Hace unos días se conocieron los resultados de la evaluación de la educación básica ecuatoriana realizada por PISA (Programa de Evaluación Internacional de Estudiantes), el estudio mundial llevado a cabo por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE). La particularidad de esta evaluación es que no solo se centra en el conocimiento académico, sino que también se enfoca en la utilización que dan los estudiantes a estos conocimientos.
Los resultados fueron desalentadores, develando que Ecuador en educación básica ocupa un puntaje muy bajo. El país obtuvo los siguientes puntajes 385 en lectura, 393 en ciencias y 366 en matemáticas. Singapur, que alcanzo el primer lugar en las pruebas, tiene un promedio de 535. Ecuador tiene 24 puntos menos que en el 2017 y en matemáticas se ubicó en el puesto 76 entre 91 países. El 82,6% de los estudiantes ecuatorianos evaluados mostraron deficiencias en al menos un dominio.
El Ecuador pagó más de un millón de dólares (USD 1’446.000) por participar en esta evaluación y la ministra de educación indica que esto servirá para saber en dónde actuar y tomar correctivos. Sin embargo, el Instituto Nacional de Evaluación, INEVAL, realiza pruebas anuales a estudiantes, pruebas que son suficientemente competentes y frecuentes como para dar estas alertas. Desde hace una década, estas pruebas han dado resultados desalentadores, en un promedio de 6.7 /10 (ni siquiera se llega al mínimo 7) en las diversas asignaturas y no se ha tomado una sola medida de política pública o de reorganización curricular para corregir estas falencias.
La medición de PISA, se dirige hacia las competencias, el eje de la reforma curricular esbozada por el correísmo, retomada por la ministra María Brown en el gobierno de Lasso y finalmente abortada en el gobierno de Noboa. Es decir, se evalúan competencias educativas en un entorno curricular que sigue en las destrezas. Pero sobre todo, develan que cada año la educación básica ecuatoriana está cada vez peor.
La ministra dice, además, que ante estos resultados el Gobierno va lanzar un plan de mejora, como si los planes de mejora se hicieran efectivos en seis meses. De hecho, otra declaración populista a lo que nos ha acostumbrado el gobierno. Los planes de mejora tienen que partir no solo de resultados cuantitativos si no de estudiar factores asociados, tienen que planificarse estratégicamente y considerar los recursos económicos y humanos para hacerles efectivos. Esa mera declaración con tufo político no se ha acompañado de alguna medida compensatoria, de revisión de política pública y mucho menos de consulta a la academia y a las ONG que trabajan sobre estos temas. Es otro de los planes que se reducen a declaraciones mediáticas. Como el Plan Fénix, que hace dos años prometía acabar con la inseguridad y dos años después somos el país que tiene seis de las diez ciudades más peligrosas de Latinoamérica.
La señora ministra de educación dice que se arrastran brechas importantes. En parte tiene razón: en materia de educación no ha cambiado la orientación funcional-constructivista, guiada por la psicopedagogía desde el año 1996, con Raúl Vallejo, ministro de Educación de Rodrigo de Borja (1988-1992), y luego de Alfredo Palacio y Rafael Correa en periodos no repetidos. El correísmo invirtió en educación, fortificó al Ministerio, incrementó los salarios de los maestros, desarrolló tres intentos de reforma curricular sin cambiar de paradigma y cerró escuelas comunitarias. Moreno improvisó en la pandemia y 150 mil estudiantes quedaron fuera del sistema; la ministra del lassismo, María Brown, intento una reforma por competencias que no cuajó y Noboa fusionó educación, cultura, deportes y educación superior en un solo ministerio. Esta concentración de funciones hace imposible un adecuado tratamiento de formación docente o recomendaciones metodológicas para aterrizar los currículos. Los indicadores muestran que hemos sido pisados por PISA y además de llorar no se avisora mejoría. El gobierno no incrementa el presupuesto ni revisa la política educativa con la participación de la academia. Así, los indicadores de educación seguirán cayendo. PISA nos seguirá pisando.
