Debe ser un poco bochornoso ser estadounidense en estos tiempos. La escena del pasado 28 de febrero en el Despacho Oval, donde Trump y su vicepresidente emboscaron al presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, cual bullies en el patio de colegio que acorralan al compañero débil que estaba dispuesto a compartirles su colación —de por vida— a cambio de amistad y protección, lo dejó claro: el liderazgo de la primera potencia mundial está en manos de pendencieros que actúan sin considerar las consecuencias de sus actos, no solo para Ucrania, sino para su propio país y el mundo.
Como Zelenski tuvo la entereza de responder a la violencia con argumentos, no solo lo echaron de la Casa Blanca, sino que Trump congeló el apoyo militar a Ucrania y dio la orden de eliminar el Estatus de Protección Temporal (TPS, por sus siglas en inglés) para los ucranianos. Es decir, pronto empezarán las deportaciones de refugiados ucranianos de EE.UU. para que, tal como las de miles y miles de latinoamericanos, vuelvan a su país; la diferencia es que ese es un país en guerra. En la práctica, Trump estará enviando carne de cañón. Además, amenaza con cortar el acceso del país a internet. Ucrania depende del internet satelital Starlink, de Elon Musk. Es decir, se trata de humillar a Zelenski y someterlo a firmar un acuerdo inconveniente a toda costa…
Pero no es todo. Trump congeló todos los fondos de cooperación internacional de EE.UU. (USAID), dejando sin financiamiento a miles de programas de asistencia humanitaria en todo el mundo. Amenaza con retomar, si es necesario por la fuerza, el Canal de Panamá y dijo en su discurso en el Congreso (4 de marzo) que, de un modo o de otro, Groenlandia será de los EE.UU. Además, afirma que Canadá debe convertirse en el Estado 51 de los EEUU, y quiere hacerse con el control de Gaza para construir —desplazando antes a más de dos millones de gazatíes a un destino desconocido— la Riviera de Oriente Medio. Por otra parte, los erráticos anuncios de aranceles a sus mejores aliados comerciales, rectificando y pausándolos día tras día, han dañado la imagen y la confianza en su gestión de manera irreversible. Y, como si no le faltaran frentes, en una declaración reciente aseveró que “la Unión Europea se creó para joder a los EE.UU.”; por ello, también anunció que va a imponerles aranceles.
Fue ingenuo pensar que EE.UU., por tener la democracia moderna más antigua y un sistema de contrapesos institucionales, no sufriría grandes estragos bajo el liderazgo de Trump.
Y las medidas disruptivas con el orden internacional no terminan allí. Trump sacó a EE.UU. del Acuerdo de París (cuyo objetivo es frenar el calentamiento global), de la Organización Mundial de la Salud (OMS), del Consejo de Derechos Humanos de la ONU, y emitió sanciones a la Corte Penal Internacional, acusándola de adoptar acciones ilegítimas e infundadas contra los EE.UU. e Israel (en noviembre de 2024, la Corte emitió una orden de arresto contra el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, por delitos de guerra en la Franja de Gaza).
Fue ingenuo pensar que EE.UU., por tener la democracia moderna más antigua y un sistema de contrapesos institucionales, no sufriría grandes estragos bajo el liderazgo de Trump, que ganó las elecciones no a pesar sino gracias a sus exabruptos, escándalos judiciales y desplantes al orden liberal global. Pero ahora el gobernante ha ido aún más allá. Ha alineado a su país —que se preciaba de ser el líder del mundo democrático— con el “Leviatán Rojo” con el que EE.UU. se disputó la hegemonía política, económica, tecnológica e ideológica en el mundo. Si volviéramos en el tiempo seis décadas y nos pronosticaran esta escena internacional, nos parecería un chiste, una ficción o, si se dijera en serio, la tontería más delirante.
Las consecuencias no son pocas. No solo Putin celebraba la escena sin precedentes en el Despacho Oval, sino también el gobernante autoritario de China: Xi Jinping. Y lo hacía por partida doble. Primero, porque toda iniciativa de seguridad desplegada por EE.UU. cae en la incertidumbre. En 2007 se estableció el Diálogo de Seguridad Cuadrilateral (QUAD) en el Indo-Pacífico, una alianza conformada por EE.UU., India, Australia y Japón con el propósito de contrarrestar la creciente influencia de China. Luego, en 2021, se creó el AUKUS, un pacto de seguridad entre Australia, el Reino Unido y EE.UU., orientado a la defensa de los intereses compartidos en la zona más dinámica de la economía del mundo, donde se encuentra la verdadera manzana de la discordia del siglo XXI: Taiwán. Y es que, en este contexto, ahora, más que nunca, ya no hay certezas para la pequeña isla reclamada por China. La triangulación de su seguridad con Japón y Corea del Sur —junto con el QUAD y AUKUS— queda en veremos… Tan es así que Corea del Sur, en medio de sus disturbios políticos domésticos, se pregunta si no debería tener sus propias armas nucleares, pues tiene al otro lado del paralelo 38 un vehemente contradictor con capacidad nuclear: Corea del Norte, el “Reino ermitaño” cuyo emperador, Kim Jong-un, presume de su amistad con Putin y Trump.
Al dictador ruso, en su reciente visita a Pyonyang, le regaló una pareja de poongsan, una raza canina cuya protección fue ordenada por su abuelo, Kim Il-sung, el “presidente eterno”, creador de la dinastía y de la filosofía Juche. Kim Jong-un también envió a Ucrania 10 mil soldados norcoreanos a combatir (a morir) en favor de Rusia. Como se ve, el asunto no es menor. Incluso Japón tiene serias preocupaciones y se pregunta si no debería superar la doctrina pacifista —posterior a su calamitoso final en la Segunda Guerra Mundial, con Hiroshima y Nagasaki— y revitalizar su industria bélica. Y es que Trump ya ha cuestionado el acuerdo de seguridad Japón- EE.UU., vigente desde 1960.
Japón tiene serias preocupaciones y se pregunta si no debería superar la doctrina pacifista —posterior a su calamitoso final en la Segunda Guerra Mundial, con HIroshima y Nagasaki— y revitalizar su industria bélica.
China celebra también el aislacionismo comercial de EE.UU. decretado por Trump. El mandatario confirmó que impone aranceles del 25% a todos los productos de sus dos socios más importantes, Canadá y México (que luego pausó, para volver a confirmar y luego volver a pausar), con quienes firmó en 2020 la nueva versión del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), al que él llamó “el mejor acuerdo comercial de la historia”, que debía durar hasta el 2036. Adicionalmente, aumentó aranceles a China del 10% al 20%, que se suman a los ya existentes sobre los más de 500 mil millones de exportación de productos chinos. Canadá y China tomaron represalias inmediatamente. Canadá no eliminará sus aranceles —pese a la segunda pausa de Trump— hasta que EE.UU. cancele todos sus gravámenes. El entonces premier canadiense, Justin Trudeau, en su rueda de prensa del 4 de marzo, dijo sin rodeos: “Los tontos crédulos que pensaban que Trump beneficiaría la economía fueron desmentidos rápidamente… Quiero dirigirme al pueblo estadounidense: Nosotros no queremos esto. Queremos trabajar como amigos y aliados, pero su gobierno ha elegido poner en riesgo sus empleos, aumentar costos y dañar la seguridad nacional, afectando directamente a las familias estadounidenses”. Luego añadió, “no es mi costumbre estar de acuerdo con The Wall Street Journal, pero, Donald, esta vez señala que, aunque seas un tipo muy inteligente, hacer esto es una gran tontería”.
China ha respondido de la misma manera. Impuso aranceles adicionales de hasta un 15% sobre la importación de productos agrícolas esenciales de EE.UU., además de endurecer los controles sobre la actividad comercial de empresas estadounidenses estratégicas. En un mensaje en X, dejó en claro su postura: “Si lo que Estados Unidos quiere una guerra, ya sea arancelaria, comercial o de cualquier otro tipo, estamos listos para luchar hasta el final”.
Si Trump cumple sus amenazas arancelarias, el impacto será doble. No solo el pueblo estadounidense enfrentará una fuerte inflación —los automóviles, aunque ensamblados en EE.UU., pero con piezas provenientes de México y Canadá, verán un incremento promedio del 25%— sino que abrirá el camino a China en mercados clave, incluida Europa.
Es un ejemplo clásico de “hard power”, donde la coerción se ejerce a través de la fuerza militar y de medidas económicas que no responden a una lógica de política pública, sino de amenaza y castigo para someter a otros países.
Pero a nivel doméstico ya hay ciertas consecuencias. La popularidad de Trump ha caído en los últimos días, y ya un 56% de los estadounidenses desaprueba su gestión. Sin embargo, su base más fiel sigue defendiéndolo con fervor, celebrando incluso sus impericias. Esto quedó en evidencia el pasado 4 de marzo, cuando su equipo ingresó al Congreso entre gestos de cortesía y adulo: palmadas en la espalda, sonrisas y elogios al vicepresidente J.D. Vance y, desde luego, a Elon Musk, el poder tras el poder…
Todo esto ha hecho que el mundo despierte a bofetadas de su sueño liberal. Lo que ocurre hoy es una ratificación de los postulados del realismo en las relaciones internacionales: el mundo es una selva donde los más grandes y fuertes actúan como verdaderos bullies, imponiendo sus intereses. Es un ejemplo clásico de “hard power”, donde la coerción se ejerce a través de la fuerza militar y de medidas económicas que no responden a una lógica de política pública, sino de amenaza y castigo para someter a otros países.
Y esto apenas comienza. Trump ha gobernado por un mes y medio. A ver qué nos deparan los 46 meses restantes. Por lo pronto, Europa tiene presión por ambos flancos: la Rusia de Putin por el Este, los EE.UU. de Trump por Occidente; y por sus entrañas atraviesa la Franja y la Ruta de China, conocida como la “nueva Ruta de la Seda”.
