viernes, mayo 1, 2026

Nosotros los de siempre (VIII)

La publicación por capítulos de la novela de Carlos Vásconez, Nosotros los de siempre, es un experimento decimonónico que se ancla en la modernidad. Vásconez ha confiado en Plan V para publicar una novela por entregas, como un ensayo en el cual los lectores son los beneficiarios. Octavo capítulo: Un caballerito.

Carlos Vásconez

Por: Carlos Vásconez

Capítulo ocho

Un caballerito

—Un caballero cuida su lengua, Oli, no lo olvides nunca. Repítelo después de mí: Un caballero de verdad cuida su lengua. Dilo cantando. Tú eres mi caballero, por lo tanto, no puedes permitirte las malas palabras, esas groserías de hombres barriobajeros, de hombrecitos a los que siempre les arde la entrepierna; no, no puedes hablar porque sí. La palabra es sagrada, ya lo decía má´, y debemos respetarla en todo momento, siempre, siempre. Los canallas y los infames dicen palabrotas y después hacen palabrotas o no entienden de composición gramatical. Eso decía má’. Y tú eres mi hijo, mi muy amado Oli. Debes saber que no hay nada, nada que merezca tus improperios u ofensas.

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Lora cogió la tetera caliente, envuelta la oreja en un paño húmedo. Parecía cansada, haber recorrido un largo trecho. Apenas si se había movido de esa silla en todo el día, quizás desde la noche anterior. Se sentía inmovilizada. Su cuerpo no resistía algo que había sido fracturado, una ruptura muy pesada, eso sentía. Servía el té con parsimonia, enderezaba la espalda, ya no le temblaba la quijada, servía el té con esa moderación para que la ceremonia y sus palabras tuvieran concordancia. Se esforzaba. Su esfuerzo era como ver para atrás, como adivinar las últimas palabras del primero de su especie y notar que tienen un peso drástico, porque eran a su vez las primeras palabras valederas de toda su especie, las que testaban, las que se imponían a sus descendientes. Era posible, no cierto, era posible que esas palabras fueran de dolor, Maldito dolor, y ese dolor recorriera, generación tras otra, a todos los que vinieron después, precisamente como la maldición que eran. Se esforzaba más allá de sus posibilidades. Se esforzaba para pensar y pensaba más allá de sus posibilidades, como si el pensamiento le hubiera faltado toda su vida. Pensaba al ver a su hijo Soy buena y él también es bueno. El pensamiento al ataba a esa silla y a su hijo, porque, sin él, hubiera salido corriendo, ya hubiera estado corriendo desde hace un lustro, aunque sea desde hace un año, y fuera una atleta y no esa mujer que se consideraba sí misma, corriente, siempre metiendo un leño en la estufa, siempre a una copa de la embriaguez total. El pequeño Oliver apercibía el aroma de la hierba que el humo del té ayudaba a difundir, cosa que le resultaba excitante y envolvente. Oliver se ponía de pie, cogía el leño que Lora soñaba con colocar en la estufa y lo colocaba en la estufa con la calma que soñaba su madre que debía ser colocado un leño para que arde en plenitud. Todo él estaba en medio del olor del té, de su labor de ayudante de hogar y se esforzaba por pensar en sí mismo como aroma. Su imaginación era hábil, era un viento, pero no le alcanzaba para suponerse un olor que se impregnaba a la ropa de su madre. Su imaginación era como una mirada benigna, era como su abuela, melena larga, negra y reluciente; su imaginación no se movía de esa silla desde hace horas, estaba ahí sin estar, yéndosele a cualquier otro lado pero sin saber dar un paso y pensaba en cuánto habría querido ser mayor y no ser su hijo para, cual caballero heroico, sacarla de su cabeza y ponerla en la realidad, a su madre, sí, ponerla de una buena vez en este mundo, en el que no estaba desde hace tanto, por el trago y los improperios pero del que, curiosamente, se le notaba cansada. Harta del mundo, así estaba. Quería decirle Lora, y decir su nombre por resultar una forma expresiva grosera hacia una madre, le hacía pensar en ese nombre como una especia rara de descortesía, de grosería, de las groserías que en ese mismo momento su progenitora le prohibía proferir. Ella, que apestaba a pachulí, el pelo a jabón de ropa. Sus axilas olían a la planta del zapato luego de haber aplastado a una cucaracha.

Nosotros los de siempre
Ilustración: IA

Lora se servía el té de un sorbo. Quemaba su garganta. Oliver sabía que así quemaba las palabrotas que no debía decir, aunque ella no era ni podía ser un caballero, pero era una dama, si Oli era un caballero, sin duda que ella era su dama. Ea, ea, mi niño, se acabó el frío, el leño sirve, el leño arde, el leño consuela, decía por decir cualquier cosa. Dejaba que se quemara el gollete con disfrute, sentía a las palabrotas derretirse, al fuego infernal acabar con su destino infernal, porque el que no conoce las palabras que llevan al Infierno, no conocerá el Infierno, como le había dicho su pá’. Su pá’ que decía injurias, calumnias, que pronosticaba calamidades, pero que jamás habría ofendido a una mujer; y veía con ojos secos, como un estanque, ahora seco, donde antaño se llenaban baldes, en espera de que Oli la copiara. Y parpadeaba como si la hubiesen galanteado, como si hubiese olido algo muy desagradable, como si se tuviese que curar de mal de ojo propio, el mismo que le habría provocado verse al espejo mientras ese hombre la ultrajaba y la agredía llamándola puta, que era, al fin y al cabo, lo que de verdad la agredía. Nada la agredía, ningún azote, ninguna fusta, pero esa lengua, esa lengua sí. Sonreía, la madre, con algo parecido a dolor, los arcos de los ojos rojos, la boca casi sangrante, toda ella convertida en una mala réplica de una muñeca de trapo contra la que desfogan sus ínfulas adolescentes salvajes, y Oli no podía permitirse escuchar de ella insultos o reprimendas, y que su dolor fuera inútil, así que, tragando saliva, pidiéndole a su saliva que amortiguara al calor del té, frunciéndose, cosa que lo irritaba porque impedía que el aroma entrara de lleno por su nariz, bebía esa pócima contra las palabrotas. Se encendían las alarmas en su interior, su corazón era una rata infesta y venérea que corría sin parar, como si al hacerlo diera con alguna sanación. Lloraba en una mezcla ruin de dicha y malestar. Lloraban. Mira, ea, que el tiempo se ha puesto bravo, Oli. Y Lora hacía lo mismo, abrazándolo fuerte, agradeciéndole por ser un hijo modelo, lloraba.

Lora se servía el té de un sorbo. Quemaba su garganta. Oliver sabía que así quemaba las palabrotas que no debía decir, aunque ella no era ni podía ser un caballero, pero era una dama, si Oli era un caballero, sin duda que ella era su dama.

—Por todo esto que haces, por esto y mucho más, no te parecerás a tu padre. Te aseguro: tendrás una vida linda, preciosa, como la de un escaparate de bazar. ¡Próspera y feliz, próspera y feliz, sin ganas de correr!, así cantaba tu abu´, a quien se lo llevó una ola. En el Fiordo se lo llevó la ola. En zozobra. Rompiendo todo lo que uno podía ver, a tu abu´ entre todo ello.

Y bebieron té, ese té hirviendo, por días. Quemaba la gana de llorar. Quemaba la gana de gritar. Quemaba el dolor del hambre y el otro dolor.

Oli Jagord conservaba las quemaduras por días. Lo que comía carecía de sabor y toda textura le revivía el padecimiento. Con esa quemadura su nombre en su boca no le resultaba ajeno. Su apellido le parecía menos doloroso. Parecía un nombre, Oliver, Jagord el apellido, que fuera de pronto un niño de siete años muerto en los brazos de su madre, y los brazos del niño colgando de los brazos de su madre, columpiándose. Y la cabeza colgando, y los ojos abiertos y vacíos. Ya era tan solo un nombre que mientras el tiempo pasa tan solo ahí está, carne muerta porque la dice una lengua muerta. Le ardía solo pensar en comer o beber, y para su desgracia, cuando pensaba en comer o beber tragaba saliva, lo que incrementaba el ardor y la picazón, que era en definitiva lo de verdad insoportable. La picazón. Alguna palabra debía haber, algún término, capaz y las que le prohibía Lora, que sirvieran de bálsamo. Pero él no, no usaría ningún remedio, ningún brebaje que tuviera el poder de sanarlo. No quería sanar si su madre no quería sanar. En la escuela, encorvado en su pupitre verdoso, escribía en un bloc de dibujo que tenía que cumplir dos votos, uno de silencio y el otro de hambre. Escribía sobre lo escrito hasta perforar la hoja y estropear el pupitre. ¡Cómo le gustaba el castigo del reverendo Lamar, lijar el pupitre hasta desaparecer todo indicio de lo que había escrito! Lo sentía como una forma de cicatrizar su auténtico padecer. La hora de canto era otra cosa, una tortura. Su madre y el canto, ergo, martirio. El maestro, con la escuadra de madera en la mano, aleccionaba a quien no templara bien la voz, a quien no pudiera sostener el re. Se paraba junto a Jagord; Jagord creía que era un lobo feroz y que olía su miedo; el maestro lo hacía para escuchar mejor aquella voz encantadora que emitía el niño, cuyo dolor excavaba en las capas de su estómago extrayendo sonidos inéditos. En pocos días se lo veía, aunque lo que se veía era a una piltrafa, pero también se le notaba la felicidad en el cuerpo chato y achatado por el dolor, porque su madre, Lora, lo recompensaba con mil gestos de amor, que ninguna otra madre, no, ni una sola, habría comprendido en veinte vidas. Oli estaba a un paso de los catorce, para él catorce vidas y a medio paso de soñar en mujeres. No veía a los ojos a sus compañeros ni a sus maestros, ya que el rector le había convencido que los ojos nunca mienten, son una flama, quema lo visto, así que se delata lo que es muy visto, y siempre, antes de aleccionar a alguno de sus compañeros, les exigía que lo vieran directamente a los ojos. Veme a los ojos, decía, y había quien no sabía cómo ver a los ojos, había el que no entendía bien la palabra ojo. El rector hacía eso por algo muy distinto a lo que pensaba Oli. Lo hacía porque quería que ellos vieran en sus ojos la furia contenida, para que lo temieran de verdad al hallarse a solas con él en su despacho. Cuando no lo veían, la furia se manifestaba en su mano.

El esfuerzo por hablar le aliviaba la garganta. Oli parecía descubrir que hay palabras con propiedades balsámicas, cosa que ya intuía, cosa que rogaba a las Alturas que pasara.

La noche anterior al Día de las Madres, el joven Oli, ojos azules, le preparó un regalo a la buena que tenía en casa, la madre caricias, la madre solitaria, la madre que le regañaba por beber mucho té, con la mirada, lo regañaba con su forma de verlo porque de su boca salían soniditos animalescos, crujidos de casa vieja, de leña ardiente, que no obstante Oli podía entender. Ella parecía otra ella, le había dicho que lo amaba, que al fin, sí, y puntualizó el sí al repetirlo, tenía un hombre en casa, No como ese remedo. Lora ya casi no hablaba, a ella también le quemaba la boca, y sabía que el ardor era un extraordinario sustituto de las palabras, pero a veces el ímpetu le ganaba y soltaba alguna afrenta contra su marido, que la había abandonado diez años antes, contra Dios y toda la humanidad que tuvo el desatino de crear, con la salvedad de su hijo favorito, dijo.

—Pero yo no tengo hermanos —quiso decir Jagord, a quien le entraba el apellido por el pellejo, le entraba al contrario de como sale el sudor.

El esfuerzo por hablar le aliviaba la garganta. Oli parecía descubrir que hay palabras con propiedades balsámicas, cosa que ya intuía, cosa que rogaba a las Alturas que pasara.

Quería sorprenderla. Le dio un ramo de flores que él mismo había recolectado e incluso había pintado a un par. Su primer obsequio fue una piedra, para que la lanzara con vehemencia a cualquier parte, para que se desprendiera ella de algo. Pero eso no regala un caballerito, pensó, Oli, no, eso regalan los groseros, no nosotros, los de siempre, sino los otros, lo que nunca están.

—Quise darte un arcoíris —carraspeó—, esto es lo más parecido que encontré.

Lora rompió a llorar. Otra vez. Y otra vez. Cual niña. Lloró por su niño. Lloró como cuando el abu´ se fue con el mar. Fue ahora, entonces, en ese momento en que su hijo evolucionó de Oli a Oliver. Se le llenó el nombre. Lo tomó de la mano y él se dejó tomar. Sollozaba, lo que para él era peor que el llanto desenfrenado. Vio cómo las arrugas se trazaron en el rostro de su madre mal iluminado por una vela titubeante. Vio cómo sus pasos se volvieron cadenciosos, como los de quien va a despedir a un muerto amado y quisiera con todas sus fuerzas o por lo menos ir en su lugar o acompañarlo, rezando, no por el alma del occiso, porque el milagro del Que me parta un rayo se cumpla sobre ella. Caminaron un trecho, ese trecho el aún-Oli prefirió estar aturdido, rumbo a la habitación de la madre. Allá iba la determinación de la mujer. Ella no paraba su sollozo y el hipo enmudecido ya había llegado a sumarse a la escena. Al estar cerca de la puerta, Oli tiró en contra, empezó a forcejear para soltarse y Lora se lo impedía, adquiriendo fuerzas del llanto que a la vez era más acentuado. Cada uno tiraba a su lado y se sujetaba de lo primero que tuviera a mano. Lora se sujetaba del odio de su hijo, del odio del padre, del odio de Dios. Si no sabes lo que es el odio de Dios no has amado nunca a Dios, pensó ella y al cabo lo gritó, pero Oli no oyó. Se oía a él mismo, con esa palabrota en la boca, que iba, sí o sí, a salir desprendida. Lo anhelaba, anhelaba decirla. Oli apenas del borde de un muro resbaladizo, con esas uñas que su madre le cortaba demasiado. Buscó algo mejor para aferrarse, pero ya no halló nada mejor, no había nada mejor: ¡Puta!

Cada uno tiraba a su lado y se sujetaba de lo primero que tuviera a mano. Lora se sujetaba del odio de su hijo, del odio del padre, del odio de Dios. Si no sabes lo que es el odio de Dios no has amado nunca a Dios.

La palabra rebotó en el muro y volvió a su boca, donde ya no cabía, es que ya no quería tenerla. P-u-t-a. Respiró hondo, así enseñaba el señor rector, exhaló. La volvió a decir, enfático, como si fuera una orden, como nunca antes esa palabra fue dicha.

—Puta.

Sonó tan bien que parecía un cortejo. Sustituyó al forcejeo. El forcejeo era de súbito un prólogo sin importancia. Sus ojos eran lágrimas que no salían, estaban vacíos. Ya se había desprendido pero igual se desprendió del todo de su madre al enderezar su postura. Si alguien lo hubiera visto en ese momento, no en el anterior, habría opinado He ahí un muchachito hecho y derecho, orgulloso de sí mismo. Sin rendir explicación, le dio la espalda, se encaminó hacia la cocina, se sirvió todo el alimento que encontró al paso. Devoró, no como al té. Era el último banquete, comió sin muecas, comió sin ascos. Fue por el abrigo. Se despidió de algo que creyó que era suyo, pero el sonido del llanto de su madre había cesado. No la vio, pero no la buscó, imaginó que estaría frente a su peinadora, repitiéndose ante el espejo esa palabra mágica, sin voz, solo moviendo los labios a ver qué tal le quedaba. La vio sin verla y la escuchó sin oírla cuando soltó un Espejito, Espejito, dime, ¿quién es la más…?

No tenía idea de a dónde debía dirigirse, era sábado. Él no sabía a dónde ir. Siguió a sus pasos, que en cambio sí sabían. Su padre frecuentaba la Casa de las Apuestas. Era sábado. Los sábados era cuando más apostaban. Se arrimó a un costado de la entrada. La puerta era grande. Por ahí deberían pasar hombres grandes. Él era un alfeñique. Ahí lo esperó, como su madre, que siempre esperaba más, lo esperó convertido en él, en ese ser siniestro que tanto sabía de palabras que para qué más, ese sujeto abominable que le metió en el pellejo esa maldita palabra. Ahí lo esperó, seguro de una sola cosa, de una sola y mísera cosa: que en el mundo no podía haber, que no permitiría que hubiera dos hombres similares a él.

 

Carlos Vásconez

Carlos Vásconez

Escritor

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