domingo, octubre 11, 2026
Ideas
Diego Ordóñez

Diego Ordóñez

Abogado, ex secretario de Seguridad del Estado

Los malos necesitan de los estúpidos

Los estúpidos, que no son tontos, sino que renunciaron al “deber ético de pensar” aplauden los abusos, aplauden la represión para saciar sus odios y pasiones.

En 1961, la politóloga alemana Hannah Arendt fue enviada como reportera del semanario The New Yorker a cubrir el juicio contra Adolf Eichmam, quien fue apresado en Buenos Aires y trasladado a Tel Avív para ser juzgado por atroces crímenes contra la humanidad. De esa experiencia desarrolló el concepto de “la banalidad del mal”; es decir, cómo se resta importancia a la maldad y se enajena la voluntad a esa maldad.

Arendt no caracterizó a Eichmann como un ser perverso, lo observó como un arquetipo del burócrata-autómata, dispuesto a seguir órdenes y que, fundamentalmente, renunció a su capacidad de pensar, de razonar, de criticar. Fue el “coordinador” de la infame “solución final”, aquella aplicada en los campos de concentración para consumar el genocidio contra el pueblo judío. Fue condenado a morir ahorcado.

Un alemán, pastor, Dietrich Bonhoeffer, fue hecho preso por los nazis por denunciar las atrocidades ejecutadas por los ciudadanos contra los judíos. En la cárcel escribió cartas en la que reflexionaba sobre la razón de que un país de músicos y poetas se haya convertido en uno de cobardes y criminales; y lo atribuyó no a la maldad sino a la estupidez. Convertidos en herramientas del mal, personas que renunciaron a su autonomía y voluntad se volvieron impermeables a la razón y la verdad. Bonhoeffer argumentó que la estupidez es más peligrosa que la maldad; pues se puede denunciar la malicia, pero frente a la estupidez estamos indefensos. Carlo Cipolla, autor italiano, en Las leyes fundamentales de la estupidez humana, también aborda el fenómeno de cómo las personas estúpidas se convierten en instrumento de la maldad. Algo parecido a lo que Ortega y Gasset definió como “hombre masa”: una persona que no es tonta, pero que ha renunciado a su individualidad, que se suman a la multitud, que se emborrega y carece de personalidad propia.

Para Immanuel Kant, “pensar por uno mismo es un deber ético fundamental de la razón y una obligación indispensable”. Aducía a la capacidad y obligación de los seres humanos de mantener un espíritu crítico como herramienta del conocimiento.

Pero, ¿qué es el mal? Aunque se quisiera relativizar, es en general toda conducta intencional que se origina en el deseo de provocar daño, perjudicar, reprimir. Hay ejemplos horrendos de dictaduras que produjeron muerte, hambruna, devastación, por el simple deseo de acumular poder o de la obsesión irracional y fanática a una idea. Aparte de los nazis que mataron o provocaron la muerte de 17 millones de personas, Mao llevó en su conciencia a 50 millones de chinos, muertes por hambre o repletos los intestinos con lodo, bajo el lema del “gran salto adelante”. Stalin y los jerarcas comunistas, provocaron la muerte humillante por hambre, ejecuciones y torturas de 20 millones de soviéticos. Todos estos malvados estuvieron rodeados de estúpidos que dejaron de pensar, de razonar; doblegaron su ética y con voluntad se convirtieron de artífices de acciones perversas. Y los hay todavía de dictadores descomunales en Corea del Norte, en Cuba, en Nicaragua.

Este fenómeno de la maldad y la estupidez combinada también admite niveles. Están estos eventos de la historia del presente, que provocaron tanta destrucción y que sembraron la tierra de millones de cuerpos; y también esta el nivel de la vida diaria o de los fenómenos que se diferencian cuantitativamente de los casos mencionados pero que, cualitativamente, se asemejan en el concepto: un liderazgo y un batallón de estúpidos aplaudiendo y resonando sin beneficios de inventario.

Chavez y Maduro no habrían durado tanto y provocado la diáspora de sus conciudadanos, sino habría habido una recua de estúpidos dentro de Venezuela y fuera de ella apoyándoles y agraciándoles con lenguaje de propaganda. El Foro de Sao Paulo y el Grupo de Puebla agrupan a esa detestable clase de estúpidos que se creen inteligentes y moralmente superiores; pero no son sino expresión de bajeza moral y cinismo. Ahora que se ha ventilado la cloaca de corrupción, ninguno de sus integrantes ha tenido la integridad de reconocer y repudiar lo que apoyaron. Castro se fue de esta dimensión con la certeza de haber estado en lo cierto, porque tuvo en su entorno estúpidos de gran talla intelectual que eran su corte.

Los estúpidos, que no son tontos, sino que renunciaron al “deber ético de pensar” aplauden los abusos, aplauden la represión para saciar sus odios y pasiones. No alzan la mirada ante el líder y agachan la cerviz para agradarlo. Y también están los estúpidos a sueldo, mercenarios del pensamiento, que alquilan micrófonos y su verbo a los nuevos y pequeños autoritarios.

El drama de esta realidad es para aquellos que entendemos la existencia como un permanente cuestionamiento del pensamiento; de una constante dialéctica, de espíritus libres que no se someten a la lógica tribal de los bandos en pugna; intentando no ser estúpidos ni borregos de nadie; que no banalizamos el mal, que lo identificamos y lo combatimos. El precio es alto, no debería ser así pero lo es.

 

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