El crítico literario Fredric Jameson dijo que “el capitalismo es […] lo mejor y lo peor que le ha ocurrido a la especie humana”. Cuando hizo esta afirmación, en 1991, las negociaciones de la Ronda Uruguay del GATT avanzaban con el viento a favor, hasta acoderar en los acuerdos constitutivos de la Organización Mundial de Comercio (OMC).
En agosto de 1994, la conferencia Cyberspace and the American Dream (Atlanta) profetizó el inicio de una nueva era, de desmaterialización: la era de la información. Esa conferencia también prescribió la reducción del Estado y la creación de nuevos derechos de propiedad intelectual, para evitar que el ciberespacio caiga en manos del gobierno.
Al crearse la OMC (1 de enero de 1995) la regulación del comercio internacional de mercancías se extendió al comercio de intangibles (servicios y propiedad intelectual). Estos avances del multilateralismo fueron insuficientes para el capital transnacional, que impulsó a sus gobiernos, en las décadas finales del siglo XX, a negociar en forma bilateral tratados de libre comercio (TLC) mucho más ambiciosos.
Con OMC y TLC de su lado, en los albores del siglo XXI el capitalismo se expandió por todo el planeta (salvo excepciones notables como Corea del Norte o Cuba). Parecía que las advertencias del oráculo del neoliberalismo, el austriaco Frederic Hayek, habían sido atendidas, y la libertad liberal —la redundancia es necesaria— había triunfado sobre el socialismo. La implosión del bloque comunista y el ingreso de la República China a la OMC (diciembre de 2001) lo confirmaban.

Corea del Norte es uno de los regímenes más cerrados del mundo, una de las pocas excepciones a la globalización del capitalismo. Foto: Kyodo News via Getty Images
Así, el capitalismo, en modo globalización, finalmente había triunfado. Parte de ese triunfo se refleja en los beneficios para la humanidad traídos por las gigantes tecnológicas. Hoy es posible, por medio de varios servicios, conversar en tiempo real y sin costo con familiares y amigos que se encuentran a miles de kilómetros; realizar transacciones financieras internacionales desde el computador del hogar; indagar gratuitamente en Wikipedia antes de iniciar una investigación científica en bases de datos remotas; gracias a redes como Facebook o Instagram, socializar en el ciberespacio. En este entorno, cada vez gana más presencia el trabajo remoto; todo esto está modificando profundamente las relaciones sociales.
Una de las características más salientes de la civilización del capital es la fe casi religiosa en la tecnología. El determinismo tecnológico sostiene que la innovación tecnológica es el eje impulsor del cambio social.
Pero tras la crisis financiera de 2008, la pandemia de 2020 y la inestabilidad internacional (lo de Ucrania es uno de tantos “puntos calientes”), ese triunfo tambalea. Slavoj Zizek, el mediático filósofo y psicólogo esloveno, plantea que hoy día es más fácil imaginar distopías apocalípticas que la continuidad del capitalismo tal y como lo conocemos.
En esta línea, no faltan quienes —como Yanis Varoufakis, ex ministro de hacienda de Grecia y catedrático de la Universidad de Atenas— anuncien que las gigantes de la tecnología han logrado lo que no pudieron las revoluciones de inspiración marxista del siglo XX: terminar con el capitalismo. La humanidad ya estaría, afirman, en un nuevo periodo histórico que han dado en llamar “neo-feudalismo” o “tecno-feudalismo”.
Las gigantes tecnológicas
Una de las características más salientes de la civilización del capital es la fe casi religiosa en la tecnología. El determinismo tecnológico sostiene que la innovación tecnológica es el eje impulsor del cambio social. Si la economía del siglo XX se sintetiza en la rígida fábrica fordista-taylorista, la del siglo XXI pretende resumirse en las empresas tecnológicas —Apple, Microsoft, Alphabet, Amazon, Meta, TSMC, Nvidia, Tencent, Samsung, Alibaba… entre las más representativas—. Según la agencia de investigación Kantar Millward Brown, consideradas por el valor de las 20 marcas más importantes, el 95% de ellas tienen su matriz en EE.UU.

Sede de Google en Mountain View en California. Foto: EXPANSION
Las empresas tecnológicas del siglo XXI son heterogéneas. La más rentable es Alphabet, con sede en Mountain View, California, la empresa matriz de Google (y todas sus ramas: Gmail, Google Drive, Google Maps, Google Play, YouTube, Wase), Calico (la empresa que busca la inmortalidad), Capital G (fondo de inversiones), Deep Mind (inteligencia artificial), Google Fiber, Sidewalk Labs (planificación urbana), Verily (empresa dedicada a las ciencias de la vida) y otras más.
En 2021, Amazon, la corporación de comercio electrónico con sede en Seatle, fundada en 1994 por Jeff Bezos, reportó ventas anuales por USD 469.822 millones. Pero mientras Amazon contaba con 1.608.000 empleados, Alphabet tenía 165.500.
En áreas como las comunicaciones, la pérdida de capacidad regulatoria del Estado es notoria. En sectores económicos donde la competencia no es técnicamente posible –energía, ferrocarriles, banda ancha– las privatizaciones premiaron a los nuevos dueños elevándolos a la condición de rentistas privilegiados.
La más valiosa por su capitalización de mercado es Apple, con sede en Copertino, California, establecida en 1976 por Steve Wosniak, Ronald Wayne y Steve Jobs. Dedicada en un inicio a producir computadores, dio un salto gigante en el 2007, cuando introdujo los iPhone e iPad. A julio del 2022 valía USD 2.431 billones de dólares.

Steve Jobs presenta el primer Iphone en el 2007.
La audacia y visión empresarial de los líderes de las gigantes tecnológicas han servido a los medios para elevarlos a la condición de héroes de la postmodernidad. En la vida real, esas empresas aprovechan lo que les proporciona el sistema: mano de obra barata de sus trabajadores, mano de obra gratuita de sus usuarios, una estructura propicia de derechos de propiedad y exenciones fiscales de los gobiernos donde se localizan.
Como la economía convencional no explica bien cómo es que las empresas tecnológicas han tenido un éxito tan rotundo, a pesar de ser tan diferentes de las empresas del siglo XX, Varufakis y otros proponen el advenimiento del tecno-feudalismo. Pero Google, Facebook o Amazon ¿son señoríos feudales? Uber ¿es solo una plataforma captora de rentas, inserta entre taxistas y pasajeros? ¿o produce y vende servicios de transporte?
Entorno propicio
El triunfo de los empresarios de la era de la información ha tenido lugar en un ambiente para nada espontáneo. Las políticas neoliberales de fines del siglo XX propiciaron las condiciones que facilitaron el ascenso del ‘modelo’ tecnocrático que encubre razones y relaciones aparentemente feudales. La política más relevante fue el sistemático debilitamiento del Estado, facilitando la expansión, la influencia social y el poder de las corporaciones transnacionales.
Las leyes Sherman (1890) y Clayton (1914) eran la base jurídica que en el siglo pasado sirvió al gobierno norteamericano para controlar monopolios y preservar la libre competencia. Hoy, ese mismo gobierno promueve las prácticas no competitivas y facilita la expansión internacional de “sus” gigantes. Pero se muestra incapaz de monitorear el poder de mercado ejercido por ellas, no se diga de controlarlas.
En áreas como las comunicaciones, la pérdida de capacidad regulatoria del Estado es notoria. En sectores económicos donde la competencia no es técnicamente posible —energía, ferrocarriles, banda ancha— las privatizaciones premiaron a los nuevos dueños elevándolos a la condición de rentistas privilegiados. Una vez que el poder empresarial sustentado en mercados monopólicos subyuga al estado, la acumulación del capital se realiza por medio de rentas, de las deudas, la desposesión y… también de la producción de mercancías.
El jurista australiano Peter Drahos fue de los primeros en anticipar que “un mundo en el cual las semillas patentadas, los algoritmos, el DNA y las fórmulas químicas sean propiedad de unos pocos, un mundo en el que los flujos de información puedan ser coordinados por los barones de los medios de información, será, en realidad, un feudalismo informacional”, en Information feudalism in the information society, The Information Society, julio de 1995.
Entre 2006 y 2018 Spotify gastó USD 10.000 millones en licencias sin las cuales no podría prestar su servicio. A pesar de la calidad y cantidad de su stock de música, esta empresa no parece rentable. En 2019 perdió € 186 millones y € 581 millones en 2020.
Drahos aclara la importancia de los derechos de propiedad intelectual que saltaron de las heterogéneas legislaciones nacionales, al homogéneo ámbito internacional regulado por el Acuerdo sobre los ADPIC (el acuerdo multilateral más completo sobre propiedad intelectual) vigente desde el 1 de enero de 1995. El inmenso poder desplegado en el mundo por los barones de la informática descansa en la forma en que han sido dispuestos esos derechos, auténticos privilegios elevados al nivel de norma internacional obligatoria al crearse la OMC.
Los derechos de propiedad sobre objetos abstractos tienen dos características. Como diría Isaiah Berlin, son derechos “negativos”, en el sentido que impiden a otras personas hacer algo; el derecho a la vida impide a los otros matar; el derecho a la libertad impide a los otros esclavizar; el derecho de propiedad impide tomar los bienes de otro (Cuatro ensayos sobre la libertad, 1988). Pero a diferencia de los derechos sobre bienes físicos, los derechos de propiedad sobre intangibles crean patrones de interferencia, porque los objetos abstractos son recursos especiales, vitales para muchos tipos de proyectos sociales, culturales y económicos. Son privilegios que permiten una intrusión avalada por el gobierno –y desde 1995 por la OMC como entidad supraestatal– en las libertades negativas de otros, y que también interfieren en la sociedad, la cultura y la economía.
Google vs Spotify
La gran mayoría de los ingresos de Spotify –el servicio de streaming– provienen de las suscripciones de sus 108 millones de usuarios. Otros 226 millones no pagan, pero cada cierto tiempo se ven obligados a escuchar publicidad. Su principal insumo es un gigantesco catálogo de música que, para ser escuchada por sus clientes, debe pagar una fabulosa cantidad de derechos de propiedad intelectual. Entre 2006 y 2018 Spotify gastó USD 10.000 millones en licencias sin las cuales no podría prestar su servicio. A pesar de la calidad y cantidad de su stock de música, esta empresa no parece rentable. En 2019 perdió € 186 millones y € 581 millones en 2020. Como tiene un gran número de usuarios que no pagan, vende su servicio a otro tipo de clientes: las empresas que contratan publicidad. Sin esa venta no habría usuarios gratuitos.

Oficinas de Spotify en Estocolmo, Suecia. Foto: Spotify
Spotify procesa información sobre los hábitos y preferencias de sus clientes, con la cual genera playlists. Pero su negocio principal no deja de ser el servicio de streaming. Esta empresa sueca es tan capitalista como lo hubiera imaginado Henry Ford; los rentistas son los sellos musicales y los artistas.
Google también produce una mercancía algo parecida: acceso en tiempo real a una inmensa cantidad de conocimiento humano. Pero sus costos de producción son muchísimo más baratos, pues no debe pagar licencias a los autores y creadores de contenidos de las páginas indexadas. Sus usuarios no pagan por las búsquedas que realizan, pero esas búsquedas son insumos gratuitos de otro producto: el acceso a las pantallas y a la atención de esos usuarios. Los algoritmos y la inteligencia artificial propiedad de Google tienen muchas formas de agregar valor a esa información —inmenso tesoro de datos personales extraídos subrepticiamente—. Google simplemente no existiría si tuviera que pagar por indexar cada contenido requerido en las búsquedas de sus usuarios.
En 2021 Alphabet, reportó ingresos mundiales por USD 257.637 millones, la mayoría originados en la venta de la información procesada por Google, obtenida gratuitamente en las búsquedas de sus clientes. Esto sugiere que el ambiente en el que opera esta empresa no es un ‘feudalimo de la información’; más bien parece ‘comunismo de la información’, concluye Evgeny Morozov (Critique of techno-feudal reason, New Left Review, 133/134). Así, ese idealista, casi socialista objetivo de ‘organizar todo el conocimiento del mundo’, justifica la infinita indexación de información gratuita producida por otros, como si no existieran derechos de propiedad de esos otros –incluidos los derechos de acceso y uso.
¿En reversa, hacia el feudalismo?
La enorme cantidad de recursos cosechados por las gigantes tecnológicas en base a los derechos de propiedad intelectual se asemeja a las rentas de los terratenientes de la época feudal. El señor feudal, propietario de los recursos de la tierra (campos fértiles, caídas de agua, reservas de minerales), no necesitaba esforzarse ni contratar a nadie para participar con ventaja en el excedente generado por el trabajo servil.

Las analogías parecen evidentes: tierra = data, empresas tecnológicas = señores feudales, ingresos = rentas. Cuando un noble controlaba el derecho a usar una caída de agua, la renta generada por ese recurso formaba parte de la plusvalía total extraída en ese señorío. Pero hay cosas mejores que poseer una caída de agua. Después de todo, el agua es escasa, mientras que los intangibles pueden ser inagotables: el dueño de la propiedad intelectual de una canción popular puede recibir rentas casi infinitas.
Los gigantes tecnológicos no solo son rentistas que explotan sus derechos de propiedad intelectual y los efectos reticulares generados en la internet. También invierten mucho dinero en sus negocios. Entre 2017 y 2020 el gasto en I&D de Alphabet fue de USD 91.500 millones. En un solo año (2020) Amazon gastó en I&D USD 42.700 millones y dio empleo a más de un millón de personas. Google, Amazon o Facebook tienen ahora menos activos intangibles que otras corporaciones transnacionales, y menos de lo que tenían hace diez o quince años, por la simple razón de que la gestión y el procesamiento de la inmensa cantidad de información expropiada a sus usuarios requiere gigantescas redes físicas y grandes centros de datos.
Si se acepta que Google produce resultados de búsquedas, proceso que requiere masivas inversiones de capital, es una empresa capitalista. Esta, como otros gigantes digitales, practican todo tipo de tácticas para consolidar su poder, sacar ventaja de sus portafolios de patentes, capturar a sus usuarios y obstruir a cualquier posible competidor. Así mismo, como cualquier empresa capitalista ocupada en otra rama de actividad, gastan fortunas en ganarse el favor de gobiernos y legisladores.
USD 42.700 gastó amazon en investigación y desarrollo solo en el 2020 y dio empleo a un millón de personas. Los gigantes tecnológicos invierten mucho dinero en sus negocios.
El feudalismo es anterior a la idea westfaliana de soberanía, pero los teóricos del tecno-feudalismo afirman que la parcelación y debilitamiento de las soberanías estatales, notoria en las últimas décadas, es una prueba de la involución provocada por las gigantes tecnológicas. Al considerarlas como un monolítico bloque Big Tech, se ha afianzado la idea de que el ascenso de las gigantes tecnológicas es la contraparte del debilitamiento del Estado. Olvidan las sólidas conexiones de Silicon Valley con Washington, o el respaldo del partido comunista chino a Huawei. O la advertencia de Mark Zuckerberg, de que dividir Facebook envalentonaría a los gigantes tecnológicos chinos y debilitaría la presencia norteamericana en el mundo. Para los tecno-feudalistas parece no existir geopolítica mundial.

La gigante china de las tele.
Desde las más rudimentarias etapas del capitalismo la expropiación y la desposesión han sido parte de la acumulación. No es necesario invocar al feudalismo para explicar la emergencia de las gigantes tecnológicas. Más convendría atender al creador de la historia total y miembro destacado de la Escuela de los Anales, Fernand Braudel, quien en más de una ocasión resaltó la infinita capacidad de adaptación del capitalismo.
Para Morozov el capitalismo sigue moviéndose en la dirección que lo ha hecho siempre, sacando ventaja de todo recurso utilizable —mientras más barato, mejor—. Pero no hay razón para creer que el tecno-capitalismo sea un régimen más amable o más progresista. De hecho, si se considera la densidad de la penetración mundial alcanzada por plataformas sociales capaces de alterar percepciones y conductas individuales, se puede anticipar que los temores de Hayek ya se están cumpliendo, pero no por las causas que él combatía, sino por la incidencia en todos los ámbitos (sociales, económicos y políticos), de las gigantes tecnológicas engendradas en el capitalismo alentado por la doctrina inspirada en su pensamiento.