No fue algo inesperado, porque solo EE.UU. tenía una bomba capaz de destruir un búnker subterráneo, en las profundidades de una montaña cerca de Fordow, norte de Irán. Aunque, al principio no se atribuyó la autoría del ataque, era evidente que el presidente Trump había ordenado, tras anunciar que no se involucraría en este conflicto, un ataque que, finalmente, fue decisivo para detener la escalada de ataques entre Irán e Israel.
A las ocho menos diez de la tarde del sábado 28 de junio, a muchos estadounidenses se les atragantó la cena. La noticia era grave: EE. UU. entraba en guerra con Irán, porque el presidente Donald Trump daba a conocer que el ejército había ejecutado ataques a tres instalaciones nucleares de Irán.
Trump dio un paso que ni Obama ni Biden se atrevieron a dar. Un ataque directo al núcleo del programa nuclear iraní. Irán, el país reticente a negociar sobre su programa nuclear (esta semana anunció y que ha mantenido una posición beligerante contra algunos de sus vecinos -especialmente Israel- y que ha financiado a los principales grupos terroristas del mundo árabe (Hamas, Hizbullá, los Hutíes, entre otros) en contra del estado hebreo y los propios EE. UU.

Trump se estaba jugando su capital político interno, con una decisión que iba en contra del aislacionismo de sus bases y, sobre todo, amenazaba con involucrar a la primera potencia mundial en un conflicto en Medio Oriente, de consecuencias impredecibles.
Dos días después, Trump comunicaba el alto al fuego entre Irán e Israel, dos enemigos irreconciliables. Anunciaba la paz, felicitaba a los rivales y hablaba de prosperidad y armonía. Pero una paz como la que acordaron esos dos países es demasiado frágil y sigue siendo endeble, por las posiciones irreconciliables e irrenunciables de los dos actores del conflicto.
Tras años de alertas sobre la consecución de un arma nuclear por parte de Irán, el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, abrió la guerra directa contra Irán el 13 de junio. Esto le sirvió para retrasar el programa nuclear iraní pero también para mejorar su alicaída imagen dentro de Israel.
La operación militar estadounidense denominada Martillo de Medianoche desplegó siete bombarderos B-2 -indetectables y de gran rango y capacidad- acompañados de decenas de cazas. Arrojó por primera vez una bomba anti-búnker de casi 15.000 kilos -el arma convencional más pesada-, y misiles Tomahawk desde submarinos nucleares. Una operación rápida, quirúrgica y sin coste humano. Ejecutada en secreto y buscando desviar la atención: un escuadrón de B-2 fue al Pacífico, con trayectoria detectable, confundiendo a muchos sobre la existencia del ataque y seguramente también a Irán.
Trump hablaba del probable asesinato del ayatolá Alí Jamenei, advertía sobre “el control total de los cielos de Irán”, pedía la evacuación de Teherán y exigía a Irán una “rendición incondicional”.
La decisión que se tomó
«Nadie sabe lo que voy a hacer”, decía Trump días antes del ataque. En su habitual estilo de mensajes extraños, el presidente de EE. UU. apuntaba a sumarse a Israel con un ataque al programa nuclear de Irán, después de no lograr avances diplomáticos para un objetivo que sigue siendo inaceptable para el Gobierno de Teherán: renunciar al enriquecimiento de uranio.
La posición de la Administración Trump iba cambiando tras los primeros ataques de Israel. Primero, dijo que fue una decisión unilateral israelí y que él no tuvo nada que ver. Luego en la cumbre del G7 en Canadá, Trump cambió de idea. Sus mensajes eran agresivos: hablaba del probable asesinato del Líder Supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei, advertía sobre “el control total de los cielos de Irán”, pedía la evacuación de Teherán y exigía a Irán una “rendición incondicional”. Pero, también decía que los diálogos con Irán “iban muy bien”.
Dos días antes su portavoz, Karoline Leavitt, leyó un mensaje de Trump en una rueda de prensa. Decía que el presidente decidiría sobre atacar o no a Irán en dos semanas. Pero, nada de eso. Treinta horas después, el multimillonario daba luz verde al ataque. Según muchos analistas se trató de una cortina de humo.
¿Cuáles fueron los antecedentes?

La Administración estadounidense supo por meses que Netanyahu atacaría Irán. Las acciones debían ser cuidadosas, porque Trump tenía frente a sí asuntos internacionales y domésticos. La prioridad de su política exterior siempre ha sido Medio Oriente. Pero, para el mandatario estadounidense la estabilidad de la región se basa en una transacción económica, no democrática, con la que amagaron sus antecesores demócratas.
En su primer viaje internacional, que fue al golfo Pérsico -desde Arabia Saudí a Qatar- lo dejó claro: aunque sus referencias sobre Irán pasaron desapercibidas, por escándalos de menor tono, como los conflictos de interés con su empresa familiar. En un discurso en Riyad, Irán fue su punto de mira. Trump dijo que buscaba un acuerdo con ese país y le ofrecía una rama de olivo, para que sea un país exitoso, aunque debía renunciar a su programa nuclear.
Trump daba un ultimátum de dos meses a Irán para que dé pasos decisivos sobre su programa nuclear, pero antes de fenecer el plazo, Israel atacó. Trump lo sabía. Dentro de EE.UU. hay resistencia a la posibilidad de otra intervención militar estadounidense en la región. Las bases electorales de Trump se oponen al intervencionismo y promueven el aislacionismo y proteccionismo de la primera potencia militar del mundo. En su primera presidencia, fue llamativo que EE. UU. no entre en conflictos. Buena parte de su electorado está cansado de las “forever wars”, guerras interminables, desde Irak a Afganistán. Por eso, el riesgo político de entrar en conflicto con Irán era grande.
Dentro de EE.UU. hay resistencia a la posibilidad de otra intervención militar en la región. Las bases electorales de Trump se oponen al intervencionismo y promueven el aislacionismo.
Lo que dijo no fue lo que hizo
Trump habló en la televisión a la nación para informar sobre los ataques y dijo que fueron un éxito total. Aclaró que su impacto se mediría en dos elementos: el debilitamiento del programa nuclear iraní -el objetivo de la operación militar- y la respuesta de Irán, que definiría el tipo de crisis en la que Trump metía a EE. UU.
Incluso afirmó que el programa nuclear de Irán estaba “completamente destruido”, pero ninguno de sus altos cargos lo ratificó y su alcance se va a ver luego. Advirtió a Irán que cualquier represalia sería contestada con más fuerza. La respuesta iraní no fue la esperada: un ataque controlado a una base militar estadounidense en Qatar, sin víctimas ni daños. Irán no quería guerra.
Casi sin querer
En medio del cruce de versiones y amenazas, contradicciones y desmentidos, esta maniobra le resultó bien a Trump. Mientras mantenía el apoyo al régimen de su gran amigo Netanyahu en una guerra que, evidentemente, debilitó a Irán, logró que el involucramiento estadounidense en el conflicto sea leve.
Para completar, poco antes de las 48 horas del anuncio del ataque a Irán, Trump anunció el alto al fuego entre Irán e Israel. El mensaje no aclaró cuándo cesaban las hostilidades, porque ambos bandos incumplieron en los primeros momentos. Trump lo logró, poco antes de viajar a la cumbre de la OTAN en los Países Bajos. Fue un movimiento afortunado que fortaleció la posición de Trump frente a sus aliados europeos, por una combinación de mano dura con diplomacia.
El columnista Sergio Berensztein escribía en La Nación de Argentina que “la audaz decisión de Donald Trump de intervenir para desmantelar el programa nuclear iraní junto con el previo y sorprendente despliegue militar israelí en ese país constituye un punto de inflexión cuyas consecuencias son aún muy difíciles de precisar, a pesar del aparente y limitado éxito de la operación Martillo de Medianoche”.
Agrega que “EE.UU. recupera una reputación y una capacidad de disuasión que habían quedado enormemente degradadas como resultado del fracaso de la Segunda Guerra del Golfo, la caída de la embajada de ese país en Libia, los zigzagueos y el eventual repliegue durante la guerra civil en Siria, el fracasado acuerdo con Irán y el vergonzoso retiro de Afganistán”.
Para este analista “casi de un plumazo, restaura una credibilidad y un respeto que, disipados hacía mucho, afectaban su capacidad de negociación. Ahora, demuestra de forma nítida que, a pesar de tanta conjetura respecto de la decadencia de su poder hegemónico, esta potencia está decidida a actuar como tal, sin prejuicios ni complejos de culpa, con los costos y beneficios que eso trae aparejados”.
EE.UU. recupera una reputación y una capacidad de disuasión que habían quedado enormemente degradadas como resultado del fracaso de la Segunda Guerra del Golfo. .
¿Quiénes ganan y quiénes pierden?
Por lo visto, el gran ganador es EE.UU. que, sin involucrarse en un nuevo conflicto en cualquier parte del mundo, fortalece su postura de primera potencia militar del mundo. Esta capacidad le coloca en primer lugar para ser una especie de árbitro/parcial en cualquier conflicto que involucre intereses estadounidenses o de sus aliados en cualquier sitio. Esto puede ser bueno o malo, dependiendo de las perspectivas y de los actores.
Por su parte, Israel logró revertir esa sensación de vulnerabilidad dentro y fuera del país tras el atentado terrorista de Hamas del 7 de octubre de 2023. En menos de dos años, ese grupo ha sido casi arrasado, mientras el ahora descabezado Hezbollah sigue retrocediendo.
Los ataques hutíes en Yemen, el despliegue de tanques en Siria, más allá de los Altos del Golán y la caída del régimen proiraní de Bashar Al Assad en Siria, han permitido que la ofensiva israelí detenga muchos ataques en su contra, incluido el programa nuclear del régimen fundamentalista de los ayatolas.
Netanyahu recupera su imagen, recordando a uno de sus ilustres antecesores, el ex premier Menachem Begin, que hablaba sobre el derecho que tiene Israel a defenderse unilateralmente y por sus medios ante las agresiones y amenazas a las que lo someten. El siempre polémico Netanyahu reencauzó su legado, pese a las controversias desatadas en torno a la ocupación militar en Gaza que, vale recordar, busca rescatar a más de medio centenar de rehenes aún retenidos.
¿Cómo queda el nuevo mapa geopolítico global? ¿Hay un nuevo (des) orden internacional? Mucho y poco al mismo tiempo. Cayó la utopía de la globalización y el multilateralismo, pero sin alternativas a la vista. Solo se ve el juego de intereses por parte de China, potencia emergente que, junto a Rusia y Pakistán, sin ocultar sus lazos con Irán, ayudó a conseguir uno de los objetivos que buscaba Trump: que el conflicto no escale.
Washington trató de forzar un acuerdo diplomático con Teherán sobre su programa nuclear para evitar acciones militares (mientras éstas se planificaban en secreto). La posterior gestión del cese del fuego, con Trump retomando una posición de fría equidistancia ante Israel e Irán, enfatiza el hecho de que EE. UU. no quiso entrar en el conflicto, pero logrando que Irán no tenga armas nucleares.
Otros datos para intentar resolver este crucigrama son: la participación china para facilitar un acuerdo entre Irán y Arabia Saudita. En el caso de la potencia asiática, el objetivo fue mantener el suministro del petróleo iraní. Vale recordar que en los 12 días de conflicto no cesaron las ventas del crudo y los precios siguieron tan bajos como cuando comenzaron las acciones bélicas.
El caso de Rusia no es menos significativo. Aún sin terminar la invasión a Ucrania y debilitada por el cambio de régimen en Siria, para Moscú se vuelve imposible cooperar con su histórico apoyo al régimen islámico. Dmitri Medvedev, expresidente y actual miembro del Consejo de Seguridad sugirió que Rusia colaboraría con Irán para restablecer su programa nuclear, pero el propio Putin lo desmintió al decir que en Israel hay muchos rusos/parlantes.
¿Irán ya no es una amenaza para la existencia de Israel? Todo indica que sí, pero no hay evidencias de que el daño causado sea definitivo. No obstante, el hecho de que Israel y EE. UU. enfaticen que Irán no podrá tener un arma nuclear, respaldándolo con incursiones militares, es una novedad crucial que cambia los equilibrios de poder en Medio Oriente.
Irán sostiene que salió airoso de esta encrucijada. No hay posibilidad de “cambio de régimen” y sus líderes sostienen que el pueblo fue valiente, mientras que las fuerzas de la revolución mantienen el control sobre la población. Están desactivadas posibilidades prontas de atentados contra objetivos israelíes o norteamericanos, pero organismos de derechos humanos denuncian que en Irán hay represión interna con métodos de terror para desalentar cualquier posibilidad de cambios de gobierno, detenciones arbitrarias y militarización del territorio.
El hecho de que Israel y EE.UU. enfaticen en que Irán no podrá tener un arma nuclear, respaldándolo con incursiones militares, es una novedad crucial que cambia los equilibrios de poder en Medio Oriente.
Propuestas y perspectivas
El presidente estadounidense Donald Trump estaría considerando ofrecer a Irán USD 30.000 millones para que vuelva a la mesa de negociaciones. Según CNN, el dinero sería usado para desarrollar un programa nuclear civil sin enriquecimiento de uranio.
La cadena estadounidense señala que EE. UU. y sus aliados de Medio Oriente mantienen conversaciones confidenciales con representantes iraníes incluso en medio de las tensiones militares en la región y tejen redes de contactos diplomáticos tras bastidores. Las negociaciones siguieron incluso después de la firma del alto el fuego, buscando un compromiso que garantice la no proliferación nuclear.
La condición que los estadounidenses ponen para las negociaciones sigue siendo que Irán no desarrolle programas de enriquecimiento de uranio. Esta propuesta, aún en estudio, incluiría incentivos económicos, con la posibilidad de que la financiación no sea de EE. UU., sino de sus socios árabes.
Una de las hipótesis es sustituir la central nuclear de Fordow, dañada por ataques militares estadounidenses, por una instalación para un programa nuclear civil sin enriquecimiento, financiada por los países árabes con el apoyo de Washington. Se desconoce si Teherán podrá utilizar el emplazamiento y es pronto para saber si las operaciones militares estadounidenses e israelíes en Irán marcarán un punto de quiebre en las todavía frágiles relaciones de Medio Oriente.
¿Y la OTAN? “El arte de la guerra se basa en el engaño. Y, para Trump, la guerra es una forma de comercio”, escribe Raúl del Pozo en El Mundo en su artículo “’Fuck’ Trump y ‘fuck’ OTAN”. “¿Salida honrosa?”, pregunta Fernando Balseca. “Aunque las apariencias dan para que en las guerras unos se crean ganadores y otros se sientan perdedores, lo cierto es que todos los bandos de una contienda bélica fracasan y pierden, incluso los que supuestamente solo son espectadores o se mantienen neutrales. Cualquier guerra en el siglo XXI es muestra del trato irracional de unos humanos para con otros humanos”.
