A la imagen de un vencido y prófugo Flávio Bolsonaro se ha sumado la derrota de Donald Trump y su partido Republicano (cómplice por acción y omisión) en el Congreso, el Senado estadounidenses. La reacción del pueblo de los Estados Unidos y de Brasil no inauguran un cambio de rumbo hacia un nuevo progresismo, sino que demuestra que la deriva autocrática de la ultraderecha ha sido puesta en un dique, pero aún falta para que la ola conservadora entre en marea baja.
En Estados Unidos, los resultados electorales resultaron en un vuelco político radical en favor del Partido Demócrata corporativo y también para su ala más izquierdista; además, más allá del control del Senado (54 de 100 por ahora), de la Cámara de Representantes (228 de 435) y de gobernadores estatales (28 demócratas vs. 20 republicanos) sino también de triunfos simbólicos que han vuelto a Estados como Texas y Kansas a manos demócratas luego de décadas de control republicano. El ingreso también a varias dignidades de políticos demócratas que reflejan la diversidad hispana, árabe y nativo americana.
La polarización es aún el método
Mientras tanto, América Latina no vive una ola de derecha ni un regreso del progresismo: vive una era de márgenes estrechos. Lula ganó con 51,79% tras perder la primera vuelta; en Colombia y Perú, la derecha ganó por menos de un punto. Milei, Noboa y Kast ganaron balotajes holgados, pero ninguno con mayoría propia: en primera vuelta, Noboa empató con González por 16.746 votos. Trump ganó el voto popular por 1,5 puntos. En Venezuela, sin actas, no hubo margen que medir. Lula triunfó en el balotaje del 25 de octubre con 4.430.191400 mil votos de diferencia sobre Flávio Bolsonaro: 64,26 millones de votos contra 59,83 millones. Tres semanas antes había perdido la primera vuelta, 45,16% contra 47,03%. La remontada importa: los 59,8 millones de Flávio equivalen a cerca del 38% del electorado, casi la mitad de los votantes escogió a Bolsonaro.
Los balotajes de Milei, Noboa y Kast fueron holgados, de 11 a 16 puntos. Pero casi nadie llegó con mayoría propia: Milei, Kast y Lula quedaron segundos en primera vuelta, y Noboa empató técnicamente con González. Trump ganó el voto popular de 2024 por 1,5 puntos, y en 2016 lo había perdido; su holgura en el Colegio Electoral sobredimensiona un país partido en dos.
En enero, Trump amenazó con aranceles a ocho aliados europeos por Groenlandia, y retrocedió tras un acuerdo marco con la OTAN. Con Canadá, la ruptura es abierta. Perdió las elecciones en Brasil y sus relaciones con el gobierno mexicano son de abierto enfrentamiento.
El balotaje fabrica mayorías que el electorado no entrega: se volvió un plebiscito del miedo, y el miedo cambia de bando. Lo que domina la región no es una ideología, sino el voto contra quien gobierna. Chile lo mostró con crudeza: un castigo amplio a un oficialismo progresista que no convenció en seguridad.
En Venezuela no hubo margen que medir. En julio de 2024, el CNE proclamó a Maduro con 51,2% sin publicar las actas de cada mesa de votación. El Centro Carter, invitado como observador, concluyó que la elección no fue democrática, y las actas que difundió la oposición daban a Edmundo González cerca del 67%. El desenlace no vino de las urnas, sino de la intervención militar estadounidense del 3 de enero de 2026. Es la lección más dura de la región: cuando las elecciones se rinden ante la opacidad, otros terminan decidiendo por los ciudadanos.
El Supremo investigaba a Bolsonaro desde julio por presunto lavado ligado a la película Dark Horse y al quebrado Banco Master. Tras el balotaje abrió otra pesquisa, por presunto financiamiento extranjero de su campaña. No hubo condena, pero sí una salida que esquiva a la justicia de su país.
¿Trump aislado?
No del todo. En enero amenazó con aranceles a ocho aliados europeos por Groenlandia, y retrocedió tras un acuerdo marco con la OTAN. Con Canadá, la ruptura es abierta. Perdió las elecciones en Brasil, y sus relaciones con el gobierno mexicano son de abierto enfrentamiento. La economía mexicana es de miles de millones de dólares y para Trump, controlar su frontera con México es tan vital, como lo es, simbólicamente, desgastar el gobierno de Sheinbaum. Pero en América Latina tiene doce gobiernos dentro de su Escudo. Trump no está aislado: gobierna por coerción, con legitimidad decreciente.
El alineamiento también tiene argumentos. Entre 2003 y 2025, la inversión greenfield estadounidense en la región promedió 28.700 millones de dólares anuales, y genera 65% más empleos por cada mil millones que China. Quien defiende el alineamiento defiende ese capital. El triunfo de Lula con alrededor de cuatro millones de votos a su favor, no inaugura un ciclo progresista; prueba que la democracia brasileña aún puede corregirse en las urnas. México y Brasil, las mayores economías de la región, no tienen tratado de libre comercio. Sheinbaum lo descartó en 2025 y Lula volvió a pedirlo en julio. Soberanía sin integración comercial es retórica.

Las calles del Norte y la gran pregunta latinoamericana
Europa vive su otoño más conflictivo en años: al menos 177 protestas en 12 países entre el 15 de septiembre y el 23 de octubre. Todo empezó en institutos franceses, por falta de profesores, y escaló al costo de vida y la vivienda. Solo la jornada del 17 de octubre dejó en Francia 2.628 detenidos, según el Ministerio del Interior.

Con movilizaciones masivas, huelgas y disturbios por el alto costo de la vida, la crisis educativa y la situación de los servicios públicos) se han producido al menos en:
España: con protestas vinculadas a la vivienda, desahucios y el encarecimiento general de la vida.
Italia: con manifestaciones y enfrentamientos en ciudades como Milán, Turín y Bolonia por el aumento de precios (combustible, gasolina), bajos salarios y demandas estudiantiles.
Portugal: con marchas multitudinarias en Lisboa contra la crisis de la vivienda y el alto costo de la vida.
Bélgica: con protestas de estudiantes y trabajadores en Bruselas y Lieja contra los recortes educativos y presupuestarios.
Albania: con tensiones y protestas en Tirana contra la corrupción, la falta de empleo y proyectos inmobiliarios.
Austria: con marchas en Viena convocadas por estudiantes en contra de los recortes en la educación superior y la investigación.
Irlanda: con movilizaciones estudiantiles en Dublín por el costo de la vida y huelgas de trabajadores del sector público.
Lituania: con manifestaciones en Vilna por temas ambientales («Laikas tirpsta») y concentraciones relacionadas con políticas migratorias.
Luxemburgo: con protestas frente a la Cámara de Diputados centradas en la crisis de la vivienda.
Grecia, Polonia y Países Bajos: también han reportado tensiones sociales, huelgas y movilizaciones ciudadanas por el incremento del costo de vida y reclamos laborales.
Los motivos principales detrás de estas movilizaciones son el alto costo de la vida, la crisis de la vivienda, el encarecimiento de la educación y la pérdida de capacidad del Estado de bienestar, impulsadas en gran medida por el sector estudiantil y juvenil.
Redes, protestas y polarización administrada
El 17 de diciembre de 2010, la inmolación del vendedor ambulante Mohamed Bouazizi en Sidi Bouzid, Túnez, desencadenó la llamada Primavera Árabe. El 14 de enero de 2011 huyó del país el presidente tunecino Zine El Abidine Ben Ali, tras 23 años en el poder. El 25 de enero, miles de personas convocadas en parte a través de Facebook y Twitter ocuparon la plaza Tahrir de El Cairo, y el 11 de febrero renunció Hosni Mubarak, presidente de Egipto desde 1981. Menos de cuatro meses después, el 15 de mayo, la Puerta del Sol de Madrid se convirtió en el epicentro de un movimiento que se nombró a sí mismo desde la indignación. El 17 de septiembre, en respuesta a una convocatoria difundida en línea por la revista canadiense Adbusters, cientos de manifestantes ocuparon el parque Zuccotti de Nueva York, hasta su desalojo el 15 de noviembre. Occupy Wall Street expresaba el malestar acumulado por las secuelas de la crisis financiera de 20072008, cuyo punto crítico fue la quiebra del banco de inversión Lehman Brothers el 15 de septiembre de 2008. Durante algunos años, esas plazas conectadas parecieron confirmar, como sostuvo Castells, que las redes digitales devolvían a la ciudadanía una voz que los medios masivos y los partidos le habían arrebatado.
La exclusión, el desgaste de la política tradicional y problemas económicos ya no sirven como antes para explicar lo que ocurre; pero ayudan a explicar cómo están siendo utilizadas desde la política para el control social.
La rebelión de los menores
Europa arde con protestas en las que según varias fuentes participan niños, adolescentes y jóvenes convocados por cuentas anónimas, y sospechas no confirmadas sobre posibles responsables de agitarlas, convocarlas y volverlas tan violentas. El patrón más interesante e importante de este nuevo ciclo de protestas se encuentra en las redes sociales utilizadas desde plataformas digitales que operan sin control, avivando la polarización social.
La exclusión, el desgaste de la política tradicional y problemas económicos ya no sirven como antes, para explicar lo que ocurre; pero ayudan a explicar cómo están siendo utilizadas desde la política para el control social.
El dato más inquietante es la edad. Al 9 de octubre, Francia había detenido a más de 6.800 personas, el 86% menores de edad, según su Ministerio de Justicia. En Milán, la policía detuvo a 45 personas en dos días, 34 de ellas menores. Describió a unos 2.000 manifestantes muy jóvenes, muchos italianos de segunda generación y otros extranjeros. Giorgia Meloni desplegó 500 soldados y habilitó la detención preventiva de adolescentes de 14 a 17 años, entre otras medidas.
Otro dato preocupante son las convocatorias sin rostro. En Barcelona, más de veinte cuentas anónimas de TikTok, bajo el nombre Blocus, llamaron a protestar por la educación. Derivaron a cientos de jóvenes a grupos privados de WhatsApp y Telegram, y la concentración terminó con 128 detenidos. La policía catalana sabía de grupos de Telegram con 700 jóvenes, pero no quién los convocaba; todavía no se sabe. Francia debate cortar TikTok y Snapchat durante los disturbios. En Italia se repitió el mismo patrón.
Aquí conviene separar hechos de relatos. La ultraderecha atribuye, prácticamente sin matiz, todo a la inmigración. The Economist sostiene que las causas son el costo de vida y los servicios públicos, y que la mayoría de manifestantes son ciudadanos de sus países. Que haya hijos de inmigrantes pobres entre los detenidos habla de barrios excluidos, no de una conspiración étnica. Lo verificable es más grave y más útil: adolescentes convocados por cuentas sin rostro, sin organizaciones que los representen ni negocien por ellos. Una protesta sin interlocutores no se puede escuchar; solo se puede reprimir.
Los gobiernos de esos países, anuncian medidas más fuertes orientadas a frenar las movilizaciones. Es evidente que el rechazo global a distintos gobiernos muestra el fracaso de modelos económicos y políticos que emergieron como respuesta al desgaste de otros régimenes ideológicamente opuestos, pero es urgente poner en la discusión pública, el rol que están jugando las plataformas digitales y los intereses oligopólicos que las auspician.
¿Llegará a América Latina?
¿Se replicará el ciclo de protestas en América Latina? Depende de qué razones o logros apuntalen los discursos de estabilidad y su sostenibilidad.
En octubre de 2019, las calles de Quito fueron escenario de otra protesta conectada: el paro nacional contra la eliminación de los subsidios a los combustibles, decretada por el gobierno de Lenín Moreno, se extendió entre el 3 y el 13 de octubre y se narró en tiempo real en etiquetas como #paronacionalec, en las que se disputaron emociones, adhesiones y sentidos. Ese paro formó parte de un ciclo regional de movilizaciones casi simultáneas.
El 18 de octubre de 2019 comenzó en Chile, detonado por el alza del pasaje del transporte público decretada por el gobierno de Sebastián Piñera. El 21 de octubre del 2019 se iniciaron en Bolivia las protestas por las denuncias de fraude en las elecciones presidenciales del día anterior, que culminaron con la renuncia del presidente Evo Morales el 10 de noviembre. El 21 de noviembre de 2019, en Colombia, un paro nacional contra el gobierno de Iván Duque reclamó el cumplimiento del Acuerdo de Paz y rechazó las reformas laboral y pensional.
El ciclo se prolongó en los años siguientes. En Colombia, un nuevo paro nacional contra la reforma tributaria del gobierno de Duque se extendió del 28 de abril al 15 de junio de 2021. En Ecuador, entre el 13 y el 30 de junio de 2022, la Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador (CONAIE) encabezó un paro nacional contra el gobierno de Guillermo Lasso, que exigía, entre otros puntos, la reducción del precio de los combustibles. Al día siguiente, el 1 de julio de 2022, comenzaron en Panamá las protestas contra el alza del costo de la vida, los combustibles y los alimentos durante el gobierno de Laurentino Cortizo; y el 7 de diciembre de ese año estallaron en Perú las movilizaciones que siguieron a la destitución del presidente Pedro Castillo por el Congreso, tras su intento de disolverlo. Se prolongaron hasta marzo de 2023 contra el gobierno de Dina Boluarte y el propio Congreso.
En Argentina, el 45% de los menores de 15 años es pobre, el empleo privado formal cayó 13 meses seguidos y el salario público perdió 37,2% real.
No fueron los únicos episodios en los que la tecnología digital ha mostrado su creciente capacidad para convocar, hacer circular, movilizar, invisibilizar o controlar la expresión y el silencio de grandes conglomerados sociales.
Los detonantes ya están aquí: vivienda, educación, empleo, costo de vida. En 2026, escenarios semejantes se han producido con intensidades, demandas y contextos específicos: en Chile, el 3 de junio, estudiantes y docentes convocados por la Confederación de Estudiantes de Chile (Confech) y el Colegio de Profesores marcharon contra los recortes en educación del gobierno de José Antonio Kast, quien asumió la presidencia en marzo de 2026. Las protestas se reanudaron el 1 de octubre de 2026, tras la presentación del proyecto de presupuesto.
En Argentina, la pobreza bajó de 41,7% a 28,2% entre finales de 2023 y finales de 2025, un logro real. Pero volvió a subir a 32,3% en el primer semestre de 2026. Casi el 45% de los menores de 15 años es pobre, el empleo privado formal cayó 13 meses seguidos y el salario público perdió 37,2% real. La estabilidad no se tradujo en bienestar. Pero hay frenos que sostienen las riendas de las crisis: la informalidad encarece la huelga, la securitización eleva el costo de protestar y el ciclo de movilizaciones puede desgastar a algunos.

