quedarse, hoy, es una decisión valiente.

En este escenario de vínculos livianos y afectos con salida de emergencia, la era del amor líquido se impone: ese amor que se escurre entre los dedos antes de tomar forma y en el que aún así, coexistimos algunos necios románticos que resistimos, creyendo que sentir a tope todavía vale la pena, incluso cuando el mundo asegura que nadie tiene tiempo para el amor ni para el proceso. Enfrentamos la recesión del amor, un tiempo donde el desapego se aplaude, en el que la ternura se convierte en el acto más valiente de todos y el amor es una resistencia silenciosa.

Y es que sentir ya no está de moda, mostrarse interesado, admitir que alguien nos importa está en otro nivel de intimidad y esa vulnerabilidad está mal vista en una época donde se valora la autosuficiencia emocional.

La verdad es que amar sin miedo se ha convertido en una forma de rebeldía. No sé en qué momento sentir se volvió un riesgo, tal vez desde que aprendimos a disfrazar el deseo por indiferencia y a maquillar la soledad con independencia. ¿Desde cuándo el amor se transformó en un intercambio rápido, en una emoción con tiempo de caducidad? En estos tiempos el amor es un mensaje y el desamor otro que se deja “en visto”, y cuando el sistema nervioso se adapta al aislamiento empieza a llamar seguro a lo que es frío y peligroso a lo que es íntimo. 

Sentir ya no está de moda, mostrarse interesado, admitir que alguien nos importa está en otro nivel de intimidad y esa vulnerabilidad está mal vista en una época donde se valora la autosuficiencia emocional.

Sobrevivimos entre vínculos desechables tan moldeables como efímeros, ¡pero no tan rápido! Hubo un tiempo en que el amor no daba vergüenza, los trovadores escribían versos dedicados a sus amores imposibles, los románticos morían por correspondencias apasionadas y hasta los filósofos intentaban entender ese misterio que desordena el mundo. Ovidio lo sabía. En el amor no basta atacar, hay que tomar la plaza»

El amor, durante siglos, fue una experiencia total: humana, transformadora, incluso peligrosa, pero nunca, nunca ridícula. Hoy, en cambio, vivimos en la era del hookup culture, del ghosting, del gaslighting, del orbiting, del love bombing  y por supuesto, del scroll infinito. Las apps de citas reemplazaron la espera, la mirada, la historia y la inmediatez sustituyó al proceso. ¡Qué panorama tan desolador el del amor moderno! Un completo “estropeo emocional” (frase de mi querida prima).

Amar se volvió un acto casi subversivo, un desafío a la lógica del consumo donde todo -obvio también las personas- se usan, se prueban y se descartan. Sin embargo, algo muy dentro de nosotros sigue buscando lo mismo de siempre: el roce sincero, la palabra que abriga, la mirada que no huye sino más bien atraviesa, el abrazo interminable, esos besos que alborotan fibras, simple y llanamente el amor, el que no compite, que no manipula, que no teme mostrarse.

Quizás hoy, la forma más radical del amor contemporáneo es el amor benigno, aquel que no es tibio, es un amor que elige la ternura como postura política en un mundo donde la dureza se confunde con éxito, el amor manso se atreve a escuchar, a sostener, a quedarse, a mirar de frente sin cálculo, a decir “me importas” sin esperar a que el algoritmo lo apruebe.

Hace algunos meses hablaba con un amigo escritor, uno de esos románticos empedernidos que, como yo, sigue creyendo que el amor no ha desaparecido del todo, solo está en peligro de extinción como las especies nobles. Nos reíamos de nosotros mismos, dos idealistas aferrados al corazón en plena era del desapego. Mientras el mundo se desliza entre “amores evaporados’’, nosotros seguimos creyendo que un día alguien leerá nuestros mensajes y responderá con toda el alma, y no con un emoji o un gif. Ridículos, románticos de otro siglo #SíSomos, pero también muy esperanzados.

Le contaba conmovida y, entre suspiros, la analogía que había hecho con “un ser” (obvio mi yo romántica y vergonzosamente desfasada), y la vez que estuve en un quirófano documentando fotográficamente un trasplante de corazón. Tenía grabado en mi mente el momento y el sonido exacto en que el nuevo corazón fuerte, vibrante y lleno de vida empezó a latir dentro de ese cuerpo que, por segundos, estuvo inerte, fue fascinante… Muy emocionada le dije: “eso mismo ocurre cuando te abres al amor, es un renacer, un pulso que sacude lo que creías dormido”. Él plenamente convencido asentaba con la cabeza mientras tomaba su café.

Y es que ser sensible en realidad es ser valiente, es animarse a sentir con toda la piel, con cada poro, con cada  neurona, aún sabiendo que el otro puede irse. Es sostener la esperanza sin ingenuidad, besar con los ojos abiertos, sin promesas, pero con presencia. Este amor no necesita garantías, no se construye desde el control ni desde el miedo a perder, sino desde la claridad y la libertad de ser auténticos. Y si no hay final feliz, tal vez sea porque el final feliz depende de dónde ponemos el punto final. Amar así no siempre te asegura compañía, pero  te salva del cinismo por un momento porque sentir sigue siendo la justificación de que estamos vivos. Y si amar de verdad nos vuelve vulnerables, que así sea.

Pero no, ya no funciona así, la gente ya no quiere amar, quiere ganar. El mundo de hoy nos acorrala a vivir una encrucijada cruel, una competencia de quien se enamora primero para dejarlo ir, de quien demuestra menos interés y, paralelo a esto, nos aterra sentirnos expuestos, reconocer que alguien nos tocó de verdad, que hubo piel, alma y coincidencia.

Nos refugiamos en avatares fríos, impenetrables, nos protegemos tras silencios y ambigüedades en redes sociales, siendo conscientes en lo más profundo de nuestro inconsciente que no es fortaleza, es fragilidad bien trajeada de control, tampoco es cobardía y mucho menos falta de sentimiento, es el ego que hoy pesa más que la razón y los sentidos; un veneno puro de la modernidad.

Tal vez amar en este tiempo enloquecido con placebos, ruidos y máscaras sea el último gesto humano auténtico que nos queda, no por nostalgia, sino por convicción, porque sentir con miedo, con heridas, sigue siendo la manera más honesta de existir y temer ser amado es estar muerto aunque tengamos pulso.  En un mundo que celebra la desconexión, los que aún nos atrevemos a amar sin cálculo, quizás seamos los verdaderos rebeldes: los que, pese a todo, elegimos seguir latiendo.

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