miércoles, septiembre 16, 2026
Ideas
Patricio Moncayo

Patricio Moncayo

PhD. Sociólogo. Catedratico universitario y autor de numerosos estudios políticos.

Iván Carvajal: el valor de la disidencia constructiva

Iván Carvajal fue un disidente. En su obra se respiran aires con mayor apertura a la interpretación intelectual sin caer en el idealismo, pero tampoco dejándose atrapar por el determinismo.

Iván Carvajal ha partido, pero nos deja su devoción por la verdad. Con razón se lo califica como uno de los pensadores más destacados de la literatura ecuatoriana. Como poeta y filósofo consagró su vida a descifrar sus misterios. La política no le fue ajena. Su comprensión de la historia se nutrió de sus lecturas y de sus reflexiones. No se dejó arrastrar por las ideas dominantes en el círculo de sus correligionarios. Fue capaz de discrepar con sus amigos, pero estudiando a profundidad sus ensayos.

En ¿Volver a tener Patria?, escrito en la revista Cuadratura del círculo, Iván toma distancia de los enfoques de escritores de la talla de Agustín Cueva, Fernando Tinajero, y Ulises Estrella. O sea, se midió con pesos pesados del grupo de los sesenta. No suscribió las críticas que ellos hicieron a los autores de 1940 y 1950. Y aunque no comulgaba con su pensamiento, reivindicó el valor de la estética con independencia del contenido de sus obras. De esta manera Iván, sin claudicar con sus principios, inauguró una nueva forma de encarar el debate.

Refiriéndose al libro editado por Ulises Estrella, Los años de la fiebre, destacó  el aporte de Fernando Tinajero, “uno de  los más reflexivos escritores de su generación”. Señaló  las “imprecisiones de Tinajero”, pero  sin negar  su honradez intelectual. Los tzántzicos fueron un movimiento  que se inscribió en las promesas revolucionarias de los sesenta. Desde esa fiebre cuestionaban el “contenido de clase de la cultura ecuatoriana” y asumieron la tarea de desmitificar la Casa de la Cultura fundada en 1944 que se habría convertido en “la capilla de una izquierda ritual” que no percibía  “la incontenible derechización del país”. Cierto es, escribe Tinajero,  que en la década de los cincuenta aparecieron algunas obras de gran aliento lirico o narrativo, pero a pesar de ellas, sigue Tinajero, “el ambiente que dominaba  era el de una  modorra decadente”.

Carvajal vio en la crítica de los intelectuales de izquierda a los escritores de la derecha una percepción maniquea que eludía sitemáticamente la confrontación de argumentos y la verificación de los hechos. Descalificarlos por ser de derecha no le parecía a Iván un procedimiento epistemológicamente justo. Los de izquierda, dijo, “siempre reconocidos y salvados, aun en casos en que resulta evidente la pobre calidad estética de sus obras”.

Entre las imprecisiones de Tinajero, Iván destaca la de dar al “realismo social” un contenido de clase  proletario o campesino. Aun para los setenta, en  el Ecuador no se podía hablar con propiedad de una clase obrera, dada su incipiente industrialización.  Iván sostiene: “Una izquierda  conformada básicamente  por intelectuales,  maestros y estudiantes, no podía tener otras capillas que no fuesen la Casa de la Cultura, las universidades,  los pasillos de algún colegio fiscal, los penosos locales de las organizaciones sindicales,  y los cafés”.

Por eso aventura una hipótesis: los intelectuales de izquierda que criticaron la propuesta de Benjamín Carrión de volver a tener patria, terminaron asumiéndola. A su modo, y en silencio, se pusieron a la tarea de volver a tener patria.  

La militancia intelectual de Carvajal convirtió el conocimiento en un arma para desterrar los dogmatismos y abogó por la libertad de pensamiento individual. Su crítica se extendió a los intentos de desmitificación de la historia patria y su reinvención. Las nuevas versiones de la historiografía a los inicios de los setenta, con Agustín Cueva, Alejandro Moreano, Fernando Velasco y Jaime Galarza enriquecieron la idea de la nación con el componente popular, mestizos e indígenas de su historia; se procede a una revisión crítica de la historia del siglo veinte. La influencia marxista, sin embargo, dio a esta historiografía un marcado sesgo economicista. Sin embargo, en poco tiempo la historiografía adquirió la autonomía suficiente como para superar ese sesgo y valorar otras dimensiones del acontecer social con Juan Maiguashca, Andrés Guerrero y Segundo Moreno.

Iván Carvajal fue un disidente. En su obra se respiran aires con mayor apertura a la interpretación intelectual sin caer en el idealismo, pero tampoco dejándose atrapar por el determinismo.

¡Cuánto ganaría la política con debates esclarecedores como los planteados por Iván, que no menoscaben los méritos de sus contendores y descubran el valor de quienes piensan de manera opuesta!

Iván sigue vivo. Los reparos metodológicos y teóricos formulados a los ensayos de los pensadores que le precedieron, y que también marcaron caminos, esperan respuestas. Así se construye el saber.

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