EE.UU., Rusia y China son las potencias que se están disputando la hegemonía internacional. Los chinos han empezado a alcanzar ventajas en las áreas económica, geopolítica y tecnológica, mientras que estadounidenses y rusos mantienen todavía fuerza en el ámbito militar. Mientras tanto, Europa se va quedando fuera en el juego de las relaciones internacionales. Por eso se habla ahora de un nuevo orden “tripolar”.
La tripolaridad es un concepto que en la geopolítica mundial se refiere a una estructura global emergente, en la que tres grandes potencias dominan la escena internacional, a diferencia del orden unipolar que prevaleció tras el final de la segunda guerra mundial con EE.UU. como el principal actor global, o el orden bipolar durante la guerra fría con las superpotencias de EE.UU. y la URSS.
En un sistema tripolar, las tres potencias jugarían un papel clave en la configuración de las decisiones globales, tanto económicas como políticas y militares. Este cambio implica un replanteamiento de las alianzas internacionales, así como una competencia directa entre estas potencias por tener influencia regional y global.
Algunos de los factores que han impulsado esta transición hacia un orden tripolar son: el ascenso de China como una potencia económica y militar de primer orden, que ha incrementado su influencia en África, Asia, Europa y América Latina. Su Belt and Road Initiative (BRI) es una de las principales manifestaciones de su intento por expandir su poder e influencia a través de infraestructuras y acuerdos económicos. Su rápida modernización militar también ha permitido proyectar poder en el Indo-Pacífico, lo que está generando tensiones con EE.UU., por las disputas chinas en Taiwán y por las siempre tensas relaciones entre las dos Coreas.
Aunque sigue siendo una superpotencia con una economía dominante, una influencia militar global y un sistema político basado en principios democráticos, el liderazgo de EE.UU. se encuentra cuestionado.
Asimismo, se habla del resurgimiento de Rusia. Tras la caída de la URSS, Rusia pasó por un periodo de declive, pero en las últimas dos décadas ha buscado recuperar su influencia en el escenario mundial, especialmente en Europa del Este, el Cáucaso y Asia Central. La anexión de Crimea en 2014, sus intervenciones en Siria y Ucrania y su creciente presencia en África son ejemplos de cómo Rusia busca contrarrestar la influencia occidental y establecer un bloque de poder paralelo al de la OTAN.
En los últimos veinte años se produjo un declive relativo de la influencia estadounidense. Aunque ese país sigue siendo una superpotencia con una economía dominante, una influencia militar global y un sistema político basado en principios democráticos, su liderazgo ahora se encuentra cuestionado. Las tensiones internas, la polarización política y la creciente rivalidad con China y Rusia están haciendo que la capacidad de EE.UU. para mantener un orden unipolar sea cada vez más difícil.
Además, las guerras en Irak y Afganistán, sumadas a su intervención en Siria, han minado su imagen global. Queda la incógnita de cómo van a suceder las cosas con la llegada al poder de Donald Trump, cuya tendencia es más bien por el bilateralismo y el proteccionismo comercial, aunque ha mostrado ya algunas pinceladas de su acción: renombrar al golfo de México como golfo de América, buscar la anexión de Groenlandia y del canal de Panamá, así como la propuesta de adquirir la franja de Gaza (dejando sin tierra a muchos palestinos) .
Reconfiguración de alianzas y bloques
A medida que estas tres potencias compiten por el liderazgo mundial se han formado nuevos bloques de influencia. Por ejemplo, la asociación entre Rusia y China ha crecido en términos de cooperación económica y militar y no decreció tras la invasión rusa a Ucrania. Al mismo tiempo, EE.UU. mantiene sus alianzas tradicionales a través de la OTAN, aunque con algunas divergencias con las naciones europeas (anunciando incluso su salida de la alianza militar de la OTAN tras la llegada de Trump al poder), Japón y otras naciones en Asia, mientras que China está forjando nuevos lazos con naciones en desarrollo.
A pesar de la competencia política y militar, la economía global está asistiendo a un cambio hacia un sistema multipolar, con China desempeñando un papel cada vez más dominante en el comercio internacional y las cadenas de suministro. Esto también ha llevado a una creciente rivalidad económica entre EE.UU. y China, particularmente en el ámbito tecnológico y de inversión.
En un orden tripolar, los conflictos podrían no ser exclusivamente entre potencias, sino también dentro de bloques regionales. Las tensiones entre China y EE. UU. por controlar el Indo-Pacífico, así como la confrontación entre Rusia y las naciones de la OTAN en Europa por el caso de Ucrania, son ejemplos claros de cómo el equilibrio de poder se encuentra en constante cambio.
Los actores internacionales tendrán que adaptarse a un sistema en el que no hay un líder único, sino que se tendrá que gestionar la competencia y los intereses de las tres grandes potencias.
¿Qué implicaciones tiene un orden tripolar? Sobre todo inestabilidad y competencia, ya que el tripolarismo puede generar un entorno de mayor incertidumbre y competencia entre las grandes potencias, con posibles conflictos indirectos (por ejemplo, en regiones como Ucrania o el Mar del Sur de China) y una menor cooperación internacional en cuestiones globales como el cambio climático o la regulación de tecnologías emergentes.
En este sentido se produce una nueva diplomacia multilateral: los actores internacionales tendrán que adaptarse a un sistema en el que no hay un líder único, sino que se tendrá que gestionar la competencia y los intereses de las tres grandes potencias a través de alianzas complejas y diplomacia multilateral.

En un escenario de una economía global cambiante, las interdependencias económicas se multiplicarán, ya que los tres actores principales (y sus aliados) jugarán roles cruciales en el comercio, las inversiones y la financiación internacional, lo que podría derivar en una guerra económica, con medidas como sanciones y guerras arancelarias.
Este nuevo orden tripolar no significa necesariamente una reducción de tensiones, sino que podría dar lugar a un equilibrio de poder más competitivo, con tres actores principales buscando expandir su influencia, lo que podría alterar el panorama global en los próximos años.
¿Qué sucederá con las alianzas entre EE.UU. y Europa?
Las alianzas entre EE.UU. y Europa, principalmente a través de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte) y otros mecanismos multilaterales han sido la piedra angular de la seguridad y la cooperación política y económica global durante las últimas décadas. Sin embargo, varios factores están poniendo a prueba estas alianzas, sobre todo luego de la llegada de Donald Trump al poder.
A lo largo de estas últimas dos décadas, la política exterior de EE.UU. ha experimentado giros significativos, especialmente bajo las administraciones de Barack Obama, Joe Biden y Donald Trump. Durante los mandatos de Trump, se ha dado una tendencia hacia el unilateralismo y el aislacionismo, lo que ha generado tensiones con los aliados tradicionales en Europa.
Trump es muy crítico con la OTAN y presiona a los países europeos para que aumenten su gasto en defensa, cuestionando la relación e incluso su permanencia en la alianza militar. Sin embargo, en los gobiernos de Obama y Biden, EE.UU. tuvo un enfoque más multilateral, reforzando el compromiso con las alianzas tradicionales, incluidas las de la OTAN y la Unión Europea (UE). La polarización política interna en EE.UU. podría llevar a nuevas fluctuaciones en su enfoque hacia Europa, con posibles cambios de prioridades según el partido en el poder.
Aunque la OTAN sigue siendo un pilar fundamental de la relación transatlántica, existen tensiones sobre su futuro. Europa cuestiona su dependencia de EE.UU. para la seguridad, especialmente después de las decisiones unilaterales de Washington en conflictos como la invasión de Irak en 2003 y la retirada de Afganistán en 2021.
Las tensiones comerciales entre EE.UU. y Europa crecen. A pesar de la cooperación en muchos frentes, los desacuerdos sobre aranceles y políticas comerciales pueden afectar la relación a largo plazo.
Esto lleva a algunas naciones europeas, como Francia y Alemania, a abogar por una «autonomía estratégica» de Europa en términos de defensa. La creación de una fuerza de defensa común europea o el fortalecimiento de la PESCO (Cooperación Estructurada Permanente) puede ser una respuesta a la dependencia hacia EE.UU. La invasión en Ucrania subrayó la necesidad de cooperación estrecha con la OTAN, pero también impulsó la reflexión sobre el papel de Europa en su propia defensa.
Las tensiones comerciales entre EE.UU. y Europa también crecen. A pesar de la cooperación en muchos frentes, los desacuerdos sobre aranceles y políticas comerciales pueden afectar la relación a largo plazo. Las políticas de America First (primero América) de Trump son un ejemplo de cómo los conflictos comerciales entre los dos continentes pueden deteriorar las relaciones. A largo plazo, la relación comercial entre EE.UU. y Europa se vería afectada por la creciente competencia económica global, especialmente con China.

Sin embargo, el poder de China está reconfigurando las alianzas globales. A pesar de los intereses económicos comunes, Europa y EE.UU. tienen enfoques diferentes sobre cómo abordar a China. EE.UU. ha adoptado una postura más confrontativa y estratégica, en términos de comercio y seguridad. Europa lo hace de manera más pragmática, buscando equilibrar su relación comercial con China mientras sigue alineada con la política estadounidense en algunos aspectos de seguridad, competencia tecnológica y protección de estándares democráticos.
La rivalidad con China puede fortalecer temporalmente las alianzas entre Europa y EE.UU., pero también podría generar fricciones sobre cómo gestionar la competencia con China, especialmente si se profundizan las dependencias económicas con Beijing en sectores clave como la tecnología o la infraestructura.
Europa tiene sus propios desafíos, tensiones políticas internas, la creciente influencia de los movimientos nacionalistas y populistas y la falta de cohesión interna. Problemas que podrían afectar las relaciones con EE.UU. Además, la creciente polarización política en varios países europeos puede hacer más difícil la toma de decisiones conjuntas en temas de seguridad y política exterior.
A corto y mediano plazo, las alianzas transatlánticas probablemente seguirán siendo fundamentales por las amenazas compartidas, como la agresión rusa en Ucrania, la competencia con China, y los desafíos en seguridad cibernética. Sin embargo, las tensiones internas y las diferencias sobre cómo abordar ciertos problemas (gasto militar, cooperación económica o la estrategia hacia China) pueden dar lugar a una redefinición de la relación.
Los desacuerdos sobre comercio y regulaciones tecnológicas podrían aumentar, especialmente si las políticas de «America First» o el nacionalismo económico resurgen bajo las futuras administraciones estadounidenses.
Un lugar para Europa
El mundo cambia a una velocidad inesperada, la historia avanza al galope y no da descanso ni siquiera a los más distraídos y perezosos. La desorientación, e incluso un nivel de miedo, son estados mentales extendidos: cada uno lo percibe en las conversaciones cotidianas. No hacen falta politólogos ni filósofos, basta un amigo en el bar para saber que se mira el presente con desconcierto y el futuro con recelo.
¿Existe todavía el concepto político-estratégico de Occidente en el que crecieron las últimas generaciones de occidentales? ¿Qué pasará con Europa, que hoy parece el clásico jarrón de barro entre dos jarrones de hierro, lleno de bombas atómicas? ¿Sobrevivirá el modo de vida europeo a esta presión, que pone en tela de juicio lo que banalmente llamamos democracia, es decir, la separación de poderes, la igualdad de derechos y deberes para todos, la libertad religiosa y el Estado laico, la misma dignidad y serenidad para quienes están en el gobierno y quienes se oponen a él?
Y si las autocracias hablan con sencillez y claridad (y hablan falsamente a su antojo, gracias a la constante falsificación tecnológica de la realidad), ¿qué lenguaje tendrá que adoptar Europa para que su voz no sólo sea audible, sino también fuerte, convincente y seductora al menos tanto como la voz de sus enemigos?
Sigue la guerra cultural
Un factor que no puede ser soslayado es la guerra cultural: una confrontación entre progresistas y reaccionarios. La llegada de Trump al poder reactivó este debate, escribe Carlos A. Mutto en el diario La Nación.
“Was ist Aufklärung? (¿Qué es el Iluminismo?) Esa inquietante interpelación, que estremece al mundo intelectual desde hace dos siglos y medio, tuvo un nacimiento humilde, como todas las grandes aventuras del ingenio humano. Apareció por primera vez en diciembre de 1783 en un modesto pie de página de un artículo publicado por el pastor Johann Friedrich Zöllner en el Berlinische Monatsschrift, órgano oficioso de la Mittwochsgesellschaft (Sociedad de los Jueves), que operaba como un cenáculo de sabiduría impulsado por Federico el Grande para acelerar la transición de Prusia a la modernidad”, arranca el autor.
“El prestigioso teólogo protestante jamás se hubiera atrevido a imaginar la explosión en cadena que desencadenaría ese interrogante en un comentario que solo pretendía responder al autor anónimo de un artículo que había salido dos meses antes en el mismo Monatsschrift, apoyando la adopción del matrimonio civil. Una libertad de esa índole, advertía la respuesta, podría favorecer uniones “celebradas fuera de la competencia de las iglesias e incluso entre personas de diferentes confesiones”. Lógica secuela de las “teorías desconcertantes” que “circulaban en nombre del iluminismo”, la propuesta podría llegar, incluso, a representar una “amenaza para los intereses del Estado”, agrega.
Todo se está circunscribe a un enfrentamiento entre progresistas (marxistas, comunistas, zurdos o wokes) y conservadores (reaccionarios, retrógrados, derechistas o fascistas).
Y subraya Mutto que “los 242 años transcurridos no alcanzaron a resolver el duelo entre iluminismo y oscurantismo, que es un debate mucho más profundo y esencial que las discordias ideológicas que estremecieron a Occidente desde ese momento. La Biblia, aunque sirva sólo como referencia histórica, remite al origen de los tiempos esa lucha perpetua entre luz y penumbra, que revistió formas diferentes en el curso de las diferentes épocas”.
“Ese enfrentamiento milenario sufre una nueva aceleración con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, con su aspiración de imponer nuevos dogmas, impugnar avances científicos y desintegrar ciertas formas de convivencia pactadas por las diversas generaciones para coexistir en un marco de mínima armonía”, sustenta Mutto.
Sostiene este periodista y experto en inteligencia económica, “no es casual, sin duda, que el Iluminismo —también conocido como Ilustración o Siglo de las Luces— haya surgido casi 100 años antes del interrogante planteado por Zöllner. El movimiento promovido por los sectores más dinámicos de la época pretendía responder a los desafíos e incertidumbres que planteaba a un mundo ávido de conocimientos esa profusión de descubrimientos, invenciones y cambios que bullía en toda Europa, transformada en probeta experimental. El fenómeno llegó incluso a Rusia, donde la zarina Isabel abrió las puertas de los salones culturales de San Petersburgo a Voltaire, Diderot y parte de la intelligentsia europea de la época”.
En la actualidad todo se está circunscribiendo a un enfrentamiento entre progresistas (marxistas, comunistas, zurdos o wokes) y conservadores (reaccionarios, retrógrados, derechistas o fascistas). Aunque se trata de definiciones reduccionistas, solo sirven para entender sus posiciones y aversiones.
El vicepresidente estadounidense, J. D. Vance, leyó el 14 de febrero un discurso en la Conferencia de Seguridad de Múnich dando a conocer la visión de Trump para Europa y pidió que se levante el “cordón sanitario” que impide el acceso de fuerzas neonazis al poder.
Esto coincide con los esfuerzos del Kremlin para crear una fuerza de extrema derecha en cada país europeo para operar como colchón de protección frente a la OTAN a la que Vladimir Putin considera la mayor amenaza para los intereses estratégicos rusos.
Independientemente de los riesgos que plantean las amenazas de EE.UU. (salirse de la OTAN y suscribir un acuerdo bilateral con Rusia para acabar la guerra de Ucrania sin la participación de Kiev y de Europa), la coincidencia entre Washington y Moscú introduce un cambio de equilibrios en Europa desde 1945.
Vance quiso dar una lección a los europeos sobre el significado de principios esenciales, como la libertad de expresión, los riesgos de la ideología nazi y el funcionamiento de la Unión Europea (UE). Vance y Musk coinciden con las tesis del ideólogo de la extrema derecha rusa, Alexandr Duguin.
“Esa movilización sugiere que, igual que en el terreno militar, preparativos de esa índole suelen marcar el comienzo de un nuevo conflicto. El único riesgo reside en que, como demuestran los antecedentes de 1917 en Rusia y 1930 en Alemania, los europeos saben por experiencia que las guerras culturales son siempre el preludio de desatinos incontrolables”, concluye Mutto.