jueves, abril 23, 2026

The Liberation Day

Los compromisos entre Trump y las grandes transnacionales condicionarán las decisiones finales en la guerra arancelaria.

Por: Julio Oleas-Montalvo

Uno de los problemas clave hoy en día es que la política es una desgracia. La gente buena no entra en el gobierno

Donald Trump
(https://bit.ly/4lKBNMr).

El 2 de abril de 2025 el presidente Trump anunció el cambio más radical de la política comercial estadunidense desde la segunda guerra mundial -y consecuentemente, el abandono del sistema regulado por la Organización Mundial de Comercio. Lo que Trump calificó como un día de liberación, The Economist lo consideró el producto del “vandalismo sin sentido del presidente” y “el error económico más profundo, dañino e innecesario de la era moderna”.

El líder del Partido Republicano anunció aranceles de 10% sobre todos los bienes importados. Pero para la Unión Europea (UE) los fijó en 20%, para la India 27%, para Japón 24% y Vietnam 46%. China recibió un adicional de 34%, con lo que su tasa arancelaria general debía subir a 65%. Los aranceles punitivos impuestos a las industrias automotor y siderúrgica (25%) no recibieron más castigo. Las importaciones desde México y Canadá que no cumplan el T-CAM (Tratado de libre comercio Canadá, Estados Unidos y México) pagarían 25%, como ya se había anunciado.

Las reacciones fueron inmediatas, en los mercados financieros y en las calles. En todas partes los índices bursátiles reportaron caídas inusuales. Al mismo tiempo la onza troy de oro alcanzó los 3.167 dólares –su mejor rendimiento trimestral desde 1986. El sábado 5 de abril se reportaron unas 1.200 manifestaciones de rechazo. En la Explanada Nacional de Washington D.C. protestaron alrededor de 20.000 personas. En los 50 estados de la unión americana, en México y Canadá participaron unos 150 grupos de activistas. En Berlín, París y Londres también hubo manifestaciones. La científica biomédica Terry Klein representa la motivación central de esta amplia movilización. Klein viajó desde Princeton hasta Washington D.C. para protestar contra las políticas de Trump, «desde la migración hasta los aranceles, el DOGE [Department of Government Efficiency] y la educación. Es decir, nuestro país entero está bajo ataque, todas nuestras instituciones, todas las cosas que hacen de América lo que es» (https://bit.ly/3FYh8nC).

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sostiene una orden ejecutiva firmada en la Oficina Oval de la Casa Blanca en Washington, Estados Unidos, el 31 de enero de 2025. Foto: Reuters / Carlos Barria

Entre el 7 y el 12 de abril, tras disiparse la pirotecnia arancelaria, se aclaró el panorama: (1) Las escaladas arancelarias protagonizadas por EE. UU. y China confirmaron el objetivo central de Trump: contener el avance de China y aislarla. (2) Se evidenció que todo el desconcierto levantado para ese propósito central podía ser aprovechado por la oligarquía cercana a Trump: un claro ejemplo de crony capitalism (sistema económico en el que empresas y personas con conexiones políticas tienen ventajas injustas). (3) Los compromisos entre Trump y las grandes transnacionales condicionarán las decisiones finales en la guerra arancelaria. (4) El daño causado al orden internacional, que ya parece irreversible, podría ser atenuado, como se desprende de la visita del presidente del gobierno español Pedro Sánchez a Xi Jinping.

Los teóricos de la liberación

Trump parece convencido de que el comercio beneficia más a los países capaces de vender en los mercados externos impidiendo al mismo tiempo el ingreso de productos extranjeros al mercado interno. Se trataría de un juego en el que necesariamente hay ganadores y perdedores, pero no por la desigualdad de los intercambios, sino por el resultado contable. Es aventurado suponer que se trate de un presidente mercantilista, dados sus antecedentes. Sin embargo, ¿quién o quiénes han elaborado la idea de que es posible reconstruir el marchito poderío industrial norteamericano, irremediablemente afectado de casi medio siglo de globalización, mediante el conjuro arancelario del día de la liberación?

La prensa internacional señala a Peter Navarro, asesor principal en materia de comercio y manufactura. Doctorado en economía por la Universidad de Harvard y profesor de la Universidad de California, Navarro comenzó su carrera política militando en el partido demócrata, para luego emigrar al partido republicano. Ha escrito tres libros sobre China (Las próximas guerras chinas, Death by China y Tigre agazapado). Trump le encargó implementar los aranceles impuestos a los productos chinos en su primer periodo. Por negarse a colaborar con las investigaciones sobre la toma del Capitolio, fue condenado por desacato y encarcelado durante cuatro meses en una prisión federal. Entrevistado por la CNBC, dijo que «vamos a llegar a un punto en el que Estados Unidos vuelva a fabricar cosas, los salarios reales suban y los beneficios aumenten» (https://bit.ly/4lnbP10).

Navarro es un personaje que comulga activamente con el proteccionismo profesado en el círculo de confianza de Trump. Sus ideas han sido asimiladas por el vicepresidente J.D. Vance, quien, invitado al American Dynamism Summit realizado en Washington DC el 18 de marzo de 2025, aprovechó la ocasión para explicar las motivaciones y objetivos de la política económica del presidente (https://bit.ly/41Sc3pq).

Vance fijó como tema de arranque de su intervención el proceso de desindustrialización estadounidense, fenómeno que acarrea riesgos para la seguridad nacional y para la fuerza de trabajo. El resultado neto ha sido la desposesión de muchos procesos productivos. «Y cuando desaparecen nuestras fábricas y los trabajos que se requerían en ellas van al extranjero, los obreros americanos se ven enfrentados a la inseguridad financiera y a una profunda pérdida de identidad personal y comunitaria».

Trump parece convencido de que el comercio beneficia más a los países capaces de vender en los mercados externos, impidiendo al mismo tiempo el ingreso de productos extranjeros al mercado interno.

En opinión del vicepresidente, los gobiernos de los últimos 40 años le han fallado a la población y a los empresarios por dos razones. «La primera, por asumir que podemos separar la manufactura y el diseño de una cosa. Con la globalización se suponía que los países ricos se moverían más arriba en la cadena de valor, y dejarían las cosas simples a los países pobres. Al abrir la caja de un IPhone se lee «diseñado en Cupertino, California». Pero pudo ser manufacturado en Shenzhen o en cualquier otro lugar. Algunas personas habrían perdido su trabajo y debieron aprender a programar. Pero creo que lo entendimos mal […] hemos asumido que otros países siempre nos seguirán en la cadena de valor, pero resulta que, conforme perfeccionaban la parte baja de la cadena, comenzaron a incursionar en la parte superior».

La segunda razón es que el «trabajo barato es básicamente un bastón o una muleta que inhibe la innovación. Hasta podría decir que es como una droga a la que se han hecho adictas muchas empresas estadunidenses. Es más fácil abaratar el costo de producción haciéndola con trabajo barato que innovándola. Al hacer offshoring en países con salarios bajos o al importar mano de obra barata valiéndonos de nuestro tramposo sistema migratorio, el trabajo barato se ha convertido en la droga de las economías occidentales».

Vance propone incentivar el cambio tecnológico «porque en el largo plazo es la tecnología la que incrementa el valor del trabajo […] la innovación es la clave para ganar la competencia de la manufactura mundial, para dar a nuestros obreros un trato justo, y recuperar la gran industria americana. Es la innovación lo que […] protege nuestra patria –sé que aquí están varias empresas tecnológicas militares– y lo que salva la vida de nuestros soldados en los campos de batalla».

Y continúa: «Nuestro objetivo es incentivar la inversión dentro de nuestras fronteras, en nuestros propios negocios, con nuestros propios obreros, y con nuestra innovación. No queremos gente buscando mano de obra barata. La queremos invirtiendo y construyendo aquí, en los Estados Unidos de América. [Con este propósito] el presidente Trump ha comenzado una muy seria reorganización del régimen comercial internacional. Creemos que los aranceles son una herramienta necesaria para proteger nuestro empleo y nuestras industrias, así como el valor de nuestra mano de obra en un mercado globalizado. En combinación con la tecnología apropiada, esto nos permitirá traer de vuelta el empleo a los Estados Unidos…».

«En segundo lugar, esta es la razón por la cual el presidente Trump está enfrentando tan agresivamente el problema de la migración ilegal; él sabe que el trabajo barato no es un sustituto apropiado de las ganancias de productividad generada por la innovación…»

«[C]reo que el objetivo fundamental de la política económica del presidente Trump es deshacer 40 años de política económica fallida. Durante demasiado tiempo hemos sido adictos al empleo barato, tanto al del extranjero como al importado –y nos hemos hecho perezosos. Hemos sobrerregulado nuestras industrias en lugar de apoyarlas. Hemos abrumado con impuestos a nuestros innovadores, en vez de facilitarles su trabajo dentro de los Estados Unidos de América», concluyó.

Al contrastar este discurso con la pirotecnia arancelaria surgen muchas dudas. Vietnam ha sido castigado con un arancel de 46% (Tabla 1). Allí, entre tantas otras, la empresa Nike (calzado y ropa deportiva) tiene 130 fábricas con decenas de miles de empleados (trabajo barato, como dice Vance). El día de la liberación sus accionistas perdieron 7% de valor de mercado. Como van las cosas en el segundo mandato de Trump, ¿qué incentivos serían necesarios y suficientes para que Nike reinstale sus fábricas en Estados Unidos?

Si todo el IPhone se elaborara en EE.UU. su precio subiría 43%, de forma que un IPhone 16E que cuesta 599 dólares costaría 856 dólares y un IPhone 16pro, que cuesta 1.599 dólares, llegaría a costar 2.300 dólares.

Las empresas triunfadoras de la globalización han deslocalizado sus procesos productivos aprovechando la liberalización comercial y financiera garantizada en los tratados de libre comercio y de protección de las inversiones –las reglas del juego pisoteadas el 2 de abril. El IPhone de Apple contiene chips fabricados en Taiwán; baterías, memoria y pantallas fabricadas en Japón y Corea del Sur; los giroscopios provienen de Europa central; y los minerales raros se extraen de África. Todos estos componentes se ensamblan en China, según el diseño y la tecnología ideada en Cupertino, California. Intervienen más de 200 empresas regadas en 40 países. Si todo el IPhone se elaborara en EE. UU. su precio subiría 43%, de forma que un IPhone 16E que cuesta 599 dólares costaría 856 dólares y un IPhone 16pro que cuesta 1.599 dólares llegaría a costar 2.300 dólares. Un Xiaomi 15 versión premium, el top of the line de esa marca china, diseñado y ensamblado en un solo país, tiene un precio de 1.100 dólares en China o 1.600 dólares en la UE.

La normativa imperial

El diagnóstico cuantitativo de la condición en la que se encuentra la balanza de bienes estadunidense es crítico: en 2024 el déficit llegó a 1,2 millones de millones de dólares (el déficit de cuenta corriente fue de 918.400 millones de dólares, lo que evidencia la gran presencia norteamericana en el comercio de servicios). Esto representa un aumento de 17% con respecto a 2023. Con China el déficit comercial alcanzó los 295.402 millones de dólares, y con la Unión Europea llegó a 235.600 millones de dólares. Más allá de la lectura contable de estos resultados, lo que en el fondo expresan es el profundo fracaso estadunidense en el orden mundial auspiciado por ellos mismo, desde la postguerra.

En estas circunstancias, una intervención drástica era imperativa. Pero hay formas y formas de intervenir. La fórmula empleada para calcular el arancel cobrado a los EE. UU. (Tariff Charged to the USA), que debía servir de base para determinar el ‘arancel recíproco’ (https://bit.ly/3E9LZgn) habría sido desarrollada por el U.S. Trade Representative:

El numerador (xi-mi) representa el valor del déficit comercial estadunidense con el país i. El denominador es el valor de las importaciones estadunidenses desde el país i (mi), multiplicado por una ‘elasticidad’, tal que ε= 0.25 y φ =4 (una constante igual a 1 para todos los países).

Entonces, para cada país con el que EE. UU. intercambia bienes y servicios, se tiene que

Que en realidad mide la brecha comercial entre dos países. Se trata de una medida del desequilibrio comercial, no de una medida de las barreras comerciales que el país i ha impuesto a EE. UU. Esta brecha será mayor mientras mayor sea la diferencia de lo que EE. UU. vende y compra al país i. El valor de mi incluye la valoración unilateral de cualquier otra barrera comercial y/o manipulaciones del tipo de cambio bilateral: una ‘caja negra’ mientras el U.S. Trade Representative no transparente la metodología empleada para calcular esos factores no arancelarios. Por ejemplo, los funcionarios norteamericanos consideran que el impuesto al valor agregado es una práctica de comercio desleal, cuando en realidad es un impuesto interno.

Para John Authers, analista de Bloomberg, este método de cálculo no tiene sentido (https://bit.ly/4jezQGp). La reciprocidad arancelaria no es más que la respuesta (arancelaria) de un país frente a los aranceles impuestos por otro país. No se necesita recurrir al alfabeto griego.

La cuantificación del desequilibrio comercial se presenta en la columna Arancel cargado a EE.UU. de la Tabla 1 (para un conjunto de países escogidos subjetivamente). El arancel, supuestamente recíproco, que debía cobrar EE. UU. a las importaciones de los países considerados (prácticamente todos, menos Rusia), consta en la columna ‘Nuevo arancel de EE. UU.’ La primera columna presenta el porcentaje de participación en el total importado, de cada país considerado. Ningún país de América del Sur participa con más de 1% de las importaciones totales, salvo Brasil. Canadá y México no han sido considerados, pues constituyen una notoria excepción: son los únicos que resultaron, al menos parcialmente, amparados por un tratado de libre comercio. En los demás casos, los tratados comerciales han sido presa de la colosal inseguridad jurídica que tiene un solo responsable. Y la columna del extremo derecho trae una cuantificación –en porcentaje– de la magnanimidad de Trump, pues si el nuevo arancel fuera el resultante de la fórmula, sería el fijado en la columna ‘Arancel cargado a EE. UU’. Es interesante notar que con la gran mayoría de países del ‘patio trasero’ no ha sido magnánimo, excepto con Venezuela y Guyana, los más importantes productores de petróleo de la región. En conclusión, la conferencia de prensa del 2 de abril pasado en el jardín de las rosas de la Casa Blanca, poco tuvo que ver con reciprocidad arancelaria. Fue, más bien, un espectáculo efectista.

Horas después de su anuncio, Trump se vanagloriaba de que 75 países, desesperados, ya habían pedido negociar vis a vis. Pero la magnitud de la reacción de las bolsas de todo el mundo lo obligó a prorrogar por 90 días los nuevos aranceles, nivelándolos al 10% para todos, excepto para China, quien, por atreverse a responder, recibió un castigo adicional.

Este último fue el único caso de verdadera reciprocidad arancelaria, fijada alrededor del 125%. Pero duró íntegro poco más de una semana. La tarde del viernes 11 de abril la U.S. Custom and Border Pretection –una agencia del gobierno, no el jefe del ejecutivo– exceptuó en forma general del pago de ‘aranceles recíprocos’ a los teléfonos inteligentes, computadores, chips de memoria, pantallas planas y otros aparatos electrónicos, lo que constituyó un indulto significativo, incluso si fuese temporal, para los fabricantes globales de tecnología. Esta exclusión cubre casi 390.000 millones de dólares de importaciones (cifras de 2024), de los cuales 101.000 millones corresponden a China. Este retroceso es un triunfo de las empresas tecnológicas globales que en los últimos meses habían presentado a Trump enormes compromisos de gasto. También «…es un gran orificio en la pared arancelaria de EE. UU. que ahorrará shocks de precios a empresas clave como Apple y a los consumidores de laptops y celulares», como comentó Gerard Di Pippo, director asociado de Rand China Research Center (https://bit.ly/43XFMyJ).

Resultados esperados del liberation day

El año 2025 será recordado en el futuro como se recuerda hoy a 1945, 1989 o 2008. En 1945 finalizó la segunda gran guerra y comenzó a perfilarse el orden mundial de postguerra. 1989 fue el año de inicio del fin del socialismo real y el estreno de un mundo unipolar. En 2008 terminó la globalización impulsada por el cambio tecnológico y el capital financiero, pero sobrevivió, aunque aletargado, el orden económico neoliberal. En 2025 parece derrumbarse uno de los pilares de ese orden económico: el libre comercio, y con él, el espacio multilateral de negociaciones y la institucionalidad que lo gestionaba. Cómo se reordenará el mundo en el futuro mediato es una incógnita apremiante en esta coyuntura. Aunque la visita de Pedro Sánchez a la China sugiere que no todo está perdido para el multilateralismo y el comercio basado en reglas. Por su lado el secretario del Tesoro estadunidense criticaba este acercamiento, diciendo que sería como «cortarse el cuello».

Trump ha ofrecido liberar de la competencia externa a la industria estadunidense, elevando los costos de los bienes importados. Quiere obligar a las empresas extranjeras a invertir y trabajar en EE.UU., en lugar de exportar a EE. UU. Y de esta manera reducir el enorme déficit comercial. Esto no funcionará por varias razones. Si bien es de esperar que los países exportadores de bienes agrícolas con baja participación en las importaciones totales de EE. UU. querrán negociar, otros preferirán ejercer represalias: la UE ha anticipado aranceles que afectarán unos 28.000 millones de dólares de importaciones norteamericanas por los aranceles al acero y aluminio. China ya ha puesto 22.000 millones de dólares a las importaciones agrícolas norteamericanas. Canadá ha aplicado más de 40.000 millones de dólares a importaciones norteamericanas, desde el alcohol hasta el aluminio.

En segundo lugar, el comercio estadounidense ya no es el que más contribuye al crecimiento del comercio mundial. Ese puesto lo ocupa la UE con 29%, seguido de los BRICS con 17,5% liderados por China con 12%, mientras que EE.UU. tiene 10,35% del comercio mundial. Con esta distribución no sería improbable que en el mediano plazo EE. UU. pueda ser reemplazado por otros países. EE.UU. tiene el poder militar más grande del mundo (gasta más que la suma del gasto militar de los 10 países con el mayor presupuesto militar que le siguen). Pero China es el país con la industria manufacturera más poderosa del mundo, mayor que las industrias sumadas de los 8 países que le siguen, según la más reciente información de la OCDE (Gráfico 1).

  1. EE.UU. es el mayor exportador de servicios, pero el comercio de servicios solo representa el 20% del comercio total mundial. En opinión de Michael Roberts, editor del blog The Next Recession, «La globalización ha acabado y con ella la posibilidad de superar las crisis económicas nacionales a través de exportaciones y flujos de capital extranjeros» (https://bit.ly/42wH9lE).

Las políticas proteccionistas nunca han podido restaurar economías internas estancadas, como es el caso de la economía estadounidense. La Ley Hawley-Smoot de junio de 1930 (afectó a unos 20.000 productos con aranceles que promediaron el 20%) no causó la Gran Depresión de la década de 1930, pero sí contribuyó a contraer la economía y a contagiar a todo el mundo de un profundo recelo y desconfianza: hasta 1934 el comercio mundial se había reducido más del 60%.

Según Maurice Obstfeld, del Peterson Institute for International Economics, es un mito que el estatus del dólar como la principal moneda de reserva internacional obligue a EE. UU. a tener déficits comerciales para suministrar dólares a los acreedores extranjeros. Argumenta que es la situación interna la que ha provocado los déficits comerciales. Los consumidores, las empresas y el gobierno han comprado más de lo que han vendido en el extranjero y lo han pagado aceptando capital extranjero. El déficit no es consecuencia del ahorro excesivo de China o Alemania, sino de la falta de inversión en activos productivos en EE. UU. Por lo que los aranceles de importación «no mejorarán la balanza comercial ni, en consecuencia, necesariamente crearán empleos en el sector manufacturero». Lo que sí provocarán es la subida de precios para los consumidores y penalizarán a las empresas exportadoras.

Los aranceles de Trump, en opinión de Roberts, solo presionarán al alza a la inflación y elevarán las probabilidades de una recesión. De hecho, el valor de las acciones de los ‘siete magníficos’ (Apple, Microsoft, Alphabet, Amazon, Google, Nvidia, Meta y Tesla) ya estaba a la baja desde diciembre de 2024.

En resumen:

1. Las medidas arancelarias de Trump impactarán negativamente a todos los países del sur. El más vulnerable es el país más cercano y con el mayor intercambio comercial con EE. UU.; el menos vulnerable es Uruguay, en el otro extremo, tanto comercial como geográficamente (Gráfico 2).

2. Los aranceles se aplican a las importaciones de bienes, no a las de servicios. Si se consideraran estas últimas, desaparecería el déficit de EE. UU. con la UE, que justifica un arancel de 20% (véase Tabla 1).

3. Los aranceles aumentarán los precios. Los consumidores norteamericanos sufrirán la peor parte (en alimentos básicos y bienes esenciales que no produce EE. UU.). Los hogares de menores ingresos serán los más afectados.

4. La industria estadounidense enfrentará costos más altos de bienes intermedios, maquinaria y equipo, lo que contrarrestará cualquier ventaja marginal por la reducción de la competencia extranjera.

5. Si se extienden las represalias de los países grandes, caerán las exportaciones norteamericanas en una espiral incontrolable (la ‘espiral de Kindleberger’, ya iniciada por Trump frente a la retaliación de China).

6. Si no se revierten los aranceles, el PIB real norteamericano podría reducirse hasta en 2% en este año, y la inflación podría llegar al 5%.

7. «La caída del crecimiento del comercio por los aranceles, concluye Roberts, conducirá a una caída de los flujos de capital internacional, debilitando la inversión y el crecimiento económico a nivel mundial».

Los aranceles de Trump provocarán inmediatamente un incremento de precios al consumo estadounidense de vehículos, electrodomésticos, prendas de vestir, bicicletas, vinos y licores. No es alta la probabilidad de que en el mediano plazo EE. UU. recupere los empleos y la inversión en plantas manufactureras. Lo que sí es bastante probable es el inicio de una recesión, en EE. UU. y en otros países, como lo anticipó Kenneth Rogoff, catedrático de Harvard y ex economista del FMI.

Julio Oleas-Montalvo

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