miércoles, abril 29, 2026

Cirugía interna en la RC: ¿Correa tiene aún el bisturí?

La carta de cinco líderes regionales de la RC a Correa fue la primera manifestación de una brecha que se fue abriendo entre estos y el hasta ahora indiscutido caudillo del partido. La salida de Marcela Aguiñaga muestra a un Correa atrincherado en su castillo, asediado por sus propios demonios.

Gustavo Isch

Por: Gustavo Isch

La salida de Marcela Aguiñaga de Revolución Ciudadana no es un episodio aislado, sino el punto de cristalización de tres procesos que venían madurando: la erosión del liderazgo de Rafael Correa dentro de su propia organización y su determinación de afianzar —a cualquier costo— su control en ella; las tensiones estratégicas tras las derrotas electorales de 2023 y 2025, y la pugna por el control de los capitales territoriales del correísmo, especialmente en Guayas.

El 3 de diciembre de 2025, la prefecta del Guayas difundió en sus redes un video anunciando su salida del movimiento y su desafiliación formal ante el Consejo Nacional Electoral, después de casi dos décadas de militancia correísta. En su mensaje habló de castigo interno, sostuvo que el movimiento que ayudó a construir la despojó de su espacio y enfatizó que su compromiso político se mantiene ligado al territorio de Guayas, no a una sigla partidaria.

El detonante inmediato fue la escalada pública de roces con Rafael Correa. Días antes, Aguiñaga había señalado en entrevistas que el contexto actual obliga a buscar diálogo y acuerdos mínimos, incluso con el gobierno, lo que fue leído por el núcleo duro correísta como un gesto de desalineamiento respecto a la línea de confrontación con Daniel Noboa. La respuesta de Correa en redes sociales, invitándola irónicamente a “dialogar con Noboa” y marcando que el movimiento no lo haría, funcionó en la práctica como una expulsión simbólica previa a la desafiliación formal. La reunión con Lourdes Tibán fue solo la cereza en el pastel que el mashi no estaba dispuesto a tragar.

Sin embargo, la ruptura venía incubándose desde antes. Aguiñaga no solo fue ministra y asambleísta en el ciclo correísta, sino que presidió el movimiento entre 2021 y 2023 y fue clave en la reconquista de espacios seccionales, incluida la Prefectura del Guayas en las elecciones de 2023. Desde ese lugar impulsó, junto con otros liderazgos locales, una agenda de renovación interna tras las derrotas presidenciales de Luisa González, primero en 2023 y luego en 2025. La organización no logró procesar esas derrotas sin fracturas: parte de la dirigencia apostó por cerrar filas en torno a Correa, mientras otra parte empezó a demandar flexibilidad estratégica frente a un gobierno reelecto.

Como prefecta de un territorio estratégico para el correísmo, plantear públicamente la necesidad de diálogo significaba ir a contracorriente con la cultura política de polarización cerrada que sostiene vigente a Correa.

El triunfo electoral de Daniel Noboa en abril de 2025 evidenció los límites de la estrategia correísta basada casi exclusivamente en la memoria del ciclo 2007–2017 y en un liderazgo en el exilio. Aunque la Revolución Ciudadana siguió siendo una fuerza legislativa importante, su bancada no conservó la cohesión necesaria para proyectar poder negociador estable. La salida paulatina de legisladores y ahora de una figura regional como Aguiñaga profundiza la sensación de desgaste estructural del movimiento.

En el plano interno, el caso Aguiñaga condensa la tensión entre dos lógicas de organización. Por un lado, una estructura fuertemente personalista, en la que la lealtad se mide por la alineación total con el liderazgo de Correa y su estrategia de oposición; por otro, una red de dirigentes locales obligados a gestionar crisis de seguridad, desempleo, infraestructura y conflictividad social, que necesitan margen para negociar con el gobierno central, sea cual sea su signo. Como prefecta de un territorio estratégico para el correísmo, plantear públicamente la necesidad de diálogo significaba ir a contracorriente con la cultura política de polarización cerrada que sostiene vigente a Correa.

Correa, al minimizar luego la ruptura y afirmar que Aguiñaga “ya estaba afuera hace tiempo”, busca reconstruir el control narrativo: presenta la salida como una simple confirmación de algo consumado, no como una derrota política. Pero ese discurso implica un mensaje disciplinador hacia el resto de autoridades seccionales; tanto que el alcalde de Quito, Pabel Muñoz, aprovechó tarima el 5 de diciembre para reafirmar su decisión de competir por la reelección en las próximas seccionales. El 6 de diciembre, durante la sesión solemne por los 491 años de la fundación española de la capital, el cabildo condecoró a Andrés Vallejo Arcos, por sus relevantes servicios al Estado y a la ciudad. Desde Bélgica quedó claro el desacuerdo con esa decisión; el 2026 sabremos qué movimiento auspiciará la candidatura de Pabel Muñoz a su reelección como alcalde de Quito.

En el 2026 se conocerá quién asume la presidencia de la RC y cómo se manejará el capital político de Luisa González. El probable resultado será un correísmo más homogéneo ideológicamente, o sea más pegado con cemento de contacto a la voluntad del Correa.

La ruptura con piola

El 17 de julio de 2025, cinco autoridades locales de Revolución Ciudadana —Marcela Aguiñaga (prefecta del Guayas), Paola Pabón (prefecta de Pichincha), Leonardo Orlando (prefecto de Manabí), Juan Cristóbal Lloret (prefecto del Azuay) y Pabel Muñoz (alcalde de Quito)— enviaron una carta a Rafael Correa en la que advertían que el movimiento atravezaba “un momento de profunda desconexión con el país”, marcado por un liderazgo que “parece haber perdido el rumbo, la escucha y la cohesión interna”. En la misiva, filtrada y difundida públicamente entre el 28 y 29 de julio de 2025, el grupo pidió un “recambio de liderazgo” y afirmó que “es urgente reconocer que la RC necesita una renovación profunda, que retome su esencia y se fortalezca desde sus cimientos”. Los firmantes subrayaban que permanecer en la organización no significaba resignarse, sino “exigir, con lealtad y dignidad, un liderazgo que nos represente verdaderamente”, y solicitaron un diálogo directo con Correa para reencauzar el proyecto político frente a la pérdida de credibilidad y a la salida de varios asambleístas.

Correa
De izquierda a derecha: Lourdes Tibán, Marcela Aguiñaga y Aquiles Álvarez, alcalde de Guayaquil. Foto: IG de Marcela Aguiñaga

La purga en la revolución ciudadana ha empezado

Tal como lo advertimos semanas atrás en este informe, ese proceso era inevitable. Tempranamente, en el 2026, se conocerá quién asume la presidencia del movimiento y cómo se manejará el capital político de Luisa González. El probable resultado será un correísmo más homogéneo ideológicamente, o sea más pegado con cemento de contacto a la voluntad del mashi, pero más pequeño en términos de alianzas y presencia efectiva en el Estado. Por lo demás, la memoria política de este país recuerda claramente las “coincidencias” con enemigos políticos -sobre todo en el legislativo- que contorsionaban la pureza del discurso refundacional para justificarlas “por el bien del país”.

En el sistema político, la desafiliación de Aguiñaga abre, al menos, tres escenarios. Primero, una mayor fragmentación del campo opositor a Noboa. El correísmo pierde a una dirigente con fuerte anclaje territorial en Guayas, mientras el oficialismo gana margen para explorar acuerdos puntuales con liderazgos locales que no cargan con el rechazo que genera la marca Revolución Ciudadana en ciertos sectores urbanos. Segundo, la posibilidad de una corriente de centroizquierda o progresismo pragmático que agrupe a autoridades seccionales que se distancien del correísmo sin alinearse plenamente con el gobierno. Tercero, la consolidación de Guayas como laboratorio de recomposición del sistema de partidos, con disputa entre correísmo, oficialismo, Partido Social Cristiano y eventuales plataformas locales.

Lo que ocurra en Guayas será un termómetro de la nueva etapa: allí se verá si la identidad correísta reside en la figura de Correa, en la marca partidaria o en liderazgos capaces de construir proyectos propios.

Para Aguiñaga, el desafío inmediato es gobernar el Guayas hasta 2027 sin el paraguas orgánico de Revolución Ciudadana. Necesita rearmar su red de apoyos en el Consejo Provincial, garantizar financiamiento para obras —hay que mirar atentamente de dónde llegarán esos apoyos— e intentar preservar la lealtad de un electorado que la conoció como figura correísta. Es previsible que se reposicione como liderazgo “más allá de los partidos”, con un discurso centrado en gestión, eficiencia y cercanía territorial, mientras el correísmo intenta demostrar que la marca Rafael es más fuerte, todo lo cual terminará acelerando la construcción de nuevas figuras en Guayas y muy probablemente en otros municipios.

La desafiliación de Marcela Aguiñaga no solo rompe una relación emblemática dentro del correísmo; también evidencia la tensión entre liderazgo carismático centralizado y autonomía territorial en un movimiento que atraviesa derrotas, desgaste y reacomodos. Lo que ocurra en el Guayas será un termómetro de la nueva etapa: allí se verá si la identidad correísta reside sobre todo en la figura de Correa, en la marca partidaria o en liderazgos capaces de construir proyectos propios en un contexto de reelección presidencial, inseguridad persistente y reconfiguración del sistema de partidos.

La salida de Aguiñaga confirma que el correísmo transita desde su fase hegemónica hacia una fase defensiva y fragmentada: pierde cohesión interna, pero conserva aún un capital electoral significativo. La manera en que gestione esta ruptura marcará si Revolución Ciudadana es capaz de reinventarse como fuerza programática más amplia o si se replegará en torno a un núcleo duro cada vez más reducido, pero altamente sectario, polarizante y movilizado.

Gustavo Isch

Gustavo Isch

Consultor político, experto en comunicación electoral y de gobierno. Docente de la Universidad Andina Simón Bolívar

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