sábado, abril 4, 2026

Triángulo Fúser (cómo se escribió)

Mi deseo era hacer aparecer el retrato de quién fue ese joven aventurero que llegó a Guayaquil y que se conectó con poetas y dramaturgos, y que la historia borró de un tajo para imponer la estampa de un soldado estoico, después de su muerte en Bolivia.

Ernesto Carrión

Por: Ernesto Carrión

Triángulo Fúser (La despechada, poética y fantasmagórica vida de Ernesto antes del Che), Seix Barral, Bogotá, 2023 / Buenos Aires, 2024, aparece publicada como mi última obra, pero fue realmente la primera. La empecé a escribir en el año 2011 y la concluí en el 2021. Diez años me tomó crear esta obra híbrida, llena de estrategias narrativas y múltiples personajes, así como de una profunda investigación histórica que arroja un retrato diferente del revolucionario argentino, desde el núcleo de una anécdota desaparecida de su paso por Guayaquil, donde estuvo casi dos meses, en 1953, cuando aún no era el Che. Indagando incluso en sus comportamientos homofóbicos cuando ya era el Comandante de fama mundial. En este punto, lo que plantea la obra es que Guevara está ocultando su sexualidad cuando protagoniza momentos homofóbicos, dentro y fuera de Cuba. Quizás el más dramático es el de las Umaps (Unidades Militares de Ayuda a la Producción), campos de trabajo forzado donde homosexuales y disidentes pasaron penurias y episodios terribles, que tiene su antecedente en el primer campo de trabajo correctivo en Cuba, elevado en 1960. Algo que apunta el periodista francés Régis Debray, quien se convirtió en guerrillero y mano derecha de Guevara, en su texto Los laberintos del fracaso, donde asegura que fue el Che y no Fidel quien lo inventó. Y agrega: “Pureza de los ángeles exterminadores: el Che, como Fidel, nunca toleró a su alrededor a homosexuales, desviados o “corruptos”. Algo que se contradice con el grupo de amigos que tuvo el Che en Guayaquil.

Sin embargo, a la hora de contar cómo nació Triángulo Fúser veo tres posibles orígenes:

  1. La conversación con mi suegro, frente a mi biblioteca en el año 2011, cuando revisaba libros sobre el personaje, algunos heredados de mi padre. Milton Mármol había recogido varias anécdotas, incluso en su aula de clases cuando estaba en el colegio, de un par de miembros del círculo Lgbt guayaquileño que estuvo en contacto con el Che en 1953.
  2. Cuando yo tenía dieciséis años y creció el rumor en mi colegio de que varios chicos, haciendo gala de una incomprensible homofobia, salían por las noches a buscar mujeres trans y travestis a la calle Primero de mayo (donde se prostituían) para hacerles daño.
  3. La naturaleza de mi nombre. Un nombre puesto por mi padre, un fiscal y juez de izquierda, que vivió y murió creyendo en sus ideales de una manera radical y comprometida. Por su casa pasaron varios tupamaros y guerrilleros colombianos para quedarse a dormir. Quería entender qué había realmente detrás de un nombre, del mío, como reza en la cita de Shakespeare dentro de la novela.

Por supuesto que la encrucijada, como creador, estaba en cómo no abandonar el terreno de la ficción ante una obra llena de información y unos eventos reales e inusuales que, de una página a otra, exigían ser atendidos. También me preocupaba cómo hablar del Che sin caer en la propaganda o en lo opuesto. No deseaba que la obra fuese vista como una obra política o de denuncia. Tampoco quería escribir un libro de no ficción. La elección ocurrió bajo la necesidad de enlazar ambas historias: la que había escuchado en los patios de mi colegio, y la de los días borrados del Che Guevara en Guayaquil.

la historia la escriben los vencedores y jamás es exacta. Y cuando la historia no puede ofrecerte nada más, tienes que acudir a la ficción para liberarla y plasmar otros escenarios.

Además, había tanto material novelesco (cartas sin revelar del puño del Che a un abogado homosexual ecuatoriano y un atlético jardinero checo; un cuento de Pedro Jorge Vera donde acusa a uno de los amigos guayaquileños del Che de enamorarse de él; el cambio de decisión de no irse a Venezuela sino a Guatemala, donde su destino cambió para siempre; el círculo Lgbt de amigos de Guayaquil, que solamente Guevara conoció, a pesar de que estaba en la pensión en el barrio Las Peñas con cinco argentinos más; una foto evidentemente cortada y robada de un momento íntimo, etc.) que intuí que lo que debía escribir era eso: una novela de ficción alimentada por una investigación histórica, casi contra las novelas históricas y las biografías oficiales. Por eso la frase de Paul Valery: “La historia es la forma más ingenua de la Literatura”, da justo en el clavo. Porque la historia la escriben los vencedores y jamás es exacta. Y cuando la historia (o esa forma ingenua de literatura) no puede ofrecerte nada más, tienes que acudir a la ficción para liberarla y plasmar otros escenarios.

Comencé revisando las biografías oficiales del Che, así como documentales, entrevistas y publicaciones de los sobrevivientes de su paso por mi ciudad, hasta indagar en el misterio de esa única foto tomada en Guayaquil y la confección de sus dos diarios de viaje por Latinoamérica, que muestran una clara contradicción que también se revisa en mi libro. Además, existe un curioso contraste entre la enorme cantidad de información que hay sobre sus viajes, en comparación con la poquísima información sobre sus días en Guayaquil.

Fui abriendo túneles, entre décadas en Ecuador y Cuba, por los que comenzaron a cruzar poetas, guerrilleros, abogados, políticos, etc. Incluso me escribí con un autor cubano que aseguró haber sido amante de Guevara, cuando apenas era un muchacho. Todo lo hallado, por supuesto, apuntaba a una ficción escandalosa.

Pero lo que yo quería, como autor, era una novela total que quedara abierta y, por qué no, cerrada. Quería que el lector mirara las líneas de tiempo que había visto yo, que leyera conmigo los fragmentos de otras obras que emergían para agregar más confusión o profundidad al personaje histórico, y que conectaban finalmente al joven aventurero que escribía poemas y se desnudaba sin pudor –porque aún no había llegado a formar parte de un gobierno socialista, con resguardo soviético, donde campeó la homofobia de modo brutal– con aquel Comandante (y poeta frustrado) que posiblemente mantuvo escondidas sus relaciones, protagonizando arrebatos homofóbicos para llamar la atención. O para pasar inadvertido.

Fui abriendo túneles, entre décadas en Ecuador y Cuba, por los que comenzaron a cruzar poetas, guerrilleros, abogados, políticos…

Mi deseo, haciendo a un lado la función orgánica de los mitos, era hacer aparecer el retrato de quién fue ese joven aventurero que llegó a Guayaquil y que se conectó con poetas y dramaturgos, y que la historia borró de un tajo para imponer la estampa de un soldado estoico, después de su muerte en Bolivia. Me interesaba ese joven aventurero y libertino que, a la luz de lo que había ocurrido en mi ciudad, terminaba cubierto por una pátina de hipocresía. También quería que el lector se fijara en cómo las malas prácticas de la siquiatría habían estado por igual en los campos de concentración nazis y en las Umaps cubanas de los años sesenta. Y cómo hasta hoy la intolerancia y violencia continúan a través de más de doscientas clínicas clandestinas en mi país, donde se envían a jóvenes.

Organicé entonces la ficción a través de dos estudiantes universitarios, Mariano Torres y Pablo Paredes, que van tras la historia de las mujeres trans desaparecidas y los meses borrados del Che en Guayaquil en 1953, para un trabajo para la clase de cine. Motivado por esas dos líneas –y las necesidades de estos personajes– fui escribiendo esta novela que, en poco tiempo, se convirtió en una trilogía: Tríptico de una ciudad, Ciudad Pretexto y Ciudad de fondo. Cuatro años me tomó terminar las dos primeras partes. Y la última, la más extensa, me tomó diez porque estuve siempre reescribiéndola.

Hice uso del relato, la investigación periodística, el guion de cine, el ensayo. Metamorfoseado en diversos narradores empleé varias estrategias a fin de reconstruir, desde la imaginación, los probables eventos que tuvieron lugar y que se ramificaron en otros. Desde William Burroughs y su paso por Guayaquil en 1953, escapando de la justicia en México y buscando ayahuasca, hasta el viaje de Allen Ginsberg a Cuba en calidad de miembro del jurado del Premio Casa de las Américas, cuando ya se habían instalado los campos de trabajado forzado, que solo pueden considerarse como campos de concentración. Desde los poetas cubanos del grupo literario El Puente, que sufrieron persecuciones, hasta la siniestra figura del mayor de las SS, Carl Peter Vaernet, médico nazi que experimentó con hormonas con internos homosexuales, afincado finalmente en Argentina, donde trabajó para la Secretaría de Salud.

El producto final es una obra tentacular y arriesgada con una visión en profundidad de la urbe y de una época, incluyendo las derivaciones de una instancia fundamental en el proceso de la historia contemporánea de América Latina: la Revolución Cubana.

Una novela donde la poesía y la política lo atraviesan absolutamente todo. Y donde también se recupera la trágica historia del poeta guayaquileño David Ledesma (víctima de terapias de reorientación sexual), quien posteriormente viajó a Cuba a fines de 1960, solo para retornar a medirse con el suicidio, tras desencantarse con lo que estaba ocurriendo allá, en ese paraíso socialista con el que había soñado por varios años.

Ernesto Carrión

Ernesto Carrión

Escritor

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