Fidel Castro: “Hasta la victoria, siempre”. 66 años en el poder. Más de 7.000 asesinatos y desapariciones de opositores.
Nicolás Maduro: “Hasta la victoria, siempre”. 12 años en el poder y cerca de 9.500 muertes en manos de los cuerpos armados del chavismo (amén de los 14 años de Hugo Chávez y las más de 200.000 muertes violentas durante su mandato).
Daniel Ortega y su esposa-comandanta Rosario Murillo: “Hasta la victoria, siempre”. 23 años en el poder (sumando los periodos 1985-1990 y 2007 al presente). 684 muertos en protestas sociales desde 2018.
Rafael Correa cerraba sus discursos con el “Hasta la victoria, siempre”. Su alfil, Luisa González, también lo hace hoy, pero atribuye la frase a Eloy Alfaro. Y cuando dicen “siempre” van en serio. En esto —hay que reconocerlo— son brutalmente honestos.
La candidata correísta González ha dicho que necesitará al menos dos períodos (ocho años) para “el resurgir de la patria”. Andrés Arauz, secretario ejecutivo de la Revolución Ciudadana y candidato presidencial en 2021, dijo en su momento que el correísmo necesitará de 50 años para una transformación radical de Ecuador.
Actualmente, a medio camino entre el sarcasmo y la sinceridad, varios militantes, admiradores y excontratistas en el correísmo hablan de una suerte de “gaddafización del Mashi”, en alusión a Muamar el Gaddafi y los 42 años en que el dictador rigió los destinos de Libia, a sangre, fuego y violaciones sexuales, hasta su asesinato en 2011.
Es decir, bajo esta lógica, sería prioritario que Rafael Correa vuelva y rija los destinos del país —él, no González, Arauz, Borja, Aguiñaga o quien sea el ungido para la papeleta—. Que él vuelva y gobierne este platanal quizás hasta que se le caiga el último pelo de su encanecida cabellera.
Durante las cuatro décadas de Gaddafi, Libia experimentó un proceso de transformación estructural de su economía, a partir del boom petrolero de finales de los 60 y la nacionalización de sus incipientes industrias. Pero parte de la factura de aquella “transformación” se tradujo en decenas de miles de asesinatos con connotación política. Se estima que solo en los últimos 10 años de su dictadura hubo cerca de 8.000 muertes de rebeldes u opositores.
Hablar de la “gaddafización del Mashi”, sea en tono sarcástico o como un ataque de sinceridad, es hablar de un ejercicio de consolidación violenta del poder en torno a un solo líder fraternal, mesías, jerónimo, comandante eterno o como quiera llamarse al caudillo. Y esa personificación violenta del poder supone los últimos días de una democracia.
El correísmo es transparente. Existen más de 70.000 millones de razones para volver al poder y quedarse en él. En 2015 ese afán ya puso al país al filo de una fatal confrontación, cuando se discutían propuestas de reforma constitucional para atornillarse en Carondelet.
No haber dado paso a estas reformas, no haber avanzado en un proceso de mayor instrumentalización política de la fuerza pública y no haber acelerado la conformación de colectivos ciudadanos armados quizás sean esos inconfesables ejercicios de autocrítica que muchos correístas se habrán hecho, en su fuero interno, desde la noche del 24 de mayo de 2017. Quizá Ricardo Patiño, asambleísta electo, tenga más claro este panorama…
Desde 2017, el correísmo no ha desmayado en su intento de volver al poder por las tranqueras, a fuerza de estallidos, sistemáticos boicots desde la Asamblea y ciertas “ñañerías” con el crimen organizado, como ha quedado retratado para una oscura posteridad en el caso Metástasis.
Si el domingo 13 de abril Luisa González pierde, sería su segunda derrota consecutiva personal y la tercera derrota consecutiva del correísmo. La cuarta, en realidad, si se suma el viraje de Lenin Moreno, el 30 de septiembre de 2017, cuando rompe con Jorge Glas.
Si ocurre esa derrota, sería también la enésima constatación de que la Revolución Ciudadana no tendrá futuro si Rafael Correa sigue poniendo ají a todos los platos de mote de su militancia. Pero también sería la enésima comprobación de que la Revolución Ciudadana no tiene presente alguno sin Correa. Hay figuras que advierten claramente esta paradoja, como Marcela Aguiñaga, y hasta el 2029 algún nuevo movimiento político ya se les ocurrirá. Ese es el reto…
Una potencial nueva derrota convertiría al correísmo en el bucaramismo del siglo XXI: una esperma derretida en la gran llama de nuevas pasiones políticas que busquen la captura de todos los poderes del Estado. Porque si antes esa gran llama era amarilla, luego fue verdeflex y ahora se pinta de violeta.
¿Qué pasaría, en cambio, si la Revolución Ciudadana vuelve al poder? Varias pistas están dadas en las declaraciones de los principales voceros del movimiento, declaraciones en las cuales un nuevo modelo de país es eclipsado por una agenda de impunidad para los líderes de la organización.
El correísmo, como modelo de administración pública, es incompatible con la camisa de fuerza de la dolarización. Es incompatible con un escenario fiscal en que el precio del petróleo esté por debajo de los USD 80 por barril. Es incompatible con una idea de alternancia democrática y un esquema de pesos y contrapesos democráticos.
De vuelta al poder y para acelerar las “transformaciones” prometidas, el correísmo pudiera apostar por un proceso de “nicaragüización” de la convivencia social en el país. Tras su década en el gobierno quedó claro que abusar del derecho penal no fue suficiente para “podar la maleza” de la oposición y las miradas críticas.
La radicalización de las transformaciones requeriría de “guardianes” del proyecto. Ya no de esos guerreros digitales que luego se pasan al bando de quien les ofrezca mayor presupuesto. Ya no de esos superintendentes y alguaciles de la prensa, porque para entonces ya casi no habría prensa. Ya no de contralores y fiscales de bolsillo, si el retorno al poder significará el retorno del patriarca que es jefe del Poder Ejecutivo, Poder Legislativo, Poder Judicial, Poder Electoral, Poder de Transparencia y control social…
Los más orgánicos correístas saben que a su proyecto le faltó “guardianes”. Daniel Ortega y su esposa-comandanta Rosario Murillo saben lo fundamental que es contar con guardianes de una nueva revolución en Nicaragua. Por eso, el pasado 26 de febrero, en la Plaza de la Fe, de Managua, el país y la región quedaron atónitos tras la presentación de 30.000 encapuchados como “policías voluntarios”, que se suman a los 50.000 individuos armados de los cuerpos auxiliares, en un país en que la policía oficial cuenta con apenas 17.299 miembros.
Representantes de las pocas organizaciones de la sociedad civil que aún quedan en Nicaragua sospechan que muchos de quienes integran los cuerpos auxiliares y voluntarios fueron parte de los cerca de 40.000 reos comunes que el matrimonio Ortega-Murillo ha ido liberando en la última década.
¿Por qué regímenes como el de Cuba, Venezuela o Nicaragua se han sostenido por décadas? Entre otras razones, por la violencia de Estado ejercida por estos “guardianes” del proyecto político: soplones en cada esquina y en cada barriada, pero con un arma al cinto.
En eso Gaddafi dio tres vueltas a los Castro, Chávez, Maduro y Ortega juntos. El dictador de Libia contó con 200.000 tipos armados, entre el ejército oficial y un cuerpo privado de seguridad. Y al final terminó sus días acuchillado en las nalgas, apaleado y con un balazo en la sien y otro en el torso.
Hablar de la “gaddafización del Mashi”, sea en tono sarcástico o como un ataque de sinceridad, es hablar de un ejercicio de consolidación violenta del poder en torno a un solo líder fraternal, mesías, jerónimo, comandante eterno o como quiera llamarse al caudillo. Y esa personificación violenta del poder supone los últimos días de una democracia.
