jueves, mayo 7, 2026
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Juan Cuvi

Juan Cuvi

Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo.

Alguien tiene que decírselo

El presidente Noboa debe contar con innumerables funcionarios de alto rango, amigos cercanos y beneficiarios de su gobierno que se sienten obligados a manifestarle una admiración postiza y desmedida.

Dinamarca conmemora los 150 años de la muerte de uno de sus hijos predilectos: Hans Christian Andersen, uno de los más prolíficos autores de literatura infantil en el mundo. Una de las joyas de su extensa obra es el cuento El traje nuevo del emperador, una cruda metáfora sobe los delirios del poder. Ese cuento, que en principio provocó la fascinación de niños y niñas, terminó siendo una referencia obligada en el mundo de la política.

A lo largo de nuestra atribulada Historia, la mayoría de los presidentes de la república no ha logrado escapar a los llamados de la fatuidad. No de la vanidad (ese sentimiento muchas veces justificado; por ejemplo, Sofía Loren podía presumir de su hermosura y su sensualidad sin que nadie con dos dedos de frente se atreviera a contradecirla), sino de la fatuidad, esa presunción infundada y ridícula que induce a los políticos a creerse personajes extraordinarios, históricos y transcendentales.

Para conseguirlo, los presidentes no han dudado en exacerbar la propaganda oficial, ese recurso monstruoso del poder que se ha deformado en la misma proporción en la que se amplían los nuevos dispositivos comunicacionales. Es sencillo para un primer mandatario construir en las redes sociales una narrativa heroica a partir de la tergiversación de los hechos, o una virtuosidad intelectual que se desmorona a la primera intervención frente a una audiencia ilustrada. Sin embargo, el recurso es efectivo para una masa de votantes y simpatizantes ávida de referentes épicos y académicos.

En su célebre obra Tratado Teológico Político, Baruch Spinoza dice que un rey debe temerles más a sus súbditos que a sus enemigos externos. La Historia antigua –insiste– es prodiga en ejemplos de monarcas que sucumbieron por las traiciones, conspiraciones y sublevaciones internas antes que por las invasiones o las derrotas militares. Y hasta bien entrada la modernidad, los asesinatos entre hermanos, primos tíos y cuñados eran mecanismos usuales de reemplazo en el poder.

El ejemplo del emperador y su traje es sugestivo porque es precisamente un súbdito, encarnado en un niño inocente, quien se atreve a gritar en medio de la multitud ¡el rey está desnudo! A continuación, ese mismo pueblo, que por temor reverencial había callado ente la patética imagen de un engaño monumental, decide secundar la alarma. Y hasta ahí llego la fatuidad del emperador y la majestad del poder.

El presidente Noboa debe contar con innumerables funcionarios de alto rango, amigos cercanos y beneficiarios de su gobierno que se sienten obligados a manifestarle una admiración postiza y desmedida. Como hábiles cortesanos, aspiran a una buena dosis de retribución desde el poder. E, inclusive, por puro servilismo, se empeñan en hacer realidad lo que suponen son los deseos del jefe de Estado. Como, por ejemplo, hacer una campaña sucia en contra de los jueces de la Core Constitucional a pesar de su insensatez política.

Con este propósito no dudan en tejerle un traje pomposo e imaginario de estadista, que únicamente pueden ver los interesados y los encandilados. Pero el presidente está desnudo de las virtudes y méritos que pretenden signarle. Alguien tiene que decírselo.

 

Agosto 15, 2025

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