El caso de la Fybeca en Guayaquil no fue sino un ejemplo más de la crueldad que puede acompañar la vida de la policía nacional. Qué inmensa lista de las atrocidades cometidas en el país entero a nombre del orden nacional, de la justicia, de la buena imagen de la misma policía. Todo huele a putrefacción. La palabra y la ética asesinadas y lanzadas al muladar con los cuerpos de ciudadanos asesinados a sangre fría, con premeditación y alevosía. Asesinados por delincuentes comunes disfrazados con la vestimenta de la policía nacional. Esos desaparecidos y a los que sacaron vivos de la farmacia y de los que nunca se volvió a saber nada.
Las Dolores, esas tres esposas, no renunciaron ni a su dolor ni a su voz. Por ello a lo largo de los años han seguido insistiendo por una justicia que nunca les llega porque el sistema entero se halla contaminado con el mal de lo perverso, de la falacia, del engaño. ¿Acaso que los supuestos y reales malhechores poseen derechos?, se preguntan los policías perversos. Merecen medallas y diplomas por cada supuesto malhechor que asesinan.
Esas mujeres y otras más no han cesado de reclamar a la Justicia que se quite la venda de los ojos, y el cerumen de sus oídos crónicamente sordos a los reclamos para que en verdad haya justicia. Esa Justicia pretende engañar a todos con el discurso de que , puesto que tiene bien vendados sus ojos y muy taponados sus oídos, ni ve las manos tentadoras de la corrupción ni las palabras lisonjeras con las que le seduce el poder.
La verdad es que, al anochecer de cada día, es fácil encontrar a esa dama de la perversión muy bien vestida de policía “en rútiles monedas, tasando el bien y el mal”.
Perversión de ciertos policías que lo mejor que saben hacer es valerse de su condición de guardianes del orden para convertir en virtud y en heroísmo su vileza. Todavía por la ciudad caminan los espíritus de los hermanos Restrepo, ese par de adolescentes, sencillos, ingenuos, límpidos e indefensos que tuvieron la desgracia de caer en manos de policías corruptos que hasta armaron la escena del volcamiento de su auto en las laderas del Machángara. Esos policías que, ahítos de justicia y santidad, trataron de convencer a todo el mundo de que ese par de muchachos desaparecieron para siempre en las aguas de un riachuelo.
La ciudad, la policía y hasta la justicia se habrán ya olvidado de ese muchacho de 15 años hallado bajo un puente a desnivel de la ciudad de Quito. Llamémoslo Carlos. También han transcurrido muchos años. Su amigo logró escapar huyendo velozmente. Pero a Carlos lo detuvieron por el delito de ser muchacho, de ser libre, de caminar a solas con su amigo. No habían bebido ni consumido ninguna droga, no habían robado ni asesinado. Eran apenas dos amigos colegiales, sencillos, del barrio de la pobreza. ¿Por qué lo asesinaron? Porque hay ciertos policías delincuentes que asesinan, roban, trafican, violan por placer. Porque la institución policial también posee las manos sucias.
Las Dolores han demostrado tenacidad en su posición. Por ello han sido amenazadas y, desde luego descalificadas. ¿Cómo no cuando esta es una de las primeras y poderosas herramientas con las que cuenta el poder, del orden que fuese, para defenderse de las serias acusaciones en su contra por parte de sus víctimas inocentes? Ellos poseen el poder de la única metamorfosis válida: aquella que convierte la perversión en virtud, la muerte en salvación. Algunos de estos asesinos habrán recibido condecoraciones y diplomas por su heroísmo.
En la farmacia Fybeca se violentaron todos los principios éticos del convivir social. Se violentaron las normas que rigen los procedimientos policiales. Todo se hizo para que el ajuste de cuentas, el afán de asesinar y la incontenible sed de sangre se realicen a la perfección. Por eso unos fueron asesinados a sangre fría y otros desaparecidos o arrojados al estero. Crimen perfecto. La ciudadanía podía dormir una noche en paz porque la policía había eliminado, heroicamente, a un perverso grupo de delincuentes. Sin embargo, el país sí sabe que esas son las formas como ciertos policías arreglan sus propias cuentas.
¿Cómo confiar en una policía que, entre sus miembros, cuenta con delincuentes de todo orden, desde los que falsifican firmas, venden pases, trafican drogas o apoyan a los narcotraficantes hasta los que asesinan también por dinero? Afirmar de que no se trata de todos, no es una buena respuesta. ¿Cómo sabrá la ciudadanía de que ese policía es un honrado ciudadano que verdaderamente la protegerá y no un malhechor uniformado? ¿Cómo confiar en sus testimonios si fácilmente ceden y se doblegan ante quienes, desde el poder, les piden y hasta les obligan a acusar a inocentes para lograr réditos claramente perversos? Y, al mismo tiempo, ¿qué va a pasar en el país si finalmente se pudre la confianza en todos los policías cuando, por cierto, no faltan aquellos que honran su profesión incluso con actos de claro heroísmo?
Es preciso reconocer que los sistemas de selección están fallando en alguna parte. Pero también habría que pensar en que quizás no se cuenta con un sistema de vigilancia institucional que reduzca a la mínima expresión la infiltración de aquellos que ingresan a la institución para delinquir no solo en el espacio de la llamada tropa sino también en la oficialidad. De hecho, como se dijo desde un principio, en ese asesinato múltiple debía también estar implicado por lo menos un oficial.
Sólo así se pueden cometer crímenes tan horrorosos como los realizados en la Fybeca. Como dicen los informes, “allí se violentaron los protocolos de intervención, no se comunicó el suceso a la radio patrulla, se comprobó que habían movido los cuerpos para alterar la escena del crimen, se disparó a los asaltantes cuando estaban tendidos en el piso, boca abajo, pese a que solo dos de los presuntos delincuentes estaban armados”.
¿Y el derecho a la vida? ¿Y los derechos constitucionales a los debidos procesos? ¿Y la Convención Americana sobre Derechos Humanos?
Lo más grave es que el número de las Dolores se multiplica día a día en un país en el que la ley y los procesos se aplican de conformidad a conveniencias institucionales e incluso políticas. Constantemente se denuncia el hecho de que existen demasiadas manos sucias, no solo en la Policía Nacional sino también en la misma Justicia que, parecería, mira siempre con un ojo bizco tanto para protegerse del otro como para elegir bien sus sentencias de tal manera de no incomodar a terceros.
