jueves, abril 2, 2026

El caso Venezuela: el gran garrote está de vuelta

La captura Maduro reconfigura el umbral de la intervención extraterritorial y tensiona la soberanía latinoamericana. El operativo no resuelve el conflicto político venezolano y activa una lógica de intimidación estratégica que combina hegemonía militar y comunicación neopopulista. El mensaje apunta a disciplinar gobiernos y oposiciones en la región, debilitando el derecho internacional y normalizando la subordinación geopolítica.

Gustavo Isch

Por: Gustavo Isch

La doctrina de seguridad estadounidense y su significado para América Latina

La captura de Nicolás Maduro en territorio venezolano por fuerzas estadounidenses constituye un quiebre mayor del orden jurídico internacional contemporáneo. El traslado forzado a jurisdicción estadounidense, bajo cargos federales definidos en USA, desplaza el principio de soberanía estatal y reinstala la lógica de la fuerza militar como mecanismo legítimo de resolución política, cuando median intereses estratégicos de una potencia.

Desde América Latina, el punto nodal no es la defensa de Maduro como figura política ni del chavismo como proyecto. La posición regional inteligente es otra: condenar autoritarismos sin convertir el derecho internacional en papel mojado. Porque cuando las normas se rompen por conveniencia, la región pierde su principal escudo frente a la arbitrariedad.

El núcleo del problema es el precedente. Si un Estado poderoso puede decidir que su sistema judicial se impone por vía militar sobre otro Estado, el andamiaje multilateral queda reducido a un marco opcional. El derecho internacional deja de ser un límite y pasa a ser una variable subordinada a la correlación de fuerzas.

Este hecho reabre una pregunta estructural para la región: ¿Qué protege hoy a los Estados medianos y pequeños frente a decisiones unilaterales de las grandes potencias? La respuesta es inquietante. El sistema de normas que durante décadas funcionó como contención simbólica y jurídica muestra fisuras profundas cuando se enfrenta a la voluntad política respaldada por supremacía tecnológica y militar de un poder hegemónico.

El mensaje estratégico no se dirige solo a Caracas. Se proyecta sobre todo el hemisferio. La señal es clara: existen escenarios en los que la excepcionalidad se normaliza y la intervención directa vuelve a ser una opción disponible. El “gran garrote” del gendarme mundial está de vuelta.

Persistencia del orden político interno y límite del poder militar

Un elemento central que el debate público tiende a simplificar es la diferencia entre capturar a un individuo y desarticular un sistema político. El chavismo-madurismo no es solo un liderazgo personal. Es una estructura territorial e institucional que incluye gobernaciones, alcaldías, Asamblea Nacional y circuitos comunales con arraigo social real.

Desde un análisis frío de poder, la eliminación física o judicial del liderazgo no disuelve automáticamente esa mayoría política; introduce una contradicción profunda en la narrativa del operativo. Si el objetivo declarado es restablecer la democracia, la existencia de una mayoría organizada plantea un dilema insoluble por la vía militar. O se acepta esa realidad política, o se avanza hacia su neutralización forzada.

Aquí emerge un límite estructural del uso de la fuerza. Para desmontar un sistema político con base social significativa no basta un operativo quirúrgico. El costo sería una escalada de violencia sistémica incompatible con cualquier discurso de legalidad o democratización. Esta tensión revela que el operativo no busca gobernabilidad posterior sino reordenamiento del campo político mediante shock y advertencia.

Prospectiva comunicacional: complicidad, parálisis o confrontación

El impacto comunicacional más profundo del operativo no está en el pasado inmediato, sino en sus efectos prospectivos. El chavismo, como orden institucional seguido por Maduro, enfrenta ahora una disyuntiva comunicacional y política de alto riesgo. Si no responde, la inacción puede leerse como aceptación tácita del secuestro no solo de un individuo, sino del sistema de gobierno que encabeza. Si responde, se enfrenta a un adversario inmensamente superior en capacidad militar y tecnológica.

Esta disyuntiva es parte del mensaje estratégico. El objetivo no es solo neutralizar a Maduro, sino colocar a toda estructura política no alineada frente a un dilema imposible. La amenaza implícita es clara: cualquier reacción puede ser castigada, cualquier pasividad puede ser interpretada como rendición.

Desde la comunicación política, esto produce un efecto de paralización. No solo en Venezuela. En toda la región, el mensaje es que oponerse activamente a la voluntad estadounidense puede acarrear consecuencias terminales. La amenaza no necesita reiterarse. El hecho ya funciona como advertencia ejemplificadora. El enfoque de la política exterior de la región acaba de pasar de Maduro a podrido.

Neopopulismo, moralización y eliminación del razonamiento

El operativo contra Maduro se inscribe en una lógica comunicacional neopopulista que sustituye el razonamiento por moralización binaria. El mundo se divide en aliados y enemigos, en buenos y malos, sin espacio para matices ni análisis estructural. En ese marco, la legalidad internacional se vuelve irrelevante porque no encaja en el relato simple que se necesita movilizar. Por si alguien aún no se da por enterado, los estadounidenses siempre se pintan como “buenos”.

Esta lógica cumple varias funciones simultáneas. En el plano interno estadounidense, consolida liderazgo mediante demostración de fuerza. En el plano internacional, reduce la complejidad a consignas fácilmente reproducibles por medios y plataformas digitales. En el plano regional, debilita cualquier intento de posicionamiento autónomo, porque toda crítica puede ser asociada a complicidad con el enemigo.

La eliminación del razonamiento como puente deliberativo es clave. Cuando el debate se reemplaza por adhesión emocional, la política exterior se vuelve un ejercicio de identidad y no de derecho. Eso explica la facilidad con la que se aceptan quiebres normativos cuando el adversario es previamente deshumanizado o criminalizado.

Venezuela
Fotografía: Reuters

El combate al narcotráfico como llave discursiva

La acusación de narcotráfico cumple una función central en esta arquitectura narrativa. No importa solo su veracidad o falsedad jurídica. Importa su capacidad de habilitar excepcionalidad. El narcotráfico se presenta como amenaza absoluta, lo que permite justificar acciones extraordinarias y suspender consideraciones de soberanía. Ecuador, desde el 2024, es el laboratorio más pedagógico para entender esto.

Sin embargo, un análisis honesto debe ir más allá del enemigo externo. El narcotráfico es una economía transnacional que requiere circuitos financieros, inmobiliarios y comerciales para funcionar. La focalización exclusiva en Estados periféricos, sin un escrutinio equivalente sobre los sistemas de absorción y lavado en economías centrales, revela un uso selectivo del discurso punitivo.

Este uso selectivo no busca erradicar el fenómeno, sino administrarlo políticamente. Sirve para intervenir, sancionar, disciplinar y reorganizar equilibrios geopolíticos bajo una cobertura moral difícil de cuestionar sin ser estigmatizado.

Hegemonía tecnológica y mensaje implícito

Desde el punto de vista comunicacional, la precisión del operativo es tan importante como su resultado. La demostración de capacidad tecnológica absoluta transmite un mensaje silencioso pero contundente: el poder puede alcanzar a cualquiera, en cualquier lugar, en cualquier momento.

Este mensaje no necesita ser verbalizado. Se inscribe en las imágenes, en la sincronización mediática, en la ausencia de resistencia visible. Es una pedagogía del miedo sofisticada, donde la superioridad técnica reemplaza al discurso explícito. La hegemonía no se argumenta, se exhibe. Ni toda la Guardia Nacional Venezolana ni los asesores cubanos pudieron evitar que Maduro se atrinchere en su búnker. La perfección del operativo requería capturarlo para exhibirlo.

En un ecosistema mediático globalizado, esta exhibición se reproduce de manera casi automática. Plataformas, cadenas informativas y redes sociales amplifican el evento, reducen su complejidad y lo convierten en referencia obligada. El resultado es una órbita de opinión atravesada por fascinación, temor, adhesión acrítica o rechazo visceral, pero con poco espacio para análisis profundo.

Ecuador y la normalización de la subordinación

Para Ecuador, el episodio plantea riesgos específicos. En un contexto de crisis de seguridad y declaratoria de conflicto armado interno, el precedente venezolano introduce una tentación peligrosa. La idea de que la cooperación reforzada puede derivar en tutela efectiva bajo el argumento del combate al narcotráfico.

En el gobierno de Noboa, el alineamiento con Estados Unidos adopta una forma particularmente sensible. La dependencia política y estratégica para enfrentar el denominado conflicto armado interno se articula con concesiones sucesivas: apertura a cooperación militar ampliada, debate sobre la reinstalación de una base extranjera en Galápagos, búsqueda de facilidades arancelarias, acceso a financiamiento de organismos multilaterales y disposición a recibir migrantes expulsados por la política antimigratoria de Donald Trump.

Este alineamiento no ha sido acompañado, sin embargo, por un esfuerzo interno equivalente en la construcción de políticas públicas orientadas a proteger el empleo, fortalecer el sistema de salud, sostener la economía productiva, preservar la soberanía ni resguardar los sectores estratégicos del Estado ni evitar la corrupción denunciada en ellos, en los últimos dos años.

La gravedad del antecedente venezolano introduce un riesgo adicional: si se normaliza la intervención directa bajo el pretexto del combate al narcotráfico, nada impide que una lógica similar sea invocada para justificar una acción extraterritorial en Ecuador en respaldo del gobierno de turno, rompiendo protocolos internacionales y consolidando una forma de tutela que vacíe de contenido la autonomía estatal, propagandizando desde redes sociales y prensa alineada, el baile de macacos celebrando el advenimiento del nuevo orden.

La política exterior ecuatoriana reciente muestra un alineamiento absoluto con Estados Unidos y con Israel, incluso en escenarios de alta sensibilidad humanitaria como Gaza. Este alineamiento no es neutral. Construye una imagen de subordinación estratégica que puede traducirse en costos a mediano plazo en términos de soberanía, autonomía decisional y margen de negociación regional.

Un mundo de esferas de influencia

El caso Venezuela no puede aislarse del tablero global. La erosión del derecho internacional favorece un mundo de esferas de influencia donde las grandes potencias negocian zonas, conflictos y aliados. En ese mundo, y con tal precedente, nada raro será que China se haga militarmente con Taiwán, o Ucrania ya no sea más ficha de intercambio abandonándola frente a Rusia.

Para América Latina, este escenario es particularmente adverso. La región pierde capacidad de apelar a normas universales y queda expuesta a presiones bilaterales asimétricas. La soberanía se vuelve retórica si no se sostiene en coaliciones regionales, diplomacia activa y defensa coherente del multilateralismo.

La captura de Nicolás Maduro no inaugura una era de democratización, sino una fase de poder impúdico desnudo. No obliga a defender al chavismo ni a Maduro, para reconocer que el precedente es peligroso. Cuando la legalidad se subordina a la fuerza, todos los Estados débiles pierden, incluso aquellos que hoy se sienten aliados.

El mensaje final del operativo es inequívoco: el orden internacional es negociable cuando estorba. Para América Latina, la tarea urgente es recuperar una gramática propia que defienda la democracia sin aceptar tutelas, que combata el crimen sin renunciar a la soberanía, y que entienda que el miedo como política siempre termina volviéndose contra quienes lo normalizan.

 

 

Gustavo Isch

Gustavo Isch

Consultor político, experto en comunicación electoral y de gobierno. Docente de la Universidad Andina Simón Bolívar

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