domingo, mayo 3, 2026
Ideas
Susana Cordero de Espinosa

Susana Cordero de Espinosa

Miembro de número de la Academia Ecuatoriana de la Lengua.

Presencia o ausencia de Dios

‘El arte y nada más que el arte, tenemos el arte para no morir de la verdad’, escribió y vivió Albert Camus; los más grandes artistas han buscado representar en ella sus incertidumbres, sus pesos, su esperanza.

Camus confesó un día haber encontrado y haber logrado formular el requerimiento mayor para una existencia digna: haber sido suficientemente sincero como para no anclar en una etapa —ni la inocencia, ni el absurdo, ni la rebelión fueron su descanso, pues más allá de cada descubrimiento vital se topó con el anonadamiento de sus respectivas ‘certezas’—. Lo confesó en su discurso de la concesión del premio Nobel, cuando aceptó poseer “la única riqueza de sus dudas”.

No es una ‘acusación’ contra Camus la constatación de que las verdades que él alcanzó  en su esfuerzo prometeico hacia la luz no le procuraran el descanso y la justificación definitivos, pues la razón fundamental de su inquisición encontró una respuesta: la de que la vida del hombre ha de justificarse en la acción.

Todo acto humano tiene el respaldo de su propio sentido: ha de poder explicarse desde ellos el origen y la razón de la injusticia y la desdicha, pues estas han de tener una razón de ser de la que pueda surgir la posible y evasiva remisión.

Para él fue frágil la respuesta que esgrimió Sartre un día: “cada hombre es lo que él hace de  sí mismo”, pues más allá del incesante crear camusiano, que fue su ‘hacer’, ‘vivió’ el absurdo total de su muerte—: en el bolsillo de su chaqueta se encontró el billete de tren que no usó,  pues prefirió viajar con su amigo y editor Michel Gallimard, quien estrenaba con aquél  su nuevo auto,  el 4 de enero de 1960…  El estallido de una llanta provocó el choque frontal contra un árbol y  terminó para nuestro Sísifo el esfuerzo sin fin de empujar su roca hacia la cumbre desde la convicción de que volvería a caer.

No nos bastó su presencia ni la constancia de su obra, la de sus ensayos, sus piezas de teatro, sus hermosas e inquietantes novelas, tampoco su ausencia física hoy. Nada basta para agotar,  explicándolo, el sentido de esa vida auténtica, volcada hacia lo mejor y destinada, como las nuestras, al fracaso de la muerte…

La caída, esa gran novela a manera de anuncio hacia el sinsentido, fue para mí y lo sigue siendo, la obra fundamental de Camus, más allá de la hermosísima El extranjero y de la ejemplar y discutida La peste

Escrita cuatro años antes de su trágica muerte, su personaje, un burgués y gran abogado parisino, dueño de sí mismo en su importancia y seguridad,  volcado ‘hacia la admiración que produce en los otros’ atisba las oquedades y hendiduras de su solidez fundamental,  una noche en la cual, al cruzar el Sena, ve a una mujer como tantas otras  junto a la baranda de un puente, y  minutos más tarde oye el ruido del  cuerpo que cae al agua y  un grito y otro, y otro, río abajo… Constata entonces que una oportunidad vital para él fue, por una vez, tardía… Se resquebraja su tranquilidad. ‘Todo otro encuentro, escribí alguna vez, se volvió para él símbolo de su cobardía  revelada de golpe por el suicidio de una desconocida en una noche del dulce otoño parisino…’

Mínimos y sucesivos ‘fracasos’ en su vida, opiniones sobre él que lo mostraban torpe, pequeño, egoísta, lo minaban. En adelante, la confesión de su ‘culpa’ le impulsa a ‘narrarse’ ante los otros, a manera de catarsis que no logra redimirlo, pues el mal proviene de él mismo, de su debilidad, como proviene el mal de cada uno de nuestros egos:  del egoísmo, del egocentrismo, de esos ‘yo’ siempre pobres, y más pobres cuanto más ‘pueden’, cuanto más poseen y, relativamente, menos dan.

Camus, que como ser humano frágil y esperanzado buscaba su propia justificación, exigía que la injusticia y la desdicha se explicaran, y supo que solo Dios, de existir, habría podido explicarlas.

Me asusta escribir sobre este tema antiguo, personal e inquietante. Me asusta a veces intuirme creyente, y otras veces me consuela, cuando siento en el credo, ese ‘conjunto de ideas, principios o convicciones de una persona o de un grupo’, la exigente multiplicidad y unidad de esa alta pero difícil convicción, el enorme alivio de participar con tantos otros seres humanos en esta afirmación que también puede ser sentida como suprema forma de egoísmo.

¿De dónde sino del ansia de permanecer surge el intento de negar el paso del tiempo en los sucesivos instantes de la vida, el del atribuir a Dios cada momento mínimo, en el intento de convertirlo en un momento de eternidad?

Es falaz hacerlo apoyándonos en la divinidad, cuya existencia es indemostrable, si no radica en la fe, disposición a creer desde lo íntimo del corazón.

Esta creencia, adhesión o fe tiene, ciertamente  justificación en el hecho de que existir es querer existir, anhelar seguir en la existencia, y quizá la razón más profunda de esta aspiración de perennidad sea debida a nuestro egoísmo, que nos lleva a  creer para procurar, aunque fuese imaginariamente, no sucumbir del todo.

Pero ¿a quién más acudir desde nuestra soledad y desde este mundo solo, desabastecido de caridad y amor?

Evoco “El evangelio según San Mateo” filmado  en 1964, de Passolini. Filme rico, sobrio  y justo; vimos en él a la madre de Cristo tal como debió ser: oscura, triste, ¿esperanzada?; su sonrisa  apenas esbozada descubría una mínima cueva oscura vacía de dientes,  como en el tiempo de Cristo debieron estar las bocas de hombres y mujeres hacia los cuarenta y ocho años de edad.

Y el ateísmo, esa especie de soledad sin preguntas, ese no tener con quién contar más allá, ni a quién acudir; el evocar con sorna a nuestros padres creyentes, volcarnos a otros valores: a amistades, a la búsqueda siempre insatisfecha de dinero, y, a menudo, a sus secuelas de indiferencia o vicio que nacen de no saber qué hacer de nosotros y con nosotros mismos.

Podemos, en cambio, sentir el enorme y antiguo consuelo de encontrarnos rezando, pidiendo por los solos, por los llenos de mundo, por los pobres y ricos: ¿a quién más acudir desde nuestra soledad y desde este mundo vacío, desabastecido de caridad y de amor?

‘El arte y nada más que el arte, tenemos el arte para no morir de la verdad’, escribió y vivió Camus; los más grandes artistas han buscado representar en ella sus incertidumbres, sus pesos, su esperanza. Y si no representaron, si olvidaron a Cristo, sí aspiraron a la verdad y la bondad que él humanizó,  incluso aunque nunca hubiera existido…

 

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