Es cierto que la política es el arte de los cálculos y las maniobras herméticas. Cada jugador busca conservar el as bajo la manga que le sirva para definir una partida… al menos mientras el que tiene el monopolio de la fuerza no se levante y tumbe la mesa de una patada.
En general, existen intereses de distintos grupos o sectores sociales que pugnan por imponer sus decisiones respecto de las políticas públicas. En esa relación de poder, muchas movidas solo son entendibles y explicables a la luz de los resultados. Pero siempre se observa un grado de coherencia entre lo que estos actores maquinan y lo que al final se hace.
Sin embargo, hay momentos en que la política de los movimientos tácticos cede el paso a las intrigas. Los intereses que operan detrás de estos protagonistas políticos se vuelven tan difusos que resulta imposible definir un escenario medianamente coherente.
Difícilmente los espectadores caeremos en la ingenuidad de creer que todo se trata de un acto de higiene política, de saneamiento institucional o de lucha contra la corrupción. Aquí se perciben los efectos de titiriteros en la sombra que buscan desplazar a sus rivales mediante un complejo y astuto juego de intrigas.
Es lo que ocurre en el país a propósito de la revelación de las fortunas ilegítimas –cuando no abiertamente ilícitas– obtenidas durante la última década y media a partir de la administración del Estado. Panamá, INA, Pandora y Saab designan los diferentes episodios de esta novela de intrigas en que los grupos de poder económico han convertido a la política ecuatoriana. Las amenazas mutuas, las reacciones destempladas y los sobresaltos tienen cautivada a la audiencia. Nadie sabe a ciencia cierta con qué sorpresa aparecerán los involucrados a día seguido. Y el mayor temor es que todo quede en una alharaca sin consecuencias concretas.
La pregunta del millón es simple: ¿qué grandes negocios hechos y por hacer han provocado semejante berenjenal? Porque difícilmente los espectadores caeremos en la ingenuidad de creer que todo se trata de un acto de higiene política, de saneamiento institucional o de lucha contra la corrupción. Aquí se perciben los efectos de titiriteros en la sombra que buscan desplazar a sus rivales mediante un complejo y astuto juego de intrigas.
Es posible que una fuerza política esté exenta de estas sospechas: el movimiento indígena. Por una sencilla razón: es el único actor político que no representa grandes intereses empresariales. Dicho de otro modo, que no cumple con la función de parapeto para agendas ocultas. Tanto el movimiento Pachakutik como la CONAIE, con todas las deficiencias que se les pueda señalar y atribuir, expresan un proyecto histórico con objetivos y referentes públicamente expuestos desde hace mucho tiempo.
No obstante, ambas organizaciones pueden ser arrastradas a un campo minado hábilmente dispuesto por los operadores de las demás fuerzas políticas en conflicto. En buen romance, servir de comodín para que el gobierno, los socialcristianos y los correístas viabilicen el reparto amistoso de quienes realmente están haciendo política desde el anonimato.
