El sol es tan fuerte, se ve tan cercano, se siente tan intenso, que a nadie le queda duda que Quito está 2800 metros más cerca del astro rey. En el ambiente, como si hubiera habido un bombardeo, hay restos de cenizas de color blanco y se percibe un fuerte olor a un humo dulzón. Sobre el cielo azul del verano capitalino, se levantan hongos enormes, como de explosiones atómicas, que son realmente la marca de incendios comiéndose los cerros.
En el parque de El Arbolito, en medio del sol incendiario e inclemente, dos pequeñas carpas han sido montadas por los movimientos sociales e indígenas. Unas cuantas filas de sillas de plástico, un par de mesas, unas banderas son todo el escenario de la Asamblea Popular, que está pronta a instalarse con la presencia de los jerarcas de la oposición izquierdista a Rafael Correa.

Carlos Pérez, Alberto Acosta y Salvador Quishpe departen en la Asamblea de El Arbolito

Una mesa redonda, en un claro del parque, servía para las acreditaciones.

La mesa de dirigentes que algunas feministas presentes tacharon de patriarcal.

En seis comisiones se reunieron los asistentes a la Asamblea Popular.
Unas cuantas filas de sillas de plástico, un par de mesas, unas banderas son todo el escenario de la Asamblea Popular, que está pronta a instalarse con la presencia de los jerarcas de la oposición izquierdista a Rafael Correa.
Entre las sillas, se ven los rostros de ex ministros y ex subsecretarios de la autodenominada «revolución ciudadana», del Gobierno de «izquierda socialista» del que salieron desencantados y vejados.
En la mesa directiva, en cambio, está la plana mayor de los movimientos sociales: Jorge Herrera, el presidente de la Conaie, en camisa blanca y sombrero. Está Carlos Pérez Guartambel, quien viste más bien como un trotamundos con mochila; Pablo Serrano, el presidente del Frente Unitario de Trabajadores (FUT) con una gorra roja; Mesías Tatamuez, de la CEOSL; y el prefecto de Zamora Chinchipe, Salvador Quisphe, entre otros; tome nota de este detalle; la mayoría son hombres. Tras ellos una bandera nacional, otra de Quito y una bandera a cuadros con los colores del arcoiris, del movimiento indígena.
La Asamblea se instala bajo el fuerte sol de las 15:00, con intensos vientos que mueven las carpas. El primer punto del orden del día: la lectura del reglamento de la Asamblea, que establece quiénes son sus integrantes, su forma de sesionar y contar los votos, entre otros temas procedimentales.
Tras la lectura, un tanto ampulosa por parte de la secretaria, quien no ahorra adjetivos calificativos para las protestas recientes, a las que califica como «gloriosas», se abre el debate sobre el texto.
Y como siempre en estos eventos de la izquierda indigenista, se abre un foro, se pone en consideración de los presentes el texto del reglamento, que tiene 23 artículos muy minuciosos.
Un hombre mayor, con camisa roja de la CEOSL, es el operador del sonido. Pero los micrófonos inalámbricos fallan constantemente. Fallan mientras habla Jorge Herrera. Se silencian mientras toma la palabra Salvador Quishpe. Se apagan cuando, uno por uno, los pasa a los asistentes, que quieren comentar el reglamento de la Asamblea.
Mientras tanto, van llegando al parque otras figuras de la oposición. Con su chaleco rojo, se apersona en el parque el rector de la Universidad Andina, Enrique Ayala Mora. Por el otro costado, como quien viene desde El Ejido, llega la delegación de la Unidad Popular, el desaparecido MPD: Natasha Rojas, Gustavo Terán y Geovanny Atariguana.
Desde el lado de la calle Tarqui se hace presente Marcelo Larrea, de la Asamblea Autoconvocada de Quito, mientras que desde la Seis de Diciembre han llegado Alberto Acosta, Lourdes Tibán, Juan Cuvi, Andrés Valdivieso, Víctor Granda y el médico Carlos Figueroa.
Un grupo de extranjeros, de aspecto anglosajón unos y otros de acento español, también recorren el parque, bajo la atenta mirada de Pérez Guartambel. Una mujer rubia de aspecto gringo se ha vestido como mujer indígena, con sombrero y anaco para darle más rigor étnico a la indumentaria.
Desde distintas direcciones, todos los opositores, al menos los que se consideran de izquierda, convergen al parque de El Arbolito. No se ven los rostros de la derecha ni del centro derecha, pero sí los de personas de la Asamblea de Quito, que se definen como ciudadanos en contra del correísmo y su revolución «ciudadana».
El reglamento está en consideración. Y al documento le llueven las críticas. Los opositores proclaman el respeto a todas las ideas. Y todos -y todas, como remarcarán unas feministas de banderas moradas presentes en el sitio- tienen algo que decir. Jorge Herrera empieza a dar la palabra, mientras el sol sigue su camino hacia el occidente, y se acerca a la cumbre del Pichincha.
Una feminista pide el micrófono para exigir que el lenguaje sea presuntamente más incluyente al poner en todo lado donde la gramática tenga un resquicio ambos sexos.
Las feministas son las que más reparos ponen al reglamento. Una de ellas pide el micrófono para exigir que el lenguaje sea presuntamente más incluyente al poner en todo lado donde la gramática tenga un resquicio ambos sexos: los y las. Ellos y ellas. Compañeros y compañeras. La mujer habla en tono de madre indignada y no solo que cuestiona la gramática del reglamento -tema que le parece clave para la vida nacional- sino que hasta llama la atención a Herrera y le dice que, cuando hable, también mire para el lado donde están sentadas ellas.
El líder máximo de la Conaie ensaya una sonrisita y ataja el regaño maternal de la activista, mientras da el micrófono a otra feminista: esta reclama porque en la mesa directiva están sentados solo hombres. No pide, sino demanda, que la mitad de las sillas la ocupen mujeres, porque así lo exige la «Ley de Cuotas».
Se van 30 minutos en los reclamos formales de las feministas. Pero los altos cargos de la oposición hacen como los diplomáticos internacionales cuando quieren ignorar sin ser groseros: «toman atenta nota» de las demandas de las mujeres organizadas y pasan el micrófono a otro asistente. Este, que se identifica como parte de un colectivo de «asambleas territoriales» sostiene que el problema de país es la forma de Gobierno: hay que pasar del presidencialismo de estilo garciano que tanto gustó a los constituyentes de Montecristi a una forma de gobierno colectiva, por medio de asambleas. Una suerte de utopía política que, parece, no opera en ningún país del mundo, pero que el joven sostiene es la solución a los problemas del Ecuador.
Otra persona pide la palabra: es una mujer negra. Asegura que, aunque el término «afroecuatoriano» es más «incluyente» resulta que el correísmo, perverso como es, ha abusado de él. Entonces, propone no usar ese adjetivo, modelo de la corrección política del «buen vivir» de la casta en el poder, sino que ella y su grupo se declaran, de plano, por historia y por derecho, simplemente «negros». La mujer autodenominada negra es invitada a la mesa directiva, pero, aún así, sigue siendo muy «patriarcal» para el gusto de las feministas de banderas moradas.
Una mujer autodenominada negra es invitada a la mesa directiva, pero, aún así, sigue siendo muy «patriarcal» para el gusto de las feministas de banderas moradas.
Un joven que se identifica como Pedro Freile, de la Asamblea de Quito, sostiene que, en el artículo primero, que hace una enumeración de quiénes conforman la Asamblea Popular, deben constar grupos de ciudadanos como el suyo, que no tienen una personería jurídica pero se han unido de hecho para hacer política.
Mesías Tatamuez y Pablo Serrano pierden la paciencia y dicen esto: a ver compañeros -y compañeras, faltaba más- hora de concretar porque si seguimos así nos dan las diez de la noche. Los que tengan que agregar algo al reglamento nos mandan por email. El debate sobre el reglamento, tan vapuleado por las feministas, queda así zanjado.
También Salvador Quishpe está impaciente: pide la palabra para recordar que en Quito viven casi tres millones de personas. Y dice que hay que convocar más gente, porque si no «Correa se burla», cuando ve que en la Asamblea no hay ni 100 personas, tapándose la cara con las manos y con hojas de papel porque el sol está que quema, y porque las humaredas que cubren la ciudad traen de cuando en vez un olor a pasto quemado.
El prefecto de Zamora Chinchipe, a quien la propaganda oficial acusa de no permanecer en su sede de Zamora, demanda ampliar la Asamblea Popular: «no podemos ser una asamblea de etiqueta», sentencia el prefecto. No obstante, el único sorprendido por la poca cantidad de gente parece ser él, pues las sillas que los organizadores han colocado en el parque alcanzan holgadamente para los presentes.
Terminado el primer debate del polémico reglamento, Serrano y Tatamuez piden que se conformen seis mesas. Desde el micrófono, la secretaria va asignando los lugares. Van a tratar de temas como las enmiendas constitucionales, la plataforma del colectivo, la corrupción, el Estado plurinacional, entre otros.
Una representante de la Asamblea de Quito pide de plano que no se les olvide tratar lo que ella considera el tema clave: «planificar la salida de este Gobierno». Paradógicamente, lo que parece ser un auténtico objetivo político en una asamblea de oposición política tiene mucho menos respaldo que el debate por el género en la gramática del reglamento. Nadie comenta el pedido de la dirigente sobre cómo planificar lo que, planteado así, podría ser desde transición democrática hasta simple golpismo. Los temas de las mesas quedan como al principio.
Alberto Acosta, a quien el presidente Rafael Correa, que era su principal fan en una época, ha calificado reiteradamente como un «bebé de 60 años», es invitado por el panel directivo a liderar una de las mesas. El ex presidente de la Constituyente, tan tiernamente vapuleado por el ex «primer acostista del país», ha estado recorriendo el pequeño perímetro de la Asamblea Popular, conversando con personas como Enrique Ayala o Juan Cuvi.
La Asamblea, instancia importante del Colectivo Unitario Nacional, se piensa reunir en todo el país, dicen los organizadores, mientras anuncian su vuelta a las calles para la tarde del 16 de septiembre, pues, como han dicho durante varias semanas, sus demandas son reiteradamente ignoradas por el Gobierno. Así fueron sus primeras dos horas de vida.
Mientras se arman las seis mesas en el parque de El Arbolito, -y siguen las discusiones conceptuales- el sol empieza a mostrarse menos intenso, pero el viento mueve una pancarta enorme, que cubre el cercano edificio de 18 pisos de la Corporación Financiera Nacional, casi desde la base hasta lo más alto.
Una imagen tenebrosa de un hombre encapuchado y violento, tan grande como el rascacielos, -gigante perverso, anónimo y desestabilizador- es el retrato de estos mismos opositores para el Gobierno de «izquierda» de Rafael Correa.
