El gran filósofo y humanista Jürgen Habermas, fallecido hace muy pocos días, sostenía que la construcción de la opinión pública requiere de un espacio público libre, en el cual los ciudadanos interesados en el debate público y las organizaciones de noticias interactúen con los actores del poder político. Este proceso de deliberación buscaba decantar los argumentos y agavillarlos según sus fortalezas y los apoyos que alcanzaran en las arenas públicas.
La tesis habermasiana fue fruto del proceso político que observó en su Alemania natal, donde percibió en vivo cómo se producía la deliberación, de la mano de los mejores argumentos. Este registro lo llevó más adelante a ser uno de los promulgadores de la democracia deliberativa, una de cuyas divisas es la libertad en el pensar y en el actuar, y la expulsión de los dogmatismos y determinismos.
Esta condición la encuentra Fernando Vallespín, uno de los pensadores habermasianos que mejor comprendió al filósofo, en la independencia de Habermas que hasta le llevó a distanciarse de sus maestros: Theodor Adorno y Max Horkheimer https://elpais.com/ideas/2023-11-05/jurgen-habermas-el-gran-pensador-de-la-conversacion-democratica.html. Tal alejamiento tuvo repercusiones en su vida profesional y laboral, pues Habermas no pudo incorporarse a la docencia universitaria inmediatamente después de su disertación doctoral, sino luego de algunos años y gracias al apoyo de otros filósofos.
A raíz de su deceso, varios intelectuales volvieron a calificar de candidez y de ingenuidad extrema la posición habermasiana y unos cuantos de ellos se dedicaron a sostener que nunca reconoció al feminismo ni a las propuestas identitarias. ¿Se lo creerán, realmente? Probablemente varios de ellos sean quienes suscriban y prediquen los postulados del marxismo cultural, que sustituyó a aquello de la lucha de clases tras la caída del muro de Berlín, hace poco menos de 40 años. Y sean quienes desconozcan e ignoren lo que Vallespín caracteriza como la “flexibilidad intelectual” que le permitió a Habermas llevar adelante una suerte de alquimia en la cooperación entre filosofía y ciencias sociales. ¡Imposible el reduccionismo en el pensamiento habermasiano!
Cierto es que Habermas en su libro Historia y crítica de la opinión pública (HCOP), publicado en 1962, fruto de su tesis doctoral, no menciona ni los aportes de las mujeres ni reconoce suficientemente cuan valiosa es la diversidad cultural. Pero luego, con gran humildad, atendió estas ausencias y en su famoso —aunque muy poco citado— prefacio a la edición alemana de 1990 de HCOP, examina aquellos aspectos que le cuestionaron y aquilata las ideas de pensadores liberales, de los estudios culturales y del feminismo.
Habermas fue un humanista; nunca desconoció la condición humana y en eso comulgó con Hannah Arendt. Y fue un demócrata convencido de las oportunidades que da este régimen político a toda la humanidad, con lo cual también concuerda con Arendt.
En aquel prefacio renueva sus cuestionamientos iniciales sobre como ciertas disciplinas derivadas de la comunicación fueron colonizadas y luego colonizaron la esfera pública, y ejercieron de sirvientas de la publicidad del poder político y económico, a través de su mercantilización. Habermas también mantuvo su crítica a las prácticas de cierta prensa, no independiente, y resaltó la necesidad de que ella mantuviera su autonomía, rigurosidad, pluralismo y se conservara distante de todo ideologismo, sea de derecha o de izquierda. En 2007 ya alertó sobre las presiones que los financistas de los medios de comunicación podían desplegar sobre el ejercicio del periodismo, priorizando el dinero fácil y el cortoplacismo.
Su crítica en decenios posteriores la dirigió hacia las redes sociales y a su influencia en el periodismo y entre los periodistas. En el que sería su último libro, el pensador cuestiona a la red social X y a la dictadura de los likes, por actuar como elementos de presión al ejercicio libre del periodismo, dado que afecta sus procedimientos y sus bases económicas.
Estas reflexiones siguen ayudando a reflexionar sobre los riesgos que Habermas percibía en la formación de la opinión en los espacios públicos. Si hasta hace unas décadas se consideraba que el mayor peligro era la pérdida de independencia de las organizaciones de noticias dada su sujeción al poder económico y al poder político, ahora es posible afirmar que otra amenaza es la del predominio del poder ideológico. Este puede desvirtuar la rigurosidad en el tratamiento de la información desplegada. Cuando faltan los antecedentes y el contexto o cuando hay desniveles en la difusión y contrastación de unos hechos y de otros este riesgo se presenta. Y en momentos como este, con tanta confusión, tanta desinformación y tanta mentira difundida y aceptada por millares, se convierte en un gran escollo para la democracia y la vida social en paz.
Estos cambios socioculturales y económicos constriñen los espacios para el mejor argumento y por añadidura alimentan la fuerza del ideologismo. El mal afecta tanto a la prensa que cada vez con mayor desparpajo se define como de izquierda, o como de derecha. ¿La prensa libre e independiente está dejando de existir?
En estas condiciones, el mejor argumento propuesto por Jürgen Habermas no tiene en este momento mucha cabida. El ideologismo rechaza los argumentos. Solo admite la creencia, la fe ciega. Y la obediencia.
