En un momento crítico de las relaciones del Brasil con los Estados Unidos, se llevó a cabo en Río de Janeiro, entre el 6 y 7 de julio de 2025, la 17a. reunión de los BRICS+ (Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica, Egipto, Emiratos Árabes, Etiopía, Indonesia, Irán y otros). Entre esa organización y buena parte de sus integrantes existe un fuerte antagonismo con Estados Unidos. En consecuencia, el presidente Trump, dentro de sus formas de negociación, ha amenazado a todos esos países con aumentos desmesurados de aranceles.
Los BRICS se reunieron por primera vez, como un foro político con acento económico, en el año 2006. No obstante, su formación se retrotrae al período cumbre del unilateralismo de los Estados Unidos, después de la Guerra Fría. De manera paralela a ese predominio, ciertos países alcanzaron sustanciales mejoras económicas, consecuencia del aperturismo de la globalización. Esas naciones “emergentes” iniciaron un nuevo momento de disputa con las grandes economías mundiales, ya no por diferencias ideológicas acerca del modelo económico, sino con el fin de igualar sus accesos a áreas institucionales de poder. Sus diferencias se expresaron, en un comienzo, básicamente, por el control de la organización mundial de comercio, OMC, hasta hace poco centro del sistema de intercambio comercial internacional.
El acrónimo BRICS (ladrillos en inglés) provino del economista de Goldman Sachs, Jim O’Neill, en un ensayo (2001) titulado Construyendo mejores ladrillos (brics) económicos globales. En la cúspide de la libre competencia, para avanzar en la liberalización comercial, promovía entre analistas y académicos internacionales, la idea de que países altamente poblados, con economías ascendentes, altos receptores de inversión extranjera, grandes proveedores de materias primas y de alimentos, con clases medias en expansión, y mejoras en educación, habían ampliado sus consumos domésticos, y serían rápidamente potencias dominantes en tecnología y servicios. Según ese estudio, esas capacidades fácilmente les permitirían, en corto tiempo -2050- sobrepasar a las grandes economías actuales, incluida la de Estados Unidos.
Entre los llamados “países emergentes”, al ritmo del libre comercio y una pragmática apertura gradual, primaban sobre todo filosofías apegadas a conseguir y ampliar el bienestar hacia un número mayor de sus poblaciones.
Ante el, en ese entonces, omnímodo poder de las potencias occidentales, emergió la formación de nuevos grupos de naciones derivado de la confrontación que se había promovido entre aperturismo y niveles de proteccionismo. Dentro de esa controversia, países con nuevo impulso económico, con Brasil e India a la cabeza, consiguieron desarticular la exclusividad con que cuatro o cinco países, en salas privadas (green room, en inglés), resabios del antiguo régimen, manejaban a su antojo la modificación de las normas que permitían o facilitaban los grados de apertura comercial, dentro del modelo que se había impuesto y era operado desde la Organización Mundial del Comercio, OMC.
Así, entre los llamados “países emergentes”, al ritmo de la tendencia del libre comercio y con una pragmática apertura gradual, primaban sobre todo filosofías apegadas a conseguir y ampliar el bienestar hacia un número mayor de sus poblaciones, sistemáticamente postergado. Varios habían sido activos en los así conocidos No Alineados dentro del enfrentamiento ideológico de la Guerra Fría.
Durante este nuevo período aperturista, ya alejado del proteccionismo nacionalista, algunas cosas en el orden mundial habían cambiado de rumbo, como fue el caso de países asiáticos, que se agruparon en el APEC (Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico) y el ASEAN (Asociación de Naciones de Asia Sudoriental) tratando de alcanzar anhelados niveles de desarrollo, similares a los de occidente.
Esas naciones crecieron significativamente. Se distanciaron del llamado Tercer Mundo en sus datos macroeconómicos en cifras sustanciales. Varios se apoyaron en políticas económicas si bien liberales, pero no ortodoxas, dentro de la línea de sustitución de importaciones, regionalismo abierto y otorgamiento de subsidios, con fines de protección a ciertos sectores estratégicamente planificados. Esa política les permitiría alcanzar niveles de una fuerte competencia, lo que los llevó a ser denominados como “los tigres” asiáticos. Con distancia y carácter específico, sobresalió la República Popular de China.
A los latinoamericanos, ese envidiable crecimiento los dejó atrás, a pesar de haber sido promotores de teorías bien sustentadas y de gran atractivo, pero que pronto dejaron de tener vigencia ante su “fracaso” político por constituir fórmulas, según se dijo, de un imposible e inalcanzable crecimiento económico.
Brasil, gracias a su tamaño y enorme cantidad de recursos de todo tipo, es prácticamente el único de la región de los que ha aplicado con rigurosidad, desde tiempo atrás, unas políticas de selectivo proteccionismo. Convirtió en acción de Estado la defensa de algunos sectores económicos y el desarrollo de ciertas industrias, con el fin de promover su progreso.
La mayor de las trabas son las instituciones multilaterales del sistema económico internacional, que están bajo el control y poder de al menos una de las grandes potencias del mundo: los Estados Unidos de América.
China, Rusia, India, Brasil, Sudáfrica, alcanzaron grandes avances, pero llegaron a la conclusión de que, a pesar de sus progresos, acoplamiento al sistema económico, comercial y enormes esfuerzos productivos, persisten grandes estructuras que les impide alcanzar mayores niveles de desarrollo.
La mayor de las trabas son las instituciones multilaterales del sistema económico internacional que están bajo el control y poder de al menos una de las grandes potencias del mundo: los Estados Unidos de América. Su moneda, el dólar, se encuentra presente en todas las transacciones e intercambios del mundo. Esa realidad, señalan, otorga al dueño de esa divisa, un poder adicional, con el cual los demás no pueden competir. Quien tiene ese dominio, indican, posee una serie de beneficios que genera desequilibrios, desigualdad y hace injusto al sistema.
Bajo esos criterios, los integrantes de los BRICS que, como toda entidad internacional, actúa en términos políticos, decidió confrontar el desequilibrio del dominio monetario del dólar creando un banco, como un primer paso en un intento de reducir la capacidad del poder de la divisa y del emisor, los Estados Unidos.
Por supuesto, modificar el sistema monetario internacional no es el único objetivo de los BRICS. El incremento del número de sus socios ha ampliado su capacidad geopolítica. Es precisamente a estos, y otros elementos, a los que clara y directamente ha reaccionado el presidente Donald Trump de los Estados Unidos.

La mayor confrontación ya no es el modelo aperturista, que ha implicado devastadores problemas ambientales; una descontrolada concentración de riqueza con impensables dueños trillonarios; y, una cada vez más inalcanzable brecha científica y tecnológica. Hoy, el enfrentamiento está centrado en el control de los recursos naturales que permiten la producción altamente técnica de equipos para la guerra, para la industria digital, que implica un sistema financiero y monetario que respalde ese poder.
La agenda de los BRICS en materia política está centrada básicamente en la defensa del sistema multilateral; la reforma de Naciones Unidas, particularmente del Consejo de Seguridad; la financiación y apoyo al desarrollo; la gobernanza de la inteligencia artificial; y, el acuciante tema de la paz en un mundo polarizado y en guerra.
Evidentemente no es una agenda consensuada, basta pensar en la política agresiva de Rusia frente a Ucrania, como la pasiva pero potente posición de China. Sin embargo, es una muestra de la distancia de criterios y pormenores que, en cada uno de esos temas existe entre un sector del mundo (el de los países emergentes de los BRICS) y su contradictor los Estados Unidos.
El presidente Lula ha dicho: “Conocemos el poder económico de Estados Unidos, reconocemos su poder militar, reconocemos su tamaño tecnológico, pero eso no nos hacer tener miedo, ni exige sumisión, nos hace estar preocupados”.
Ciertamente, este no es un conflicto reciente. Lo nuevo son las características del régimen que se busca implantar, en el que la tendencia es el ejercicio total del poder. El arma de los aranceles al 50 %, focalizado en Brasil, por un proceso judicial a un expresidente, cuestión eminentemente de política interna, deja al descubierto la realidad mundial: la escena de silencio de Latinoamérica y, en la coyuntura, los más profundos cambios desde la Segunda Guerra, en el que los intereses contrapuestos de los BRICS, deja en entredicho sus capacidades.
Brasil ha señalado que no responderá a los aranceles impuestos, más bien, ha dicho que demandará a Estados Unidos ante la OMC —entidad desde la que intentó modificar el poder—. También realizará llamadas a China e India, sus socios BRICS. El presidente Lula ha concluido: “Conocemos el poder económico de Estados Unidos, reconocemos el poder militar de Estados Unidos, reconocemos el tamaño tecnológico de Estados Unidos, pero eso no nos hacer tener miedo, ni exige sumisión, nos hace estar preocupados”.
*Ex Vice Canciller
