Entre las leyendas que hacen las historias de los pueblos, siempre está la de un cataclismo que de pronto, sin aviso previo, arrasa con todo. Grandes e incontenibles castigos de los dioses cansados, no precisamente del libertinaje de los pueblos, sino de los ejercicios de la libertad. Como, en la mítica región de Noé, la leyenda del diluvio universal que destruye toda vida y extingue a los humanos, salvo a una pareja de supuestamente buenos. ¿En qué consiste el bien sino en no hacer sufrir al otro? Los dioses nunca han sido buenos.
Sin embargo, en medio de la destrucción, siempre asoman las semillas de la esperanza. Un día no lejano aparecerá en el horizonte un arcoíris que diga: ya basta, se acabaron la tragedia y la desesperanza. De hoy en adelante, es preciso que todos junten sus fuerzas para la tarea de la reconstrucción de la vida. No más coronavirus.
Parecería que nuestro arco iris empieza a formarse, lentamente si se quiere, porque no deja de asegurarnos que ya es posible el advenimiento de la paz y de un nuevo orden social. Ya han muerto demasiados. Ya es incontenible el llanto de quienes han visto partir a sus seres queridos, en muchos casos, sin siquiera con el despido que exige toda definitiva separación.
Hemos tratado de ponernos a buen recaudo sin que ello nos impida ser parte de ese sufrimiento incomprensible, absurdo. Es cierto que el número de nuestros enfermos no crece exponencialmente, como en otros lugares, Italia y España, USA. Pero el hecho de ser un país pequeño hace que nadie pueda excluirse del dolor de otros. En un país grande, podría acontecer que trescientos muertos no tengan el mismo valor que tres mil en un país pequeño. Pero no es así, porque el valor y la intensidad del dolor no dependen de la aritmética sino de lo que la muerte significa para cada uno en su propia circunstancia.
¿Es, acaso, demasiado prematuro empezar a pintar un arcoíris en el horizonte de nuestros sufrimientos? ¿En esto no consistirá precisamente nuestra tarea: crear nuevos arcoíris en la ciudad, en la prensa, en los relatos sociales, en nuestro propio relato personal? Por supuesto que sí. Después de toda tempestad viene la calma. Pese a los sufrimientos incomprensibles, también podríamos dedicarnos a la tarea de construir esperanzas para nosotros mismos y para los otros.
En un país grande, podría acontecer que trescientos muertos no tengan el mismo valor que tres mil en un país pequeño. Pero no es así, porque el valor y la intensidad del dolor no dependen de la aritmética sino de lo que la muerte significa para cada uno en su propia circunstancia.
Lo hacen los profesionales de la salud que se enfrentan al mal, que le dan la cara para conocerlo y vencerlo. Es lo que hicieron quienes ya dieron su vida por nosotros. Han muerto a nuestro nombre para salvarnos, para que nos demos nuestra propia vida. Son héroes. Pronto llegará el día para unirnos todos y venerarlos como lo merecen. El día nacional de estos héroes. El día en el que el país entero entone a su nombre el himno de la alegría y de la gratitud.
Las esperanzas no sucumben al mal. Es esto lo que justamente nos dicen todos los que día y noche trabajan a lo largo y ancho del país para protegernos y salvarnos. Lo sabemos: toda salvación proviene de otro, de ese otro que nos remplaza en el campo de batalla y a quien se le debe algo más que una breve y a lo mejor fatua cortesía.
Caminante no hay camino, se hace camino al andar. Sin embargo, cuánto querríamos que esto que nos acontece no vuelva a suceder nunca más. Que los investigadores de todo el mundo, los de nuestro país, dispongan de los materiales y condiciones requeridos para la investigación en el campo de la salud. Es urgente que aprendamos a derrotar rápidamente al enemigo que ahora nos persigue.
Es cierto, no pocos poderes hicieron y hacen de la corrupción su expresión paradigmática y una suerte de pulsión irresistible. Esa maloliente corrupción que ferozmente se aprovecha hasta de las situaciones tan precarias como las que vivimos para robarse el dinero de la salud.
Mientras innumerables profesionales se juegan su salud y su vida minuto a minuto, un grupo del IESS hace su agosto con las mascarillas. No es justo que así nos estafen ni que las respectivas autoridades se haga de la vista gorda. ¿Cuántos de ellos están ya en la cárcel? No el renunciante director, por supuesto, como si no fuese delito el dejar hacer y el dejar pasar.
