“Se me cayó otro diente, marico”, dice el hombre viejo que, en el bulevar de la 24 de Mayo, habla por teléfono celular con una persona que lo escucha en alguna lejanía. Lo dice tranquilo, resignado, como si el diente caído fuera un dato neutro, y él, un testigo que se limita a constatar un hecho y a informar de ese hecho de manera precisa y objetiva.
Que solo se limita a informar es lo que parece, pues en su tono de voz hay cierto matiz, cierto dejo, que revela al que lo escucha que la información escueta y precisa que transmite el hombre es, al mismo tiempo, una queja. Una queja que, no obstante, puede entenderse como aceptación de lo inevitable.
No se sabe si el diente caído es un incisivo, un canino o un molar, pero sí que el hombre consideró necesario o interesante informar a otra persona de su pérdida.
Preguntas posibles acerca del diente caído: ¿Cuándo se cayó? ¿En el momento en que ocurrió la caída el hombre al que pertenecía el diente estaba hablando, comiendo o empujándolo con la lengua? ¿La caída del diente fue sorpresiva o esperada? ¿Qué tan bien se las puede arreglar el hombre sin su diente para comer cosas duras como habas tostadas y pescado seco? ¿Si se ríe, se le nota la falta del diente? ¿Qué hizo con este una vez que se le cayó? ¿Lo guardó de recuerdo en un cajón de su velador -oculto en una caja de fósforos o envuelto en una factura del supermercado- o, con un gesto de asco, lo llevó al baño, apretado entre el pulgar y el índice, para arrojarlo en el basurero? ¿Se lo tragó? ¿Pensó, ya con el diente en la mano, en el Ratón Pérez como cuando era niño? ¿Meditó un instante sobre el paso del tiempo, que se expresa, entre otras cosas, en el cambio de los dientes de leche? ¿Reflexionó, a propósito de este cambio, sobre el sentido de la expresión “dientes definitivos”? ¿Alguna vez usó la expresión “dar diente con diente”? ¿Vejez, enfermedad o mala higiene oral, cuál es la causa última de la caída del diente? ¿Odia el hombre del diente perdido a las personas de buena dentadura?
Un hombre que, en el bulevar de la 24 de Mayo, le cuenta a alguien por teléfono que se le ha caído un diente, no se enfrenta a un dilema existencial del tipo “ser o no ser” shakesperiano, sino a un hecho mínimo, que ningún escritor ha considerado digno de la tragedia. Su historia no es la de un Hamlet, ciertamente, pero en ella, como en toda tragedia, hay algo de pérdida y de caída.
