viernes, mayo 1, 2026

Nosotros los de siempre (III)

La publicación por capítulos de la novela de Carlos Vásconez, Nosotros los de siempre, es un experimento decimonónico que se ancla en la modernidad. Vásconez ha confiado en Plan V para publicar una novela por entregas, como un ensayo en el cual los lectores son los beneficiarios. Tercer capítulo: Las estrellas en los charcos

Carlos Vásconez

Por: Carlos Vásconez

Capítulo tres

Las estrellas en los charcos

Le enredó la cabeza una especie de apremio sexual que antes de ese encuentro en la calle y el episodio del Banco no había experimentado.

De un arrebato se deshizo del revólver lanzándolo a un río. Lo lanzó envuelto en su abrigo. Al fin se lavará este estropajo, se dijo, sardónico. El río no se movía. O era lento. Era más un pantano, una cloaca de dimensiones descomunales. El abrigo flotó y como siempre pasa, ese rato pensó que habría sido buena idea haber disparado a la nada aunque fuera una vez. ¡Matar a la nada!, qué magnífica idea, masculló. Se le engarrotó entre los dedos la sensación de aquel disparo incumplido. Bastó con tronárselos para que la sensación desapareciera.

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Nosotros los de siempre (I)

Contó el dinero tantas veces que para no contarlo más llegó a pensar que hacerlo lo disminuye. Más bien era al revés. Cada vez que lo contaba una cifra más aparecía de pronto. No era un experto en contar nada. Contar depende también del habla.

Su lengua estaba reconstituida. Ahora sencillamente escogía el silencio, un voto al que lo había acostumbrado el tiempo y los viajes. También se debía a una suerte de vergüenza de hablar tonterías. Lo cierto es que mantenía aquella habilidad de transmitir un mensaje, a veces equivocado, pero quién no lo hace, con las demás partes de su ser.

Empleó al dinero para viajar, un abrigo más dócil y cambiar de zapatos. Fue al oriente. Eso de ir al sur o al norte le seguía pareciendo ridículo. En esta nación no había trenes interconectados. Viajaban de otra forma, más arcaica, sobre aves o jamelgos, o lo que hiciera las veces de estos.

Los poblados pequeños eran encantadores, sus habitantes tacaños. Temía que alguno de ellos mereciera su repudio. Porque a esa gente era fácil conocer. Así que se quedó en una ciudad de las más grandes. Así lo entendía. Los hombres, las mujeres, los niños, los animales, le servían al otro para cubrir los placeres y para aumentar su ego.

Entre tanto desconocido sí que se ve el mundo, resolvió, aunque no lo pensó así, no se lo dijo así a sí mismo; se dijo: Ver mundo por desconocidos, pero se entendió. Cuando uno conoce a los demás, se convierte en el árbol que no permite ver el bosque.

En la ciudad de las más grandes frecuentó un bar que frecuentaban dos muchachos que se parecían a él. El uno se llamaba Antonio y el otro Giorgios. Venían de lejos, casi de tan lejos como Jagord. Eran estudiantes. Creyeron que también lo era Jagord.

—Bebes la misma cerveza que nosotros.

Lo que él bebía no era cerveza.

—Me llamo Antonio y él es Giorgios. Esperamos a nuestras chicas.

Jagord los vio y pensó en chicas. ¿Desde hace cuánto que no las pensaba en plural? Pensarlas en plural las desnuda, se dijo, aunque lo que se dijo fue Muchas son desnudas.

Recién se había cortado el pelo y había comprado un sombrero que se le pegaba a la cabeza. Era verano en alguna parte pero a él no se le quitaba el frío de su celda de prisión. Los jóvenes universitarios iban de camisa y pantalones ligeros.

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Nosotros los de siempre (II)

De una de sus bebidas emergió tenebrosa una piltrafa de pelo. Era de Jagord. Giorgios mencionó su animadversión por el pelo. Antonio dijo que a eso se le llama tricofobia. Giorgios asintió como si lo hubiese sabido de antemano y añadió que lo que más hay en el mundo es pelo y semen y que las dos cosas hoy en día son inservibles, aparte que como adornos. Los dos rieron al unísono. Hablaron de sus clases, de cómo la filosofía ha estancado históricamente a las posibilidades de abolir el dinero como eje de la sociedad. Por eso los chinos inventaron a la par la filosofía, el dinero y la dinamita.

—¿Y qué tiene que ver la dinamita en todo esto?

—En que se la puede usar contra quien atente contra el dinero y la filosofía.

Rieron. Jagord no comprendía eso de derrochar la risa.

Las dos chicas llegaron tarde y se veían como si hubiesen estado en los ojos de Jagord toda la vida.

—Él es nuestro nuevo amigo.

—Pues que venga.

Todo fue vértigo. En el ojo del vértigo siempre hay sosiego, y el sosiego es un señor que sacude su muñeca y acerca su oído al reloj, para pasar de darle de golpecitos en la luna a ver si está andando. Para entonces el sosiego ya perdió los segundos que intentaba recuperar.

Los empujones fantasmales lo llevaron con el grupo a una discoteca, subterránea y todo, con contraseña para entrar y todo (de una manera misteriosa, Jagord se conocía todas las contraseñas del mundo; si las hubiese farfullado, no hubiese habido celador que le prohibiera el ingreso), en la que el ruido era congénere del futuro y el futuro estaba unos días más cerca de suceder. Ellos pagaron todo. Habitués del derroche, la amistad de Jagord olía en ellos a carne fresca que los más remotos habitantes de la pradera habrían olisqueado en un dos por tres como uno más de ellos. Jagord se asombraba del parecido entre una discoteca y una prisión. No le agradaba y lo manifestaba con sus movimientos y sus expresiones desnaturalizadas que para sus nuevos amigos eran sinónimo de casta. Una de las chicas, si hubiera forma de catalogarlas pues se diría que era la más bella, se le acercó y le gritó al oído que quería bailar. Jagord fue a la pista y explotó esas piruetas que no sabía que eran suyas pero que venían incorporadas a él en ese sitio y no en otro. En medio de la danza creyó pensar que lo que no se dice tiene la oportunidad única de surgir de súbito. Si eso era cierto, él era el edén primigenio en el que podía aflorar incluso el Árbol de la Sabiduría. La sensualidad que podía emanar contagió a todos. Su piel estaba erizada. Su piel era la de todos. No importaba la música, la música era terrible, disonante, mal construida, música para destapar caños. Una música que era creada para estarse cayendo en ruinas a cada salto de los bailantes. Lo que importaba era Jagord que era en quien se clonaban los otros. Siguiendo su ritmo y su desafuero.

Jagord se asombraba del parecido entre una discoteca y una prisión. No le agradaba y lo manifestaba con sus movimientos y sus expresiones desnaturalizadas que para sus nuevos amigos eran sinónimo de casta.

Antonio abastecía el alcohol. Servía sin medirlo, con un toque de descortesía, como si en realidad estuviera vaciando sus riñones sobre yedra venenosa. Primero servía con su cara, así lo hacen los mercenarios, achatada por las tenazas del derroche. Giorgios estaba en trance por algún psicotrópico. De bailar con la más bella pasó a embellecer a todas con las que bailaban con él. La música, estridente, le vendaba los ojos como en un juego de niños. Cuando empezó a gritar ansioso Sogria, Sogria, Sogria, las mujeres en turno lo besaban, famélicas, en el torso, en las manos, en la cara y las piernas. Estaba inmovilizado y estallaba en orgasmos consecutivos, acunados desde hace casi un año en su vientre como bebés muertos. Eran orgasmos sin clímax ni mengua. Tenía uno tras otro y el siguiente estaba listo a salir.

Gradualmente, la fijeza y la paz cayeron sobre ellos. La más bella puso a tientas una mano sobre la suya. Sus manos se cogieron suave y silenciosas, en paz. Salieron y se sentaron inmóviles bajo la noche que era blanca a su alrededor. Las luces de la ciudad le estampaban un aire de cal que a muchos causaba estornudos imprevistos. Apenas estaban conscientes. Ella se acercó más, hasta acurrucarse, se apoyó en él por largo tiempo. La piel no dejaba de estar erizada. No se atrevía a tocarla, por eso se sacó una mano de algún lado para hacerlo. Querían estar satisfechos en el júbilo, sin deseo de ninguna clase. Él besó su pelo, gentilmente, suavemente. El aliento cálido le devolvió a ella algo de realidad. ¡Bésame!, reclamó la chica. Tenía las rodillas juntas, los ojos evaporados. Él la besó muchas veces, sin pasión: la había derrochado toda en la pista de baile, lo que auxilió para que ella sintiera aquella lengua que sin palabras la enredaba en deseos.

Se quedó solo en un abrir y cerrar de ojos. Y para Jagord pestañear era la grafía de un código avanzado, hacía las veces de clave morse. Así entendía lo que veía, le daba un habla. La ciudad ya no era tan grande y si antes no le importaban sus dimensiones, mucho menos ahora. Contempló con recalcitrante tozudez su pasado, que era como una fiebre mal curada, algo que lo mareaba y lo alejaba de toda posibilidad de entendimiento con el mundo. Porque ese era el problema mayor de la humanidad, creían que el diálogo era unidireccional, que debía el ser humano como especie entender al mundo y no entenderse con él, o alguna sandez de esas es la que pensó. Tanto vio su pasado que le causó nostalgia toda dolencia y todo encierro del que fue presa. Parecía dotado de sagacidad y en realidad estaba dotado de sombras. Hacía meses que no miraba por encima de su hombro en espera de que alguien lo persiguiera y poder huir. El mundo lo había olvidado y por eso solo tenía un lugar al cual volver, y no serían los brazos de Sogria, por más que fuera lo único a donde consciente quisiera regresar. Había un mal en el mundo y era él. No tenía palabras. No tenía ni siquiera orgasmos. Lo que le sobraba era la fatiga, la fatiga de ser creado insistentemente por un dios que se obstinaba con él y que vivía en exclusiva para él y que incluso moriría por él, de ser esto necesario. Quien huye sin tener de quién se cansa, cual niño que se esconde sin que nadie un buscador en reversa. Le vino a la mente su familia. Su madre le llevaba cada Navidad una botella de vino y un pastel que horneaba. Su madre estaba loca desde el preciso día en que lo encarcelaron. Lo visitaba con frecuencia. Le contaba historias que recolectaba durante el año y que él no escuchaba. No cambiaba sus sandalias por el mejor calzado del mundo. Y le llevaba fresas y flores que lo aromatizaban todo. Le preguntaba si estaba bien, si no le dolían los dientes, si se descomponía su estómago con los alimentos que le obligaban a ingerir. Sentía en este nuevo trance cómo le consumían la incertidumbre y la impaciencia.

No saben lo que es el dolor, se lo inventan, el dolor es una piedra en el único zapato que tenemos y que si nos lo sacamos impregna su mal olor a todo lo que lo rodea.

Cuando se desalojaba por completo el Subterranean Homesick Blues, nombre titular de aquella discoteca clandestina, los dos regentes desactivaban el mecanismo de aspersores que estaba conectado al aire acondicionado y que cada quince minutos se encargaba de esparcir algún tóxico en el ambiente, mezclado con esencias purificadoras, lo que causaba entre alucinaciones y una amorfa especie de asma, que el mismo tóxico tenía la facultad de encubrir.

Caminó la noche entera. Mudó su ropa en una tienda de segunda mano. Prefirió algo holgado, una camisa a rayas, un suéter. Si viajó para no hallar a quien fue, por lo menos lo inauguraría con creces. Creyó que era hambre pero era sueño todo el recital de bostezos que se sucedió en su cara. Los ojos de la gente que lo veía parecían llorar solos. Cuando uno habla después del dolor lo que sale son hermosas palabras, por eso sufren de gratis, se convenció, lo que lo alentó a repudiar a esos “dizque seres humanos”. No saben lo que es el dolor, se lo inventan, el dolor es una piedra en el único zapato que tenemos y que si nos lo sacamos impregna su mal olor a todo lo que lo rodea.

Nunca había conocido a uno, y menos a uno mentiroso, y la sorpresa fue, literalmente, doble, cuando aquellos dos jóvenes universitarios lo encontraron guareciéndose en el umbral del portón de la Catedral de Santa Patricia y esperaron, con una calma proverbial, que despertara por sí solo. Lo veían como a una especie en peligro de extinción. Tardó en reconocer que estaba despierto. Era Antonio el uno, era Giorgios el otro. Como se pensó en medio de un sueño, buscó a las chicas, sobre todo a la más bella. Al no dar con sus rastros, cambió de parecer: aquello solo podía ser una pesadilla.

—¿Es cierto que es usted un prófugo?

Se abofeteó un poco para quitarse el sopor. Eso no le quitaba el sopor. Algunas cosas, pero no ellos, seguían rodeadas de la bruma del amanecer.

—Lo hemos buscado toda la noche—, y la voz de Giorgios fue un agua que le sorprendió por cristalina en la que se diría que navegaba un barquito de papel cuyo mensaje había sido borrado por la humedad.

Giorgios había formado parte de un coro juvenil. Antonio no entendía nada de música, pero chasqueaba los dedos cuando algo le gustaba.

—Sencillamente su numerito de la otra noche en la discoteca nos desconcertó. Bueno, no a nosotros. A nosotros lo desconcertante nos encanta. Las chicas, y en particular Iris, no han parado de hablar de usted. Si fuera celoso, debería abofetearlo, así se despertaría por completo. Dice que usted besa como nadie. Pero a mí, y a mi amigo aquí presente, nos interesan otras cosas. Iris puede volver a su pueblucho con su familia de ricos a vivir como si en realidad murieran. Ella fue quien nos lo comentó, que en el beso usted le dijo cosas. ¿Se llama Jagord?

Jagord se convencía más que lo suyo era un sueño, pero ya las cosas adquirían ese matiz de realidad que hace inconfundible la podredumbre de la que son presas.

Dijo sí con la cabeza.

—¿Escapa de las leyes?

Volvió a asentir.

—¿Quiere que lo ayudemos?

Negó, categórico.

—Permítanos darle una mano. Solo queremos escuchar su historia. Podemos ser útiles los unos a los otros.

En Giorgios, que era quien hablaba, se distinguía una inclinación fuerte a la veracidad. No se forzaba en ser franco. Fluía en él.

Antonio se guardaba para un prometedor futuro todo lo que debía decir.

—Estudiamos literatura. Lengua y literatura. No nos faltan historias, usted comprenderá, quien lee tanto más bien las tiene de sobra. Pero es muy extraño que se den casos como esta maravillosa coincidencia. Queremos conocerlo, y, no le voy a mentir, Iris muere por volverlo a ver. Ha dicho, la muy insensata, que usted no le robó un beso sino que depositó en su boca algunos secretos que solo los besos pueden decir. Así lo dijo, literalmente.

¡Vaya broma!, pensó Jagord.

No bregaron mucho. Le gruñía el estómago, lo escuchaban hasta ellos. Tentación y señuelo. Unos panecillos, leche, acaso un refresco y huevos. En la cafetería fue Antonio quien tomó la posta del diálogo, más sereno.

—Nuestra intención es redactar una crónica a cuatro manos. Giorgios y yo congeniamos a la perfección. Su vida, Jagord, sería una magnífica respuesta al mundo de hoy. Todo un danzarín de la fertilidad. Un hombre que se fugó por un crimen que no cometió y que alcanzó a llegar al confín del mundo, inadvertido. No es un tema nuevo, lo sabemos, pero su hoja de vida es eso, no una de muerte, como bien ha mencionado mi amigo y que es la que la mayoría de las personas pretende que sean sus memorias. No queremos de usted nada, es más, ni siquiera queremos intervenir ya que mancillaríamos nuestro propio proyecto escritural. No figuraremos como personajes, con excepción del prólogo en el cual explicaríamos la forma en que lo conocimos.

Jagord negó con firmeza. No. Y no.

El verano seguía en pie. Los autos se ahogaban menos en el tránsito porque nadie intentaba incumplir las leyes para salir por fin del cubículo infernal de cuatro ruedas.

—Entiéndanos, se lo imploro, después de usted ya no tenemos otro mundo más que este. Después de leer tanto le queda a uno la incómoda impresión de que no hay otro, de que no hay adónde ir. Yo soy Antonio Grimaldi; él, Giorgios Remarque. Con esos apellidos puede usted estar seguro que tendrá su recompensa. Tendrá su estipendio. Será un fajo grueso de billetes.

No. Y no.

Parecía que en cualquier momento se levantaría, daría las gracias y luego de una bendición cogería el camino más rápido para doblar la esquina. En lugar de eso, se sirvió una segunda taza de café, lo endulzó lo que alguien escribiría que mucho (tal vez Antonio) y contempló todo el lugar en el que se hallaban de arriba abajo, despacio, cual si diera su consentimiento de estar ahí, como a un autorretrato al que le faltaba improvisación.

La cabeza de Jagord ya ni se movía.

—¿Lo ves? —, le preguntó Antonio a Giorgios, quien respondió en sentido afirmativo: —no tiene ni siquiera que mover un músculo—. Y ahora, dirigiéndose a Jagord, como si en los últimos diez segundos hubiese desaparecido por arte de magia: —Justamente el hecho de que no aspire una remuneración lo avala para nuestra iniciativa. Créame, nadie sabrá de usted. Todos creerán que se trata de un personaje de ficción.

¿Y qué otra cosa es un ex presidiario, si no?, pensaría el mismo Oliver Jagord años atrás cuando, entre rejas, se consideró digno de una pluma decente, algo que hablara en su nombre.

Se le abrieron los ojos como ante un cofre del tesoro. ¡Claro!, dijo su expresión, el tren sí era fantasma, por llevarme a mí.

Lo instalaron en una habitación diminuta, calurosa, olorosa. Aunque le agradaba la idea de algo cerrado, no hallaba manera de estar ahí sin comportarse como alguien culpable. Quería escribir en una pared que los humanos portamos en nuestros genes esas sensaciones. En espacios reducidos, nos sentimos atrapados, pero aún más que eso, criminales, pecadores, ingeniosos. En espacios abiertos, nos sentimos libres, pero aún más que eso, perseguidores, cazarrecompensas, justicieros.

Ellos hablan. Son sabios. Jóvenes y sabios. Jóvenes, sabios, tontos. Qué más se puede querer. Hablan porque de ese modo hacen esperar al fin del mundo. Los que no hablan es porque no quieren aspirar que el final caiga de una vez y de sopetón, sentándose encima de la humanidad y sus alrededores, apagando las luces. Hablan cosas falsas, una tras otra. Que la mejor película de la historia. Que el mejor actor de la historia. Que la mejor fotografía de un filme de la historia. Que la banda sonora y que las canciones premiadas por quitarle todo el sentido a una película. Hablan de un beso que no es actuado, que entonces transmite a los veedores esa sensación de amor que es por la que pagan una entrada al cine. Por eso tantos miran películas pornográficas, porque a veces dan con ese resquicio que los cuerpos dejan a la emotividad y afloran de súbito sensaciones verdaderas. Hablan de todo un poco. ¿Cuándo hablarán estos de literatura, para variar? Pero hablan de literatura de pronto. Hablan de un tal Bukowski, de un supuesto Céline, de un innombrable Cartarescu. Hablan de lo bien que hubiesen sabido compartir una mesa de café con un simpático, por lo que mencionan, Roberto Bolaño, a quien le gustaba hablar con las gaviotas. A mí las aves en general me parecen de los animales más estúpidos y más bellos a la vez. Son el epítome del sinsentido que mueve al mundo. Hablan de experimentos con la lengua. Hablan de que las grandes obras de arte se escriben en medio de la más abrumadora resaca. Hablan de que vivir con resaca es un error que implica una juventud eterna y que la juventud eterna solo habla de lo que a nadie le importa. Hablan de deportes en los grandes libros, en especial en los de poesía. Que los poetas son maratonistas, corren distancias infinitesimales y nunca ganan. No es a propósito, solo se extravían y siguen corriendo, llegan a la meta desde el otro lado. Hablan de que las mujeres cuentan mejor los cuentos. Están entrenadas desde el paleolítico, así dormían a los bestias de sus esposos y a las dulzuras de sus hijos.

—Le tengo una pregunta que taladra mi cerebro, y no puedo dejarle que haga un orificio muy grande, ja, ja, ja, ¿cómo no se le ha ocurrido escribir? ¿Sabe escribir? Supongo que los mudos, que evolucionan para su supervivencia otros sentidos, no entienden del todo el sentido gráfico de los sonidos. Pero usted es atípico, Jagord, no creo que sea analfabeto.

Hablan de todo un poco. ¿Cuándo hablarán estos de literatura, para variar? Pero hablan de literatura de pronto. Hablan de un tal Bukowski, de un supuesto Céline, de un innombrable Cartarescu.

Iris nunca estaba por ninguna parte.

Lo vistieron bien, para que su aspecto no llamara la atención. Las ropas, que fueron inventadas por idiotas, o al menos eso aseguró Giorgios con la garganta llena de escocés, son la distinción entre humanos. No su inteligencia, no su talle, menos su cognición humanística, y que ni se piense que su ideología política. Muy lejos de ello, las ropas son la clave de la evolución. Y si la clave la impuso un idiota, todos la tenemos. El mundo, amigos míos (había que oír el hipo que interrumpió la sentencia), no es de los sensatos sino de los vestidos.

No se había dado cuenta de ello, pero Jagord estaba dándole la razón.

Entre tantas novedades que sin pretenderlo ocupaban la imaginación de Jagord cuando estaba solo, soltaron la noticia de que Iris había sido ascendida de cuarta violinista de la Orquesta de Cámara Strauss Wagner a primera, y que de ahí a dar el salto a solista era una minucia en comparación con todo lo previo. Jagord no pensó en Iris, pensó en Sogria y dijo su nombre entre suspiro y suspiro. Por primera vez Antonio y Giorgios callaban. Por primera vez oyeron de verdad su voz. Era una palabra, no sabían lo que significaba, pero tenían la suficiente capacidad para saber que significaba algo, y que además debía ser importante.

La palabra “Sogria” les serviría para ponerse más serios en su proyecto escritural y empezar a atar cabos. Preguntas. Recapitulaciones. Un bloc en el que alternaban apuntes. Menos cortesías y excesos. Algo de tedio y más preguntas a las que Jagord tenía que negar o asentir. Al cabo, fue el detonante de un rencor que siempre tuvo Jagord y lo que le recobró sus ganas de irse. Alguna vez pasó por interrogatorios y su natural incapacidad para responder lo identificó como culpable.

Antonio, quien en el fondo era más curioso, investigó acerca de la palabra. Google explicaba que se trataba de un puerto del Mar Báltico y que en ciertas regiones de los Urales era un nombre propio de mujer.

¡Eso es!, fue el eureka de Giorgios. Jagord mató a una tal Sogria. Lo suyo, óyelo bien, Antonio, es un voto de silencio para no delatarse, o es su manera privada de expiar su mal. Hay que averiguar en qué religión uno de los castigos a crímenes terribles es callar.

—¿Sabes qué? —, lo inquietó Antonio.

—Necesitamos a Iris—, se respondieron los dos al unísono.

—Si con un beso ella le sacó hasta el nombre, qué conseguirá de él si retozan.

Iris trenzó su cabellera pelirroja. Enjuagó su boca, dos veces. No se pasó carmín aunque la duda, ridícula, de si eso la afeaba la olisqueaba de tal manera que sentía vulnerada su intimidad desde dentro hasta sentirse incómoda con lo que mostraba por fuera. No solo accedió, lo hizo encantada, no se dio el trabajo de sentirse ofendida por esa propuesta de la que a primeras luces no sacaba nada a cambio, y dijo que lo haría, así, como si en nada tuviera que ver con ella, con énfasis: encantada. El verano estaba en descuentos y las vitrinas de los negocios anunciaban las prendas para evitar los embates del viento.

Buscaron a Jagord por media ciudad. Por las cloacas. En los albergues que parecían casas de citas. Ni aunque lo hubieran hecho por medio mundo habrían dado con él.

Veían a cualquiera y todos tenían el aspecto remoto y efímero de Jagord, ¿cómo alguien tan especial y raro se les aparecía en cada esquina y se parecía a todos?, se les encogía el estómago y se les cortaba la respiración por unos segundos hasta caer en la cuenta de que se trataba de otra persona cuyo defecto era no ser Jagord. Se juraron que Jagord sufrió un ataque de amnesia, que era más viejo de lo que parecía y que si huyó significaba ciento por ciento que era el fugitivo que dudaba hasta de su propia sombra. Luego vino la resignación, aunque a pasos lentos. Lo que los entristeció y enfadó hasta encabronarlos fue sentirse abandonados, en orfandad. No habían recabado suficiente información para redactar una crónica, y sin esto cualquier esfuerzo suyo parecería burda fantasía, una sarta de mentiras so pretexto de extraer de sus ánimas material estético sin fecha de caducidad. Parecería una novela, y eso era el colmo para un estudiante de letras. Las novelas las escriben los que no estudian, tal aserto de tintes académicos, que era el que regía en el campus de la Facultad de Filosofía, les confería autoridad para juzgar a los escribas. ¡Tamaña desfachatez! ¡Una novela, por el amor de Dios! De solo pensarlo se echaban a reír, aunque lo hacían preparados para ello. Cruzaban las manos y las acomodaban a la altura del bajo vientre. Y entonces, soltaban la carcajada: Ja. Se oía. Si nadie los veía, resonaba aún más un Ja espléndido, muy parecido, idéntico al desanudarse, en pleno clavado de diez puntos, el lazo de la espalda de una bañista voluptuosa y tímida. Para Iris fue peor, primero pensó que se trató de una broma pesada de Giorgios y Antonio. Luego, al cerciorarse de que lo de ellos era pesadumbre en su más pura expresión, se sintió traicionada.

Comía poco pero sentía cada vez menos necesidad de comer. Solo los que no tiene nada en mente comen, se dijo en reiteradas ocasiones, y la idea de tener un propósito en la vida sustituía a su apetito.

Los charcos aparecían por los caminos. Eran una constante del paisaje. En las noches, los charcos le parecían el mismísimo sepulcro del cielo, donde cabían las estrellas y el espacio sideral como en ningún otro lado. Muerto, putrefacto, de un raro color púrpura. Él, como tantos otros hombres, se detenía a veces y limpiaba sus pies. Luego veía su rostro en esas aguas turbias. Se sorprendía de que lo que lo limpiaba reflejara su rostro. Un rostro cuarteado por la falta de aseo, por el golpe del viento a la intemperie, por la alimentación rudimentaria y bestial. Veía los charcos y pensaba si sería buena idea saltar sobre estos, chapotear, hacer algo que pareciera felicidad, y no solo rodearlos, cabizbajo, timorato. Pensaba que saltando en el agua desfiguraría su cara, que estaba atorada en un recuerdo añejo. Veía su tristeza y se ponía triste.

A veces daba con lugares apacibles y secos. Se notaba que por ahí no había muerto nadie. Descalzo, caminaba entre los perales y cerezos y se lastimaba las manos con el pasto y ramitas verdes de espinas diminutas, con lo que se las restregaba. El ardor era también una suerte de cosquilleo que le agradaba rascar. Bajaba ciertas pendientes que acortaban su camino y en días calurosos se animaba a saludar a algunos automovilistas que devolvían el gesto a bocinazos. Comía poco pero sentía cada vez menos necesidad de comer. Solo los que no tiene nada en mente comen, se dijo en reiteradas ocasiones, y la idea de tener un propósito en la vida sustituía a su apetito. Hacía autoestop y se bajaba donde lo dejaban. En la calle le hablaban mucho y sospechó que lo que más hay en el mundo es habladores. Alguna vez le ofrecieron cerveza, se limpió con el dorso de la palma de la mano la espuma de la boca y recordó el queso blanco fresco con cebollino de la cárcel en Navidad y a su imagen en el periódico. Sentía como si ese paisaje y él en este fuera una especie de final feliz. Ir por Sogria era para él un final feliz.

Cuando se dormía al filo del camino, lo único que lo abrigaba era el mal olor corporal que él mismo desprendía. Metía sus narices en su pecho y buscaba el olor de su corazón.

 

Carlos Vásconez

Carlos Vásconez

Escritor

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