Más de 50 mil visitantes tuvo la Feria del Libro de Quito edición 2026. Filas largas de ingreso, pasillos llenos, colas para firmar libros, eventos y talleres. Cinco días que demostraron, sobre todo, que hay un público que demanda que pasen cosas buenas.
El 25 de marzo de 2026, por una publicación en X de un autor, se conoció que la Secretaría de Cultura del Municipio de Quito desistía de la realización de la Feria del libro de Quito que debía realizarse apenas dos meses más tarde, en junio. El argumento: las limitaciones de la Ley del COOTAD. Esa misma tarde, el directorio de la Cámara Ecuatoriana del Libro, CEL, hizo público un comunicado mostrando su preocupación por la afectación que esta decisión tenía para el sector editorial.
La Cámara, es decir, los editores y libreros agremiados, tiene la obligación de defender los intereses del sector. Pese a su disposición para ayudar en la realización de las ferias anteriores y apoyar a sus organizadores (sea el Municipio o el Ministerio de Cultura), la Cámara del Libro había sido ignorada, puesta de lado, ninguneada en varias ediciones.
Absurdo en un sector tan pequeño, pero esa es la verdad: en los últimos años la CEL fue la convidada de última hora, sin voz ni voto ni injerencia en la realización de feria alguna. De hecho, el directorio actual, dejando la FIL a un lado, había concentrado sus esfuerzos en la presencia en ferias internacionales como Bogotá, Guadalajara y FILUNI, en México, en pequeñas ferias locales en varios centros comerciales, en tener un stand en las ferias de Quito y Guayaquil y en promover su programa de la Ruta por las Librerías, entre otras actividades.
Con la responsabilidad de mediar en el tema, facilitar y sacar adelante la feria de la ciudad frente a las demandas de los socios, Fabián Luzuriaga, presidente de la Cámara Ecuatoriana del Libro, hizo una llamada a la entonces viceministra de Cultura, Romina Muñoz, para pedirle ayuda e intervención para sacar adelante la feria. Ella aceptó dar todo el apoyo posible: le venía bien políticamente a pesar de que en 2021 el Ministerio de Cultura había trasladado la competencia al Municipio. El 26 de marzo lo hizo público: el gobierno, desde el Ministerio de Educación, el Viceministerio de Cultura y con la Biblioteca Nacional del Ecuador como responsable de la gestión, apoyaría con recursos y la CEL organizaría la feria (y también de las ferias de Lima donde Ecuador fue país invitado, de Panamá y de un stand en Guayaquil).
La Cámara, asumiendo riesgos —económicos y de credibilidad— decidió tomar el sartén por el mango y ponerse a trabajar desde ese mismo día en la organización de la FIL Quito. A la semana ya había el lugar y la fecha y a los 15 días, una primera convocatoria al sector editorial a unirse para sacar, en cinco meses, la feria con un formato distinto, un modelo público/privado, invitando a las organizaciones, asociaciones de librerías y editoriales independientes y a otras organizaciones como ACORTE y REUDE, a sumar esfuerzos y llamando a editores y libreros, grandes y pequeños, a presentar propuestas de actividades. Además, Fabián Luzuriaga aprovechó la Feria del libro de Bogotá para contactar con casas editoriales grandes, como Penguin Random House y Planeta, para buscar autores que pudieran venir a Quito en apenas cinco meses, cosa nada fácil en las agendas de las grandes editoriales y autores, pues las invitaciones internacionales se resuelven con uno o dos años de anticipación.
La CEL también invitó a la Secretaría de Cultura del Municipio y al alcalde de Quito para reunirse y conversar, para que hicieran conocer su agenda prevista inicialmente e incorporar el trabajo que ya habían realizado a esta nueva edición. Pero eso nunca ocurrió. La CEL no obtuvo información alguna, así que tuvo que empezar desde cero.
El equipo de la CEL trabajó a mil: reglamento, convocatorias públicas, sistematización, reunión para leer y aprobar el reglamento con todos los actores involucrados, revisión de las propuestas, elaboración de la imagen de la FIL, agenda, contratos con los participantes, venta de stands de más de nueve metros, búsqueda de auspicios para financiar la contraparte que la CEL había asumido, además de la producción misma de la feria, su diseño, su comunicación.
El equipo técnico que hizo posible la FIL Quito 2026 y que junto a Fabián Luzuriaga (presidente de la CEL) y a Alfonso Espinosa Andrade, director de la Biblioteca Nacional, estuvo integrado principalmente por mujeres: Ana Cristina Vivanco, directora ejecutiva de la CEL; Paulina Narváez, responsable de comunicación; Anabel Arias y Gabriela Gonzaga, responsables de producción; Lorena Ballesteros, encargada de autores internacionales; Andrea Maldonado, Diana Rivera, Martha Armendáriz en relaciones públicas; Ana Rommy Sabatés, del Viceministerio de Cultura, además del personal que trabaja en la Cámara Ecuatoriana del Libro y que fue parte del staff.
Romina Muñoz salió del viceministerio de cultura dos meses más tarde del anuncio, pero la feria siguió adelante. Finalmente la inauguraron Pamela Cortés, viceministra de Cultura, y Gilda Alcívar, ministra de Educación.

Entre fuegos cruzados
Desde que se anunció la organización de la feria por parte de la CEL, la institución gremial recibió toda clase de descalificaciones, insultos y comentarios despectivos en redes sociales. Que las afinidades ideológicas y partidistas, las cercanías o amistades con los funcionarios municipales y el desprecio hacia el gobierno y sus funcionarios se traduzcan en insultos para quienes estaban en el medio, sus colegas, sus pares, la gente del sector que tiene los mismos problemas de falta de políticas culturales, es penoso. Pero así estamos en el país, todo se ha reducido a estar a favor o en contra de unos funcionarios, sean municipales o del gobierno central. Blanco y negro, estás conmigo o estás contra mí.
Libreros, editores, autores y gestores culturales comparten los mismos problemas y dificultades en el mundo del libro: no hay políticas culturales, no hay incentivos, trabajar en cultura es un acto de resistencia y defender los libros es una tarea de titanes. De hecho, son más las cosas que unen al sector que aquellas en las que se puede disentir, como el eslogan, el valor de una entrada o su gratuidad (tema en el que coincidieron algunos editores independientes y el mismo gobierno), o la necesidad o no de una curaduría.
Desde la CEL estuvimos abiertos a cualquier discusión, a escuchar demandas, quejas y necesidades propias del sector, de los expositores, de sus representantes, pero también a construir cierta institucionalidad: los gobiernos y los políticos pasan… pero el sector editorial seguirá produciendo, los autores y autoras seguirán creando, las universidades seguirán publicando, las librerías seguirán vendiendo libros y el público seguirá leyendo (y ojalá vaya a más pese a los presagios de la muerte del libro). Una feria es un espacio de diálogo y de encuentro en estos tiempos de intolerancias e imposiciones, de prejuicios y de la violencia descarnada de las redes sociales.
Por supuesto, además de las quejas y demandas propias del sector librero, la CEL tuvo que resolver una cantidad de obstáculos del sector oficial, lidiar con absurdas exigencias de algunos funcionarios que desconocen de la cultura, las ferias, los libros, entre muchos otros problemas que causaron más de un desvelo, más de una situación incómoda, incluyendo el mal trago de la exagerada presencia militar en el recinto ferial durante el acto de inauguración debido a la presencia de la ministra y la vicepresidenta María José Pinto y su fuerte custodia. Evitar la remota posibilidad de cualquier tipo de censura, defender a autores y libreros requirieron de diálogo y de paciencia. La FIL no puede ser vista como un recurso para abonar al estado de propaganda de los gobiernos de cualquier partido. La FIL es de la ciudad, de los ciudadanos que la visitaron, de quienes trabajan en silencio y día a día por el libro.
El 99% de las propuestas que llegaron —sean de editoriales, librerías, asociaciones, universidades o autores y autoras— fue aceptada. El 1% no entró básicamente porque los postulantes no entregaron información completa o no concretaron su idea inicial.
Por eso, pese a los obstáculos, desde la CEL pensamos que las ferias y los espacios culturales son lugares de encuentro; en ellos se promueve el debate, el diálogo, la discusión, el disenso. Y eso no quiere decir tener una postura “apolítica” o “aséptica”, sino una postura democrática. ¡Qué mejor que los espacios culturales para hablar de temas incómodos! ¡Tanta falta que nos hace volvernos a encontrar a pesar de las diferencias! Trabajamos con esa premisa desde el principio, con la consigna de hacer de la FIL un lugar de encuentro entre autores, libros, editoriales, libreros y lectores. Y funcionó: entre el gentío que circulaba en los pasillos de la FIL durante los cinco días de feria (30 de septiembre-4 de octubre) se encontraban rojos, morados, verdes y amarillos, zurdos, diestros y ambidiestros. Se saludaban quienes no se habían saludado en años y se hablaban quienes habían dejado de hablarse.
Echando mano de la diplomacia, ejercitando la paciencia y haciendo ejercicios de respiración, un equipo profesional asumió la tarea y los resultados fueron visibles: la FIL convocó a más gente de la que la CEL y los propios expositores habían imaginado.
¿Quién hizo la curaduría?
Esta feria no tuvo curadores. Fue construida por representantes de los distintos sectores del ecosistema del libro luego de la convocatoria, que fue pública. Consta en actas y en firmas. El 99% de las propuestas que llegaron, sean de editoriales, librerías, asociaciones, universidades o autores y autoras, fue aceptada. El 1% que no entró fue básicamente porque los postulantes no entregaron información completa o no concretaron su idea inicial. Quien no participó es porque no quiso, no postuló, no buscó quien lo postulara. La CEL no quiso contratar un curador para esta feria. Pensó en una curaduría colectiva que evitara amiguismos, filias o fobias o que pusiera límites a la participación y a los temas de la agenda.
La agenda de la FIL 2026 fue una construcción colectiva. Y hubo de todo y para todos los gustos. Por ahí decían que tuvo énfasis en la autoayuda… pero no fue así: hubo mesas, debates y presentaciones muy variadas: novela histórica, ciencias sociales, un encuentro de oralidades y de lenguas indígenas, se celebró la poesía de Jorge Enrique Adoum y Efraín Jara Idrovo, se recordó a Edgar Allan García y su apuesta por la literatura infantil; se celebraron los 30 años de El viajero de Praga de Javier Vásconez; se habló de la crisis del libro en las universidades, se criticó al neoliberalismo, al patriarcado en una mesa organizada por la red de editoriales universitarias; se habló de humor político y de la caricatura y los ilustradores tuvieron importante presencia con Power Paola, Roger Icaza o Fabián Patinho (de hecho gracias a su presencia se pudo evidenciar el tema del uso de IA en el sector editorial, tema de un futuro debate). También se habló de salud mental, que no es asunto menor en estos tiempos, entre otros temas, en una agenda con más de 200 actividades y cada una de ellas tuvo su público.
Y sí, se notaron las ausencias de escritoras como María Fernanda Ampuero, Mónica Ojeda, Natalia García Freire o Juliana Ortiz Ruano, porque sus agendas no cuadraron con las fechas de la feria.
Entre los invitados internacionales se procuró también tener una agenda que promueva la bibliodiversidad: Guillermo Arriaga y Andrés Neuman, que convocan a un buen número de lectores tanto en novela como en poesía; Carmen Posada, cuyo público está en los clubes de libro que concentran una cantidad de lectoras o los fenómenos juveniles, como América Rodas y su novela queer, o la joven mexicana Flor Salvador, cuya saga romántica moviliza (y movilizó) a miles de jóvenes. Y ahí un paréntesis: si algo fue triste y frustrante fue que decenas de sus jóvenes lectoras se quedaron enojadas, sin la firma de la autora en su libro, pese a soportar el frío y la lluvia del último día de feria, pues el recinto quedó pequeño para sus seguidoras.
Y sí, se notaron las ausencias de escritoras como María Fernanda Ampuero, Mónica Ojeda, Natalia García Freire o Juliana Ortiz Ruano porque sus agendas no cuadraron con las fechas de la feria. O al menos esa fue la respuesta que obtuvo la CEL. Sin embargo, sus libros estuvieron ahí, en varias librerías y editoriales para disfrute de sus lectores.
Boletería, cifras, datos
Una de las razones por las que la CEL planteó inicialmente el cobro de entrada simbólica de un dólar fue para tener datos. Las cifras ayudan y ayudarán a emprender la siguiente feria con una base que permita equivocarse menos. Registrar datos de asistentes, asistencia a eventos, talleres y conferencias, conocer cifras de ventas y hábitos de lectura (ya tenemos las cifras de producción editorial, pero no tenemos cifras de lo que se consume, de los libros más vendidos, de lo que buscan los lectores).
Si al inicio hubo cuestionamientos sobre la entrada, luego hubo cuestionamientos acerca del registro (¡para qué registro!, decían en redes). El registro significa la posibilidad de tener datos reales y concretos. Es mejor publicar cifras a inventarlas o suponerlas. Los datos nos ayudan a todos a mejorar, a ponernos metas, a definir políticas, a enmendar errores. Gracias al registro sabemos que llegaron 57 mil personas al Centro de Exposiciones Quito en cinco días de feria; que 57.8 % de las personas visitantes fueron mujeres y que el rango de edad de 25-44 años significó el 42.3 % de los asistentes. Además, que el 51% de los visitantes provenía del norte de la ciudad. 50 expositores han llenado una encuesta de evaluación y en ella se muestra que el promedio de ventas de librerías pequeñas y medianas fue de 3 000 a 5 000 dólares. Aún quedan 80 expositores que deben llenar la encuesta que permita conocer más sobre el sector y que pueda ayudar a tomar decisiones para la construcción de nuevas ferias.
Una de las razones por las que la CEL planteó inicialmente el cobro de entrada simbólica de un dólar fue para obtener datos. Las cifras ayudan y ayudarán a emprender la siguiente feria con una base que permita equivocarse menos.
A modo de epílogo
Eso de “feria gigante” fue uno de los cuestionamientos de algunos medios de comunicación y de activistas de redes sociales. Esta fue grande sobre todo por el público que asistió masivamente; ojalá las próximas sean más grandes y mejores donde todo el mundo tenga cabida y donde haya una mejor oferta editorial. Sueñe. Sueñe con traer a Han Kan, a Orhan Pamuk, a Rita Segato, a Margaret Atwood o a Harari, a los mejores sellos editoriales, a quienes marcan tendencia, a quienes piensan, debaten, crean y construyen… A los mejores en todos los niveles, a gente que convoque, que sacuda, que nos haga salir del ostracismo en que vivimos. Ojalá el sector se esmere más en poner novedades en circulación.
Ojalá y se pudiera hacer como en otros países, con tiempo, sin improvisación, con una fecha y un lugar definidos anualmente para poder armar buenas agendas construidas desde el sector editorial pues llevamos años cambiando de lugar, de fecha, de institución responsable y de modelo de gestión. Que la próxima Feria del Libro de Quito cuente con recursos tanto públicos como privados, municipales y del gobierno central, como en otros países. Es deber de las instituciones públicas que tienen que ver con la educación y la cultura invertir en ello.
Las ferias no reemplazan a las políticas culturales, pero sí satisfacen la sed y la demanda de los ciudadanos, la necesidad de las librerías y editoriales de dar a conocer y comercializar sus libros y a sus autores, la urgencia del encuentro y del debate para crear pensamiento crítico. Que las ferias del libro se multipliquen, se hagan más ferias pequeñas, grandes, en verano y en invierno y que para todas haya un público, que los libros encuentren lectores, que la ciudad viva una fiesta y que, al final del día, todos ganemos.
