lunes, abril 6, 2026

Petro versus Trump

Rafael Paredes Proaño

Por: Rafael Paredes Proaño

Para la Colombia de Petro, enero de 2025 ha sido un mes “horribilis”. Dos hechos han marcado al gobierno izquierdista del país, cuya característica ha sido tener mandatarios de un signo opuesto.

Las huracanadas horas del domingo 26 entre el mejor amigo de Estados Unidos y el país con una administración que poco le importa esos antecedentes, fue tan estremecedor que opacó a la peor violencia que ha padecido Colombia —en el Catatumbo— al menos desde principios de siglo: enfrentamientos, desplazamientos y asesinatos brutales que hacen que se mire en el espejo a la barbarie del Medio Oriente.

El pueblo estadounidense eligió hace poco no solo a un magnate con propósitos chocantes, sino a una tendencia que, además de controlar todas las funciones del Estado, tiene popularidad planetaria. Es tal el temor ante la escalada que, después de ochenta años de una de las mayores tragedias humanitarias, los sobrevivientes del holocausto, ancianos aterrados, han implorado que no se repita.

Los vínculos entre Latinoamérica y Estados Unidos históricamente han sido complejos y tensos. Desde la formación de los Estados Unidos, gobiernos de ese país buscaban “cuadrar” su territorio, un factor determinante de su poder. México, “tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos” y Centroamérica como El Caribe: desde la independencia de Cuba hasta nuestros días.

Con América del Sur las cosas no han sido menos complicadas. Desde la Doctrina Drago, respuesta argentina a la intervención armada para cobrar deudas, hasta el combate al comunismo en la Guerra Fría, con la CIA para acabar con varios gobiernos de la región.

Los lazos con Colombia han sido cuestión aparte. Poco después de iniciado el siglo XX, se generó una constante colaboración. Esa cercanía se remonta, curiosamente, a la intervención estadounidense en la separación de Panamá (1903) por la construcción del Canal.

Los vínculos entre Latinoamérica y Estados Unidos históricamente han sido complejos y tensos. Desde la formación de los Estados Unidos, gobiernos de ese país buscaban “cuadrar” su territorio, un factor determinante de su poder.

Con sobredosis de pragmatismo, dirigidos por el partido conservador, bajo la orientación del excanciller y expresidente Marco Fidel Suárez, despuntó la política exterior colombiana del “Respice Polum” de admiración a los Estados Unidos, la “Estrella Polar” del Norte. Bajo ese concepto se firmó el Tratado Urrutia-Thompson de 1914, como indemnización por la separación y reconocimiento a la independencia de Panamá, además de préstamos internacionales e inversión extranjera.

A la década del veinte del siglo pasado se recuerda como los “años más felices de la historia colombiana”; “período de construcción”, en el que se conectó con el “modelo de los Estados Unidos” después de la primera guerra. Así afirmó su relación con ese país y, a diferencia de otros latinoamericanos, la privilegió ante potencias europeas.

En esa época, para conectar con la historia del Ecuador, en 1916, Marco Fidel Suárez y el ecuatoriano, Alberto Muñoz Vernaza, sellaron los límites territoriales del Ecuador y Colombia, con un tratado que lleva el apellido de los dos representantes.

Los vínculos de Colombia y Estados Unidos se ampliaron en la Segunda Guerra, al ser Colombia un socio importante por su condición geográfica. No obstante, el afianzamiento mayor se produjo con la participación de Colombia en la guerra de Corea (1950-1953), siendo el único latinoamericano en ese enfrentamiento. Esa postura anticomunista, a la luz de la Doctrina Truman, contó con la aprobación de los grandes partidos colombianos.

Los años posteriores son más conocidos; pero no es posible olvidar que, a mediados de los setenta, después de la espantosa guerra en Vietnam, se disparó el consumo de drogas entre la población estadounidense, y Colombia adquirió el rol abastecedor de un producto declarado ilícito por Nixon, lo que provocó una distorsión de proporciones en la sociedad colombiana. Luego de un período cruento, a la par que caía el Muro de Berlín, los traficantes cedieron el negocio a las guerrillas, antiguamente asociadas a la Unión Soviética y a Cuba, que habían perdido su capacidad de financiamiento y que, de pronto, descubrieron un filón mucho más rentable, que dura hasta la fecha.

Con la colaboración de Estados Unidos, Colombia ingresó como socio global a la OTAN y se integró a la OCDE, ámbito de países reconocidos por el desempeño en un modelo específico de desarrollo.

Al finalizar el siglo XX la sociedad colombiana se sentía asfixiada por los problemas sociales de desigualdad y pobreza, pero sobre todo por el acoso de organizaciones armadas. El escenario se tornó insostenible. Urgidos por la situación, se buscó con esmero el apoyo de Estados Unidos. En julio del 2000, con la aprobación del Senado estadounidense, se inició el Plan Colombia.

Luego del ataque a las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001, se declaró organización terrorista a todo grupo armado. A partir de entonces, los montos de entrega anual de cooperación desde los Estados Unidos a Colombia superaron los millones de dólares. De esa manera se dotó de un extraordinario poder a fuerzas militares y policiales, constituyéndolas en una de las más poderosas de la región.

Estados Unidos, en contraparte, y para reforzar esa cooperación sostiene instalaciones militares en territorio colombiano. El Comando Sur, con base en La Florida, está muy cercano a puestos colombianos. La IV Flota, fue reactivada luego de estar suspendida al terminar la guerra mundial. Toda esta estructura militar de gran alcance se la montó cuando emergieron gobiernos de izquierda -por medio de procesos electorales- vecinos a Colombia: Venezuela, Brasil, Nicaragua, Ecuador y otros de la región. Desde el punto de vista de Estados Unidos, esta situación requería control, para ello tuvo total apoyo de gobiernos colombianos.

Con colaboración de Estados Unidos, Colombia ingresó como “socio global” a la OTAN y se integró a la OCDE, ámbito de países reconocidos por el desempeño en un modelo específico de desarrollo.

Colombia alcanzó esa evolución poco después de la firma de los Acuerdos de Paz, que culminó con la entrega de armas por parte de la guerrilla más antigua del continente. Sin embargo, el acuerdo fue cuestionado por el gobierno siguiente, uno del mismo origen. El actual, de izquierda, no continuó con lo planificado en procura de una “paz total” que, con lo sucedido en Catatumbo, como ha dicho Petro, ha terminado en “fracaso como nación”.

Trump, en su primera semana de gobierno, ha revuelto todo y ha iniciado su anunciada ofensiva contra la migración. Ese fenómeno, consecuencia de la arrolladora globalización que ha abierto las fronteras a los bienes y ha cerrado las puertas a la movilidad humana, ahora castiga enviando de regreso, encadenados, esposados y en aviones militares a los que han ingresado sin papeles.

La actuación del presidente colombiano ha sido criticada. Fue un acto irreflexivo e imprudente. Los colombianos se han visto directamente afectados. Siempre han sentido admiración por Estados Unidos.

Colombianos, entre otros miles, han sido expulsados. La dignidad de las personas es lo que ha enfrentado a Petro con Trump. Sin embargo, no recibir a sus compatriotas en cualquier situación que lleguen ha colocado a Colombia en una condición que añade mayor complicación.

La actuación del presidente colombiano ha sido criticada. Fue un acto irreflexivo e imprudente. Los colombianos se han visto directamente afectados. Siempre han sentido admiración por Estados Unidos. Las políticas históricas de su país así lo demuestran. Negárseles su posibilidad de obtener una visa al “sueño americano” ha sido algo que ha afectado un sentimiento profundo de la sociedad colombiana, criterio que comparte buena parte de la población latinoamericana.

Ese drama, con cláusulas de castigo, consiguió ser calmado gracias a la diplomacia colombiana, a opositores gubernamentales y afectados por las medidas. No obstante, se entregó en bandeja de plata, como símbolo de victoria, la ratificación de la bondad de la política del terror arancelario, que buscaba dar una lección a Colombia y a la región.

El argumento con el que abogaron los colombianos ante Trump fue una realidad histórica: Colombia ha sido un aliado reconocido de los Estados Unidos durante siglos.

(*) Ex Vice Canciller

Rafael Paredes Proaño

Rafael Paredes Proaño

Ex embajador de Ecuador en Colombia

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