viernes, octubre 16, 2026
Ideas
Álex Ron

Álex Ron

Escritor y catedrático universitario.

Réquiem por Diego Guerrero

No podemos caer en la estupidez de creer que una pared vale más que una vida humana. Diego Guerrero era un joven que trabajaba en una fábrica de quesos, al que le gustaba pintar grafitis y era hincha de Liga. Definitivamente, NO se trataba de un delincuente.

Señor dueño de casa: Nada personal pero su pared tiene un no sé qué. (Grafiti quiteño)

3 y 56 de la madrugada, Quito, Plaza Argentina. Un Toyota plomo desvencijado se apea a la vereda. Baja un joven que con trazos ágiles pinta un grafiti en la pared de un edificio en construcción. Se escuchan varios disparos, estalla uno de los vidrios del auto desangelado. Los chicos se alejan raudamente. Dentro del auto se encontraba Diego Guerrero de treinta y dos años, quien fue alcanzado por uno de los disparos, horas más tarde murió. Los chicos no estaban armados, simplemente intentaban dejar una impronta, no sé que tan artística, pero querían dejar un tatuaje en una babilonia repleta de símbolos de todo tipo.

Henry Lefebre explicaba que una ciudad posee un nivel basado en lo simbólico, en lo ritual, en lo representativo. Hablaba del derecho de los ciudadanos para dotarle de sentido al espacio urbano. ¿Puede ser considerado como un crimen pintar un grafiti?

¿Serían criminales Banksy o Basquiat? Jean Michel Basquiat empezó pintando grafitis en paredes de SOHO, sin autorización de sus dueños. Banksy pintaba en Bristol en muros de ladrillos, pasos peatonales, túneles, sin autorización de nadie. Poco a poco, los fueron reconociendo. Cuando Warhol descubre los grafitis de Basquiat queda totalmente impresionado por la obra del grafitero haitiano y lo convierte en un artista de atelier.

Hoy las obras de Banksy se cotizan en millones de dólares. Lo paradójico es que el impacto estético de las obras de Banksy y Basquiat surgen de la variable fundamental que posee el grafiti: la clandestinidad. Al apropiarse de un espacio público o privado, sin autorización, generan una reacción estremecedora en millones de personas que comentan la obra del grafitero.

Desde los noventa, el grafiti en Quito se ha convertido en un espacio simbólico de resistencia, un universo comunicacional disidente. Su fugacidad y capacidad de cuestionamiento social han sido parte de una cultura urbana subalterna que ha generado elementos comunicacionales totalmente iconoclastas. Cientos de grafitis con un aura poética deslumbrante se pintaron en los noventa. Múltiples libros, artículos, tesis de grado, documentales y canciones han intentado describir los diferentes matices de este fenómeno artístico que rompe la linealidad y funcionalidad de una ciudad planificada para el rendimiento, pero no para el carnaval ni el antipoder.

Por ello apena mucho que la policía y los guardias privados asesinen grafiteros porque los “vándalos del aerosol” NO están cometiendo un crimen al pintar una pared ajena. No podemos caer en la estupidez de creer que una pared vale más que una vida humana. Diego Guerrero era un joven que trabajaba en una fábrica de quesos, al que le gustaba pintar grafitis y era hincha de Liga. Definitivamente, NO se trataba de un delincuente.

En los noventa pinté, junto a un amigo, un grafiti que decía: “Si esta pared es el límite de su propiedad, déjenos decorar sus limitaciones”, al grafiti lo acompañamos con el dibujo de un pincel, una acuarela y una flor. El grafitero parte de una intención rebelde y solidaria, al mismo tiempo, está tratando de romper una cierta monotonía espacial. Estas digresiones desde lo pictórico, que en la mayoría de los casos se quedan en tags o mensajes cursis, buscan algún tipo de ruptura con la anomia urbana. Si la locura por defender murallas crea seres deshumanizados, obviamente, será algo aceptable o bien visto lo que hizo el guardia al dispararle a Diego Guerrero.

En octubre de 1794, Eugenio Espejo pintó en algunas banderolas: “Seamos libres, consigamos felicidad y gloria, al amparo de la cruz”. Las banderas fueron colocadas en cruces de piedra de las iglesias de la calle García Moreno. Este acto de rebeldía, considerado como vandálico por la corona española, fue el inició de la independencia del Ecuador. Espejo murió en la cárcel por su osadía. Eugenio Espejo fue el primer grafitero quiteño, el más audaz y auténtico. De ahí en adelante, cientos de grafiteros han arriesgado su vida por dejar algún mensaje que subvierta el orden político, social y estético de nuestra nación.

A finales de los noventa e inicios del siglo XXI se han pintado en Quito, grafitis que han reflejado con claridad lo que sucede en nuestra sociedad, incluso desde lo político han sido implacables:

 

Tengo

La

Camisa Negra

 

No

Estaría

Bien

Otro

Tirano

 

No

Otro

Bobo

Oligarca

Al poder

Recordado país: ¿Cómo te llamabas?

Cuando me suicido, despierto en Quito.

 

 

 

 

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