En medio de tanto ruido causado por las redes sociales, nos cuesta cada vez más detenernos en lo cotidiano, que, al mismo tiempo, constituye lo indispensable. Esta sociedad en la que vivimos no admite las debilidades, el llanto ni el dolor; quien siente es débil y está destinado al fracaso. En la búsqueda de invulnerabilidad, hemos confundido la fortaleza con la indiferencia y la racionalidad con la ausencia de empatía. Vivimos en un Ecuador que, vergonzosamente, normaliza el dolor ajeno, evade responsabilidades y acepta como inevitables la exclusión, la violencia y la muerte.
En medio del dolor cotidiano, una de las maneras de mantenerse funcional consiste en no saber, no preguntar y, en determinados lugares, ni siquiera nombrar ciertos temas. Y esto que detallo incluso nos parece normal, porque es lo que, en alguna medida, nos toca enfrentar a todas y todos. Hemos atravesado inconscientemente un proceso de aprendizaje triste. Proceso que incluye disociarse de la realidad, dejar morir el corazón, normalizar aquello que jamás debería. Polarizados, vaciamos de contenido las demandas legítimas, etiquetamos casi todo y desaparece lo central.
Parecería que ya nada importa, que ya nada indigna y, horrorosamente, que ya nada duele. Aparecemos como adultos que trabajan en instituciones estatales, en los GAD, en universidades y en la empresa privada. Como si correspondiera a un adulto asumir que nunca se equivoca y que no merece ser cuestionado ni un ápice en su proceder. Adultos funcionales que nos asumimos como un mueble ya terminado de construir, que será infalible para siempre, que no tiene que aprender, transformar o corregir. Estos adultos han generado un Ecuador en el que incluso la deshumanización se relaciona con probidad, buen nombre y criterio. Nos hemos arrancado el corazón del pecho. Como el brujo del cuento que, en su deseo de convertirse en el más exitoso y poderoso, cayó en esa trampa, continuamos convencidos de que dejar de sentir nos hará invulnerables.
En teoría, como sociedad, eso es lo que nos permitirá alcanzar grandes logros. Vaciamos de significado los Derechos Humanos y, para provecho de algunos, terminamos en un escenario donde se nos olvida que su esencia reside en no hacer distinciones y en que no importe otro criterio para poseerlos que compartir el patrimonio genético de la especie humana.
El resultado de esta siniestra tarea ya nos deja ver sus frutos. La evidencia de esto son las grandes soluciones a los problemas que enfrentamos. Primero, el problema del reclutamiento de niñas, niños y adolescentes, que se establece, se solventará endureciendo las penas, porque esos… son indeseables y es mejor mantenerlos lejos. Segundo, la normalización de que todos se maten y mueran en la cárcel, hacernos los locos… al no presionar para que exista una política estatal efectiva de rehabilitación social. Porque, en realidad, ¿qué importa? No se trata de mí, ni de mis hermanos, ni de mis amigos, ni de mis hijos; mejor que se mueran.
Tercero, mirar hacia un lado y negar la realidad que encierra a generaciones enteras en un círculo de pobreza casi imposible de abandonar. No nos conmovemos ni ante las realidades sociales más cercanas, como que en Ecuador más del 38% de los hogares monoparentales están liderados por mujeres y requieren apoyo estatal. No importa el costo en la trayectoria de vida humana, ¡Mientras menos impuestos, mejor! ¡Mientras menos estado, mejor! Yo no lo necesito. No me importa nadie más que yo.
El lado más terrible y cruel de esta deshumanización, que se concreta en la naturalización de la violencia contra el otro. Incluso cuando implique el uso instrumental de niños, niñas y adolescentes para cometer delitos. Esta práctica, que queremos pesar, solo corresponde a los grupos violentos, a esos que cumplen funciones logísticas en articulación con el crimen organizado transnacional; a los otros, esos que son malos.
El horroroso asesinato de un funcionario de una universidad privada en Quito nos demuestra que no es así. No es exclusiva de las estructuras de delincuencia organizada ni de sus brazos operativos la instrumentalización de niños, niñas y adolescentes para perpetrar atrocidades. Esta práctica también puede normalizarse entre personas con estudios universitarios, fuera de la línea de pobreza. Personas privilegiadas que pertenecen a ese porcentaje minúsculo en Ecuador que tienen un trabajo formal, están afiliadas al IESS y, para obtener su título, aprobaron la cátedra de deontología profesional.
Lo normal es que nadie se haga cargo y que la pasividad se imponga, pero creo que ya hemos tenido bastante de eso y de sus consecuencias. Que no nos suceda como en el cuento del brujo. En la oscuridad del largo exilio del cuerpo de su dueño, el corazón extraño, ciego y salvaje, terminó por provocar la muerte de su dueño y de la persona que intentaba amar. No reaccionemos tan tarde. A diferencia de un relato fantástico, aquí nadie vendrá a salvarnos. Somos nosotros quienes debemos asumir la responsabilidad y cambiar este presente, que ya permitimos que se envenenara y que, como sociedad, de a poco nos está matando. Basta de cerrar los ojos ante los efectos que nos provocan al arrancarnos el corazón.
