Irreverente, sagaz, atrevido, un gesto heterodoxo de la tradición y la historia de la crítica de la literatura del Ecuador así es Cuerpos exhumados: desfiguraciones de la nación en la literatura ecuatoriana de la ensayista, docente, crítica literaria e investigadora académica ecuatoriana-uruguaya, Karina Marín (1978). El ensayo fue publicado primeramente por el Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana de la Universidad de Pittsburgh y ganó el premio: “Revista Iberoamericana:mejor tesis” (2021) y también por el Centro Cultural Benjamín Carrión del Municipio Metropolitano de Quito en el 2022.

El ensayo de Marín, además de ser una revisión y crítica del canon tradicionalista, se convierte en otra propuesta sobre la ficción y la política del país.
Es que cuestionar e invitar a la polémica no está mal en un país tan religiosamente machista —porque no cabe otra categoría a esta Mitad del Mundo sumergida en esta década en la violencia, el crimen organizado y la ignorancia de la dirigencia política que conduce a la nación como si fuera una hacienda del siglo XIX , o una empresa en los primordios de la era industrial— porque ieso dijo de actual casta política incluso el ex presidente, Osvaldo Hurtado: “Tienen limitaciones severas: semi analfabetos”.
Por eso, este ensayo y revisión minuciosa que ejecutó Marín en su libro sobre la literatura y la política ecuatorianas es un oasis de conocimiento en medio de un desierto desolador y lleno de barbarie. Un ademán justo y necesario para develar otro Ecuador, ese más luminoso y prolífico.
La ensayista lo analiza a partir de una sentencia inicial: “La literatura está en crisis”, pero no como peligro de extinción sino como la desmesura crítica que, tal vez, recaiga en un caos y que precisa ser analizada y ordenada con prolijidad, ya que se ha producido una gran cantidad de ensayos sobre la producción literaria ecuatoriana:
“Todo lo contrario: tal vez nunca se ha escrito tanto bajo el paraguas de aquello que se puede comprender como literatura”. Para ese fin, la autora dialoga con los y las que estudiaron y analizaron las obras literarias del país como: Agustín Cueva (1937-1992), Gabriela Pólit Dueñas (1965), Jorge Enrique Adoum (1926-2009), Iván Carvajal (1948-2026), Alicia Ortega (1964), Cristina Burneo Salazar (1977), Leonardo Valencia (1969) entre otros.
Marín propone una lectura más sincera y real sobre la ficción de la Mitad del Mundo y con una performance también en la política nacional, porque, tal vez, para la crítica el estudio sobre la literatura no sigue un diseño perfecto, sino que experimenta.
Un buen ejercicio crítico no sólo interpreta, descifra, explica sino que revisa y se apoya en referencias para conseguir plantear o sugerir una nueva interpretación como lo es el ensayo de Marín, que es una especie de museo textual crítico e incluso laberíntico, esta última categoría la misma autora la expresó cuando presentó la conferencia magistral sobre este libro el pasado 2 de septiembre en la Biblioteca Nacional Eugenio Espejo. En el encuentro, la estudiosa indicó que en la nueva reimpresión del libro (2024) modificó el orden, y que, tal vez, eso es lo interesante de que Cuerpos exhumados: desfiguraciones de la nación en la literatura ecuatoriana va a mutar de forma constante con el paso del tiempo.
Marín, en este ensayo propone una lectura más sincera y más real sobre la ficción de la Mitad del Mundo y con una performance también en la política nacional, porque, tal vez, para la crítica el estudio sobre la literatura no sigue un diseño perfecto, sino que experimenta.
A este libro lo analizaré en dos entregas.

Los escombros de una nación acéfala o esquizofrénica
El ensayo de Marín, además de ser un artefacto crítico literario bien resuelto, narrado, descriptivo, pensado y analítico es un acto de arqueología hermenéutica, porque la crítica va a las obras de ficción del pasado se escabulle para remover y develar, en su gesto, la autora lo llama: exhumar que vendría a ser un símil de rescatar para que el pasado no entre en las fauces del olvido.
Para ese fin utiliza el concepto de cuerpo; esa materialidad va a ser el artificio para desarmar el canon literario tradicional. Por eso su narración ensayística es rizomática: cuando arma conecta y cuando desarma también junta lo escrito con lo visual, lo político con lo creativo, lo literario con lo real, lo subjetivo con la experiencia:
“Así el cuerpo, no en su materialidad sino como expresión de la voluntad del ideal de conducir la materia a su perfección ese el tropo del funcionamiento armónico y orgánico del proyecto nacional. Implica por un lado pensar la nación como cuerpo, metáfora por la cual puede comprenderse que la nación debe funcionar como un todo orgánico; y por otro, se trata de la idea del cuerpo de la nación, que implica un proceso metonímico en que la escritura conlleva el afán por definir una identidad nacional”.
En el capítulo Las ruinas del corpus analiza la construcción de la crítica literaria ecuatoriana y su historia a través del método rizoma, asociaciones que se conectan con distintos estilos y distintas épocas, pero en un mismo concepto: “una nación ecuatoriana como cuerpo anómalo”, uno es el ensayo Ecuador señas particulares (1998) de Jorge Enrique Adoum (1926-2009):
“Adoum hace constantes referencias al territorio y su pequeñez haciéndose eco a su vez del reclamo del embajador cultural y escritor Benjamín Carrión hiciera hacia 1942. Antes de la firma del Protocolo de Río de Janeiro de 1942 acuerdo mediante el cual el territorio que Ecuador consideraba suyo quedaba partido por la Mitad… ”
Marín explica que Carrión, en Cartas al Ecuador (1941-1942), después de la guerra con el Perú dice que el país se achicó y que hay que construir de nuevo un territorio, entonces:
“Adoum hace un llamado para reconocer los límites reales de la nueva patria, fijar la realidad más allá de la utopía de la patria grande de emprender ˂˂una reescritura de la historia˃˃(144)”.
«se podría decir, sin duda, que los ecuatorianos tenemos una identidad esquizofrénica (esquizoide, por lo menos) o, siendo optimistas, esquizomaniaca.
El otro ensayo ya es en el siglo XXI y pertenece a Miguel Donoso Pareja (1931-2015) Ecuador identidad o esquizofrenia (2004) en esta revisión la autora explica que este análisis de la literatura nacional se instala en el regionalismo, principalmente entre Quito y Guayaquil, ambas regiones construyen una nación bipolar y entonces Marín se interna en el significado de esquizofrenia:
“Recordemos que el término ˂˂esquizofrenia˃˃ que tiene origen en el griego schzein y significa ˂˂dividir˃˃ o ˂˂escindir˃˃, señala un comportamiento anómalo que afecta el modo en la realidad que es percibida. El mismo autor inicia su ensayo señalando que:
[…] si trasladamos el concepto al país se podría decir, sin duda, que los ecuatorianos tenemos una identidad esquizofrénica (esquizoide, por lo menos) o, siendo optimistas, esquizomaniaca.
De ese modo, Donoso Pareja parece abogar por la necesidad de recomponer un cuerpo que debe de funcionar de forma orgánica y cuerda, a pesar de la pugna entre sus partes”.
Es, por eso que en este ensayo Marín propone girar por completo el cuerpo para mirar hacia atrás y acercarse de manera cauta a las ruinas del pasado de la literatura ecuatoriana: “para remover escombros, hasta encontrar aquello que aún respira”.

Y en ese revolver, la ensayista revisa y cita el derrotero de la tradición crítica literaria ecuatoriana, como: Ensayo sobre la historia de la literatura ecuatoriana (1967) de Pablo Herrera (1820-1896), Ojeada histórico-crítica (1868) de Juan León Mera (1832-1894), Historia de Literatura Ecuatoriana (1944) de Isaac Barrera (1884-1970) o La novela ecuatoriana (1948) y Ángel Felicísimo Rojas (1909-2003).
A través de estas y otras revisiones, como la Historia de las Literaturas del Ecuador (2000), compilación de la Universidad Andina Simón Bolívar, y Entre la ira y la esperanza (1967) de Agustín Cueva, Marín dice que la crítica literaria ecuatoriana en el siglo XX se sustentó sobre la base de cuatro hitos históricos que sucedieron en el país desde su origen: El nacimiento del Estado ecuatoriano como nación independiente (1830), la Revolución Liberal (1895), la Revolución Juliana (1925), la guerra contra el Perú y el Protocolo de Río Janeiro (1942).
La autora, de manera magistral, también descompone esa división de la crítica literaria entre el realismo social y el cosmopolitismo, sobre los inicios de la modernidad o la novela moderna en el Ecuador:
“No es un tipo de narración histórica que alguien haya cuestionado porque su correspondencia es orgánica, casi natural. Pero, asimismo, llama la atención que cada intento de la crítica por legitimar una lectura, por certificar una correspondencia de un autor o de un texto con el canon nacional, parta de una afirmación fundacional que se instituye como parricidio o como innovación. Resulta al menos curioso, si hacemos un breve ejercicio de desarticulación, el que Pablo Palacio será señalado por Raúl Serrano como el iniciador de la narrativa ecuatoriana…”
Marín enfrenta la postura de Serrano con la de Agustín Cueva, que ubica a la figura de Jorge Icaza (1906-1978) contemporáneo de Palacio y su Huasipungo (1934) y de Joaquín Gallegos Lara (1907-1948) y Benjamín Carrión (1897-1979), que sostenían que la piedra angular de la novela moderna era A la costa (1904), de Luis Alfredo Martínez (1869-1909) y que esa sería la verdadera entrada de la literatura nacional a la modernidad o también se disputaban la categoría la novela Cumandá (1879) de Juan León Mera y La Emancipada (1863) de Miguel Riofrío (1822-1879).
Marín sostiene que Agustín Cueva eligió periodizar la historia de la literatura nacional en un método dialéctico entre el descontento y voluntad e invita a la ruptura para iniciar de nuevo.
Además reflexiona el caso de la corriente del cosmopolitismo en el Síndrome de Falcón de Leonardo Valencia (2008), esa postura de que la creación literaria ecuatoriana se aleje del compromiso político.
A partir de esas disputas la ensayista plantea una pregunta sobre la motivación de la crítica realizada por esas vacas sagradas de la literatura ecuatoriana:
“¿Podríamos quizás afirmar que se trata de un relato construido así por una historiografía de tradición materialista, en donde cada texto o cada grupo de textos —desde una perspectiva tanto generacional como de géneros literarios— implicaría un cambio que justificaría ese movimiento dialéctico?”
Entonces, Marín indica que Agustín Cueva eligió periodizar la historia de la literatura nacional en un método dialéctico entre el descontento y voluntad e invita a la ruptura para iniciar de nuevo, mientras que Iván Carvajal en su ensayo: Literatura, ideología y sociedad: la necesidad de definir un problema teórico (1978) abogó por una crítica reflexiva y propuso problematizar la relación del contexto social con los fenómenos literarios:
“En ese sentido cada referente textual o generacional de la literatura ecuatoriana representaría ese ˂˂borrón y cuenta nueva˃˃ haciendo que lo tachado permanezca solamente en tanto que antesala que garantiza un futuro glorioso. Es decir: las obras tachadas son superadas, anuladas pero válidas solamente como ˂˂materia espiritualizada˃˃, ˂˂como imagen eterna del pasado˃˃ ”.
Para Marín estas dos posturas proponen ruptura y reconstrucción; para eso utiliza el vocablo de “seísmo”. ¿Qué sería este concepto?: la palabra quiere decir movimiento brusco en la corteza terrestre por la liberación de energía del interior del planeta. La metáfora con la literatura ecuatoriana sería remover con fuerza todo lo establecido para reiniciar o plantear una génesis, una identidad, o más claro, restaurar y arrancar de nuevo.
Para esa consigna de transformar el concepto nacional, la autora indica que una crítica o la historia de la misma necesita incomodar o poner el dedo en la llaga, como es el caso del ensayo: La cuadratura del círculo: cuatro ensayos sobre la cultura ecuatoriana (2006) de Fernando Albán, Cristina Burneo-Salazar, Santiago Cevallos y Iván Carvajal.
Sobre este libro destaca el planteamiento del cuestionamiento inicial que instalan los autores y la autora de este ensayo «¿qué es el Ecuador?»:
“Pretende como declaran los autores en el prefacio que la imagen de la cuadratura del círculo ˂˂tiene que ver con la imposible construcción racional de la identidad nacional, con la condición evanescente de la identidad; con las falacias de la cultura nacional y la vanidad de los relatos que la crean˃˃.”
En esa lectura Marín destaca el ensayo de Burneo-Salazar, Cuerpo roto, que constituye uno de los primeros estudios y aproximaciones a la representación del cuerpo conjugando la literatura y el género.
El cuerpo para la autora de Cuerpos exhumados: desfiguraciones de la nación en la literatura ecuatoriana es un espacio de consolidación, de reivindicación y de la nación como centro. Marín con este análisis ejecuta una operación creadora a lo Mary Shelley (1797-1951) crea su Frankestein o Prometeo, pero no de ficción sino pura intervención crítica e impronta propia llevada por la sutil perspicacia y conocimiento de la realidad de la literatura y política ecuatoriana y para semejante empresa se respalda en las técnicas como el montaje:
“He querido tratar algo así como un collage colocando uno junto a otro los cuerpos hallados, intentando insinuar más cuestionamientos. Por eso, vale decir, parafraseando a Jorgeenrique, que si bien no son todos los que están, ni están todas las que son, las obras literarias aquí referidas han sido seleccionadas a partir de ese criterio intuitivo en las que las imágenes han ido dejándose mirar en el transcurso de las lecturas del canon literario ecuatoriano…”.
En la segunda entrega intentaré analizar sintéticamente los cuerpos, las imágenes y la intervención crítica de Marín en este giro iconoclasta e innovador revisionismo rizomático de la literatura y política ecuatoriana.
