Acabo de leer una de las novelas de Yukio Mishima Confesiones de una máscara. Escrita en 1948, relata las aventuras de un joven que descubre su homosexualidad a través de varias experiencias no carnales. Experiencias de tipo intelectual, para ser más exacto.
Narrada en primera persona, no podría ser de otra forma con semejante título, la novela se convierte en un confesionario de los más furtivos pensamientos que atormentan al joven Koo-Chan. El escenario, Japón embanderado en patriotismo guerrero previo a la Segunda Guerra Mundial. La novela tiene la fama de ser la autobiografía de Mishima y en efecto muchos de los pasajes coinciden con sucesos de la vida real del autor.
Mishima escribió cuarenta novelas. Con una estética virtuosa, muchas veces alimentada por profundas ínfulas suicidas, glorificó la muerte. La belleza viril detallada en sus obras se convierte en la obsesión que enmaraña el sentido de su sexualidad. Amaba la cultura japonesa. En una de las cientos de cartas cruzadas durante veinte y cinco años con su maestro y amigo, Yasunari Kawabata, describió a Japón como La Grecia de Asia. Con profunda convicción y como un enamorado primerizo promovía y cultivaba los valores tradicionales de Japón.
Es verosímil que ese amor fue el opio necesario para convertirse en un exquisito secuaz del libro Hagakure. Escrito por Yamamoto Tsunetomo en el siglo XVIII. Este libro contenía en esencia la ética del Samuraí. De allí aprendió a dominar el cuerpo y aprendió que si es necesario debía ofrecerlo en sacrificio si llega el momento en el que es imprescindible salvar el honor.
Hagakure, significa «oculto bajo las hojas», el libro es un antiguo breviario de caballería inspirado en el célebre código Bushido. En uno de sus párrafos versa «El lenguaje militar emplea los términos de ‘Samurai ilustrado’ y de ‘Samurai ignorante’.Un Samurai que ha esperado tenerse que enfrentar con situaciones difíciles para aprender a salir de ellas no es ilustrado. Un Samurai que se preocupa por adelantado de todas las situaciones y soluciones posibles, es sabio ».
Fiel a este código filosófico, Mishima terminó con su vida para evitar el deshonor de su fracasada misión: intentar restaurar el poder al emperador mediante un golpe de Estado. Antes ya tenia preparado con prolijidad cada detalle para que en caso de requerirse se lleve a cabo el ritual del seppuku o harakiri (para el vulgo). Así llegada la hora y previo a destriparse con él, bebió sake, leyó un poema o declaración de despedida, un Jisei no ku que había escrito para la ocasión, y encargó terminar el ritual con su decapitación, a su amigo Masakatsu Morita.
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