martes, abril 7, 2026

La utopía orgánica de Marullacta

Al pie de las montañas de Papallacta se teje un sueño: una finca de producción pecuaria completamente orgánica y con energía sostenible. Para Maru y Jorge, la pareja de emprendedores no ha sido fácil para un país donde lo orgánico es un mundo esotérico. Una paradoja con la aprobación del ingreso de semillas transgénicas al Ecuador, algo que está en las antípodas de lo alimentación sana sin químicos, pesticidas ni modificaciones genéticas. En esta paradoja se juega el futuro de nuestra alimentación. Esta es su historia.

Redacción Plan V

Por: Redacción Plan V

María Eugenia Espinosa y su esposo Jorge Da Silva

La comunidad está ubicada en el kilómetro 11 de la vía Pifo-Papallacta. Se ingresa por la primera virgen, hacia el camino viejo a Papallacta. Luego de dos kilómetros de recorrido por una casi una destrozada capa asfáltica, aparece un conjunto de casas grandes, repartidas en una especie de pequeño valle rodeado por los escarpados montes del sector. Es como una urbanización «campestrre» de clase media a 3700 metros de altura. Ahí viven María Eugenia Espinosa y su esposo brasileño Jorge Da Silva. Y también su hermano Francisco Espinosa. En medio de una soledad andina, donde no hay señal de celular, desarrollan un proyecto para producir leche y sus derivados, con certificado ciento por ciento orgánico.  La marca es Marullacta, y les ha tocado dos años de lucha contra la burocracia estatal, contra el endeudamiento y la falta de recursos y pocas condiciones favorables para sacar adelante este proyecto. Así obtuvieron el Sello Orgánico de la primera y única finca pecuaria orgánica del Ecuador. Certificado que fue otorgado por ICEA, el Servicio de Acreditación Ecuatoriano. María Eugenia, o la Maru, muestra orgullosa el documento que les ha sacado tantas canas. Ahora solo falta, dice, el certificado final que otorga la Arcsa, la Agencia Nacional de Regulación Control y Vigilancia Sanitaria: otro organismo estatal que debe otorgar certificados para este tipo de emprendimientos.


La casa principal de la finca, que también funciona como hospedaje. La energía es cien por ciento limpia y renovable, mixta, con propulsión eólica y fotovoltaica.

Ella es una mujer cercana a los 60 años de edad. Tiene el pelo blanco y corto. En su cocina está preparando el almuerzo para algunos invitados que realizan un recorrido por la finca. Su nieta, Maya, hace el postre con plátanos y crema de leche. En la moderna cocina hay un horno de leña y una cocina también de leña. Se ve hecha a medias: se nos acabó la plata, dice, pero la terminaremos. Hay decisión en sus ojos. La misma que la llevó a este emprendimiento sin saber ni el abecedario del tema orgánico, solo porque su nieta, ahora de unos siete años de edad, nació con el 94% de alergias. Es decir, a todo: desde la alergia a la lecha materna hasta la alergia al frío. Su vida iba a ser un largo camino de privaciones. La abuela Maru no lo quiso así. Tenía cierta experiencia agrícola, cuando su padre le heredó unas seis hectáreas de una plantación de rosas en Cayambe. Las medidas laborales e impositivas del Estado le impidieron competir contra las grandes empresas agroindustriales. Algo que les pasó a muchos emprendimientos pequeños. Ganaron los peces grandes, gracias al gobierno revolucionario. Sin amilanarse por ello, aprovechó esa comunidad de familias que se habían acogido a este remoto rincón andino en Papallacta. Una comunidad que tiene mucho de religiosa: son adoradores de la Virgen y tuvieron en su fe el ancla mayor para juntarse. Al lado de su casa hay una gruta de la Virgen; unos doscientos metros más allá existe una capilla levantada en su honor, donde algunos creyentes han visto la imagen sagrada en medio del páramo y bañada con la luz del sol.

Maru es cálida, amable y llena de historias. Mientras las cuenta, sus otros nietos, dos varoncitos, corretean por el lugar, libres de las restricciones de la ciudad. 

Maru es cálida, amable y llena de historias. Mientras las cuenta, sus otros nietos, dos varoncitos, corretean por el lugar, libres de las restricciones de la ciudad. Maya fue alimentada con orchata de arroz orgánico sus primeros 18 meses de vida, y sobrevivió. Luego fue alimentada con productos orgánicos de la finca de Papallacta, y ahora, dice su abuela, come de todo, se curó de las alergias.

Nada la convenció de que comer orgánico, es decir, volver a la naturaleza de los alimentos, y producirlos sin químicos ni alteraciones genéticas —como lo son los transgénicos— no era la solución a una vida plena y saludable. Una decisión contracorriente, por supuesto. Ella lo sabía. Toda la industria de alimentos está vinculada a los químicos; todo se hace para crear adicción de azucar o sodio, o a los conservantes y saborizantes. Y porque en Ecuador no es posible no siquiera usar un jabón de baño sin exponerse a los químicos, no comerse una papa sin ingerir residuos de pesticidas o tomarse un vaso de leche sin absorber hormonas y antibióticos o estar expuesto constantemente a los residuos otros venenos agrícolas y pecuarios, ella sabía que su camino era cuesta arriba. No se arredró por ello: su vida había sido una constante batalla contra la mala hora. Y tenía un gran apoyo: su tercer esposo, un ingeniero automotriz jubilado de origen brasileño, con el cual se le cruzó un flechazo en un aeropuerto. Él, especialista en partes pequeñas de los sofisticados motores de la BMW tampoco entendía un milímetro de cómo emprender en lo orgánico. Pero su condición de diseñador fue determinante para encontrar soluciones prácticas a pequeños y grandes problemas. Y con él, con una finca mediana y seis vacas, inició el sueño orgánico de María Eugenia Espinosa y Jorge Da Silva.

Valernos por nosotros mismos. Ser libres. Las frases de Maru van y vienen constantemente en su cocina, mientras prepara una salsa de hongos para el estofado de pollo que tiene listo para las visitas. Los hongos son orgánicos de su propio huerto. Son desecados en su propio horno eléctrico, y luego de hacerlos polvo los mezcla con la leche y la crema de leche, orgánicas, que han salida de su propia planta de lácteos. En ella está su esposo, preparando yogur para una nueva entrega. Maru dice que cocina con mantequilla clarificada, que ha obtenido de su propia cosecha. Pide un momento y sale por lo que llama sus papeles. Su esposo ha dejado ya la planta y descansa un poco en la cocina. Al tiempo entre el hermano de Maru, Francisco, quien es socio de este emprendimiento y vive en la casa de al lado. Entre los tres arman el relato de su odisea por la burocracia «sanitaria».


El huerto orgánico donde se cultivan todo tipo de plantas como hiervas medicinales o para dar sabor a las comidas.

El lema de las marcas de la empresa es: yogur de vacas felices. Todo está debidamente registrado, el lavado de las botellas de vidrio, donde se envasan los productos debe ser con jabón orgánico. Tampoco existe en el mercado.

Maru está en la mesa con unos cuatro carpetas gordas de papeles. Es el fruto de un país que pone trata tras traba a un emprendimiento que no conoce. A nadie se le ha ocurrido ni se sabe cómo certificar una granja pecuaria orgánica. ¿Cómo hacer una leche orgánica ciento por ciento? Hay un manual. Tiene el larguísimo nombre de: Instructivo de la normativa general para promover y regular la producción orgánica-ecológica-biológica en el Ecuador. Es editado por Agrocalidad. Según la experiencia de estos emprendedores, contiene normas y términos que no existen o no se pueden aplicar en el país. Es decir, cómo hacer pasto orgánico para el alimento de las vacas, preparar la tierra sin nutrientes químicos ni pesticidas; los medicamentos de las vacas deben ser de origen biológico, algo que se debe importar; prácticamente las vacas reciben atención homeopática. El lema de las marcas de la empresa es: yogur de vacas felices. Todo está debidamente registrado, el lavado de las botellas de vidrio, donde se envasan los productos debe ser con jabón orgánico. Tampoco existe en el mercado. Conseguirlo cuesta un ojo de la cara. Otro ojo cuesta que todos los alimentos que se consume en la finca sean de origen orgánico, sin una gota de químicos. De ello deben dar fe por escrito al menos cuatro vecinos, quienes deben certificar que nunca en su vida han visto a esos emprendedores usar químicos. La lista de requerimientos es interminable. Son cuatro carpetas llenas de certificados, de registros de visitas, donde cada persona debe poner su nombres, cédula, motivo del ingreso a la finca. Las visitas deben fotografiarse.  Certificados del Instituto de Ecuatoriano de Propiedad Intelectual, de la Arcsa, del Ministerio de Industrias. Este último no es válido para el Municipio de Quito, solo reconocen uno que otorga la Junta de Artesanos. Debe pagar USD 2000 por la patente, lo mismo que la Nestle. Además consta el Registro Único Artesanal, la Autorización de Uso de Suelo, la propiedad de la casa. Y luego está el engorroso —pero necesario, lo reconoce— trámite de la llamada trasabilidad: la vida, obra y milagros de cada una de las 23 vacas que forman su contingente productivo: medicamentos, alimentos, control de plagas. Además, el control de bichos en las plantas que cultivan, el tamaño, tipo y composición del compost, registros de limpieza, registro de químicos para desinfectar la planta, registro de los baños de la planta, del personal y de los habitantes de la casa, registro de limpieza de los envases, registro orgánico de la sal que usan y que comen los animales, uso de vitaminas para los animales (no hay en el Ecuador vitamina orgánica para las vacas)… Es interminable. Mientras consiguen todo eso, ¿de qué viven? ¿Cómo producen y comercializan sus alimentos? Es más, cómo pagan una deuda por la cual han hipotecado la casa, la finca, las vacas, y hasta el alma. Mientras esperan que la burocracia funcione, que se tome un mes para contestar un requerimiento sencillo; que las inspecciones vayan y vengan, que… el tiempo para pagar la deuda corre, no hay ingresos suficientes para satisfacer al banco. ¿Cómo se hace un emprendimiento honrado en el Ecuador? Honrado no solo en no pagar coimas para acelerar los procesos sino en realmente ser orgánicos y no engañar a sus clientes —que los hay y muchos— y venderles gato por liebre.


La hora del ordeño en la tarde. Todo en el lugar es limpio y esté escrupulosamente controlado.

Pero los esfuerzos suelen dar frutos. Ya la fama de que es la única finca que produce leche orgánica se ha regado en el medio. Importantes y grandes empresas de derivados de leche ofrecen comprar toda la producción: para decir que se vende queso orgánico hay que preparar leche orgánica. Para decir que se vende chocolate orgánico y entrar en Europa con precios competitivos necesitan leche orgánica certificada. El certificado verde es una garantía de mejores precios para el productor. Y el recientemente abierto mercado europeo es una gran oportunidad. Pero no hay materia prima suficiente. La sofisticada maquinaria lechera tiene capacidad para procesar 500 litros diarios de leche. Y no tienen ni la mitad, tampoco consiguen leche orgánica de otras fincas: solo ellos la producen. Es su paradoja: tienen ya la experiencia y la experticia; incluso tienen el mercado, pero no la materia prima. Las grandes empresas presionan para que vendan su leche al precio que sea, pero ellos son seres libres, autosuficientes, prefieren su propia marca. No han padecido todos estos años, no han invertido más de cien mil dólares por año, para que una gran empresa quiera avasallarlas comprando la leche a precio de huevo. El Ecuador es un desierto en la producción pecuaria orgánica.

Este proyecto es un oasis muy, pero muy pequeño. Tampoco se ha incentivado al sector, menos se investiga. Pero ellos lo han hecho. Los equipos con que cuentan en la planta procesadora son italianos, de una empresa con 40 años de experiencia en tecnología amble con el ambiente. Se llama TLTL y su efecto es que el proceso de pasteurización no quema los nutrientes de la leche, solo elimina los patógenos. Ser amable con el ambiente tiene que ver con el consumo energéticos: no solo la planta sino toda la finca es alimentada al cien por ciento con energía fotovoltaica y aeólica. La planta cuenta con certificación europea de eficiencia de recursos, cero emisiones de gases y mínimo consumo de agua. Es fabricada en su totalidad en acero inoxidable apta para el proceso de alimentos. Los plásticos utilizados en la elaboración del producto cuentan con certificación europea para su uso en alimentos.


Jorge Da Silva, a la izquierda, muestra uno de sus productos estrella: el yogur orgánico. Frente a él, Francisco Espinosa.

María Eugenia dirige un corto recorrido por su reino particular. Luego de descargar sus cuitas y explicar sus saberes es tiempo para un cigarrillo. Fumar es lo único no orgánico de esta mujer que no tiene un solo día de descanso, entre el ordeño de las cuatro de la madrugada y el de las tres de la tarde; la siembra de plantas en su enorme huerta cubierta y que crean un amable calor contra el frío del páramo; entre cortar leña que es la fuente principal de calor en la casa; entre mirar los animales, cocinar, atender las visitas, a los inspectores estatales y municipales, cuidar a los nietos (lo cual salva siempre su día) acompañar a su esposo a los interminables trámites de Quito, llenar los cientos de formatos para alimentar las necesidades de ese Estado controlador e insaciable de papeles y requisitos.  

Pasa por el huerto: recoge flor de cebolla para aderezar la ensalada; muestra orgullosa sus plantas de especias, una especial: planta Maggy la llama.

Camina ella por el sendero de un bosque de ciprés. Las ramas han sido cortadas para acumular leña. Su paso es seguro pero tiene un ligero temblor en la cabeza. Tengo una afectación en la médula espinal, dice. Nada que mi esposo no pueda soportar. Él la sostiene, al igual que su fe sin límites a una virgen que desde su pequeño templo es testigo de esos esfuerzos.

Pasa por el huerto: recoge flor de cebolla para aderezar la ensalada; muestra orgullosa sus plantas de especias, una singular: planta Maggy la llama. El sabor es idéntico a los cubitos de esa marca y es un reemplazo orgánico excelente para dar sabor a la comida.

En la mesa del comedor se han sentado los comensales. Saborean el locro de papas, orgánica. El pollo y la salsa de hongos, el arroz. El postre que su nieta Maya preparó. Antes, todos han rezado para bendecir los alimentos y agradecer por los dones. La enorme chimenea está encendida y un perro permanece recostado recibiendo su calor.  Sus comensales son de la Cámara de Comercio de Quito. Están interesados en cómo ayudar a que Marullacta salga adelante, y sobre todo que no sea embargada. Es una carrera contra el tiempo. El ejecutivo de la Cámara muestra su admiración por este proyecto. Es él también un amante de la naturaleza, un montañista. Por ahí empatan. Al caer la tarde Maru ofrece café orgánico. En esa casa siempre se toma café, notifica. Y luego, cada una de las personas que han compartido su mesa llevan leche, dulce de leche, yogur, queso fresco… Una promesa de salud que saben resultará en su beneficio, para luego sumirse irremediablemente en el reino químico y venenoso de la gran ciudad.

Días después, la Asamblea Nacional aprueba el ingreso de semillas transgénicas al Ecuador, «para fines de investigación».

  ANÁLISIS  

Transgénicos: lo que el gobierno no dice

Por Luis Andrango

 

Se estima que el mercado de alimentos en el mundo es mayor incluso que el mercado del petróleo y los automotores juntos. De este mercado se estima que aún el 64% de los alimentos en el mundo proviene de los pequeños y medianos productores.

La Asamblea Nacional del Ecuador aprobó por mayoría la nueva Ley de Semillas que reforzaba la prohibición constitucional del uso de semillas y cultivos transgénicos en el país, sin embargo el 19 de mayo, el saliente ex presidente Rafael Correa vetó parcialmente esta ley, abriendo la posibilidad del ingreso de semillas y cultivos transgénicos “con fines investigativos”. La Asamblea se allanó al veto con 73 votos de Alianza PAIS y sus aliados. 

Las semillas nativas son fundamentales como instrumento para garantizar la comida, la vida campesina y la soberanía alimentaria. Para la agricultura, el proceso de producción, comercialización de alimentos, la gente que produce y alimenta al Ecuador, las semillas son un componente fundamental. Las semillas son resultado del trabajo y conocimiento colectivo de cientos de generaciones de agricultores que domesticaron, adaptaron, conservaron e intercambiaron libremente las semillas ancestralmente. Su apropiación y control implican una cadena de dependencia no solo de los productores, más aún de los consumidores. Décadas atrás las empresas transnacionales identificaron la importancia de las semillas en el control de la agricultura mundial. El gran negocio de los alimentos depende del control sobre el sistema alimentario. Se estima que el mercado de alimentos en el mundo es mayor incluso que el mercado del petróleo y los automotores juntos. De este mercado se estima que aún el 64% de los alimentos en el mundo proviene de los pequeños y medianos productores.

Actualmente el mercado de semillas comerciales está controlado por grupo monopólico de empresas transnacionales. Se calcula que diez empresas controlan el 77% del mercado de semillas. De estas solo tres Monsanto, Dupont y Syngenta, controlan 47% del mercado. Además 82% de estas semillas están patentadas: 79% corresponde a cultivos agrícolas, 17% a vegetales y flores y 4% a pastos y leguminosas forrajeras.

La ofensiva de las empresas transnacionales en Latinoamérica implica, precisamente, la reforma a las leyes de semillas en nuestros países, para imponer normas de protección de variedad vegetales y patentes, normas de control y certificación obligatoria y normal de bioseguridad que promueven el uso de semillas y cultivos transgénicos. En el fondo, buscan romper la autonomía alimentaria de nuestros pueblos, eliminar la diversidad genética, delimitar el poder de los campesinos en el proceso de producción y controlar el gran mercado de los alimentos. 

Hoy en día, según el ISAAA, una agencia favorable a la industria de la biotecnología, el cultivo de transgénicos ha aumentado y en el 2010 estos cultivos ocupaban 148 millones de hectáreas de un total mundial de tierras agrícolas de 4.900 millones de hectáreas. Por lo tanto, la superficie combinada de todos los cultivos transgénicos en el mundo cubre sólo el 3% de las tierras agrícolas del planeta. Y el 97% de las tierras agrícolas de todo el mundo permanecen libres de transgénicos. La siembra de cultivos transgénicos se limita principalmente a unos pocos países: el 90% de los transgénicos se cultivan en Estados Unidos, Brasil, Argentina, India y Canadá.

Las semillas nativas como mecanismo de defensa de la salud y la vida los pueblos

Los intentos científicos para investigación sobre los efectos de los transgénicos en la salud, han sido permanentemente boicoteados y amenazados por la empresas transnacionales productoras de semillas transgénicas. Un último estudio publicado por científicos franceses de las universidades de Caen y Rouen ha determinado que el consumo de cultivos transgénicos alteran el crecimiento y desarrollo, el aparato reproductor y el aparato digestivo en seres humanos y animales. Por esto, un sinnúmero de asociaciones médicas han solicitado reiteradamente una moratoria al consumo de alimentos transgénicos y el financiamiento de investigaciones fidedignas y exhaustivas sobre los efectos en la salud. La razón parece estar en que el modelo de producción de los transgénicos desarrolló la capacidad de que los cultivos transgénicos sean resistentes a los herbicidas y pesticidas para facilitar el monocultivo y los rendimientos económicos de sus producto. Lo cual implica que los productos transgénicos envenenan nuestra comida.

Un sinnúmero de asociaciones médicas han solicitado reiteradamente una moratoria al consumo de alimentos transgénicos y el financiamiento de investigaciones fidedignas y exhaustivas sobre los efectos en la salud.

En países como Argentina, el uso de más de 200 millones de litros de glifosato —que son esparcidos vía aérea indiscriminadamente a cultivos, animales, personas y plantas silvestres— ha conducido, según estadística de Ministerio de Salud, al incremento alarmante de los casos de cáncer, enfermedades graves de la piel, malformaciones al nacer, aumento de las tasas de aborto y casos de intoxicación que han llevado a la muerte principalmente de niños.

Las decisiones políticas que promueven un modelo de producción, que combina la siembra directa de semilla genéticamente modificada con todo su paquete tecnológico —que incluye alto uso de herbicidas— significa la aprobación de un gran experimento a cielo abierto, de enorme impacto para la salud humana, para favorecer los intereses económicos de las empresas transnacionales de agronegocios.

Las semillas nativas como estrategia para la defensa de la biodiversidad, el ambiente y la Pachamama

En el campo sabemos que nada florece sin que algo haya sido sembrado antes y que si siembras veneno, cosechas muerte. La producción de cultivos transgénicos —incluso en centros de investigación— provoca contaminación. Esta no es accidental, sino un mecanismo que tiene como fin imposibilitar la producción no contaminada e imponer el uso de los transgénicos por la vía de los hechos consumados. Es decir, la justificación perfecta para levantar la prohibición constitucional del uso de semillas y cultivos transgénicos será remplazada por mecanismos de regulación y control de su uso que en la práctica es casi imposible. Los ejemplos del maíz mexicano y la soja boliviana permiten la constatación de estas prácticas implemantadas en la ofensiva por los transgénicos. Además de afectar la biodiversidad, la contaminación transgénica es motivo de juicios legales por “uso indebido” de los genes patentados promovidos por las corporaciones de agronegocios.

Aunque la siembra comercial de cultivos transgénicos solo está permitida en 27 países y el 98% de su siembra está en solo 10 países, se han encontrado 396 casos de contaminación transgénica de cultivos en más de 50 naciones. (GeneWatch 2013). El uso masivo de agrotóxicos, así como los coadyuvantes y surfactantes que se le agregan han producido una contaminación acelerada y profunda de aguas y suelos incluso mucho más allá del lugar de siembra.


Los líderes indígenas y Organizaciones Ambientalistas mantuvieron cabildeos contra el ingreso de semillas transgénicas.

El problema de la contaminación con agroquímicos ya existía debido al modelo de agricultura industrial, pero con los transgénicos, por ser estos manipulados para resistir agrotóxicos y por ello multiplicar los volúmenes usados, el problema ha adquirido proporciones devastadoras que también se reflejan en impactos muy fuertes sobre la salud.

En Mato Grosso, Municipio de Lucas de Rio Verde Brasil, se encontraron residuos de varios tipos de agrotóxicos en 83% de los pozos de agua potable y en dos lagunas, así como en la sangre de sapos de estos lugares. La malformación congénita de esos animales es cuatro veces mayor que las muestras tomadas en una laguna de control. Además, se encontró presencia de agrotóxicos en el 100% de la muestras de la leche de madres que amamantaban en ese momento. También se encontraron residuos de agrotóxicos (glifosato, piretroides y organoclorados) en la orina y sangre del 88% de los profesores analizados en escuelas de ese municipio. (Pignati, Dores, Moreira et al., 2013).

A manera de conclusión la realidad es que los cultivos transgénicos están llenos de incertidumbres y riesgos para la salud, la vida campesina, los consumidores de alimentos, el ambiente y no aportan ninguna ventaja frente a los cultivos que ya existen.

El interés para promover el uso de semillas y cultivos transgénicos es que las empresas obtienen mayores ganancias y obtienen el control del sistema alimentario. Frente a esto debemos decir que existen muchas otras alternativas de sistemas agrícolas, diversas y más acordes con la naturaleza, que no crean dependencia con las transnacionales, que fortalecen la soberanía y las diferentes formas de desarrollo local, que favorecen a los pobres del campo y de la ciudad, que aumentan las oportunidades de trabajo, los mercados y agroindustrias locales, sin riesgos para la salud y el ambiente, y mucho más económicas y éticas.

 

Redacción Plan V

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