Era un asunto absolutamente obvio que, en medio de sustos y temores grandes o pequeños, por el temblor del sábado 16, todos fuésemos al televisor en pos de noticias. Seguramente, de uno en uno, todos barrieron los canales nacionales, de ida y vuelta. Como nunca antes en la historia de la televisión nacional, los canales seguían con su programación regular como si no se hubiesen enterado de nada, como si en los estudios de la televisión de Quito no hubiesen ni sentido ni sabido nada de nada. En las pantallas, el mundo seguía siendo el mismo, igualmente plano e insípido.
Era como si el tiempo externo se hubiese congelado. Como si en realidad no hubiese acontecido nada importante como para que se detengan las programaciones. Por aquí y por allá se escuchaban palabras fuertes y duras contra esas empresas para las que, se suponía, no les valía un comino partido en dos la realidad de un terremoto que había acontecido, en línea recta, a unas pocas decenas de kilómetros de la capital.
Mientras tanto, la cadena internacional CNN ya se hallaba totalmente comprometida con la noticia del terremoto. ¿Por qué, desde los Estados Unidos, la CNN, se hallaba ya plenamente informada y nosotros no? Sencillamente, porque allá la información no tiene dueño, ni es del Estado sino de todos.
Amarrando cabos, nos fuimos enterando de que los medios no podían decir nada sin la autorización explícita de alguna de las tantas líneas de mando que gobiernan la comunicación del país. Se esperaba la autorización de algún sumo pontífice que debía enterarse a fe cierta de que se trató de un sismo y de que ese sismo en las provincias de la costa había sido un terremoto. ¿Es que, acaso, una de esas autoridades adueñadas de la comunicación debía aprobar que el país se informe de manera veraz y oportuna? Esta pregunta permanecerá mientras no exista otra real, menos barroca que la del poder central apropiado hasta de la verdad de las tragedias naturales y de los sufrimientos ciudadanos.
¿Es eso justo? Claro que no. No se trata de un acontecimiento cualquiera. No se trata de un mitin político. No se trata de una marcha de ciudadanos que airadamente reclaman sus derechos. No se trata de una noticia política. Se trata del país. Se trata de ciudades gravemente azotadas por un terremoto que, en un instante, cobra muchísimas vidas de grandes y pequeños, hiere y lastima, destruye edificios, carreteras, puentes, comunicaciones.
Mientras la CNN, desde los Estados Unidos, se dedica de manera exclusiva a dar noticias sobre el terremoto, las autoridades de comunicación, seguramente, discuten sobre la conveniencia de que nosotros, los ciudadanos de a pie, los que tenemos familiares y amigos en esas ciudades, los que solo somos conciudadanos y compatriotas de las víctimas nos informemos de manera oportuna, adecuada y veraz.
Ese silencio fue realmente vergonzoso y, sobre todo, antiético e inhumano. Vergonzoso porque los canales de televisión invierten todo el tiempo imaginable en lo anodino e incluso en lo ridículo. No es un partido de futbol, ni un mitin político. Sin embargo, los canales seguían con lo suyo como si nada, como si les importase un comino las muertes y las destrucciones que se estaban produciendo un poco más allá de nuestras narices.
Nuestro país es pequeño lo que determina que nuestras familias se encuentren esparcidas por toda su geografía. Nuestros parientes y amigos están en todas partes. Por eso el silencio fue inhumano y contra toda ética de la comunicación social. De ello deberán dar cuenta aquellos superintendentes que administran los hechos comunicacionales como cosa propia.
Mientras los dueños de la verdad decidían sobre nuestro derecho a la información inmediata, el país se inundaba de catástrofe y de dolor, de desconocimiento y de dudas. Todos angustiados a la espera de que los canales nacionales interrumpan sus programas anodinos y nos lleven al lugar de los hechos. Mientras tanto, la CNN, a miles de kilómetros, estaba con sus corresponsales en los lugares de la catástrofe, de la muerte y del dolor.
Esos mismos que censuraron la información, los mismos que decidieron cuándo y cómo debíamos enterarnos sobre lo que acontecía en nuestro país, esos mismos más tarde se rasgaban sus vestiduras y daban ayes de dolor y de espanto ante la prensa internacional al tiempo que reclamaban nuestra solidaridad de hermanos. Aunque se vista de seda, esa hipocresía es perversa.
El país no requiere de fatuos discursos de solidaridad que muevan su conciencia porque siempre ha sido y será fácticamente solidario. Hoy por ti, mañana por mí. Hoy sufrimos el dolor que padecen en Portoviejo, en Manta, en Muisne, en Guayaquil, en los barrios de la pobreza y en los que no son pobres. La tragedia hermana, equipara. La tragedia no es más cruel porque los del poder se rasguen las vestiduras y nos hagan escuchar sus ayes de dolor.
