El respeto por la naturaleza y el uso sabio de sus recursos son la única garantía de un futuro sostenible para la humanidad.
— Wangari Maathai —
De vuelta en el Tena. Han pasado casi dos años desde la última vez que estuve aquí. Nuevamente fui invitado por Fundación Pachamama para contar lo que ha ocurrido con su proyecto Economías del Bosque durante este tiempo, una apuesta audaz que comencé a seguir cuando daba sus primeros pininos dentro de un territorio virgen: la bioeconomía, un susurro que apenas comenzaba a sonar en Ecuador. Durante este tiempo debo confesar que, entre otras cosas, había perdido la fe de lo que pudiera pasar con el mundo, con la gente, conmigo.
Desde las calles de la ciudad, donde el bullicio se enreda con la indiferencia, me descubrí avanzando como una sombra, sin dirección ni esperanza. He transitado tantos caminos en esta vida, por promesas que se desvanecen en el aire, como el rastro efímero de un sueño al despertar, y líderes que se esfuman en la niebla de su propio poder. La ilusión de un cambio verdadero, de un gobierno que traiga prosperidad y que sea consecuente, se había esfumado. Mis ojos, que antes buscaban alternativas, se habían acostumbrado a esa penumbra, resignados a la idea de que nuestro país estaba condenado a un ciclo interminable de no futuro.
Pero entonces llegué al Tena, con la mochila pesada de desencanto que había cargado por tanto tiempo, y me encontré con algo que jamás hubiera imaginado. Lo que mis ojos contemplaron, en medio del bullicio del feriado del 10 de Agosto, día de la Independencia del Ecuador, fue un renacimiento. Una revolución silenciosa, oculta en el corazón de la selva, ha comenzado a palpitar con la misma fuerza de algo que está a punto de estallar. Pero ese palpitar no solo ha estado ocurriendo en el Tena, sino en toda la Amazonía ecuatoriana, un brote que germina en medio de estos bosques, algo invisible para aquellos que, como yo, hemos estado cautivos del otro lado de la cordillera.
Y aquí estoy, con los pies hundidos en esta tierra húmeda, respirando un aire que de pronto se siente más liviano, como si la vida misma hubiera adquirido un nuevo matiz. Lo que he descubierto en la Amazonía no puede quedar sin ser contado. Es el momento de hacerlo, de gritarlo a los cuatro vientos, porque lo que está ocurriendo aquí es una verdadera revolución, una que no se desvanece como tantas promesas huecas. Y esta vez, no es solo una promesa vacía; es una realidad que ha comenzado a latir en el corazón profundo y verde del Ecuador.
***
Luego de un breve desayuno, nos subimos nuevamente al bus de Silvio, el mismo que nos trajo ayer desde Quito. Esta mañana, el sol despunta con la promesa de un día largo en la Plaza Cívica del Tena, donde se encuentra ya dispuesta la Séptima Expo Amazónica, en su edición ChakraFest, evento organizado por Fundación Pachamama y por el Consejo Provincial del Napo. Esta, más que una feria, es una celebración de la diversidad que brota de la chakra amazónica, un encuentro que busca empoderar y fortalecer los bioemprendimientos locales.
Silvio detiene el bus en la calle 15 de Noviembre y allí, como un centinela, nos aguarda Pablo Balarezo, coordinador del Proyecto Economías del Bosque, de Fundación Pachamama. Su rostro, curtido por el sol amazónico refleja la determinación de quien ha hecho de la selva su hogar y su lucha. A su alrededor, un río humano de más de quinientas almas se arremolina en una marea de colores y voces, como si la misma tierra hubiera decidido alzarse y caminar. Todos son miembros de las diferentes asociaciones de productores de los bioemprendimientos, todos llevan sus pancartas con orgullo, y en sus manos, los frutos de la tierra, esos mismos que la selva les ofrece con generosidad.
La marcha serpentea, lenta y poderosa como un río en crecida, avanzando desde la calle 15 de Noviembre, dobla por la Olmedo y la Juan Montalvo, hasta desembocar finalmente en la vía Muyuna, donde se encuentra la Plaza Cívica. Al frente, abriendo paso con la solemnidad propia de una banda de guerra, oficiales de la Policía Nacional hacen resonar sus tambores, bombos, liras, redoblantes y trompetas, cual heraldos de una fiesta que une el pasado y el presente en un solo compás.

Desde los balcones y ventanas de las casas que bordeaban el recorrido, la gente mira con curiosidad, rostros iluminados de extrañeza, como si presenciaran una procesión. En lo alto, drones sobrevuelan la marcha, capturando imágenes que se convertirán en testimonio de una historia que no se contenta con permanecer en el silencio, una historia que se escribe con cada paso, con cada mirada. Los periodistas, cuales cronistas de otro tiempo, registran cada detalle, conscientes de que están siendo partícipes de algo más grande, algo que trasciende las palabras y se adentra en el alma de un pueblo que, en silencio, ha decidido levantar su voz.
La marcha, tras una hora de recorrido bajo el sol implacable de la selva, llega a la Plaza Cívica, y lo que se despliega ante mis ojos me deja sin aliento. Más de 160 stands se extienden como un tapiz multicolor, ordenados con la meticulosidad de una cosecha cuidadosamente recogida, y cada uno de ellos late con la fuerza de la vida misma. Los bioproductores no solo son hijos del Napo, sino que llevan consigo el aliento de toda la Amazonía: Sucumbíos, Orellana, Pastaza, Morona Santiago y Zamora Chinchipe. Cada stand es un microcosmos, un pedazo de selva hecho mercancía, donde los frutos de la tierra se exponen con el orgullo solemne de quien conoce el valor de lo que posee.
Lo que más me asombra no es solo la diversidad de los productos, sino la tenacidad de quienes los ofrecen. Me cuentan que el día anterior, en un frenesí de ventas, muchos agotaron sus existencias, quedándose con las manos vacías al final de la jornada. Pero la selva, en su infinita generosidad, pareciera haberles otorgado una segunda cosecha durante la noche, permitiéndoles llenar nuevamente sus mostradores como si el ciclo de la abundancia jamás se detuviera.
Lo que más me asombra no es solo la diversidad de los productos, sino la tenacidad de quienes los ofrecen. Me cuentan que el día anterior, en un frenesí de ventas, muchos agotaron sus existencias, quedándose con las manos vacías al final de la jornada.
A medida que avanzo entre los stands, el murmullo de la multitud se funde con los aromas frescos y vibrantes que emanan de los productos. Me dicen que cada día, más de cinco mil visitantes de todos los rincones del país han llegado atraídos por el feriado, transformando la plaza en un bullicioso mercado de curiosidad y comercio. Es un espectáculo que exuda vida y esperanza, un testimonio irrefutable de la riqueza inagotable de la Amazonía y del esfuerzo silencioso de quienes la cultivan. Aquí se siente que el futuro ha llegado, no con promesas, sino con la realidad tangible de lo que la tierra puede ofrecer sin tener que lastimarla o depredarla.

Mientras espero a que Pablo termine sus compromisos, decido perderme en los intrincados pasillos de esta feria, que se despliega ante mí como un pequeño universo por descubrir. El bullicio me envuelve como una melodía de fondo, y no puedo resistirme a la tentación de dejarme llevar por la curiosidad. Cada stand es un mundo en miniatura, un rincón de la Amazonía que me llama con su voz inconfundible, con sus colores vivos y sus aromas embriagantes.
Camino despacio, como quien recorre un jardín, dejándome atrapar por la diversidad de productos que los bioproductores exhiben con un orgullo casi palpable. Aquí, una mujer de manos endurecidas por el trabajo me ofrece un trozo de su chocolate artesanal, elaborado con cacao fino de aroma que ella misma cultiva a orillas de un río lejano. El sabor es profundo y envolvente, con notas que evocan la tierra húmeda y las frutas del bosque. Por un instante, ese chocolate se convierte en algo más que un simple placer; es una historia que se deshace en mi boca, una historia de esfuerzo, de resistencia, de un amor profundo por la tierra que lo ha visto nacer.
Más adelante, un hombre con una sonrisa de luna menguante me ofrece una infusión de hierbas amazónicas, una mezcla secreta que su familia ha guardado celosamente durante generaciones. Al beberla, siento un calor reconfortante que se extiende por mi cuerpo, como si la selva misma me estuviera estrechando en un abrazo. Conversamos un poco, y me habla de cómo sus ancestros le enseñaron a valorar cada planta, cada raíz, y cómo ese conocimiento se ha convertido en la brújula que guía su vida, manteniéndolo conectado con un pasado que se niega a desvanecerse en el olvido.
A medida que avanzo, encuentro almas que han hecho de su labor un acto de devoción. Un joven me ofrece miel de abeja melipona, y mientras saboreo su dulzura única me cuenta con pasión sobre estas pequeñas abejas sin aguijón, cuya miel está impregnada de las esencias de la selva y es venerada por sus propiedades medicinales desde tiempos inmemoriales. Otro productor me muestra aceites esenciales que huelen a naturaleza pura, destilados con un esmero y un respeto que solo alguien profundamente consciente del valor de lo que posee podría tener. De pronto, me encuentro con un helado de ayahuasca, un contraste refrescante que calma el calor y alimenta mi espíritu, recordándome que la selva también es un espacio de magia y misticismo.
El tiempo parece desvanecerse en este recorrido, y cada encuentro me llena de asombro y admiración por estas personas que, con sus manos y su saber, han elevado su trabajo a la categoría de arte, una forma de resistencia en un mundo que tantas veces les ha vuelto la espalda. Finalmente, distingo a Pablo que se acerca con su rostro aún marcado por la intensidad de la jornada, pero iluminado por una sonrisa que habla de satisfacción, la satisfacción de quien sabe que algo profundo está ocurriendo.
Desde el primer momento, lo que más me impresionó de Pablo fue el brillo en sus ojos, que lograba ver por encima del marco de sus lentes. Ese brillo no era solo de entusiasmo, sino también de una pasión profunda, de alguien que ve cómo un sueño se hace realidad.
Es el momento de sentarnos y conversar, de escuchar su testimonio sobre este milagro que se despliega ante mis ojos. Un milagro que no es más que el resultado de la perseverancia, de la fe inquebrantable en la tierra y en la gente que la trabaja con devoción, día tras día, con la certeza de que el futuro se construye con cada paso, con cada semilla sembrada.
Nos ubicamos dentro de una carpa para guarecernos del sol inclemente y de la multitud que pulula entre los pasillos de la feria. En el interior el ambiente es más tranquilo, con el ruido amortiguado por las paredes de lona que nos aíslan en algo del bullicio exterior. Pablo se ajusta los lentes mientras se prepara para contarme la historia que había detrás de todo lo que se muestra ante mí.

―Pablo, por favor, ¡cuéntamelo todo!
El ChakraFest ―comenzó Pablo, con una voz que denotaba orgullo― nació hace dos años gracias al apoyo de la Agencia Francesa para el Desarrollo. Fue concebida con el propósito de posicionar a la chakra como un sistema ancestral de producción que puede ser una vía viable y sostenible para el desarrollo del mundo amazónico.
Desde el primer momento, lo que más me impresionó de Pablo fue el brillo en sus ojos, que lograba ver por encima del marco de sus lentes. Ese brillo no era solo de entusiasmo, sino también de una pasión profunda, de alguien que ve cómo un sueño se hace realidad. Mientras hablaba, sus palabras resonaban con la fuerza de alguien que ha estado en las trincheras, luchando para que esa visión se materialice.
Desde el inicio —cuenta Pablo— junto con todo el equipo de Fundación Pachamama, nos dedicamos a identificar los mejores caminos para fortalecer este modelo, y así surgió la idea de establecer el ChakraFest. La primera edición de la feria coincidió con los 25 años de vida de la Fundación, lo que dio un significado especial.
Pablo hace una pausa, quizá reviviendo los momentos que le habían llevado hasta aquí. Su mirada se pierde brevemente, pero cuando vuelve a enfocarse en mí su voz se llena de determinación. Me cuenta que esta idea, aunque se originó en torno a la chakra amazónica, también ha desarrollado una estrecha vinculación con la gastronomía de la región, especialmente desde la realización del primer Foro Gastronómico Amazónico. Me dice que la primera edición del ChakraFest fue un éxito, pero lo más significativo fue que se empezaron a construir lazos sólidos con los productores amazónicos, quienes, a través de sus emprendimientos, comenzaron a generar valor agregado a los productos que se cultivaban en sus chakras. Las palabras fluyen con una naturalidad que solo alguien profundamente involucrado podía expresar.
Desde entonces —dice Pablo— hemos trabajado arduamente para fortalecer estos vínculos, lo que ha permitido que muchos de esos productores se vean hoy representados en esta feria. Fueron ellos mismos quienes nos solicitaron colaborar para desarrollar esta segunda edición, en la que todos estamos profundamente unidos.
A medida que Pablo hace su relato, siento que me está llevando en un viaje a través de su experiencia, mostrándome el corazón del proyecto y las luchas que han enfrentado. «En esta feria ―dijo, señalando los pasillos llenos de vida fuera de la carpa― participan más de 160 productores de todas las provincias amazónicas. Aunque el proyecto se originó en la provincia de Pastaza, poco a poco se han ido sumando las demás provincias, bajo un mismo objetivo». El brillo en su mirada se intensifica nuevamente cuando confiesa: «Para mí, este proyecto es un sueño que se va realizando día a día, y lo que más me ha sorprendido es cómo se han generado vínculos y alianzas con tanta gente. Nunca hemos contado con un manual o una guía preestablecida, sino que más bien ha sido la intención, la pasión, y sobre todo, la voluntad de hacer las cosas. Creo que eso fue lo fundamental: ponerse la camiseta y empezar a actuar».

Me cuenta que gracias al apoyo de la Agencia Francesa para el Desarrollo han podido ampliar su equipo, conformado por lo que él llama «una suma de soñadores y apasionados», y que, gracias a todas esas manos han logrado apuntalar el proyecto. Otras organizaciones, públicas, privadas, incluso la cooperación internacional, hoy les piden permanentemente consejos sobre cómo desarrollar propuestas de bioeconomía, pero cree que el éxito ha residido en ponerle pasión y dedicación a las cosas, permitiendo que las ideas vayan tomando forma poco a poco.
Comenzaron con la vainilla y el morete, pero la lista ha ido creciendo. Han explorado productos medicinales, cosméticos, y también las palmas, que crecen en abundancia en los bosques amazónicos, especialmente en la provincia de Pastaza.
Mientras habla, su voz adquiere un tono reflexivo y me dice que lo más importante es estar en el territorio, entender y vivir lo que la gente experimenta. Para él, esta experiencia ha sido una de las más grandes y satisfactorias que ha vivido. Sus ojos resplandecen como centellas cuando concluye que como técnico, uno puede ir y explicar conceptos como las cadenas de valor o cómo cultivar diferentes productos, pero la experiencia cambia completamente cuando uno se pone en los zapatos del productor. Eso le ayudó mucho, ya que con su familia adquirieron un pequeño terreno que lo trabajan juntos, lo que le ha permitido entender las dificultades por las que atraviesan los productores.
Pablo habla también de la importancia de las alianzas y cómo estas han sido clave para el éxito del proyecto, porque lograr reunir a todos ha sido uno de los éxitos en este proceso. Con una sonrisa que revela su satisfacción, me dice: «Para mí, todo ha sido un proceso, y disfruto de cada paso, especialmente ahora que podemos ver los resultados».
En cuanto a los productos que comercializan, recuerda que comenzaron con la vainilla y el morete, productos que conocí su producción en mi primera visita, pero la lista ha ido creciendo. Han explorado productos medicinales, cosméticos, y también las palmas, que crecen en abundancia en los bosques amazónicos, especialmente en la provincia de Pastaza. Además, se han aventurado en el cacao, específicamente en una variedad conocida como macambo. Este cacao, que se encuentra en el corazón del bosque, es recolectado por los productores que deben adentrarse en la selva para cosecharlo.
Durante todo este proceso han descubierto que Ecuador tiene un cacao de calidad excepcional, con certificación de origen, en Zamora Chinchipe. Se trata de una especie nacional de almendra blanca, única en el mundo y altamente valorada en el mercado internacional. Este cacao, con una historia de 5.500 años, no se cultiva en chakras, sino que se encuentra en el corazón del bosque amazónico, y son las comunidades indígenas amazónicas las que lo cosechan, preservando su pureza ancestral.
Una anécdota que ilustra el valor de este cacao es la de Kallari, durante su participación en una feria en Dubái con sus productos. Allí, descubrieron que una tableta de chocolate de 90 gramos se vendía en USD 300, y un jeque árabe compró todo el lote. Este chocolate, producido con la almendra blanca, es el mismo que se cultiva en Zamora. Al regresar a Ecuador, Kallari decidió lanzar una edición limitada de este chocolate. Durante una reunión con una productora, le ofrecieron pagar USD 1.200 por quintal de su cacao en baba. La productora, sorprendida, preguntó por qué pagarían tanto. Kallari le explicó que ese era el verdadero valor de su cacao, un valor que el mundo ya estaba comenzando a reconocer.
Otra historia fascinante es la del café. En la zona de Zumba, en Zamora Chinchipe, el café de altura ha ganado el prestigioso premio Taza dorada. Al visitar la zona, Pablo y el equipo descubrieron que varios productores tenían placas de reconocimiento, pero no sabían mucho sobre el premio. Cuando les preguntó si los compradores les habían ofrecido alguna compensación adicional por ganar estos premios, le respondieron que solo les habían entregado las placas. Investigando más a fondo, Pablo descubrió que la marca colombiana Juan Valdez estaba comprando este café, llevándoselo a Colombia y vendiéndolo como café colombiano. Esta situación les hizo ver la urgencia de especializarse en temas de café para asesorar adecuadamente a los productores y evitar que sean explotados por intermediarios o marcas que conocen la calidad del café ecuatoriano y que lo venden como propio.
Han descubierto que Ecuador tiene un cacao de calidad excepcional, con certificación de origen, en Zamora Chinchipe. una especie de almendra blanca, única en el mundo y altamente valorada en el mercado internacional. Este cacao tiene una historia de 5.500 años.
Dentro de la carpa, el murmullo de la feria no cesa, dejando que las palabras de Pablo resuenen con una claridad casi mística. El sol se filtra a través de las uniones de la lona de la carpa, dibujando sombras en su rostro, revelando el entusiasmo que late detrás de cada detalle que me comparte.
Continúa narrando cómo fueron sus primeros pasos en Fundación Pachamama: inició hace veinticinco años como pasante en la Fundación, y siempre ha considerado que la parte humana es fundamental para pertenecer a esta familia. «Tener un sueño y una visión compartida es esencial, y eso ha sido clave para que hoy tengamos el equipo que tenemos».
También habla de Belén Páez, y su visión como fundadora de Pachamama, y del resto de sus compañeros de camino, personas que más allá de lo técnico han buscado siempre una conexión humana, incluso antes de enfocarse en las destrezas técnicas. Es evidente que este enfoque ha permeado cada aspecto de su trabajo, porque todos hacen de todo, y cree que ese es parte de su secreto, ya que así han aprendido los diferentes procesos que implica este trabajo: la bioeconomía.

La charla se torna cada vez más íntima, como si cada palabra fuera un hilo que teje una historia más grande. «Al principio, como todo, fue difícil» ―admite― refiriéndose a los inicios de su labor en territorio. La relación con los pueblos amazónicos había sido tensa en un inicio, pero con el tiempo, lograron encontrar un camino en común y, poco a poco, entendieron que no pasa nada al sentarse a dialogar y unir voluntades.
Pablo relata la marcha de la que fui testigo esta mañana, una manifestación del éxito y la unidad que han alcanzado. Son más de quinientos productores unidos bajo una misma idea: fortalecer esta forma ancestral de producción que es la chakra. Sus ojos no dejan de brillar por la pasión con que se desnuda. Ahora su tono se torna más serio al hablar de los desafíos políticos por los que han atravesado.
Una de las partes más desafiantes ha sido manejar el tema político, pues siempre existen intereses en juego, pero los productores han sido la fuerza impulsora detrás de estos logros. La organización desde las bases ha sido clave, permitiendo sensibilizar a las autoridades para que atiendan las necesidades y exigencias de los productores.
Habla también de la transformación que han logrado en la Corporación Chakra Amazónica, un espacio que ahora se reservaba exclusivamente para los verdaderos productores, los que han sintonizado bajo un objetivo común: dejar de ser simplemente productores de materias primas y comenzar a desarrollar productos con valor agregado. En sus palabras se refleja la esperanza de un futuro más próspero, construido con esfuerzo, unidad y una visión compartida.
La Corporación Chakra Amazónica está conformada por cinco organizaciones de productores y agricultores: Kallari, Tsatsayaku, Wiñak, Ally Guayusa e INTI. En el 2021 apoyamos —cuenta Pablo— la constitución de la Corporación con el objetivo de defender, promocionar y liderar la producción de productos de la chakra, además de generar servicios complementarios para sus asociados.
Al recordar esos primeros días, Pablo hace una pausa, como quien contempla el camino recorrido, y confiesa que al inicio, cuando empezó a levantar información y a diseñar el proyecto, lo hizo desde una perspectiva más occidental, entendiendo a los negocios como una competencia constante, sin embargo, con una mirada cómplice me da a entender su error y de la transformación interna que ha vivido. Pero fue la selva la que, con su sabiduría, le enseñó otra forma de entender el mundo y descubrió la lógica de la reciprocidad y familiaridad que prevalece entre las organizaciones, lo cual lo dejó sorprendido.
En el 2017 el Consejo Provincial del Napo reconoció al sistema chakra como el único sistema de producción legítimo en la provincia, desterrando bajo esa ordenanza la sombra de los monocultivos. fue el reconocimiento de un sistema ancestral, tejido con las manos y las esperanzas de los pueblos amazónicos.
Cuando se estaba conformando la Mesa Chakra en la provincia del Napo, entendió que los pueblos indígenas amazónicos tienen una forma distinta de hacer negocios. No compiten; se complementan.
Pablo evoca una escena que bien podría haber salido de las leyendas que cuentan los abuelos, una historia de cacao, chocolate y solidaridad. Se adentra en sus recuerdos y revive aquel día cuando estaba reunido con la gente de Kallari y el gerente de entonces, un hombre de mirada limpia, recibió en ese momento una llamada inesperada. Un cliente le pedía con urgencia un gran lote de cacao, pero Kallari en ese momento no tenía producto disponible porque lo habían comprometido ya en un negocio previo. Pablo narra este episodio como quien desvela un secreto que lleva el peso del alma de un pueblo. Con asombro todavía en sus ojos, relata cómo, en lugar de intentar retener al cliente o prometerle producto para después, el gerente le ofreció sin titubeos el contacto de Wiñak, otra organización que también cultiva y produce con la misma devoción. Este gesto, que en otro lugar podría haber sido tildado de locura o ingenuidad, es en la Amazonía una expresión pura de la solidaridad que une a su gente, un reflejo vivo de la esencia compartida que fluye como los ríos por la selva.
Para Pablo, la provincia de Napo es el corazón palpitante, el latido primordial de este vasto movimiento de bioeconomía que, como una marea incontenible, se está extendiendo por toda la Amazonía. En sus memorias, el año 2017 brilla como un instante muy particular, épico, pues el Consejo Provincial del Napo reconoció al sistema chakra como el único sistema de producción legítimo en la provincia, desterrando bajo ordenanza la sombra de los monocultivos. Este reconocimiento no fue simplemente un decreto burocrático, sino el reconocimiento de un sistema ancestral, tejido con las manos y las esperanzas de los pueblos amazónicos.
Con la política pública ya establecida, es ahora responsabilidad del Consejo Provincial del Napo ejecutar y planificar, año tras año, la asignación de recursos hacia esta nueva forma de producción en la provincia. Este enfoque permitirá la contratación de técnicos especializados en el sistema chakra, quienes a su vez capacitarán a los productores en esta práctica ancestral, extendiendo sus beneficios a un número creciente de personas. Así, los recursos se destinan de manera más eficiente, asegurando que lleguen a los verdaderos protagonistas de esta revolución.
Este movimiento, que nació en Napo, donde la mayoría de la población es kichwa, se esparce como un río crecido por la lluvia, abrazando la tierra y desbordando fronteras. Fue en Pastaza, una provincia donde la diversidad es tanto su fortaleza como su desafío, donde la corriente encontró su primer obstáculo. Allí, en ese crisol de siete nacionalidades distintas, el proceso se volvió más complejo, como si el río debiera sortear rocas y remolinos, pero nunca imposible. Y así, con el tiempo y la perseverancia de esos sueños compartidos, las demás provincias amazónicas se fueron sumando, atraídas por el mismo anhelo, por la misma promesa de un futuro que respeta sus raíces y sus bosques.
Sin embargo, uno de los principales retos de esta asociatividad ha sido la comercialización de los productos. Pablo me dice que en un inicio reunieron a varios productores del cantón Arajuno, en Pastaza, que cultivan plátano, cacao, café y guayusa, pero que no tenían a quién vender sus productos. Lo que hicieron fue conectar a los productores con asociaciones más grandes, lo que no solo les permitió vender su producción a un precio justo, sino que también rompió con ese ciclo de explotación que ya había durado demasiado tiempo. Y los resultados no se hicieron esperar. Hoy en día exportan quince toneladas de plátano a la semana hacia Estados Unidos, algo que antes no era posible debido a la falta de articulación. Los camiones cargados de productos son ahora una señal de esperanza que atraviesa la selva, una prueba tangible de que la voluntad y la unión pueden cambiar destinos.
Este proceso ha dado lugar al desarrollo del Sello Chakra, el primer sello orgánico propio del Ecuador. Un hito fundamental en la concreción de este sello fue determinar quiénes serían los encargados de certificar que los productos cumplen con los estrictos requisitos de la chakra.
«Estamos avanzando rápido. Por ejemplo, la nueva normativa europea exige responsabilidad social, trazabilidad, y que los productos sean orgánicos y libres de deforestación […] Gracias a la tecnología, hoy sabemos exactamente a quién pertenece cada una de las chakras y qué producen. Además, hemos implementado un sistema de códigos QR para identificar los productos y a sus productores. De esta manera, el comprador puede conocer el origen exacto del producto que está adquiriendo e incluso ver el rostro del productor», dice Pablo.
Este proceso ha dado lugar al desarrollo del Sello Chakra, el primer sello orgánico propio del Ecuador. Un hito fundamental en la concreción de este sello fue determinar quiénes serían los encargados de certificar que los productos cumplen con los estrictos requisitos de la chakra. Fue entonces cuando resurgió la figura de las Chakramamas, mujeres ancianas de las diversas comunidades, depositarias del conocimiento sobre cómo debe funcionar una chakra adecuadamente. Hoy en día ellas son las figuras centrales de este proceso de certificación. No solo certifican, sino que también asumen la responsabilidad de capacitar a las mujeres jóvenes, transmitiendo este conocimiento ancestral y asegurando que su legado perdure. De este modo, se reconoce y valora la sabiduría de estas adultas mayores, quienes en otros contextos podrían haber sido relegadas al olvido.
En este contexto, aparece otro actor relevante: la FAO, quien ha ayudado a que se reconozca al sistema chakra amazónico y andino como un sistema de producción ancestral, otorgándole el premio Sipán (Sistemas Importantes del Patrimonio Agrícola Mundial), un galardón equivalente al Óscar en el mundo de los productos y servicios provenientes de sistemas campesinos que emplean prácticas sostenibles y ancestrales. Este reconocimiento mundial ha dado un impulso significativo al Sello Chakra, dándole aún más sentido y legitimidad.
«Ahora, el reto es garantizar la sostenibilidad del Sello para que se consolide y no dependa exclusivamente de la cooperación internacional […] Hasta el momento, tanto nosotros como otras organizaciones hemos sostenido este esfuerzo, pero la visión es que el Sello se mantenga por sí solo».
Al ver todos estos resultados, Fundación Pachamama ha recibido la solicitud del prefecto provincial de Pastaza para ayudar a conformar la Mesa de la Bioeconomía en la provincia y, junto con diversos actores, desarrollar una agenda productiva y crear una ordenanza enfocada directamente en la bioeconomía. De este modo, las autoridades empiezan a darse cuenta de que esto no es solo una idea utópica, sino una realidad palpable, de la cual desean ser parte.
El próximo mes, Pablo y su equipo, conformado por veintidós jóvenes entusiastas, deberán presentar el borrador de la ordenanza que han venido trabajando en colaboración con todos los productores y actores económicos de la provincia. Del mismo modo, una ONG aliada está llevando a cabo un proceso similar en la provincia de Morona Santiago, y Fundación Pachamama también está colaborando como asesora. Pronto contarán con una nueva política pública en torno a la bioeconomía en esa provincia. Es así como se empieza a generar política pública desde las bases, desde los productores para los productores.
Se han abierto nuevos mercados interesados en adquirir productos que respetan el ambiente y las formas de vida ancestrales. varias cadenas de valor ya están en mercados internacionales. ahora es necesaria una política pública nacional que proteja a la región amazónica.
Gracias a todos estos esfuerzos, se han abierto nuevos mercados interesados en adquirir productos que respetan el ambiente y las formas de vida ancestrales. Actualmente, varias cadenas de valor ya están siendo comercializadas en mercados internacionales. Sin embargo, nos damos cuenta de que ahora es necesario que exista una política pública nacional que proteja a la región amazónica. Por ello, después de conversar con todos los actores involucrados hemos visto la necesidad de crear una entidad que represente los intereses amazónicos y a los productores de la bioeconomía, similar a las cámaras de la producción en Quito, Guayaquil y de otras provincias. La he llamado «Cámara de la Bioeconomía Amazónica», aunque el nombre seguramente cambiará. La idea es contar con una entidad que nos represente a escala nacional, que proteja nuestros intereses, y que permita plantear al gobierno central las necesidades y salvaguardas que los productores del biocomercio amazónico requieren para desarrollarse adecuadamente, dice Pablo.
Una de las victorias más importantes que han alcanzado en este largo camino ha sido la recopilación de datos y estadísticas que permiten defender lo que está sucediendo en la Amazonía con una contundencia irrefutable. Pablo me dice, secándose el sudor de la frente, que si algún día los futuros gobiernos deciden lanzar una nueva ronda petrolera o minera, podrán presentarse y decir: «Señor presidente, mire lo que está ocurriendo aquí. Estos son los datos, estas son las cifras de la bioeconomía amazónica». Con ello, podrán demostrar que es posible otro modelo de desarrollo, uno que no deja tras de sí pasivos ambientales, sino que siembra un verdadero futuro.
Otro resultado valioso de este esfuerzo ha sido la alineación de la cooperación internacional. La cooperación francesa, alemana, norteamericana, al darse cuenta del trabajo realizado se han acercado a Fundación Pachamama con propuestas concretas, dispuestas a colaborar y a enfocarse en proyectos con resultados tangibles. Recordemos que en el pasado, la cooperación internacional llegaba con sus propias agendas, ideas y objetivos. Hoy, Pablo y todo el equipo han logrado que se reconozca su trabajo, y han abierto la puerta para que otros puedan entrar y sean parte de este sueño, focalizando de esta manera los recursos y que este proceso sea verdaderamente sostenible en el tiempo. Ahora ya no se imponen agendas, porque se han dado cuenta de que la gente está profundamente comprometida con lo que están construyendo.
Justo cuando la conversación parecía haber alcanzado la profundidad del silencio, la carpa en la que estamos resguardados de aquel calor sofocante comenzó a llenarse de murmullos y pasos apresurados. Como una ráfaga de viento, varios de los colaboradores de Pablo entraron con sus rostros iluminados por una mezcla de urgencia y entusiasmo. Uno de ellos, con el cabello largo y enredado por la humedad, se acercó a Pablo para susurrarle al oído que el concurso de gastronomía amazónica, donde él es parte del jurado, está a punto de comenzar. Pablo asiente con una sonrisa, como quien entiende que el proceso no espera por nadie. Me apresuro entonces para hacerle una última pregunta:
―Pablo, ¿qué es la felicidad para ti?
«En lo personal, disfrutar intensamente cada día, cada paso en este camino. Para mí, no hay mayor gratificación que ver la sonrisa de la gente agradecida, esa alegría que nace al haber construido algo juntos. Eso es la felicidad para mí en este momento de la vida. No obstante, debo admitir que ha sido difícil, ya que he tenido que sacrificar muchos aspectos familiares por este compromiso. Aún así, sigo adelante, porque sé que lo que estamos construyendo es algo más grande que todos nosotros, algo que perdurará y que, espero, mis hijos y los hijos de mis hijos puedan continuar».
Y así, como el río que se abre paso entre la selva, sin detenerse ante nada, la conversación llega a su fin, dejando tras de sí una estela de pensamientos profundos y promesas veladas. La tarde, cargada del rumor distante del río y del canto de las aves, es testigo de un momento en el que la vida misma parece suspenderse, atrapada entre la realidad y el sueño de un hombre que, con su visión, ha tejido un futuro donde la tierra y sus hijos vuelven a encontrarse. Y aunque la carpa se llena nuevamente de voces y preparativos, queda en el aire la certeza de que este era solo el principio de una historia mucho más grande que continua.
***
La mañana se desvanece como un susurro, deslizándose sin dejar rastro, mientras el sol asciende reverberante, proyectando sombras largas e insinuosas. Con la llegada de la tarde, un nuevo ritmo comienza a latir en el corazón del ChakraFest: el Concurso de Gastronomía Amazónica da inicio, transformando el ambiente en un festín de colores y aromas que parecen convocar a la naturaleza misma. El aire se satura de fragancias exóticas, una sinfonía de olores danzan entre el humo de las parrillas y el vapor de las ollas. Es una tarde en la que la tierra, el fuego y el agua conspiran para dar vida a los sabores que nacen del corazón de la selva, donde cada plato en competición no es solo una muestra culinaria, sino una ofrenda a la memoria y a la riqueza ilimitada de la Amazonía.
Los jueces, figuras destacadas en sus campos, toman sus lugares en una larga mesa cubierta por un mantel blanco que contrasta con la decoración del escenario. Allí está Quique Sampere, de Máster Chef, con su porte impecable y mirada aguda; Esteban Tapia, de la Universidad San Francisco de Quito, cuyo profundo conocimiento de la cocina ecuatoriana le confería un aura de sabiduría; Narcisa Mashienta, la coordinadora del programa Ikiama Nukuri de Fundación Pachamama, cuya presencia irradia la fuerza y sabiduría de las mujeres amazónicas; y Pablo Balarezo, como representante del equipo organizador.

Los siete restaurantes y cafeterías participantes son visitados uno a uno por los jueces. Cada creación es un festín para los sentidos, un caleidoscopio de colores y texturas que narran la historia de la chakra amazónica. Los ingredientes, nacidos del vientre fértil de la tierra, se muestran con la riqueza y diversidad de la región: yuca, chonta, bijao, cacao, pescado y los frutos silvestres que los habitantes han recolectado desde tiempos inmemoriales. En cada bocado se encuentra la fuerza del sol que madura los frutos, la lluvia que nutre las plantas y las manos expertas que cultivan la tierra con sabiduría.
Los jueces, en un recorrido pausado, se acercan a cada uno de los stands, donde los participantes aguardan nerviosos. Cada mesa es un altar en miniatura, donde los frutos de la chakra amazónica se exhiben en toda su gloria. Los colores vibrantes de los ingredientes, los olores que escapaban de los calderos y parrillas, y las texturas que invitan a ser exploradas, transforman el ambiente en un verdadero festín.
La deliberación del jurado parece una batalla de argumentos. Los sabores de la selva, tan diversos como las tierras de las que provienen, compiten por un lugar en el paladar de quienes los han degustado. Cada plato ofrece una interpretación única de la Amazonía.
Con cada paso, Quique, Esteban, Narcisa y Pablo, miembros del jurado, intercambian miradas y murmullos, sopesando las creaciones con la gravedad de quien sabe que un plato es mucho más que alimento: es una historia, una cultura, un pedazo de la Amazonía hecho manjar. Una vez concluida la ronda regresan a la mesa principal sobre la tarima. Con un gesto solemne comienzan a llamar a cada participante, quienes llevaban sus platos especiales para presentarlos, contando las historias y secretos que hay en cada uno de ellos.
La deliberación parece un duelo, una batalla de argumentos que se libra en el rostro de cada juez. Los sabores de la selva, tan diversos como las tierras de las que provienen, compiten por un lugar en el paladar de quienes los han degustado. Cada plato ofrece una interpretación única de la Amazonía. Los jueces intercambian palabras en voz baja, inclinándose hacia el centro de la mesa como si en aquel espacio reducido se concentrara toda la sabiduría culinaria. Los sabores vibrantes, los matices inesperados, y la autenticidad de cada propuesta hacen que la elección de los ganadores sea difícil.
Cada uno de los jueces sabe que, al final, no solo están eligiendo un plato, sino honrando la rica tradición amazónica.
Bijao finalmente se lleva el primer lugar, su plato es una verdadera oda a los bosques amazónicos. La delicadeza de los sabores se combina con la robustez de los nutrientes, en una composición que honra a la chakra en cada detalle: pescado envuelto en hojas de bijao, acompañado de puré de yuca y aderezado con una salsa de ají amazónico. El segundo lugar es para Orígenes, que presenta una reinterpretación moderna de un guiso tradicional de chonta y hongos amazónicos, cocinado lentamente en una olla de barro. Café Tortuga, que ocupa el tercer lugar, deleitó a los jueces con una tilapia al vapor aderezada con palmito, aguacate y papaya.
Todos los platos son una conexión viva con la tierra, un testimonio del poder de la chakra amazónica para nutrir tanto el cuerpo como el espíritu. Cada bocado revela siglos de sabiduría ancestral, una conexión profunda con la naturaleza que, en su simplicidad, afirma su lugar en el futuro sostenible que todos soñamos. Y mientras observo las delicias que desfilan ante mí, un aroma en particular me recuerda que hay algo reservado para mí. Así que, sin dudarlo, sigo el rastro de un maito que, desde hace rato, me hace ojitos.



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Luego de dejar sobre la hoja de plátano asado el cuerpo del delito —los huesos de la tilapia que degusté sin ningún sentimiento culposo—, me adentro de nuevo en el laberinto vibrante del ChakraFest, decidido a encontrar más historias. Entre el bullicio y las sonrisas, mi camino se cruza con Gabriel Guallo Andi, un kichwa de la provincia del Napo que carga consigo el peso de más de seis décadas de vida inmersa en el misterio del bosque.
Su rostro, curtido por los años, refleja la sabiduría de alguien que ha caminado junto a la naturaleza y ha aprendido sus secretos. Me cuenta que sus primeros pasos los dio como guía turístico, mostrando a los viajeros las maravillas escondidas entre los árboles gigantes y los ríos sinuosos de su tierra. Sin embargo, la pandemia lo obligó a replantear su existencia. Con el turismo en pausa, volvió a sus raíces, a lo que conoce desde niño: las medicinas naturales que le han enseñado sus mayores. Nos hacemos amigos de inmediato y me relata una parte de su historia.
«Vivo en Puma Rumi, a media hora de la capital provincial, en una finca de cuatro hectáreas donde he creado una farmacia natural. Allá cultivo una gran variedad de plantas medicinales, pero hay una que destaca por encima de todas: el Llustunda Muyu, un árbol que alcanza los 25 metros de altura y produce un fruto del tamaño de un melón, con carne roja. Este árbol crece silvestre en lo profundo del bosque amazónico y lo conozco desde que era niño. En mi familia siempre lo usamos como medicina cuando alguien se enfermaba.
Con voz pausada y firme, me revela que fue el primer kichwa del Napo en descubrir las propiedades medicinales de este fruto. Lo llama la planta de la vida, pues fue lo que lo salvó a él y a su familia cuando la enfermedad los golpeó. En esos días de incertidumbre, don Gabriel mezcló el Llustunda Muyu con otras plantas, creando un remedio que combina la sabiduría ancestral con el poder curativo de la selva: hojas de coca, chuchuguazo, cascarilla, uña de gato, ajo de monte, jengibre, ayahuasca y matico, esta última es una planta que oxigena la sangre y actúa como un salvavidas frente a los embates del COVID.
Su historia, contada con la sencillez de quien ha hecho de la vida su mejor maestro, me envuelve en un aura de respeto profundo hacia la selva y sus dones. Me habla de cómo, desde entonces, comparte este elixir con quien lo necesite, y de cómo, gracias al apoyo del Consejo Provincial del Napo y de Fundación Pachamama, participa en esta feria, llevando su conocimiento a más personas, ampliando el alcance de su misión de sanar con lo que la madre tierra ofrece.
Doña Luz se confiesa y me cuenta que su emprendimiento nació del amor por el café que su familia ha tenido desde siempre. Su hija mayor, que la acompaña y que tiene tan solo catorce años, asiente con la cabeza todo lo que dice su madre, mostrando con orgullo el fruto del trabajo de su familia.
Hoy, don Gabriel sigue su camino entre la finca y el turismo, pero es en su labor de curandero donde encuentra su verdadero propósito. Su misión, me dice con la convicción de quien ha encontrado su lugar en el mundo, es compartir ese saber ancestral que corre por sus venas, ayudando a sanar a quienes buscan en la naturaleza una respuesta, llevando adelante la tradición de su pueblo con cada planta, con cada remedio, con cada palabra que pronuncia al contar su historia.
Luego de nuestra breve charla, don Gabriel se despide con un tono afable. Mientras me alejo de su stand, todavía resonando en mi mente sus palabras sobre la planta de la vida, el bullicio de la feria me envuelve nuevamente, atrayéndome hacia nuevos aromas. Mis pasos me llevan hacia donde está una mujer de mirada franca. Ella es Luz Merino, oriunda de la provincia de Zamora Chinchipe, y se presenta con una sencillez que contrasta con la magnitud de su emprendimiento.
Soy Luz Merino, y estamos aquí presentes gracias a la invitación de Fundación Pachamama y del Consejo Provincial […] Somos productores de cacao y abarcamos todo el proceso, desde la siembra, cosecha, post-cosecha, hasta ofrecer un producto final listo para la mesa.
Me señala con orgullo los productos que exhibe en su mesa, de la marca Charapanita, cuyo nombre evoca la incansable labor de aquella hormiga amazónica del mismo nombre. Doña Luz y su familia han creado un negocio que respira la esencia misma de la tierra que los vio nacer. En sus palabras se siente el peso del amor por su tierra y la dedicación que ha puesto en cada paso de este viaje, un viaje que comenzó con sus padres, quienes fueron productores de café, y que ahora continúa con ella y su familia.
Realizamos el proceso de recolección de manera manual y silvestre, recolectando las pepas que encontramos en nuestro bosque. Una particularidad de nuestro cacao es que tiene una historia certificada de más de 5.500 años; es el cacao más antiguo que se ha encontrado en el mundo hasta el día de hoy. Estos árboles, localizados en nuestra zona, han sido nuestra fuente de semillas, las cuales sembramos dentro del mismo bosque pero sin talar un solo árbol. El proceso consiste en hacer un corte en las ramas productoras, las cuales replantamos, y de ahí nacen nuevos brotes que luego sembramos.
La mujer habla con pasión del cacao que cultiva el cual, según cuentan ella y Pablo, tiene una historia milenaria y la particularidad de brindar aquellas almendras blancas tan codiciadas en el mercado del chocolate a escala mundial. Su producto es de una pureza incomparable, como lo demuestran sus chocolates al 100% y 70% de concentración, además de los nibs y bombones que brillan como joyas en su mesa.
Doña Luz se confiesa y me cuenta que su emprendimiento nació del amor por el café que su familia ha tenido desde siempre. Su hija mayor, que la acompaña y que tiene tan solo catorce años, asiente con la cabeza todo lo que dice su madre, mostrando con orgullo el fruto del trabajo de su familia. Son cinco en total los que trabajan en la chakra: ella, su esposo y sus tres hijos. Todos están involucrados en el negocio, porque creen en lo que hacen y quieren compartirlo con el mundo.

Luz Merino no solo habla de productos, sino de una filosofía de vida. Me cuenta que Charapanita se rige por cinco principios de producción limpia: cuidar la biodiversidad, uso sostenible de los recursos naturales, minimizar el impacto ambiental, promover la equidad social y económica, y fortalecer las capacidades locales. Es un enfoque que busca más que solo generar ingresos; busca hacer del mundo un lugar mejor, un sorbo de café o un bocado de chocolate a la vez. Mientras escucho a doña Luz, no puedo evitar sentir que cada palabra suya es una semilla plantada con cuidado, una semilla que crecerá para dar frutos que alimentarán tanto el cuerpo como el alma del mundo.
La pasión de Omar por su tierra es evidente. está en el nombre de su marca, Aromaz, que es un homenaje a su provincia, porque leído al revés se convierte en Zamora. Aromaz se dedica a la producción de chocolates gourmet y de consumo masivo, elaborados con cacao y café de la más alta calidad.
Muy cerca de doña Luz, casi como si los lazos de la tierra que cultivan los unieran de manera invisible, se encuentra Omar Maldonado, un hombre cuyo porte refleja el trabajo duro del campo. Me acerco a su puesto, donde los aromas intensos del cacao y el café parecen envolverlo todo, y descubro que detrás de estos productos, existe una historia de esfuerzo y visión que va más allá de lo que el ojo puede captar a primera vista.
«Soy el dueño de Aromaz, un emprendimiento que nace en el cantón El Pangui, en la provincia de Zamora Chinchipe […] Uno de nuestros logros más importantes es contar con el certificado de origen de nuestro cacao».
La pasión de Omar por su tierra es evidente no solo en su discurso, sino también en el nombre de su marca, Aromaz, que, como me explica, es un homenaje a su provincia, porque leído al revés se convierte en Zamora. Omar me dice con detalle cómo Aromaz se dedica a la producción de chocolates gourmet y de consumo masivo, elaborados con cacao y café de la más alta calidad. Pero lo que más impresiona es el profundo respeto que tiene por el legado de su tierra. Además, Aromaz ha obtenido el Sello Chakra, el cual confirma su compromiso con la producción responsable y sostenible, protegiendo el bosque originario y cumpliendo con altos estándares ambientales y sociales.
La historia de Omar en este campo no es reciente; es el fruto de muchos años de experiencia. Cuenta que trabajó mucho tiempo en organizaciones que comercializaban café y cacao, pero decidió emprender su propio negocio en el 2015, recordando el momento en que decidió dejar de ser empleado para convertirse en empresario, convencido de que tenía las habilidades necesarias para hacerlo. Al principio sólo comercializaba café y cacao en grano, pero desde enero del 2020, justo antes de que la pandemia trastocara el mundo, comenzó a desarrollar productos derivados. Fue así como, ya en el 2021, Aromaz comenzó a operar comercialmente con una oferta más amplia. El camino no ha sido fácil, pero Omar ha sabido sortear los desafíos con una mezcla de visión y audacia.
«Para arrancar, obtuvimos un crédito de la banca empresarial privada y de la CFN, invirtiendo un millón y medio de dólares en maquinaria […] Hoy en día, Aromaz cuenta con el mejor equipamiento de la zona 7, que comprende Loja, Machala y Zamora Chinchipe».
Aunque aún no exporta al exterior, Aromaz ha logrado posicionarse a escala nacional, con puntos de venta en importantes cadenas comerciales como almacenes Tía. También están introduciendo sus productos de chocolate más puro en ferias, como esta en la que hoy participan, cuenta Omar orgulloso mientras observa con satisfacción a los visitantes que se detienen en su puesto para probar sus chocolates.
Pero más allá del éxito comercial, Omar tiene claro que su emprendimiento busca un impacto positivo en las comunidades locales. Menciona que trabajan con 500 familias de productores, comprándoles la materia prima directamente de sus chakras. En Aromaz, el comercio justo no es solo un eslogan; es una práctica diaria. Por eso pagan USD 350 por quintal de cacao, cuando el precio promedio del mercado suele ser de USD 300. Esta generosidad no es gratuita, sino el resultado de una relación en la que ambos lados ganan. Aromaz capacita regularmente a sus productores, enseñándoles a mantener el cacao dentro del bosque, evitando los monocultivos y asegurando la sostenibilidad. Cada productor lleva una bitácora que es revisada para asegurar dos cosas: el cuidado ambiental y la producción constante durante todo el año. A cambio, Aromaz les reconoce un precio más alto por su cacao, beneficiando así a toda la comunidad.
La empresa Ecuwealth es un testimonio de adaptación y visión. Al principio pensaron que la venta de materia prima sería suficiente, pero comprendieron que el valor estaba en los productos terminados. Luego, Ecuwealth se enfocó en el desarrollo de productos derivados del cannabis.
Mientras lo escucho, no puedo evitar pensar en cómo cada historia que recojo en esta feria es un reflejo del profundo amor por la tierra y la vida, un amor que se transmite en cada grano de cacao, en cada sorbo de café o guayusa, y en cada palabra que los productores comparten con quienes, como yo, se aventuran a descubrir sus secretos.
Apenas dejo el puesto de Omar, me encuentro con Pablo Badillo. Su presencia es imponente, como la de alguien que ha lidiado con desafíos que pocos se atreven a enfrentar. Pablo parece estar en su elemento, completamente arraigado a la tierra que lo ha acogido.
«Yo represento a Ecuwealth, una empresa que comenzó su historia con la producción de pitahaya amarilla aquí en la Amazonía. Sin embargo, debido a la inestabilidad de sus precios, en el 2020, cuando se aprobó la normativa para la producción de cannabis, decidimos con mis socios cambiar de rumbo. Iniciamos la producción en 2022, construyendo la infraestructura necesaria e importando las primeras semillas desde Estados Unidos».
La historia de Ecuwealth es un testimonio de adaptación y visión. Al principio, como muchos otros, pensaron que la venta de materia prima sería suficiente, pero pronto comprendieron que el verdadero valor estaba en los productos terminados. Luego de este análisis, Ecuwealth decidió enfocarse en el desarrollo de productos derivados del cannabis. Pablo habla con especial orgullo de su colaboración con emprendedores locales, dice que trabajan con Saquifrancia, quien utiliza cacao de las propias chakras, detallando cómo provee el aceite de cannabis que es cuidadosamente extraído en un laboratorio especializado, y cómo este se fusiona con el cacao para crear chocolates en barra y bombones.
Pero los chocolates no son la única creación de esta alianza entre la naturaleza y la innovación. Pablo también menciona a Yolanda Ortiz y la asociación Amanecer Amazónico, con quienes desarrollan una línea de productos de bienestar: pomadas, jabones y champús a base de aceite de cannabis. La visión de Ecuwealth es clara, casi tan nítida como la misma selva que los rodea. Pablo luego me explica cómo fusionan el aceite de cannabis con el aceite de Sacha Inchi, una semilla local que ofrece beneficios superiores a los de los aceites más comunes, como el de coco o el de oliva. Esta combinación no solo es una apuesta por la salud, sino también un compromiso con la Amazonía, una región que Ecuwealth se empeña en preservar y valorar en cada uno de sus productos.
Pero antes de dedicarse a este emprendimiento, Pablo llevaba una vida muy diferente. Fue militar en servicio activo, una carrera que lo moldeó para enfrentar retos con una mezcla de estrategia y coraje. Junto a otros socios, muchos de ellos también militares en servicio pasivo y activo, decidieron iniciar Ecuwealth. “Comenzamos con inversiones propias” ―me cuenta― recordando cómo, al principio, no había líneas de crédito específicas para el cultivo de cannabis en la banca nacional. En la Amazonía, la producción exitosa de cannabis solo es posible bajo invernadero, así que construyeron una infraestructura tecnificada, con acero inoxidable, ventilación adecuada, iluminación y riego controlado. Admite que ha sido una inversión considerable, pero que ya empieza a dar frutos.
“Soy Luz Pucuna,” se presenta, con un aura que refleja su humildad. Ella viene de la provincia de Pastaza, del cantón Santa Clara. Su misión es clara: dar a conocer los snacks de papa china que produce, un producto 100% natural, sin químicos ni colorantes.
Sin embargo, como en toda aventura empresarial, los desafíos no han sido pocos, uno de ellos es justamente la comercialización. Como muchos emprendedores, al principio se enfocaron en desarrollar el producto sin pensar demasiado en cómo venderlo. Afortunadamente, la Fundación Pachamama les abrió puertas a ferias importantes para productores locales, y hoy forman parte de varias redes de emprendimiento que les han permitido abrir puntos de venta en lugares tan diversos como Otavalo y Salinas de Guaranda. Además, sus socios, que están desplegados por todo el país, le ayudan con la distribución en diferentes lugares.
La exportación de productos elaborados en base a cannabis es complicada debido a las restricciones internacionales, especialmente en cuanto al contenido de THC en los productos. Para exportar a Estados Unidos o Europa, el THC debe ser menor al 0,3%. Me explica que el control comienza desde la selección de la semilla, aunque incluso con una buena semilla, y si hay un mal manejo agrícola, pueden alterarse esos niveles. Por eso, Pablo subraya la importancia de tener un buen proceso técnico de producción, uno que garantice no solo la calidad, sino también el cumplimiento de las normativas internacionales.
El sol amazónico comienza a descender en el horizonte, bañando el recinto de la feria con una luz dorada que resalta los rostros de los asistentes, todos cargados de historias tan profundas como los ríos que serpentean a través de la selva. Dejo a Pablo Badillo, con su firmeza de militar y su visión de futuro, cuando una voz suave, pero decidida, llama mi atención.
“Soy Luz Pucuna,” se presenta, con un aura que refleja su humildad. Ella viene de la provincia de Pastaza, del cantón Santa Clara, y su voz lleva consigo el ritmo tranquilo que deja el viento en las ramas. Luz está aquí, en esta feria, gracias a la invitación de Fundación Pachamama y del prefecto provincial. Su misión es clara: dar a conocer los snacks de papa china que produce, un producto 100% natural, sin químicos ni colorantes enfatiza Luz, mientras sus ojos brillan con la pasión de quien sabe que está compartiendo algo especial, algo que conecta directamente con la tierra que la ha sostenido desde siempre.
Esta menuda mujer pertenece a la asociación Punin Yaku, un colectivo de hombres y mujeres que han aprendido a ver más allá de lo evidente, a encontrar valor en lo que otros consideran desecho. Me dice que junto a sus colegas se dieron cuenta de que la papa china, que es rica en proteínas y vitaminas, se estaba desperdiciando porque una parte de ella se la tiraba a la basura o se le daba como alimento a los animales: el corazón de la planta. Ese núcleo que los agricultores normalmente dejan de lado después de cosechar los frutos para exportar, ha encontrado una nueva vida en las manos de la comunidad de Luz, a través de su transformación en unos deliciosos snacks de los cuales me volví adicto.
Pese a haberse formado en universidades como Ikiam o la Universidad Estatal Amazónica, la mayoría de jóvenes no encuentra empleo en su área de especialización, y termina trabajando en puestos que poco tienen que ver con su formación, sobre todo en instituciones públicas.
Este emprendimiento, ya en su cuarto año, es un testimonio del poder del trabajo en comunidad. Ayer, me dice con una sonrisa alegre, vendió todo lo que trajo, y tuvo que pedir que le enviaran más producto para hoy. A medida que avanza el día, las ventas continúan a un ritmo constante, una clara señal de que el esfuerzo y la dedicación de Luz y su comunidad han dado sus frutos.
«Quiero agradecer a los organizadores de esta feria porque estos espacios son muy importantes para nosotros que somos emprendedores porque nos ayudan a dar a conocer nuestros productos […] Además, la feria no es solo un lugar para vender, sino un espacio de encuentro, de reconocimiento, donde productos como los snacks de papa china encuentran su lugar en el mundo».
Mientras continúo mi recorrido, y el sabor de la papa china aún continúa en mi paladar, sé que la historia de Luz Pucuna y su comunidad es solo una más de las muchas que se entrelazan en esta feria, mosaico vivo de tradiciones, innovación y esperanza.
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Me encuentro nuevamente con Pablo Balarezo. Con la mirada siempre atenta a los detalles que otros podrían pasar por alto, me presenta a Rúsbel Chapalbay con una reverencia poco común en sus palabras. «Es una de las personas que más sabe sobre el sistema chakra», me dice, como quien entrega un secreto bien guardado. Y así, con esa mezcla de admiración y orgullo, me deja con uno de sus mentores, un hombre cuya conexión con la tierra no solo se siente en sus palabras, sino en cada acción que emprende. Lo curioso es que, pese a su profunda sabiduría, Rúsbel mantiene una humildad que refleja el respeto que tiene por la naturaleza, por la gente y por los saberes ancestrales de su tierra.
Soy Rúsbel Chapalbay, asesor principal de la Fundación Yaku Warmi, una organización joven, apenas con un año de existencia, pero que ya se ha ganado el respaldo del Ministerio del Ambiente, Agua y Transición Ecológica (MAATE). Nuestra motivación surgió de la cruda realidad que enfrentan muchos jóvenes profesionales en la Amazonía. Pese a haberse formado en universidades como Ikiam o la Universidad Estatal Amazónica, la mayoría no encuentra empleo en su área de especialización, y terminan trabajando en puestos que poco tienen que ver con su formación, sobre todo en instituciones públicas.
Me cuenta que Yaku Warmi nació como una respuesta a esta problemática, fundada por un grupo de jóvenes, en su mayoría mujeres, con el objetivo de ofrecer oportunidades laborales en proyectos relacionados con la cooperación internacional y la conservación de la biodiversidad. Quieren, me dice, que estos profesionales no solo encuentren un medio de vida en la cooperación internacional, sino también una vía para su desarrollo profesional, especialmente en temas de conservación y desarrollo sustentable. En una región tan biodiversa como la amazónica, es crucial aprender a vivir de la conservación, en un mundo que enfrenta grandes desafíos como la deforestación, la contaminación y el cambio climático.
“Hace diez años, esto no existía. Las ferias se centraban en el cacao y sus derivados, con apenas 40 expositores, de los cuales 39 se dedicaban al cacao y una al chocolate. Hoy en día, más de 160 expositores presentan una gama diversa de productos agroecológicos y bioemprendimientos”.
El MAATE los ha reconocido como una organización que promueve la conservación en el territorio. Napo, con más del 80% de su territorio en estado de conservación, aún tiene áreas por fortalecer y nuevas áreas por crear. Con el aval del ministerio, impulsan la meta nacional de conservar el 30% de la superficie terrestre para el año 2030, trabajando actualmente con tres comunidades para declarar unas 8.000 hectáreas como áreas de conservación.
«Nuestra segunda línea de trabajo se enfoca en el biocomercio y la bioeconomía, integrando los recursos biológicos del bosque y la chakra amazónica en cadenas de valor. Estamos demostrando que es posible vivir de la chakra y del bosque sin dejar de conservarlo, una propuesta práctica para recuperar el territorio perdido ante la minería ilegal y el extractivismo, que están destruyendo la cohesión social y el sentido comunitario».
Rúsbel me explica que también trabajan en la gobernanza para la sostenibilidad, fortaleciendo la democracia local y desarrollando políticas públicas que apoyen la sostenibilidad. Actualmente, están actualizando la ordenanza que creó la chakra amazónica en 2017 y han desarrollado una agenda de producción sostenible para la provincia. Asesoran, además, a la Corporación Chakra para coordinar a todas las instituciones y asociaciones que trabajan en favor de la chakra y los procesos de bioeconomía.
Mientras gesticula con sus manos, me dice que varias organizaciones, como Fundación Pachamama, están invirtiendo significativamente para demostrar a los habitantes de la provincia que es posible adoptar formas de vida responsables con el medio ambiente. La feria en la que estamos hoy es un ejemplo de ello, y se ha convertido en la más relevante de las seis provincias amazónicas: “Hace diez años, esto no existía. Las ferias se centraban en el cacao y sus derivados, con apenas 40 expositores, de los cuales 39 se dedicaban a la producción de cacao y solo una al chocolate. Hoy en día, más de 160 expositores presentan una gama diversa de productos agroecológicos y bioemprendimientos”.
«El desafío ahora es consolidar estos procesos, como lo demuestra esta feria. trabajamos para incluir esta feria en la ordenanza del sistema chakra, estableciendo mecanismos que garanticen su permanencia y legitimidad social. La demanda de los emprendedores y del mercado es clara: esta feria debe ser permanente».
Estos logros son posibles gracias a la gobernanza, que no se limita a lo que hace el gobierno, sino a lo que hacen todos junto con el gobierno. Bajo esta lógica, los técnicos de los gobiernos locales han aprendido a trabajar en conjunto, con objetivos comunes, complementándose mutuamente. Rúsbel me confiesa que aún falta institucionalizar más estos procesos en los planes de desarrollo y agendas de planificación, sin embargo, señala que muchas autoridades han comprendido la importancia de estos procesos, alineándose con las necesidades y deseos de la gente.
«El desafío ahora es consolidar estos procesos, como lo demuestra esta feria. Estamos trabajando para incluir esta feria en la ordenanza del sistema chakra, estableciendo mecanismos que garanticen su permanencia y legitimidad social. La demanda de los emprendedores y del mercado es clara: esta feria debe ser permanente».
A lo largo de los años, Rúsbel ha visto cómo la sabiduría ancestral, especialmente en la figura de la ‘chakramama’, ha resurgido con fuerza. Antes, la chakra era vista como sinónimo de pobreza e ignorancia. Hoy, la chakramama es una autoridad moral en la comunidad, una voz respetada por su conocimiento profundo de la tierra y sus ciclos. Este respeto y reconocimiento son fundamentales para que la riqueza generada en la chakra se distribuya de manera equitativa y para asegurar el relevo generacional de este saber ancestral. El sistema chakra, que antes era subestimado, hoy es visto como un modelo de sostenibilidad y sabiduría ancestral que tiene mucho que ofrecer al mundo. Y en esa labor, la Fundación Yaku Warmi y otras organizaciones seguirán trabajando, no solo para conservar el conocimiento que hay detrás, sino para proyectarlo hacia un futuro sostenible y justo para todos.
Al despedirnos, Rúsbel aprovecha para presentarme a Marco Grefa, presidente de la Corporación Chakra Amazónica y exdirigente de la Asociación Agroartesanal Wiñak, de Archidona. Su presencia impone respeto y su voz, aunque serena, resuena con la fuerza de alguien que ha luchado por años para preservar su cultura y la tierra que le dio origen. Nos sentamos bajo la sombra de la noche, donde el calor de la Amazonía es menos abrasador.
La Corporación Chakra Amazónica es una instancia fundamental para nosotros, ya que nos permite mostrar el trabajo que venimos realizando en el territorio desde 2017. La palabra ‘chakra’ proviene del kichwa y, tradicionalmente, se ha asociado con la pobreza y con una actividad realizada principalmente por mujeres. Sin embargo, gracias a nuestro esfuerzo, esta percepción ha cambiado.
Marco explica que la Corporación es una organización de segundo grado, autónoma y sin fines de lucro, que representa a diversas asociaciones de productores de la región. Su misión va más allá de la simple producción; promueven la conservación del sistema ancestral de la chakra y el uso sostenible de los recursos naturales, con una participación activa de mujeres y jóvenes. Su principal objetivo es conservar y promocionar este sistema ancestral, destacando el valor diferencial de sus productos a nivel local, nacional e internacional.

“El Sello Chakra es un sistema de garantía enfocado localmente, que promueve la comercialización y consumo de bioproductos, incentivando a productores y garantizando tanto la calidad como la sostenibilidad de los servicios ecosistémicos de la chakra y el bosque”.
Con una historia que comienza en 2017, cuando se asociaron las organizaciones Kallari, Tsatsayaku y Wiñak, todas vinculadas al cacao y chocolate, la Corporación ha crecido y se ha fortalecido. En 2020, crearon la Red de Asociaciones de la Chakra Amazónica de Napo, un gremio provincial de productores de cacao y otros productos de la chakra, como primer paso hacia la formalización. Pero no fue hasta el 2021 cuando dan un paso crucial al fundar la Corporación de Asociaciones de la Chakra Amazónica. Desde entonces, han seguido creciendo, siempre con la meta de defender, promocionar y liderar la producción de productos de la chakra.
El orgullo en la voz de Marco es evidente cuando menciona el Sello Chakra, un sistema participativo de garantías que no solo certifica la calidad de los productos, sino que también asegura la sostenibilidad de las prácticas agrícolas. “El Sello Chakra ―me dice― representa un espacio para la vida de personas, plantas y animales, establecido bajo la cosmovisión indígena. Este sistema de garantía está enfocado localmente, promoviendo la comercialización y consumo de bioproductos, incentivando a productores y garantizando tanto la calidad como la sostenibilidad de los servicios ecosistémicos de la chakra y el bosque”.
A medida que Marco habla, es fácil imaginar a las chakramamas, esas mujeres kichwas que poseen la sabiduría ancestral para el cuidado y manejo de la chakra. Son ellas, dice Marco, quienes han incorporado técnicas de manejo agroecológico, complementando su patrimonio de conocimiento. “Las chakramamas son las sabias de nuestra tierra”, afirma con un respeto profundo.
El camino para obtener el Sello Chakra es riguroso, desde la acreditación de las organizaciones de productores, pasando por las visitas a las chakras y el análisis de resultados, hasta el otorgamiento y publicación del Sello, cada fase es fundamental para mantener la integridad del sistema.
Por los altavoces se informa que en pocos minutos se dará inicio al concierto de cierre del día en el que se presenta la banda quiteña Swing Original Monks. Marco me regresa a ver, sus ojos reflejan el cansancio del día, pero también el compromiso que arde con la fuerza de un fuego antiguo. Decidimos terminar la entrevista, aunque él sabe que su labor no se detiene aquí. Con una última mirada al entorno que lo rodea, se despide, dejando en el aire la sensación de que, a pesar de los desafíos, la llama de la tradición sigue ardiendo con fuerza.
El eco de sus palabras aún flota en mi mente cuando me encuentro con Bladimir Dahua, un hombre que, aunque lleva poco tiempo en su nuevo cargo, ya se ha sumergido de lleno en la misión de proteger y promover el Sello Chakra . El bullicio del evento y la inminente música no logran distraerlo de su propósito.
Mi nombre es Bladimir, y actualmente soy asesor técnico de la Fundación Pachamama, donde trabajo en el fortalecimiento del Sello Chakra dentro de la Corporación de Asociaciones de la Chakra Amazónica”.
Bladimir me cuenta que sus primeros pasos en este sendero no fueron en la selva, sino en el sector privado, trabajando para varias empresas. Sin embargo, la vida lo condujo por caminos inesperados, llamándolo a administrar la Asociación Kallari en uno de sus momentos más difíciles, y dice que asumió el reto de administrar esta organización durante aproximadamente nueve años. Con el tiempo, su trabajo lo llevó a conocer a quienes hoy son sus colegas en la Fundación Pachamama, y esos años de esfuerzo le han permitido adquirir una valiosa experiencia, tanto a nivel personal como profesional.
El reconocimiento mundial del sistema chakra como un «Sistema Importante del Patrimonio Agrícola Mundial (SIPAM)» es un motivo de orgullo. Pero el desafío ahora es mayor: valorizar este sistema mediante una certificación participativa de garantía que asegure la trazabilidad de los productos.
“He construido relaciones sólidas con cooperantes, autoridades, productores y las diversas organizaciones que forman parte de la Corporación”, explica. Es evidente que para Bladimir, el trabajo va más allá de cumplir con una tarea; es una labor de corazón y de espíritu, un compromiso con la tierra y su gente.
La chakra es más que un sistema de producción sostenible, es un espacio de aprendizaje, un lugar donde el conocimiento ancestral se transmite de generación en generación.
El reconocimiento mundial del sistema chakra como un Sistema Importante del Patrimonio Agrícola Mundial (SIPAM) es un motivo de orgullo para Bladimir. Pero sabe que el desafío ahora es mayor: valorizar este sistema mediante una certificación participativa de garantía que asegure la trazabilidad de los productos. El Sello Chakra, me explica, pretende ser una alternativa eficiente y menos costosa que las certificaciones internacionales.
Mientras la música comienza a llenar el aire, Bladimir habla de sus sueños, de una Amazonía sostenible, de encontrar un equilibrio entre la producción intensiva y los sistemas sostenibles. “He tenido la oportunidad de viajar por varios países de la región amazónica, y es desalentador ver cómo la deforestación y la expansión de la frontera agrícola destruyen nuestros bosques”, lamenta, pero su voz brillan con la esperanza de que, algún día, su propia chakrita sea un modelo a seguir.
Con la música en su apogeo, Bladimir se despide, no sin antes dejar claro que su trabajo apenas comienza. La noche se llena de sonidos, de risas, de vida, pero en algún rincón de la selva, lejos del bullicio, la chakra sigue creciendo, protegida por aquellos que, como Bladimir, han hecho de su vida una ofrenda a la tierra.
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La noche se despliega como un telón oscuro, y en el escenario, las luces comienzan a danzar con destellos multicolores que prometen una experiencia fuera de lo común. El aire está cargado de expectación, y cuando los primeros acordes suenan, una ola de emoción recorre a la multitud como un eco imparable. Los Swing Original Monks están en el escenario, y con ellos, una explosión de sonidos que es a la vez familiar y completamente nueva.
Desde el primer compás, es imposible resistirse a la vibración que emana de los amplificadores. Gabriel Baumann, con su energía inagotable, lleva la batuta mientras Nathalia Madrigal, con su voz potente y envolvente, enciende la chispa que rápidamente se convierte en un fuego descontrolado. Los ritmos se entrelazan, se mezclan y se funden en una especie de alquimia sonora que lleva a los presentes a un trance colectivo.
El rock se mezcla con el balkan, el merengue se desliza en la música del Pacífico, y la electrónica se encuentra con el jazz en un baile desenfrenado. Steph Viteri, con su bajo que resuena profundo en el pecho, marca el compás que todos siguen sin dudar. Gonzalo Fernández en la batería golpea con precisión, como si cada tambor fuera un latido del corazón de la ciudad misma. Ilian Greenfield y Sebastian Wasner, con sus guitarras, trazan melodías que flotan en el aire, mientras Johan Vallejo y Pablo Gutiérrez, con sus teclados y sintetizadores, llevan la psicodelia a nuevas alturas.
Cada canción es un viaje, una infusión de culturas y tiempos, donde lo antiguo se encuentra con lo moderno, donde lo ecuatoriano dialoga con el mundo. Los cuerpos se mueven sin cesar, impulsados por la champeta que levanta el polvo del suelo, por la cumbia que hace que las caderas se suelten, por la energía incombustible de un colectivo que parece fusionarse con la música misma.
La pirotecnia añade un toque de magia al espectáculo. Las chispas y las luces se elevan al ritmo de la música, creando una coreografía luminosa que hipnotiza a todos los presentes. Los rostros en la multitud se iluminan, reflejando los fuegos artificiales que estallan en el cielo, un espectáculo tan visual como auditivo. Es un show donde cada sentido es estimulado, donde cada fibra del cuerpo vibra en sintonía con las ondas sonoras.
El último acorde resuena en el aire, y el silencio que sigue es tan poderoso como la música misma. Los gritos y los aplausos llenan el espacio, pero hay una sensación de que algo especial ha sucedido, algo que solo los que estuvieron allí podrán entender.
Mateo Jaramillo, con su percusión precisa lleva a todos al límite. Cada golpe, cada tambor, es un llamado a la euforia, y la respuesta es un mar de saltos y gritos que se pierden en la inmensidad de la noche. La psicodelia del show, con sus luces estroboscópicas y su energía desbordante, envuelve a todos en un torbellino de sensaciones. El tiempo parece detenerse, cada segundo se estira como si estuviera empapado en el ritmo frenético que domina el ambiente.
Durante dos horas, la música es la única realidad. No hay mañana, no hay ayer, solo este momento que parece eterno. Los Swing Original Monks entregan todo lo que tienen, y la audiencia responde con una energía que parece inagotable. Es un baile, un ritual, una comunión entre la banda y el público que se alimentan mutuamente, creando algo que es más que la suma de sus partes.
Finalmente, el último acorde resuena en el aire, y el silencio que sigue es tan poderoso como la música misma. Los gritos y los aplausos llenan el espacio, pero hay una sensación de que algo especial ha sucedido, algo que solo los que estuvieron allí podrán entender. La banda se despide, pero la energía sigue flotando en el ambiente, como una bruma eléctrica que no se disipa.
Y aunque el show ha terminado, la fiesta continúa. Pero son cosas que ya no se cuentan, porque algunas noches están hechas para vivirlas, no para narrarlas.
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El amanecer del domingo se desliza sobre el paisaje como un suspiro final, arrastrando consigo una serenidad que huele a despedida. Las primeras luces del día alargan las sombras en el hotel, envolviendo todo en una nostalgia anticipada. Silvio nos espera en el bus que nos llevará a la feria antes de que el camino nos devuelva a Quito. Al llegar encuentro la feria aún respirando, aunque su pulso ha bajado; es un corazón que late con la certeza del adiós, mientras expositores y visitantes se despiden del bullicio y se preparan para regresar a su cotidianidad, a sus chakras.
El equipo de comunicación de la Fundación se despliega por la feria, cámaras en mano, capturando los últimos testimonios de aquellos que han venido a compartir sus historias, sus productos y sus luchas.
Aprovecho esos momentos finales para una última entrevista, esta vez con Joel Koupermann, un hombre cuya voz refleja la sabiduría de quien ha caminado largo y tendido por los senderos de la conservación. Joel no es un forastero en esta tierra; su vínculo con la Amazonía y sus comunidades es tan profundo como las raíces de los árboles que defiende.
Nos dirigimos nuevamente a la misma carpa donde conversamos con Pablo ayer, y Joel me habla de su proyecto Bosques y Territorio como si contara la historia de un ser vivo.
«Como coordinador del proyecto Bosques y Territorio, mi enfoque se centra en la conservación, apoyando a las comunidades para reducir la presión sobre sus bosques, fortaleciendo las capacidades locales y estableciendo un fondo de compensación que permita generar actividades alternativas sostenibles. Paralelamente, realizamos esfuerzos de reforestación y gestionamos información clave, que sirve para apoyar a todos nuestros programas con herramientas tecnológicas que nos permiten sistematizar los datos generados en los proyectos».
La conversación fluye con naturalidad. Joel describe cómo han trabajado con las comunidades indígenas durante años, especialmente tras la pandemia, donde ampliaron su visión institucional para incluir a campesinos y pequeños productores. Las palabras de Joel reflejan una evolución constante, un proceso que, como la misma selva, se adapta y se renueva. Habla también de la bioeconomía, de cadenas de valor, de la necesidad de que la economía y la conservación no sean conceptos opuestos, sino aliados inseparables. “Pablo fue pionero en entender la importancia de involucrarse en el comercio, de colaborar con el sector privado», recuerda, aludiendo a las figuras clave que han guiado este proceso. Para Joel y su equipo, la sinergia entre lo comunitario y lo comercial no solo es posible, sino esencial.
Para Joel, el vínculo con el bosque es más que una simple misión: es una conexión sagrada, una comunión espiritual que guía cada uno de sus pasos. Menciona a la ayahuasca como el corazón palpitante de la visión de la Fundación, un lazo ancestral que ha iluminado su senda desde el principio..
«El reto es grande. La falta de equidad en las relaciones económicas, la necesidad de asegurar que los procesos sean justos y sostenibles, son obstáculos que deben enfrentarse con determinación y claridad […] Fundación Pachamama ha logrado tender puentes entre actores dispares, desde empresas privadas hasta comunidades indígenas, articulando un diálogo que trasciende diferencias y se centra en el bien común».
Joel menciona a Xavier Felix, el director ejecutivo de Fundación Pachamama, como un líder con visión clara, alguien que no teme explorar nuevas oportunidades y romper esquemas tradicionales. En sus palabras, se percibe un respeto profundo por la labor de la Fundación, por la capacidad que han demostrado para armonizar relaciones y convertir desafíos en oportunidades. «Nuestro reto actual ―afirma― es convertir los bioemprendimientos en negocios autosostenibles». Y lo dicen con la convicción de quien ha visto el potencial de estos proyectos transformarse en realidades tangibles.
Cuando habla del futuro, su voz se torna aún más firme. «No debemos perder de vista nuestro objetivo final: la conservación de la Amazonía ecuatoriana y la defensa de los derechos de los pueblos indígenas», afirma con una pasión que brota de la profundidad de un compromiso inquebrantable. Para Joel, el vínculo con el bosque es más que una simple misión; es una conexión sagrada, una comunión espiritual que guía cada uno de sus pasos. Menciona a la ayahuasca como el corazón palpitante de la visión de la Fundación, un lazo ancestral que ha iluminado su senda desde el principio. No es casualidad que todo comenzara con una revelación durante una ceremonia, donde los fundadores, bajo la influencia de esta medicina sagrada, fueron vislumbrando el camino. Ha sido la ayahuasca la que, desde entonces, ha trazado el destino de Fundación Pachamama, mostrando el sendero que ha llevado a donde hoy se encuentran, y más allá, hacia un futuro que aún no se ha escrito.
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El regreso a Quito es un viaje silencioso, donde el autobús parece deslizarse por una línea infinita que separa la selva del cielo. El sol, alto en su zenit, baña la carretera con una luz intensa, iluminando las copas de los árboles que se extienden como un mar verde interminable. Cada kilómetro recorrido es un alejamiento físico, pero no un distanciamiento del espíritu de la selva que, a pesar de su lejanía, se niega a desaparecer.
A medida que la carretera zigzaguea hacia la ciudad, el bullicio de la feria se disuelve en el aire, pero queda flotando la esencia de lo vivido, como una melodía persistente. Es más que un simple viaje; es una transición entre dos mundos, donde la Amazonía sigue respirando, latiendo con fuerza en el recuerdo, como una promesa silenciosa de que su lucha por la vida, por su gente y su espíritu, continuará.
Porque la selva, con su pulso ancestral, no se rinde; sus voces nos acompañan, resonando en lo más profundo de nuestra conciencia, recordándonos que este viaje no es solo un regreso, sino un compromiso renovado con la tierra que nos llamó, y que, aunque la dejamos atrás, nunca realmente nos deja ir.