sábado, septiembre 26, 2026
Ideas
Consuelo Albornoz Tinajero

Consuelo Albornoz Tinajero

Profesora universitaria, investigadora y periodista, con un doctorado por la Universidad Nacional del Cuyo, de Argentina.

La democracia siempre a varios pasos atrás

A pesar de ciertos progresos, las acciones de los actores políticos de la democracia, gobernantes y dirigentes políticos, no han podido situarse a la altura de lo que muchos esperamos de la vivencia democrática.

Sin duda, el desarrollo de la democracia ecuatoriana desde cuando se produjo el proceso de retorno a la constitucionalidad, que concluyó en 1979 con la elección del binomio Roldós-Hurtado, muestra avances, y un cierto grado de consolidación. La actitud de los ciudadanos en las décadas subsiguientes así lo confirma.

Sin embargo, este transcurrir de las prácticas en la democracia se ha mantenido a muchos pasos atrás de las demandas ciudadanas, de las esperanzas del pueblo y de las expectativas de los electores. Porque a pesar de ciertos progresos, las acciones de los actores políticos de la democracia, gobernantes y dirigentes políticos, no han podido situarse a la altura de lo que muchos esperamos de la vivencia democrática. Es como que en todo momento perseverara el alejamiento entre la experiencia democrática, su realidad, y lo que querríamos que ella fuese. 

¿Qué abona al mantenimiento de tal separación? El propio ejercicio de la democracia. Si poco a poco, con flujos y reflujos, se va formando una ciudadanía consciente, activa, deliberativa, y si los aprendizajes sociales de la democracia se manifiestan y se amplían, también, simultáneamente y no sé si a mayor velocidad, los problemas que debe enfrentar se van complicando y su emprendimiento encuentra a los actores de la democracia, mandantes y mandatarios, insuficientemente preparados. Poco dispuestos para reivindicar aquello que la democracia nos enuncia como derechos, a los primeros. Poco orientados para responder por aquello que la democracia les plantea como deberes, a los segundos.

A este hecho, la pertinaz disociación de lo que aspiramos y de lo que tenemos en términos de gestión de la democracia,  aportan fenómenos que hace décadas solo se los vislumbraba. O apenas se los intuía. Uno de ellos es la mediatización de la realidad, cuyo alcance es mucho mayor y es harto más complejo que el entendido en referencia exclusiva a los medios de comunicación. Este nos sitúa en un “eterno presente”, nos anula las distancias espaciales y temporales y nos ubica en una realidad evanescente, aunque palpable; en una posición de activismo permanente, pero inestable y episódico; en un estado de preocupación que se disipa con el esfuerzo de un clic, y con un ánimo más inclinado a la impaciencia que a la esperanza mantenida con bríos a pesar de y en contra de.

¿Cómo lidiar con ello?  ¿Cómo trabajar y desvelarse, una palabrita ciertamente incómoda para muchos? ¿No es más fácil desistir, acomodarse, olvidarse y vivir? Un vivir, que deviene en existir, sobrevivir, subsistir y hasta vegetar, como lo cuestionaba hace tiempo ya Hannah Arendt en La condición humana… Un vivir en el cual la incertidumbre se naturaliza, las certezas se escabullen y muchas convicciones se banalizan.

Ciertos hechos recientes dan pie para plantearnos reflexiones en este sentido, el de preguntarnos cuán fuertes son nuestras convicciones democráticas, cuánta energía estamos predispuestos a entregarlas, cuánto pensamos, efectivamente, que ellas valen la pena. Estoy pensando en aquel apretón de manos, con palmaditas en las espaldas, entre dos dignatarios, con antecedentes de caudillos; en las remociones y sustituciones de altos empleados del correísmo; en las políticas modificadas más rápido que una veleta y que en el alba nos regresan a las rutinas de la “larga noche neoliberal”, sin que despertemos todavía.  O en los anuncios de despidos, perdón, desvinculaciones; en el achicamiento del estado, disculpen, optimizaciones del aparato público; en las privatizaciones, mejor dicho, concesiones. En los mensajes, discursos, eslóganes, contradicciones a las que ya estamos acostumbrados los ecuatorianos, a través de la propaganda permanente. Y en la apología a resolver los “problemas personales” mediante los puños. ¿Estamos retornando a aquel tiempo en el cual los duelos entre mosqueteros eran lo dominante? ¿Hemos vuelto a creer que nuestro honor se lava con sangre?

¿Qué pasó con toda la indignación de los meses de julio, parte de agosto y hasta de setiembre cuando un supuesto amplísimo sector social exigía el cierre de los organismos de la policía del pensamiento, de la opinión y de la libertad de expresión? ¿Dónde se perdieron aquellas voces que reclamaban la venta de los medios de comunicación incautados al grupo Isaías, y en poder del oficialismo? ¿Qué estatuto y previsiones tiene ahora esa Unidad de Gestión de Medios (UGEMED), creada en junio pasado? Para comprenderlo, podríamos ayudarnos con la reflexión de Omar Rincón, publicada en Plan V. Porque si concordamos en que administrar gasolineras no es la función de la empresa estatal de petróleos, podemos convenir en que administrar un monopolio de medios privados, vía oficinas gubernamentales, tampoco es algo que competa al poder político.

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