lunes, abril 6, 2026

Desigualdad vs. democracia

El cierre de brechas prometido desde hace cuatro décadas por la globalización del capital no ha ocurrido, pues la desigualdad entre países se encuentra en su nivel histórico más alto. Los países que conforman lo que hoy se denomina Sur Global están más lejos que nunca del nivel alcanzado por los del Norte Global.

Por: Julio Oleas-Montalvo

La democracia es el proceso que garantiza que no seamos gobernados mejor de lo que nos merecemos

George Bernard Shaw

«Se dice que la democracia es un régimen podrido, putrefacto y corrompido. ¿Qué régimen no lo es? La diferencia es que en democracia se puede denunciar la corrupción y se puede castigarla. El presidente más fuerte del mundo, me refiero a Nixon, fue juzgado por un juez desconocido, denunciado por un periodista y tuvo que dimitir. Esto es muy admirable…»  decía en 1977 Ernesto Sábato, presidente de la CONADEP, la comisión investigadora de las violaciones a los derechos humanos ocurridas en Argentina entre 1976 y 1983, y autor de El Túnel.

Hace poco la Corte Suprema norteamericana concluyó, por seis votos contra tres que, según la separación de poderes constitucional, «la naturaleza del poder presidencial requiere que un expresidente tenga cierta inmunidad contra el procesamiento penal por actos oficiales durante su mandato», aunque no tendría inmunidad por acciones no oficiales. Probablemente hoy Nixon ya no sería juzgado por cualquier juez, como cualquier ciudadano.

En estos días parece natural que una de las personas más adineradas del mundo, simpatizante de Donald Trump, Jair Bolsonaro y Javier Milei, acepte batirse a trompadas con el tambaleante autócrata venezolano. Como casi todos los multimillonarios, Elon Musk cree que los problemas que aquejan a la democracia se deben a la proliferación de gobiernos populistas —o de izquierda, que vendrían a ser lo mismo—. La pobreza es una consecuencia del populismo, sostienen. Esta narrativa encubre el poder de las élites económicas y oculta una de las principales causas de la degradación de la democracia.

La desigualdad polariza, anula valores primordiales de las sociedades occidentales y faculta a una parte minúscula de ellas a acaparar los poderes político, económico e ideológico. Si por un lado después de la pandemia la pobreza avanza, por otro un puñado de personas acumula fortunas inimaginables. En sociedades cada vez más heterogéneas la capacidad de Musk para viajar al espacio no se parece en nada a la precaria capacidad de una familia de migrantes venezolanos tratando de atravesar el Darién.

Conforme las desigualdades se enseñorean del mundo, las sociedades pierden cohesión, a despecho de las sensiblerías woke. La próxima elección será, en cualquier país del llamado mundo libre, la mejor oportunidad para entronizar a un nuevo Ortega, o a un nuevo Bolsonaro. En el norte y en el sur la democracia se achata, convirtiéndose en un membrete vacuo y manipulable que otorga legalidad sin ninguna legitimidad.

El club de los milmillonarios

Con corte al 8 de marzo de 2024, Forbes publicó una lista de 2 781 milmillonarios (personas con fortunas de al menos 1 000 millones de dólares), que representan alrededor de 0.00000003% de la población mundial, pero cuyos patrimonios suman 14,2 millones de millones de dólares. Con una metodología diferente, Americans for Tax Fairness informó en julio pasado que la riqueza de los mil millonarios norteamericanos sumaba seis millones de millones de dólares. Esta cantidad duplica la estimada por esa ONG antes de los recortes tributarios dispuestos en 2017 por el presidente Trump y es más grande que el PIB de cualquier país, excepto EE. UU. y China.

Las mayores fortunas se encuentran en EE.UU. 41 de los 100 más acaudalados mil millonarios del mundo son norteamericanos; seis son franceses (incluido el número uno, Bernard Arnault, principal del emporio LVMH, con 233 000 millones de dólares); y China e India tienen ocho cada una.

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Entre los 100 primeros solo aparecen tres milmillonarios sudamericanos: dos brasileños y una chilena. Pero en la lista completa constan 86. Brasil es, de lejos, el país con el mayor número (68). Bolivia, Ecuador, Paraguay y Perú carecen de representantes en este club, lo que no significa que en esos países no haya multimillonarios.

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A los milmillonarios no les hace falta votar para expresar sus preferencias políticas. Tienen capacidad –que no tiene el ciudadano común– para manipular sectores económicos enteros, e incluso países; pueden definir los términos de la discusión pública, controlar las políticas públicas y elegir candidatos subordinados a sus contribuciones de campaña. Leyes electorales más estrictas podrían disminuir su desproporcionada influencia política. Sin embargo, la forma más directa de contrapesar ese poder es recuperar estructuras tributarias progresivas. Pero tras cuatro décadas de sistemática desestructuración de los movimientos populares, en aras de la liberalización de la inversión privada, los multimillonarios son la única fuerza política, de alcance internacional, cohesionada y dispuesta a proseguir la carrera mundial hacia el cero absoluto de los impuestos directos.

A los milmillonarios no les hace falta votar para expresar sus preferencias políticas. Tienen capacidad —que no tiene el ciudadano común— para manipular sectores económicos enteros, e incluso países; pueden definir los términos de la discusión pública, controlar las políticas públicas y elegir candidatos subordinados a sus contribuciones de campaña.

La escasa información sobre las grandes fortunas mundiales proviene de revistas y entidades privadas (Forbes, Bloomberg, Fortune, Credit Suisse) y no de los gobiernos. En esta atmósfera de opacidad destaca la República China que, según Forbes, ocupa el segundo lugar en el número de mil millonarios luego de EE.UU. En el 2020, la revista Fortune enlistó a 124 empresas chinas entre las 500 corporaciones más grandes del mundo (frente a 121 norteamericanas). Más del 70% de ellas son públicas, dirigidas por la Comisión Estatal para la Supervisión y Administración de los Activos del Estado (SASAC, por sus siglas en inglés). La SASAC fue creada en 2003 por el Congreso General del Partido Comunista Chino (PCCh) para actuar a nombre del Estado como un inversionista particular, algo así como el CEO del holding… ¿más grande del mundo? Nominalmente, el dueño de estas empresas es el Estado, que además es el propietario de toda la tierra y del sistema bancario.

El Estado –incluso el chino– es una entelequia; el holder (el propietario) de esas empresas, bancos y tierras es el PCCh, partido-Estado con unos 95 millones de afiliados. El PCCh controla a los líderes del holding, todas las funciones de gobierno, escuelas, hospitales y las organizaciones sociales. En China no hay libertad de prensa, el gobierno controla el Internet y las universidades; persigue a las comunidades religiosas y reprime a los defensores de los derechos humanos. La República Popular China es considerada un milagro económico inigualable, pero también es una civilización-Estado absolutamente antidemocrática.

La pirámide de las desigualdades

El 25 de febrero de 2021 el presidente Xi Jinping declaró que la incidencia de la pobreza absoluta en las áreas rurales de la República China, de 88,3% registrada en 1981 (unos 878 millones de personas, con una línea de pobreza establecida por el Banco Mundial en 1,9 dólares/día), se había reducido en 2015 a 0,7% (unos 9,7 millones de personas). Con este elaborado argumento, el PCCh se arrogó el mérito de haber (casi) eliminado la pobreza.

En abril de 2024, el Banco Mundial anunció que en todo el mundo vivían bajo la línea de pobreza extrema, fijada en 2,15 dólares/día, unas 712 millones de personas, en especial en el África subsahariana (cifra correspondiente a 2022).

Las metodologías para medir la pobreza son variadas y complejas. EE.UU. genera una de las mediciones más acuciosas. Para 2022 la tasa oficial de pobreza del United States Census Bureau fue de 11,5%, equivalente a 37,9 millones de personas. En América Latina y el Caribe, la CEPAL anunció que más de 180 millones de personas no contaban con ingresos suficientes para cubrir sus necesidades básicas, y entre ellas, 70 millones no tenían ingresos para adquirir una canasta de alimentos básica.

Ninguna de estas cifras es comparable, pero siguiendo al Banco Mundial se constata que la reducción de la pobreza se lentificó desde 2015 y, tras la pandemia, la cifra de 2022 contiene 23 millones más de pobres que la de 2019. Hoy es imposible alcanzar el primer objetivo de desarrollo sostenible (poner fin a la pobreza hasta 2030). Para reducirla es indispensable abordar, dice esa entidad, «los desafíos mundiales interrelacionados, como el lento crecimiento económico, la fragilidad y los conflictos, y el cambio climático»

Un crecimiento económico más acelerado genera más ingresos y hace más factible evitar medidas populistas distributivas o redistributivas. Pero resulta que, a mayor crecimiento, más necesidad de quemar combustibles fósiles que producen más CO2 que causa el efecto invernadero y contribuye al cambio climático. En el largo plazo, la solución del Banco Mundial contra la pobreza es paradójica: cuando ya no haya pobres, probablemente el mundo ya no será habitable.

En abril de 2024, el Banco Mundial anunció que en todo el mundo vivían bajo la línea de pobreza extrema, fijada en 2,15 dólares/día, unas 712 millones de personas, en especial en el África subsahariana (cifra correspondiente a 2022).

El Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) prefiere abordar la pobreza como parte de un fenómeno mayor: la desigualdad. Hablar de desigualdad implica que los mil millonarios también son un problema para la sociedad, mientras que las líneas de pobreza solo problematizan las consecuencias de la carencia de ingresos. Las líneas de pobreza del Banco Mundial son umbrales de ingresos monetarios (flujos) fijados con criterios ad-hoc. No evalúan las desigualdades de ingresos y omiten tratar las desigualdades de la riqueza (stocks). En su último informe sobre el tema, el PNUD hace una afirmación asombrosa: «Las desigualdades globales parecen ser tan pronunciadas hoy como lo fueron al comienzo del siglo XX, en el momento culminante del imperialismo occidental» (World Inequality Report 2022).

El mundo está signado por una aguda desigualdad de ingresos y por una de desigualdad de la riqueza más aguda: si el 50% de la población mundial solo capta el 8% de los ingresos mundiales, ese mismo grupo apenas posee el 2% de la riqueza. En el otro extremo, el 1% más acaudalado capta el 19% de los ingresos mundiales, pero posee el 38% de toda la riqueza del mundo.

El cierre de brechas prometido desde hace cuatro décadas por la globalización del capital no ha ocurrido, pues la desigualdad entre países se encuentra en su nivel histórico más alto. Los países que conforman lo que hoy se denomina Sur Global están más lejos que nunca del nivel alcanzado por los del Norte Global. El ingreso promedio global en 2021 era de 14 153 dólares (100%), pero en el África subsahariana era apenas 31% del promedio global y en América Latina 82%, mientras que en Europa era 215% y en América del Norte 315%, es decir más de tres veces el ingreso promedio mundial. La desigualdad de la riqueza entre las regiones del mundo es mayor: en el África subsahariana es menos de una quinta parte que el promedio mundial y en América Latina llega a la mitad, mientras que en Europa la riqueza es más del doble y en América del Norte casi cuatro veces el promedio mundial.

Las desigualdades económicas resultantes de la distribución del ingreso y la riqueza son determinantes de muchas injusticias sociales (como el desigual acceso a salud, educación y energía) y ecológicas. A su vez estas últimas toman diversas formas: acceso desigual a recursos naturales, desigual exposición a la contaminación y a las catástrofes inducidas por el uso insostenible de los recursos y desigual contribución a la degradación ambiental.

Según el PNUD, en 2021 la humanidad emitió 50 000 millones de toneladas de CO2. La quema de combustibles fósiles representó cerca de 75% de ese total, 12% la agricultura, 9% la industria y 4% los desperdicios. Las emisiones por persona y por región siguen un patrón de desigualdad similar a la desigualdad económica. El domingo 11 de febrero de 2024 se realizó la final del campeonato de futbol americano, el famoso Super Bowl. Luego del triunfo de los Kansas City Chiefs, despegaron de Las Vegas 525 aviones de multimillonarios que acudieron a esa final. En una hora un jet privado puede emitir dos toneladas de CO2. El vuelo más corto duró menos de media hora y habría emitido casi media tonelada de CO2; el más largo estuvo en el aire 13 horas 20 minutos y habría emitido más de 26 toneladas de CO2 hasta llegar al sur de Japón.

No solo el factor económico genera desigualdades. La cultura, las instituciones, la educación y la religión también las provocan. Según Theresa Neef y Anne-Sophie Robilliard, en 1990 las mujeres ganaban un 30% del ingreso global del trabajo, y en la actualidad ganan un 35%.

En 2019 la población con ingresos inferiores, que representa 50% de la población total mundial, emitió 1,6 toneladas de CO2 per cápita, es decir, menos de lo que un multimillonario emite en una hora de vuelo en su jet privado. En el extremo superior el 1% con mayores ingresos emitió 110 toneladas per cápita por año (Gráfico 5). De forma que la población con ingresos inferiores, es decir el 50% del total mundial, fue responsable de emitir 12% de las emisiones de CO2 totales de ese año, mientras que el 1% con mayores ingresos emitió 16,8% de la emisiones totales mundiales de 2019.

No solo el factor económico genera desigualdades. La cultura, las instituciones, la educación y la religión también las provocan. Según Theresa Neef y Anne-Sophie Robilliard, en 1990 las mujeres ganaban un 30% del ingreso global del trabajo, y en la actualidad ganan un 35%. Uno de los factores de esta baja participación en el ingreso del trabajo es la subrepresentación de la mujer en puestos altamente remunerados (Half the Sky? The Female Labor Income Share in a Global Perspective, 2021).

Con una metodología diferente, el PNUD encontró que en América del Sur el ingreso bruto de los hombres es en promedio 55% más alto que el de las mujeres. Los países más desiguales son Venezuela (90% más), Chile (63% más) y Argentina (56% más), mientras que los menos desiguales son Ecuador (34% más) y Bolivia (37% más) (Gráfico 7).

La desigualdad de género es un fenómeno multidimensional unido a otras desigualdades características de las diferentes regiones del mundo. El Cuadro 1 presenta varios indicadores de desigualdad de género en base al Human Development Report 2019 para tres regiones: América Latina, África Subsahariana, y Europa más Asia Central. Destaca la penosa situación de las mujeres africanas, víctimas de prácticas culturales y religiosas arcaicas y aberrantes, con niveles de pobreza relacionados con un neocolonialismo solapadamente vigente. Si alguna conclusión general pudiera extraerse de estos resultados, es que el combate a la desigualdad entre seres humanos fracasará si se lo reduce al ámbito monetario.

La ideología de la desigualdad

«En resumen, en términos de desigualdad y concentración de recursos y poder económico, el mundo actual es, y ha sido desde hace tiempo, como una Sudáfrica gigantesca», concluye el PNUD (World Inequality Report 2022), valiéndose del estudio de L. Chancel y T. Piketty (Global Inequality 1820-2020: The Persistence and Mutation of Extreme Inequality, 2021). Cabe preguntar, antes de abandonarnos a los designios del libre mercado o a las arbitrariedades del partido único, si la desigualdad es consustancial a la condición humana.

Platón (427 a.C.- 347 a.C.) creía que sí, al afirmar que «el tratamiento igual de los desiguales debe engendrar la iniquidad»; Aristóteles (384 a. c – 322 a. C) perfeccionó este enunciado: «igualdad para los iguales, desigualdad para los desiguales».

En los albores de la Ilustración, en 1651 Thomas Hobbes escribió el texto fundacional de la teoría política moderna: Leviatán. Fue de los primeros en enunciar la idea del estado de naturaleza, es decir la condición de la humanidad antes de la aparición de los gobiernos y las sociedades organizadas, estado de continuo conflicto de todos contra todos, en el que la vida era solitaria, pobre, desagradable, brutal y corta. Para Hobbes el ser humano es egoísta, por lo que cualquier progreso de la humanidad se debe a los mecanismos represivos de las sociedades complejas (gobierno, jueces, policía y burocracia). La desigualdad sería el precio a pagar por ese progreso.

Pero los antropólogos David Graeber y David Wengrow proponen, para reorientar la discusión, cambiar la pregunta «¿Cuáles son los orígenes de la desigualdad?» por «¿Cuáles son los orígenes de la pregunta acerca de los orígenes de la desigualdad?» (El amanecer de todo: una nueva historia de la humanidad, 2022).

Para responder regresan a 1754, cuando la Acádemie des Sciences, Arts et Belles-Letres de Dijon auspició un concurso de ensayo para indagar sobre el origen de la desigualdad entre los hombres, en un momento en el que Francia, monarquía por derecho divino, acababa de colonizar la región de los Grandes Lagos, la actual Nueva Escocia y la cuenca del río Mississippi. En esos lugares los franceses encontraron pueblos diferentes, y personas que se consideraban auténticamente libres e iguales.

A diferencia de Hobbes, Rousseau no creía que los seres humanos fueran egoístas y malos por naturaleza, ni que la sociedad política fuera la solución a la guerra de todos contra todos. Era, más bien, un pacto que establecía ciertos vínculos de dependencia mutua.

La convocatoria de la Acádemie presuponía que la desigualdad tuvo un inicio, «es decir, que hubo un momento en el que los seres humanos eran iguales, y que entonces algo sucedió…» Ganó Jean Jackes Rousseau, con el Discurso acerca del origen de la desigualdad del hombre. Los primeros seres humanos eran cazadores-recolectores que vivían en pequeños grupos, en un estado de inocencia, sostiene Rousseau. Eran grupos igualitarios, pero, tras la revolución agrícola y el aparecimiento de las ciudades, nacieron la civilización y el Estado, lo que puso fin a esa existencia feliz, y marcó el surgimiento del patriarcado, los ejércitos, la burocracia, etc. A diferencia de Hobbes, Rousseau no creía que los seres humanos fueran egoístas y malos por naturaleza, ni que la sociedad política fuera la solución a la guerra de todos contra todos. Era, más bien, un pacto que establecía ciertos vínculos de dependencia mutua.

Francis Fukuyama comenta que el estado de naturaleza es una tesis más bien heurística, para discernir qué es lo humano por naturaleza y qué es lo humano resultante de las convenciones sociales. Y propone repetir el «experimento mental» de Rousseau usando datos empíricos mucho mejores proporcionados por la primatología, genética poblacional, arqueología, antropología social y biología evolutiva (The Origins of Political Order. From Prehuman times to the French Revolution, 2011).

Fukuyama es un aplicado seguidor de esta tradición. Rousseau, dice, fue brillante al aseverar que la desigualdad humana «tuvo sus orígenes con el desarrollo de la metalurgia, agricultura, y, sobre todo, la propiedad privada».  Casi en tono bíblico afirma que a medida que «pequeñas bandas de seres humanos migraban y se adaptaban a diferentes entornos, comenzaban a salir de su estado de naturaleza y a desarrollar nuevas instituciones sociales».

Graeber y Wengrow reprochan esta narrativa. Pese a su tono de segura autoridad, dicen, la idea de un estado de naturaleza, el único en el que los seres humanos habrían sido auténticamente iguales, no está respaldada por ningún tipo de prueba científica. Aceptar que existió sería como aceptar, con la certeza de un argumento científico, que existió el jardín del Edén, del que la humanidad habría sido expulsada.

El filósofo y politólogo Karl Popper criticó a los filósofos griegos y afirmó que el «igualitarismo […] exige que los ciudadanos del Estado sean tratados con ecuanimidad, y que el nacimiento, los vínculos familiares o la riqueza no sean factores de influencia en aquellos que administran la ley. En otras palabras, no reconoce ningún privilegio ‘natural’» (La sociedad abierta y sus enemigos). Sin embargo, sus seguidores han diseminado la idea de que la igualdad es imposible en libertad. Socialistas y radicales optarían por la primera; liberales y libertarios, por la segunda.

Para el economista y filósofo Amartya Sen la desigualdad no es una cuestión de quién posee qué, sino de quién puede hacer qué (Inequality Reexamined, 1992). Y la libertad no se reduce a la ausencia de restricciones; más bien es la capacidad real de una persona para lograr aquello que valora.

Esta falsa dicotomía la utilizan sagazmente quienes no quieren perder los privilegios adquiridos en las últimas cuatro décadas. Para el economista y filósofo Amartya Sen la desigualdad no es una cuestión de quién posee qué, sino de quién puede hacer qué (Inequality Reexamined, 1992). Y la libertad no se reduce a la ausencia de restricciones; más bien es la capacidad real de una persona para lograr aquello que valora. Esa capacidad es la «libertad sustantiva que ella o él disfrutan para conducir la calidad de vida que ella o él consideran valiosa» (Development as Freedom, 2000). Entonces, la pobreza debe verse como la privación de las capacidades básicas, más que como la simple reducción de los ingresos, como siguen insistiendo los cultores de las líneas de pobreza.

Esas capacidades básicas dependen de factores como la salud, la educación, los ingresos económicos y las oportunidades que puede ofrecer la sociedad. Los contradictores del igualitarismo pretenden banalizarlo mimetizándolo con el comunismo, como si la única solución fuese la confiscación y la expropiación, ex post. Vencer la desigualdad –objetivo más amplio y complejo que vencer la pobreza– es garantizar, ex ante, la libertad sustantiva de todas las personas, algo que evidentemente se encuentra fuera del alcance del libre mercado.

La obcecación de los privilegiados y de sus representantes políticos no solo condena a la desigualdad y a las privaciones que trae consigo a miles de millones de seres humanos. También erosiona irremediablemente la democracia, la menos mala de las formas de gobierno conocidas. Sabato nos recuerda que «la democracia es el único régimen que permite mantener vivos y libres a las personas que quieren mejorarla. Esto es una cosa inapreciable…» que al parecer no interesa ni a los multimillonarios ni al PCCh.

Julio Oleas-Montalvo

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