domingo, abril 19, 2026
Ideas
Rodrigo Tenorio Ambrossi

Rodrigo Tenorio Ambrossi

Doctor en Psicología Clínica, licenciado en filosofía y escritor.

La ciudad del ruido y del silencio

Es imperativo que las autoridades municipales tomen en serio al ruido y lo pongan en vereda. No esperar que la muerte nos conduzca y establezca en los ciudadanos el dolor de las enfermedades y, finalmente, el silencio absolutamente infinito y carente de toda significación de la muerte.

El ruido, la bulla, las voces que van y vienen constituyen los indicadores primordiales de la vida. Los niños no cesan de gritar, de llamar y cantar, también de llorar porque saben que solo así son reconocidos por los otros. Un niño silencioso, callado, que no grita ni canta es un niño enfermo, ensimismado. Si callamos, tocará a la puerta el fantasma de la muerte que es el reino de los silencios absolutos, es decir de la nada.

El ruido doméstico da cuenta de la vida que la habita, que bulle, que no cesa de expresarse, que se alza al ritmo de las horas, que disminuye en la oscuridad de la noche. Pero que nunca desaparece. Hay silencios pacíficos y creadores, como bullas que dan cuenta de los ritmos de la vida, de los deseos y sus goces.

El silencio y la voz poseen medidas, unas impuestas y otras asumidas por las personas. El grito es alarma y pedido de auxilio: para un bebé es su tabla de salvación. Sin embargo, se torna insoportable, cuando el sonido deviene ruido insoportable, cuando la voz pierde su valor de significación de los límites y los respetos, de las ternuras y las promesas. Entonces se convierte en una especial y maléfica agresión.

Hay un abismo de significación entre la palabra tierna y comunicadora y el grito hiriente y malhechor. La palabra es proveedora tanto de ternura como de violencia. El grito amenazante del que se considera con poder herir frente a la palabra tierra de la madre que acuna a su hijo o lo acompaña en su dolor.

Nuestra ciudad capital se ha hecho grande sin orden ni templanza. En buena medida, los sonidos comunicacionales de las personas y las cosas se han transformado en ruidos destinados a alterar un orden que ni siquiera existe. Ruidos múltiples sin significación alguna y que solo dan cuenta de una ciudad cuanto más grande y tanto más desorganizada.

El silencio, la calma, la tranquilidad, el orden amable han sido borrados de nuestra ciudad. Su lugar lo ocupa una especie de caos urbano que no cesa de crecer en la misma proporción en la que la ciudad se hace cada vez más grande

También el desorden constituye en si mismo un especial ruido pues atenta contra los principios de una elemental estética urbana.  

El buen silencio ha sido arrinconado en algún botadero de desperdicios urbanos y su lugar está siendo ocupado por un estruendo despojado de todo afán comunicacional y, sobre todo, huérfano de esa elemental estética que asegura un bien vivir.

El silencio, la calma, la tranquilidad, el orden amable han sido borrados de nuestra ciudad. Su lugar lo ocupa una especie de caos urbano que no cesa de crecer en la misma proporción en la que la ciudad se hace cada vez más grande. Ser grande equivale a ser madura, seria, operativa y no, al revés, intolerablemente bulliciosa.

El buen silencio constituye la condición de nuestra existencia. Nos permite ver el mundo y habitarlo pacífica y eficientemente. El silencio es creador y proveedor de bienaventuranzas. En el silencio crecen el amor y la creatividad, la poesía y la ciencia.

Una ciudad sostenida en el alboroto, en el ruido y el desorden es una ciudad violenta, agresora y transmisora de males. El silencio abre las puertas de la creatividad, allí nace la poesía y la música. En el silenció de la noche se hacen los hijos y también las esperanzas. El ruido es agotador y destructor. Para descansar, hace falta el cobijo tibio de un bien silencio.

Es imperativo que las autoridades municipales tomen en serio al ruido y lo pongan en vereda. No esperar que la muerte nos conduzca y establezca en los ciudadanos el dolor de las enfermedades y, finalmente, el silencio absolutamente infinito y carente de toda significación de la muerte.

De ninguna manera se pretende crear una ciudad fantasma y menos todavía una ciudad cementerio. Pero urge crear una nueva conciencia ciudadana destinada disminuir los ruidos innecesarios. Una ciudad en laque se pudiese casi oler una calma que nos permita, no solo sobrevivir, sino también poseer alegrías y esperanzas.

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