sábado, octubre 3, 2026
Ideas
Carlos Vásconez

Carlos Vásconez

Escritor

El bienaventurado

Un cuento de Carlos Vásconez, como homenaje a William Shakespeare.

Recorrer las calles lodosas de Londres no podía considerarse como un paseo majestuoso y edificante, de manera especial en los albores del invierno, cuando el clima parece resistirse a ser del todo frío pero las paredes ya exhalan un aroma a debilidad, a que no pueden ayudar más al hombre a controlar el clima predominante. Blotton camina por senderos donde luego lo hará el Padre Brown o Dickens. Tiene en la cabeza un revoloteo de sensaciones, no es una confusión, es como si una mano disciplinada por fin puso ciertas cosas en su debido puesto. No sabe leer, lo que significa en londinense isabelino que no sabe beber, pero su objetivo no es otro que La Cabeza de Jabalí. Acaba de oírla mencionar en la obra de Bill Shakspeare. No sabe que así no se recordará ese nombre, pero sabe que hay que recordar ese nombre. A él al menos no se le borrará con facilidad, a menos que la peste de la locura enceguezca sus recuerdos. No sabe hablar con tiento Blotton, es cierto, pero ha sentido por primera vez en su vida que alguien ha hablado en su lugar. Una llama de consciencia se le ha encendido en la mente y el espinazo ha sentido furor por las injusticias. No quiere despertar al día siguiente como ha despertado los últimos mil días, preparado solo para martillar por horas y para morder muégano que le aplaque el dolor de muelas. Prefiere que el vino de saco o el Posset lo envalentonen y revelarse contra lo establecido. Quisiera ser otro. Quisiera que un actor lo representara, uno de la Lord Chamberlain´s Men; si fuera Richard Burbage, hasta piensa que debería inventarse para sí mismo una muerte soberbia, dolorosa: ¡y qué más da, si lo de las encías es insoportable! Quisiera tener la facilidad de abandonar el escenario y ser otro, alguien que esa velada ensayara mejor su papel y al día siguiente lo representara con mayor ruindad.

Son doce pasos desde la esquina hasta la puerta. Los cuenta, inventándose los números, pero el intento por no resbalar desquicia el conteo. Tiene las botas embadurnadas. Le cuesta quitarse el lodo. Lo hace con los dedos. Luego se le dificulta quitárselo de los dedos. El lodo se parece a él. También el jabalí enmarcado en la pared occidental de la taberna. También se parece el tabernero, un tal Lowten. ¿La reina se parecerá a él? Alguna vez sospechó que en la cópula las parejas copian también los gestos de pasión que provocan en el amante; no pasa lo mismo en el amor. En el amor todos somos únicos, por eso el amor no es humano, pensaba en un arrebato de ingenio que no se daba cuenta que era uno. Ha pedido una jarra de lo que sea, porque ha olvidado la palabra Posset. Lo inundan muchas palabras en su interior como para que la palabra Posset tenga alguna relevancia, y sin embargo bebe Posset, porque el tabernero lo sabe todo. Reconoce a la hospitalaria señora Hunter. Levanta la jarra en señal de brindis, gesto que ella pasa desapercibido. La señora Hunter no solo camina con dificultad por las várices de sus piernas sino que casi no ve por las venas reventadas de sus ojos. Una mujer como esa no puede estar en una taberna como esta, piensa, pero se avergüenza de su gesto anterior y ni por mandato del Demonio se pararía a preguntarle qué hace ahí. Agacha la cabeza y bebe, todavía con las palabras retumbándole en la cabeza y avivando su corazón. Palabras que no entiende, como no entiende muchas cosas que ve. No sabe lo que es un alféizar, aunque se apoye en uno; tampoco conoce a fondo lo que significa alma, aunque se siente embargado por una. Y de palabras como amor pues apenas concibe extractos que se le deslizan entre los dedos. Hay palabras que se le han marcado, las de su padre que le decía que leer era innecesario para gente como ellos o las del vendedor de ostras que asegura que sus productos son venenosos. Otras le son más bien confusas. Perro es Cecil, su vecino, porque su mujer lo llama así. Casa es cualquiera menos la suya a la que para Blotton le encaja mejor pocilga o vertedero.

Oye un rumor que tiene el poder de transformarse en bullicio y ve antorchas que se aproximan en la calle, por la que caminarán el Padre Brown y Dickens. Una patada abre la puerta de La Cabeza de Jabalí y entra no un grupo de personas sino la algarabía encarnada. Un pequeño tumulto que podría tomárselo como una chusma enardecida. Todos ríen risas divertidas, extrañas, diabólicas.  La señora Hunter se levanta con dificultad y baila bajo el hechizo de la sola presencia de estas personas, rejuvenecida. No los ve bien, la timidez le puede, pero más que nada la resonancia de la obra que había acabado de ver. Todavía la tiene en su poder y en cambio no tiene la menor pretensión de desprenderse de esta. Quisiera que su pecho fuera el lugar favorito de esos personajes y su cabeza la de sus palabras. Quisiera que todos ellos orinen cuando él lo hiciera, porque la diuresis, fruto del Poseet le exprimía los riñones y tenía que ir a la cloaca de atrás a aliviarse. Se levanta, camina, hay un hombre que finge no verlo y que le perdona que no forme parte de la fiesta. Al miccionar, oye que el bullicio adquiere una entonación distinta. Es como una canción que escuchó una vez alejarse en una barcaza sobre el Támesis. La melodía enciende su ánimo. Son las mismas palabras que escuchó un par de horas antes dichas por la misma voz de un par de horas antes. Es la compañía teatral Lord Chamberlain´s Men. Quien habla es Richard Burcage. Sin acabar sus necesidades, quiere entrar para recuperar con mayor convicción esas palabras, y es entonces cuando un manotazo en una mesa fulmina todo sonido. De pronto, la algarabía es otra cosa, lejana por completo a lo que es algarabía. El silencio le abre sus ojos que miran un Londres oscuro que de pronto se ha vuelto tenebroso. El Fin del Mundo ha asomado sus narices para oler si vale o no la pena hacerse presente del todo.

Blotton entra. No tiene mucho sigilo. El Poseet ha cumplido su tarea. Tambalea un poco, golpea una pared de madera helada por fuera y un poco menos por adentro y unos ojos de un hombre que está apoyado en una mesa, que es evidentemente la que soportó el manotazo, se le clavan en la frente. Esa mirada está calentando la taberna. Esa mirada no lo ve, en realidad esa mirada lo transparenta, sentirse invisible le agrada a Blotton. Si algo no detiene a esos ojos, puede quemar Londres. Blotton se impulsa por unos hilos que tiran de él y se incorpora, piensa disculparse por entrometerse con su borrachera y en su lugar se afantasma más, se mueve y repite algo que oyó hace unas horas:

¡Bravo; un poco de luz! Sentaos allí, en derredor de la mesa. No, así no. En elegantes y cómodas posturas. Espera… tú así. Y tú así. ¡Bien! Y yo acá. Deberíamos poder ordenar a la luna que nos envíe un rayo decorativo. A nosotros nos conviene la luna, nos ayuda. Yo siento que la necesito y, a menudo, mirándola desde mi ventana, me olvido de mí. ¿Quién podrá creer, al contemplarla, que ella no sabe que pasaron ochocientos años, y que yo, sentado a mi ventana no puedo ser de veras Enrique IV que mira a la luna como un hombre cualquiera? ¡Pero mira, mirad qué magnífico cuadro nocturno: el Emperador entre sus leales consejeros! ¿No os causa placer? ¡Magnífico!

No ha farfullado, tampoco respirado; ni un leve escupitajo ha salido de su boca semidesdentada y dolorosa. Es más, ha sentido alivio, como el alivio que siente la luna cuando un enamorado la mira. Lo ha dicho aferrándose a cada palabra. Sin lentitud, sin vértigo, con odio contenido hacia sí mismo.

El hombre que lo ve se endereza, peina sus cejas que la moda dicta que sean largas, se sienta. Había gritado que a Hal no se le pueden doblar las rodillas y que Falstaff es un woreson a quien no puede amar más. Todo el tiempo ha tenido una hoja de papel en una mano que pasó desapercibida porque en él era como parte de su cuerpo o de su ser. Inclina un poco la cabeza hasta ladearla como si estuviera ante la ternura de su hijo. Ha leído hace poco algunas palabras del Nuevo Testamento donde San Pablo habla de la entereza de un mundo enloquecido, a propósito, con el propósito de que los sabios no puedan interpretarlo. Sonríe. Y, al fin, hace el gesto. Apoya el codo en la mesa, el antebrazo sostiene la mano que gira un dedo índice sobre su propio eje, como quien da cuerda al mundo, como quien lo impulsa hacia un allá lejano. La dicha regresa de súbito y Blotton vuelve a ser Blotton, pero esta vez un poco más Blotton que hace unos minutos. Un sujeto que huele a mula se le acerca y le acerca a la silla que le acerca a Bill.

Las palabras han sido un santuario para Blotton. Las palabras de otra persona. En estas, cupo a la perfección, como no en mujer alguna.

—¡Por la reina! —esa misma mano que lanza el mundo a su futuro levanta la jarra a la altura de sus labios y no lo ve a los ojos, y es que quizás Blotton no exista.

—¡Por usted! —murmura aquel que ha venido y el otro finge no haber escuchado, finge que bebe; sabe que finge para mejor escuchar y mejor beber.

Cuando el bardo quería escribir, se prefería furioso. Solo estaba siempre listo para morir.

 

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