En las primeras décadas del siglo XXI se estableció un tipo de gobierno autoritario que consolidaba su mandato con sucesivos y repetidos procesos electorales, en los cuales el mismo pueblo escogió la permanencia de ciertos personajes en el poder por largos períodos, incluso modificando la Constitución de sus países para reelegirse infinitamente (fue el caso de Chávez –hasta su muerte- y Maduro en Venezuela, Morales en Bolivia o Daniel Ortega en Nicaragua). Lo intentaron, sin éxito, Cristina Fernández en Argentina y Rafael Correa en Ecuador.
Ante esta distorsión, vale la pena preguntarse ¿qué se entiende por democracia? ¿se trata del gobierno del pueblo para el pueblo o se trata de un nuevo pretexto de los grupos que están en el poder para conservarlo? Aún es una palabra bonita, pero bastante mal interpretada. Durante unos días se la invoca y otros días se la pisotea.
Volviendo a los libros de historia y a los diccionarios: según los conceptos puros, democracia “es una forma de organización de grupos de personas, cuya característica predominante es que la titularidad del poder reside en la totalidad de sus miembros, haciendo que la toma de decisiones responda a la voluntad colectiva de los miembros del grupo”. Por lo tanto, se trata de un gran colectivo de personas que encarga el mandato de la cosa pública a uno de ellos, mediante el sistema de sufragio universal, secreto y directo.
Hasta allí, en teoría, todo suena bien. Se trata de gobernar y tomar decisiones colectivas, las que adopta el pueblo a través de mecanismos de participación directa o indirecta, otorgando legitimidad a sus representantes.
Asimismo, se trata de una forma de convivencia social en la que todos sus habitantes son libres e iguales ante la ley y las relaciones sociales se establecen de acuerdo a mecanismos contractuales (como planteaba hace un par de siglos Jean Jacques Rousseau, en El contrato social).
Algunos conceptos deben ser comentados: un colectivo encarga el mando; el pueblo escoge a una persona para que decida por ellos. Nada más ni nada menos. Las decisiones de este mandatario deben ser de consenso y aceptación pública. Todos iguales y libres ante la ley. Como planteaba Orwell en su clásica obra Rebelión en la granja, el concepto puede ser alterado por el de “todos somos iguales, pero unos más iguales que otros”
Para referirse al desmontaje de la democracia venezolana hay que remontarse a un cuarto de siglo atrás, cuando Chávez tomó todos los poderes, sin posibilidad de que haya mecanismos de resistencia.
En la Grecia antigua, Platón y Aristóteles clasificaron las formas de gobierno: a) Monarquía (uno gobierna a todos), b) aristocracia (unos pocos gobiernan a todos); y c) democracia (todos capaces de auto gobernarse). ¿Qué hay ahora?: uno o algunos que gobiernan a todos. Si se piensa que las elecciones son el sistema para señalar que todos gobiernan, entonces eso quiere decir que algo anda mal. O los que gobiernan usaron todos los sistemas de persuasión y coerción para hacer creer que todos gobiernan o la gente sigue sin darse cuenta de que es uno o pocos los que lo hacen.
Por eso, para referirse al desmontaje de la democracia venezolana hay que remontarse a un cuarto de siglo atrás, cuando Chávez se tomó y captó todos los poderes, sin posibilidad de que haya mecanismos de resistencia que, sin embargo, aún persisten.
Como sostiene la periodista María Isabel Puerta Riera “la crisis que atraviesa Venezuela ha dejado de ser un problema doméstico para dar paso a una preocupación regional con implicaciones globales. El deterioro del país ha desencadenado una de las crisis humanitarias más serias de la última década”. Otra de las consecuencias es la migración forzosa que supera los nueve millones de venezolanos la cual afecta, además, a los países de acogida.
“La democracia está infectada y Chávez es el único antibiótico que tenemos”. Era 1998 y Hugo Chávez acababa de ser elegido presidente. El comentario era de una ciudadana de Barinas, su Estado natal. Chávez canalizó el descontento y la bronca de los venezolanos y prometió una mejor distribución de la riqueza. Con el pasar de los años, los índices de pobreza y de delincuencia en Venezuela se han multiplicado y el éxodo de millones de personas sigue, con historias dramáticas de los que, por estar fuera del país, les revocaron su pasaporte y la nacionalidad.

Mientras tanto, la crisis doméstica de Venezuela se agudiza con la pugna entre un gobierno sin legitimidad y un gobierno electo al que se le impidió captar el poder. El deterioro de la economía es el telón de fondo de la profunda desintegración del tejido social de un país donde una minoría con acceso a privilegios subsiste, mientras que la mayoría padece las consecuencias de la ineficiencia en el manejo del gobierno y la negligencia en la distribución de bienes, a lo que se suma la persecución política, sin distinción entre inocentes y culpables.
Algunos antecedentes
La democracia venezolana tenía 40 años de vida (una transición tras la dictadura de Pérez Jiménez) cuando Hugo Chávez, teniente coronel que falló en un intento de golpe de Estado, llegó al poder por vía electoral. Era 1998, y su revolución, basada en la idea de refundar la república, atrajo a las mayorías, al menos mientras era una promesa. Cuarto de siglo después, Venezuela es una de las tres dictaduras del continente —con Cuba y Nicaragua— y ejemplo de cómo una democracia se desmonta desde adentro, utilizando varios recursos, incluso el del voto.
¿Cómo es que un régimen autoritario, originado en procesos electorales derivó en dictadura? Los círculos académicos no definen al sistema venezolano, pero están de acuerdo en que no es democrático, idea que se aclaró desde el mega fraude en las elecciones de julio del 2024. Aunque la palabra dictadura es la que mejor lo define, hay ciertos cambios cuando se compara al sistema venezolano con regímenes similares. Características como la opresión y represión, la pérdida de libertades antes cotidianas (de prensa, reunión y movilización) y categorías científicas puede deberse la forma en que se lo califica: es un autoritarismo del siglo XXI, como lo define la periodista Luz Mely Reyes.

Este tipo de sistema no arranca con acciones armadas ni coerción. Al contrario, usa un método conservador y se basa en el descontento, la ineficacia del sistema democrático y de los partidos políticos. Incluso cuando logra cohesión, capta a las élites y controla instituciones. “Cuando se concentra el poder sin contrapesos, eso inevitablemente conduce a un régimen autoritario”, según el historiador venezolano Pedro Benítez.
Hace solo medio siglo Venezuela era una de las pocas democracias de América Latina, junto a Costa Rica y Colombia. Hoy es una de las tres dictaduras del continente. Era un país tan promisorio que recibía miles de migrantes por los atractivos de su economía, pero ahora ha tocado fondo.
Venezuela es una fábrica de expulsión de ciudadanos (con una migración forzada de alrededor de 9 millones en 10 años), una maquinaria de tortura (más de 2.000 presos políticos, solo en 2024) y en un escenario de fraude electoral.
Para lograrlo, la primera instancia a la que se atacó para desmontar la democracia venezolana fue al poder judicial. La periodista española Beatriz Lecumberri señala que “la revolución sentimental, que es parte del libro de jugadas de cualquier populista para garantizar un respaldo. En el caso de Venezuela, mientras Chávez ganaba elecciones, no había necesidad de robarlas”.
Pero, agrega Lecumberri, roto el vínculo emocional —de tanto usarlo— su sucesor, Nicolás Maduro, recurrió a tácticas tradicionales de los autoritarios. Venezuela es una fábrica de expulsión de ciudadanos (con una migración forzada de alrededor de 9 millones de personas en apenas 10 años, casi un millón anual), una maquinaria de tortura (más de 800 presos políticos —más de 2.000 solo en 2024—) y en un escenario de fraude electoral, el de julio de 2024. Como cualquier régimen que se eterniza sin apoyo popular, el de Maduro recurre al terror como única opción.
Otro objetivo de Chávez fueron los medios de comunicación y el periodismo. Tras una luna de miel y un golpe de Estado que lo apartó del poder por tres días, en 2002, Chávez apuntó contra los medios privados y lo justificó prometiendo la democratización del espacio radioeléctrico, con leyes restrictivas de la propiedad, un sistema mediático alternativo y una hegemonía comunicacional.
Luego creó un mecanismo que inducía a la autocensura, hasta llegar al cierre de la televisora RCTV en 2007. La toma de la industria periodística siguió, incluso tras la muerte del mandatario, con otro recurso: comprar medios impresos por capitales afines al gobierno y normas que criminalizaron la libertad de expresión. En 2017, una Asamblea Constituyente ilegal aprobó la Ley contra el odio, que fue el principal instrumento de judicialización.

Otra de las grandes piezas desmontadas fue el sistema electoral. El chavismo invirtió recursos para crear una plataforma tecnológica que controle el voto. En 1999, tras convocar una Asamblea Constituyente, se creó el Poder Electoral y prometieron más democracia.
Pero, en 2009 se aprobó la reelección indefinida con una enmienda constitucional. No existe evidencia de que Chávez no ganó las elecciones en las que participó inclusive hasta 2012, cuando se presentó por tercera vez, ya enfermo de cáncer. Pero no hay dudas sobre la ventaja electoral que tenía, con dispositivos de control social, como el carnet de la patria que registraba a la mayoría de los adultos y movilizaba votantes identificados en las bases de datos del oficialismo.
El Observatorio Global de Comunicación y Democracia señala que el quiebre de la democracia se dio entre 2015 y 2020, cuando el chavismo perdió el voto popular y la oposición obtuvo las tres mayorías de la Asamblea Nacional (AN). El gobierno desconoció ese triunfo e impidió que la AN de Juan Guaidó funcione.
Para los venezolanos el voto era una tradición arraigada. En 1999, cuando algunos advertían el talante autoritario de Chávez, se escuchaba en las calles: “nosotros lo pusimos (al votar por él) y nosotros lo quitamos”. Esa convicción de que el voto podía ser un instrumento de cambio se terminó con el fraude del 28 de julio de 2024. La misma robustez del sistema automatizado de votación (en el que Chávez invirtió para no ser acusado de fraude) mostró evidencias de que Maduro no ganó.
¿Por qué Maduro permitió las elecciones? Creía que, con la movilización de electores de sus bases de datos y la inhibición del voto opositor, podía ganar, aunque las encuestas mostraban que Edmundo González Urrutia —un desconocido— había logrado el endoso de los votos de la líder María Corina Machado. Pero, hay otra explicación.
Ha pasado un cuarto de siglo desde que Venezuela desmontó todo aquello llamado institucionalidad y democracia. Pero, a pesar del totalitarismo del régimen, aún hay focos de resistencia.
En el artículo Cómo Maduro robó el voto en Venezuela, los politólogos Dorothy Kronick y Javier Corrales sostienen que la lealtad del estamento asegura la permanencia de Maduro. A más de un año del fraude, y mientras Venezuela está enfrentada con EE. UU. en el mar Caribe, esa lealtad parece reafirmarse precisamente por el involucramiento de los militares en organizaciones delictivas como el Cartel de los Soles y el Tren de Aragua, vinculadas con carteles mexicanos del narcotráfico y más grupos delincuenciales en todo el mundo.
Ha pasado un cuarto de siglo desde que Venezuela desmontó todo aquello llamado institucionalidad y democracia. Pero, a pesar de los intentos del régimen para controlar a la población, aún hay focos de resistencia y eso tiene mucho que ver con los 40 años anteriores, que posibilitaron un ejercicio democrático. Sin embargo, el proceso venezolano es una advertencia sobre la fragilidad de la democracia y lo fácil que puede ser la autocratización en contextos donde se combinan el descontento, el populismo y el poder de las armas.
Venezuela se debate entre el caos y la incertidumbre, con un dictador atrincherado en el Palacio de Miraflores y que cuenta con todos los soportes para mantenerse: fuerzas armadas y policiales, organismos de justicia, entidades electorales, poder legislativo y cualquier otro elemento o “evidencia” que sostenga que los chavistas siguen siendo poder y que eso es inalterable.
En 1998, Hugo Chávez prometió que Venezuela “navegará en el mismo mar de felicidad del pueblo cubano”. “Su promesa se hizo realidad, pero el pueblo venezolano ha decidido que no le gusta navegar en ese mar. En vez de Patria, socialismo o muerte (el grito de Chávez) prefiere Patria, libertad y vida. Todo apunta a que las conquistarán, pero ¿cuándo y a qué costo?