Las declaraciones que hizo Osvaldo Hurtado, expresidente del Ecuador, en torno a las actitudes claramente autoritarias que definen al actual gobierno, así como el haber calificado el paupérrimo desempeño que muestran muchos de los funcionarios y asambleístas del oficialismo, terminaron agitando el avispero político. Ese sólo pronunciamiento público generó una reacción en cadena en las redes sociales donde abundan, muchas veces detrás del anonimato, las descalificaciones, los insultos y la más irracional intolerancia a la crítica.
Ciertamente, bastó haber empleado el término criptodictador para zarandear la conciencia nacional y provocar reacciones entre quienes, por un lado, mayoritariamente miran con preocupación —pero también con recelo— el resquebrajamiento de las bases del sistema democrático ecuatoriano, aupado por un híper presidencialismo que no conoce de límites ni de recato; y, por otro, una minoría privilegiada que bate palmas por el actual estado de cosas, en tanto –quizá- saborean las mieles del poder o están conectados al biberón presupuestario.
Es evidente que en el país se vive un deterioro institucional, ya ni siquiera se guardan, en muchos casos, las apariencias. En época de la posverdad, y como bien lo dice el tango Cambalache: …Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador… Ni siquiera se defienden las exigencias mínimas que plantea una democracia política. Verbigracia, hay quejas y reclamos ante el Consejo Nacional Electoral y el Tribunal de lo Contencioso Electoral, ante la proscripción de organizaciones políticas, coincidentemente identificadas con la oposición, que limitan en la práctica las opciones que tienen los ciudadanos para elegir a sus próximas autoridades en el ámbito seccional.
El mismo hecho de haber adelantado las elecciones anclado a un informe en el que se proyecta, con muchos meses de antelación, un escenario invernal de proporciones, ya abrió muchas interrogantes y legítimas inquietudes. A esto se suma la activación de procesos judiciales y de investigaciones que han terminado afectando la participación de varios e influyentes actores políticos que están unos ya bajo la sombra y otros con un significativo riesgo de que alguien, en horas de la madrugada, les toque la puerta de sus hogares. En esas condiciones lo que predomina es el miedo y mirar a la política como un camino minado en tanto se la asume como una actividad de suma cero.
En general, cuando el peso del aparato estatal actúa en función de determinados intereses o prioridades que no necesariamente coinciden con las del bienestar común, la democracia se debilita y abre paso a regímenes autocráticos o abiertamente dictatoriales con sus respectivas modulaciones. De ahí que tratadistas como Guillermo O’ Donnell, habla de la existencia de regímenes híbridos donde conviven ciertos elementos propios de una democracia pero también con claros rasgos autoritarios, abriendo trocha a lo que se conoce como democradura o dictablanda, según el caso.
En el ‘nuevo Ecuador’ más parecen estar preocupados, desde el sector del oficialismo, en atacar al mensajero que ahondar en el contenido del mensaje, lo cual se da por la ausencia de una buena dosis de autocrítica lo que permitiría, precisamente, corregir los errores y enrumbar al país por la senda del progreso y la paz.
Para ello se necesita de una gran sensibilidad social y compromiso con los más altos intereses del país, lo cual penosamente ahora se suministra a cuentagotas.
