
Si unimos las tres reflexiones anteriores —la decapitación de las cabezas de los cárteles en México, la mutación violenta en Ecuador y la inconsistencia estadística en el triángulo Perú-Bolivia-Brasil— aparece un hilo conductor inquietante: estamos mirando el fenómeno correcto con los instrumentos equivocados.
El instrumento único produce invisibilidad. Cuando el aparato estatal mide el narcotráfico casi exclusivamente a través de incautaciones, capturas y toneladas decomisadas, produce una ilusión de conocimiento. Sabemos cuánto se incautó (el numerador), pero no cuánto se produjo realmente y cuánto se exportó finalmente (el denominador). Sabemos quién cayó, pero no qué red se reconfiguró. Sabemos dónde explotó la violencia, pero no qué campo de posibilidades la volvió inevitable.
La convergencia de múltiples instrumentos —cuantitativos y cualitativos, financieros y sociológicos, territoriales y culturales— produce revelación. Pero eso exige abandonar la comodidad del indicador único y entrar en la incertidumbre radical.
En México, la eliminación de figuras como Nemesio Oseguera Cervantes, al frente del Cártel Jalisco Nueva Generación, mostró el límite del enfoque de “objetivos prioritarios”. La decapitación no desmanteló el sistema; lo fragmentó. La hidra regeneró cabezas. En Ecuador, la emergencia de estructuras como Los Choneros y sus escisiones reveló el mismo patrón: la intervención estatal altera la forma, no la lógica profunda.
En el caso peruano, los datos de la United Nations Office on Drugs and Crime que sugieren incautaciones cercanas al 2% de la producción nos enfrentan a un vacío epistemológico. Si solo vemos el 2%, ¿qué estamos dejando de ver del 98% restante? ¿Qué estructuras financieras, sociales, logísticas y culturales sostienen ese flujo?
Aquí es donde el concepto de poder proteico, desarrollado por Lucía Seybert y Peter Katzenstein, se vuelve indispensable. El narcotráfico no es un bloque monolítico que alguien diseñó desde un centro de mando absoluto. Es un ecosistema adaptativo. Surge de millones de decisiones descentralizadas: campesinos que sustituyen cultivos, transportistas que aceptan riesgos, funcionarios que negocian silencios, jóvenes que encuentran identidad y ascenso social en economías ilícitas, mercados europeos que demandan suministro constante, redes económicas y financieras que colocan el dinero ilícito en el mercado y en los circuitos lícitos.
El poder convencional deja huellas en documentos, decretos y discursos. Es rastreable porque actúa deliberadamente. El poder proteico, en cambio, deja huellas en los silencios: en lo que nadie anticipó, en lo que emergió de la improvisación colectiva ante incentivos estructurales.
El caso chino es paradigmático. En 1979, Deng Xiaoping anunció reformas económicas sin un plan maestro detallado. Cuando surgieron las empresas rurales —motor de una transformación histórica— el propio Deng reconoció que nadie lo había previsto. Lo visible era apenas una fracción mínima; la verdadera fuerza era la potencialidad acumulada de millones de actores improvisando soluciones. El poder no estaba solo en el decreto, sino en la galaxia invisible de creatividad descentralizada.
El poder más peligroso no es el que prohíbe; es el que define qué preguntas no se formulan. Si solo preguntamos “¿cuántas toneladas se incautaron?” y no “¿qué estructura hace posible que el 98% fluya?”, el instrumento único ya nos volvió ciegos.
En el narcotráfico ocurre algo análogo, aunque en un sentido ilícito y destructivo. Lo visible son las toneladas incautadas en puertos europeos que provienen de Guayaquil, las cifras anuales de producción en Perú o Colombia, los titulares sobre violencia. Pero lo que sostiene el sistema es una constelación invisible: redes financieras globales, vacíos institucionales, asimetrías económicas, demanda internacional, tecnologías logísticas, corrupción microscópica y cotidiana.
El poder más peligroso no es el que prohíbe; es el que define qué preguntas no se formulan. Si solo preguntamos “¿cuántas toneladas se incautaron?” y no “¿qué estructura hace posible que el 98% fluya?”, el instrumento único ya nos volvió ciegos. Si el debate se reduce a “más capturas o menos capturas”, el campo de lo pensable ya fue delimitado.
Por eso debemos ir al origen de las causas: a lo que determina y precede al fenómeno. El narcotráfico no es un hecho predeterminado e irreversible. Es el efecto visible de efectos de poder previos: mercados globales desregulados, desigualdad persistente, fragilidad institucional, incentivos financieros, políticas prohibicionistas que elevan márgenes de ganancia. No nació de un plan central perfecto; emergió caóticamente de millones de adaptaciones racionales en contextos de incertidumbre.
Si seguimos aplicando el mismo instrumento —incautaciones como medida de éxito, decapitación de líderes como estrategia central— seguiremos produciendo invisibilidad. Y en esa invisibilidad prospera la hidra.
La verdadera transformación exige reconocer que el 99,9% del poder que sostiene el narcotráfico no aparece en las ruedas de prensa ni en las estadísticas oficiales. Está en la galaxia invisible de relaciones, incentivos y potencialidades que preceden cada cargamento.
Entender eso no implica resignación. Implica abandonar la ilusión de control lineal y asumir que la lucha no es solo contra actores visibles, sino contra configuraciones de poder que emergen en la incertidumbre. Solo cuando combinemos instrumentos —datos duros, análisis financiero profundo, etnografía territorial, estudio de mercados globales, historia institucional— podremos empezar a revelar lo que hoy permanece oculto.
Mientras tanto, seguiremos celebrando el 2%… sin comprender el universo que lo hace posible.
