Bashar Al Asad fue el heredero de la familia que gobernó Siria con mano de hierro por más de cincuenta años. Hoy es refugiado político de Moscú, protegido por su aliado Vladimir Putin. Este país del Medio Oriente estuvo inmerso en una guerra civil por más de una década. Los aliados más importantes del autócrata fueron Irán, Rusia y Hezbolá.
Miles de ciudadanos salieron a las calles de Damasco, a otras ciudades del país y del mundo para expresar su júbilo. Algunos trataron de llegar a Saydnaya, la cárcel en donde estuvieron muchos presos políticos y opositores al régimen y que fue denunciado como escenario de violaciones a los derechos humanos. Muchos de esos reos mostraron públicamente su rechazo al régimen de los Asad.
Sin embargo, y pese a haber sido nombrado un gobierno de transición, se desconoce el rumbo que tomará el país. La crisis en Siria podría haber movido las fichas del ordenamiento geopolítico de la región. “Siria es el barómetro de cómo está cambiando la dinámica del poder en la región”, dijo una experta y vaticinó: “se avecina un periodo de caos en una región que ya está en llamas”.

Muchos recordaron la Primavera Árabe, un movimiento popular en 2011, en algunos países como Egipto, Libia, Túnez y Yemen. La consecuencia fue la guerra civil, como sucedió en Yemen (dividido en dos partes desde entonces) o regímenes autoritarios, como en Siria, que resistió varios intentos de derrocamiento.

En algunos países los grupos opositores tuvieron relativo éxito, pero en el caso de la revolución siria hubo una guerra civil de 13 años que mató a cientos de miles de personas, desplazó a millones y dividió el país en feudos rivales. La guerra formó varios grupos enfrentados entre sí, como facciones de Al Qaeda, Ejército Islámico y células armadas por el movimiento Hezbolá, sostenido por Irán.
En Egipto y Túnez, nuevos caudillos llegaron al poder, aplastando esfuerzos por construir democracias pluralistas. En Libia y Yemen, las milicias rivales aún se disputan el control, con el país dividido en facciones que controlan territorios.
La sorpresiva caída de Bashar al-Asad permitió a los sirios constatar lo que una década antes sintieron egipcios, libios y tunecinos. No es el caso de los yemenitas, que aún viven los estragos de una guerra civil. En esos cuatro países árabes los dictadores fueron derrocados rápidamente. Aunque estas naciones sirvieron de modelo para el éxito revolucionario, sus trayectorias desde la Primavera Árabe son una advertencia.
En Egipto y Túnez, nuevos caudillos llegaron al poder, aplastando esfuerzos por construir democracias pluralistas. En Libia y Yemen, las milicias rivales aún se disputan el control, con el país dividido en facciones que controlan territorios. Lo sucedido en Siria y otros países de la región hace que la transición de poder sea tensa. La alianza rebelde islamista que lideró el avance sobre Damasco, Hayat Tahrir al-Sham, es uno de los varios grupos opositores que deben ponerse de acuerdo sobre cómo dirigir Siria en la era post-Assad.
Aunque este es el grupo más influyente en Siria, compite con otro respaldado por Turquía que operaba en el norte de Siria, así como con una alianza secular de los kurdos en el este apoyada por EE. UU. El sur lo dominan grupos rebeldes locales, incluidas milicias de la minoría drusa, otra rama del islam.
Hayat Tahrir al-Sham, en su momento cercano a Al Qaeda, busca mostrarse como un movimiento moderado que quiere preservar los derechos de las numerosas minorías, incluidos cristianos, drusos y alauíes (los chiítas fueron la base de Al-Assad). Este grupo es considerado por EE. UU. como terrorista, y el temor es que podría acabar prolongando la guerra civil, mientras que las milicias de las otras minorías podrían defender sus zonas del nuevo gobierno central.
Potencias extranjeras como Irán, Turquía, Rusia y EE. UU. que apoyan a distintos bandos, podrían presionar al gobierno de transición, lo que podría prolongar las disputas internas. No se sabe qué harán los antiguos generales y jefes de seguridad de al-Assad, pero serían decisivos en nuevos juegos de poder, como sus homólogos en los países donde los líderes fueron derrocados entre 2011 y 2012.

Tras la caída de Hosni Mubarak en Egipto en 2011, la cúpula militar siguió controlando la transición política. Se celebraron elecciones en Libia tras el derrocamiento del coronel Muamar el Gadafi en 2011, pero el país sigue dividido. En Yemen, la salida de Ali Abdullah Saleh en 2012 también fue seguida de una guerra civil, que permitió a los hutíes, movimiento respaldado por Irán, tomar la capital.
Por años Túnez fue el más exitoso de los países de la Primavera Árabe. Hubo varias elecciones tras la caída de Zine el-Abidine Ben Ali. Pero volvieron a una forma de gobierno unipersonal en 2021, cuando el presidente Kais Saied eliminó los controles sobre su poder, ejerció censura sobre los medios de comunicación, debilitó al poder judicial y ejerce un mayor control sobre las autoridades electorales. La caída de Al Assad agravará los daños de 13 años de guerra en el país. Analistas afirman que, precisamente por su experiencia bélica, los sirios podrían lograr lo que sus homólogos de Egipto y otros países no pudieron.

Un país y una guerra de las que poco se habla
Bashar al-Asad lideró un gobierno cruel que arrojó a cientos de miles de opositores a cárceles sucias y superpobladas, donde miles fueron torturados y asesinados. Las fuerzas de Assad lanzaron miles de bombas de barril sobre sus propios ciudadanos y gasearon a algunos de ellos con armas químicas. Su negativa a abandonar el poder en 2011 desembocó en una guerra civil que desplazó a millones de personas, destruyó gran parte del país y propició el auge de grupos terroristas como ISIS.
Militantes rebeldes, que en los últimos años se han profesionalizado y disciplinado, lanzaron una ofensiva veloz, cuando las potencias extranjeras que sostenían al régimen estaban distraídas con los conflictos en Gaza, Líbano y Ucrania. Desde su bastión en el noroeste, fueron capturando ciudades como Alepo hasta llegar a Damasco, la capital.
La oposición a Asad, a menudo, era de facciones insurgentes, incluso enfrentadas entre sí. Esta vez los rebeldes opositores se unieron bajo el liderazgo de Hayat Tahrir al-Sham, grupo antes cercano a Al Qaeda. Los insurgentes atacaron blancos gubernamentales y lograron derrocar a Asad.
Previamente, muchísimos sirios escaparon de la represión. Unos 4 millones se refugiaron en Turquía y los costos económicos y sociales de su generosidad se volvieron en contra del presidente Recep Tayyip Erdogan. Esta situación es la oportunidad para que el gobierno turco amplíe su influencia en la frontera con Siria.
Siria tiene yacimientos marginales de petróleo, pero no riquezas minerales. Es lugar estratégico. país limítrofe de Omán, Emiratos Árabes Unidos, Líbano, Irak, Jordania y Turquía y muy cercano de Irán.
Aunque la de Siria es una guerra de la que poco se habla, pese a que duró más de doce años, es un conflicto que trata sobre las disputas entre varios países del mundo, incluidos EE. UU., Irán, Rusia y Turquía, con rebeldes que lograron derrocar al presidente Assad, en donde hubo una guerra civil sin cuartel desde inicios de la primavera árabe, cuando fueron destruidos algunos vestigios de los orígenes de la civilización.
Siria tiene yacimientos marginales de petróleo, pero no riquezas minerales. Es lugar estratégico: en su territorio está el estrecho de Ormuz, paso marítimo fundamental para la salida de Medio Oriente de barcos llenos del petróleo y gas natural extraídos de otros países de la región, exportados a países occidentales. Ormuz es y ha sido la puerta de entrada y salida de Oriente a Occidente. Pocas veces una franja de mar tan pequeña tuvo tanta importancia. El estrecho es un canal de apenas 33 kilómetros de agua que separa dos orillas: la de Irán y los Emiratos Árabes Unidos, la de golfo de Omán y el golfo Pérsico. Ganó importancia con el desarrollo de la industria petrolera a su alrededor.
La importancia de este estrecho reside en la carga de los barcos que lo cruzan. Los petroleros que navegan por sus aguas llevan en sus bodegas uno de cada cinco barriles de petróleo del mundo. Cargan sus bodegas en Emiratos Árabes y los distribuyen por todo el mundo. Si se cerrase, subiría el precio y pondría en apuros a la economía mundial, dicen los expertos.
Siria, país limítrofe de Omán, Emiratos Árabes Unidos, Líbano, Irak, Jordania y Turquía y muy cercano de Irán, es un escenario donde se juegan importantes intereses estratégicos y geopolíticos de la región.
El clan Asad
Los Asad mantuvieron el control de uno de los países más importantes de Medio Oriente. Es la historia de un presidente que no debió serlo y un clan atravesado por odios, venganzas, intrigas, asesinatos y negocios turbulentos. Pero, sobre todo, es la historia de una familia que mantuvo el poder más de medio siglo. “Bienvenido a la casa de Asad, bienvenido a Damasco, bienvenido a Siria, teatro de una de las peores carnicerías de esta época”: parece el título de una serie de Netflix, pero no lo es. Para entender lo que pasa en este país hay que seguirle la pista al árbol genealógico de este clan.
Todo comienza con Sulayman al-Wahhish, un alawita de las montañas sirias septentrionales en la aldea de Qardaha, gobernación de Latakia. Su apellido no era Assad, sino Wahhish, que en árabe significa “la bestia”. De Sulayman no hay huellas en las polvorientas calles sirias hasta 1936 cuando, según el historiador estadounidense Daniel Pipe, escribió una carta dirigida al primer ministro francés Léon Blum, en la que suplicaba a los franceses no abandonar su mandato en Siria y mantener la gobernación alawita independiente del resto del país.

Era un pedido sensato, desde su punto de vista, si se piensa que pocos años antes los alawitas, minoría musulmana considerada por la mayor parte de sunitas como herejes o infieles, habían sido perseguidos por siglos hasta 1919, inicio del protectorado francés.
Como con cada clan que se recuerde, más que con cartas y regalos, fue con armas y sangre que determinaron el curso de su historia. Tras el estallido de la primera guerra mundial, el gobernador otomano de Alepho envió tropas al área de Latakia para recaudar impuestos y reclutar milicias. Fue la ocasión que Sulayman esperaba: armado de sables y mosquetes antiguos, repelió a los soldados del gobernador. Fue mejor que las súplicas, para ganar prestigio, porque “la bestia” se ganó el respeto y cambió su apellido a Al Assad, el león.
Pero la fuerza, sobre todo en Medio Oriente, no basta para garantizar prosperidad y riqueza. Para ver a un Assad en el palacio presidencial pasaron 70 años. El verdadero artífice fue Hafez -el padre-, nieto del león (o la “bestia”). Dos factores hicieron posible la hazaña. La primera es que Hafez se unió muy joven al partido Ba’th y la segunda es que, aunque tenía dinero para ir a la universidad, se inscribió en la academia militar y tomó contacto con la elite del país. Siendo alawita, partía con desventaja, pero representaba a una Siria laica que presionaba para tomar el poder en plena guerra fría. Por su arrojo y valentía fue enviado a entrenarse en la URSS.
Fue en 1966 cuando el Ba’th ejecutó un golpe de estado al interior del régimen, suprimió a otros partidos políticos de la coalición de gobierno y captó los cargos más importantes del gobierno. Hafez fue nombrado ministro de defensa. Desde esta posición, el descendiente del león, el 13 de noviembre de 1970, asestó el ataque final. Hafez, el padre, el hombre al que quizás se dedican la mayoría de los estudios sobre el Medio Oriente, se convirtió en presidente de Siria.
El mismo presidente fue blanco de ataques y el 26 de junio de 1980, en una recepción de estado en honor del presidente de Malí, evitó una ráfaga de ametralladora y logró alejar con una patada una granada que le arrojaron.
Para un alawita estar en la cima de un país con mayoría sunita no era fácil. Muchos conservadores del país consideraban a ésta como una secta herética y no estaban de acuerdo con ser gobernados por una minoría “no musulmana”. Además, Hafez era un laico que se había aliado con la URSS, país muy impopular entre los musulmanes luego de la ocupación militar de Afganistán en 1979.
A fines de los años 70, la discrepancia religiosa y la oposición de los moderados crecieron a tal punto de convencer a los opositores para unir sus fuerzas con los hermanos musulmanes. La mecha estaba encendida: a inicios de los ’80 una serie de atentados tiñó de sangre a Damasco, la capital.
El mismo presidente fue blanco de ataques y el 26 de junio de 1980, en una recepción de estado en honor del presidente de Malí, evitó una ráfaga de ametralladora y logró alejar con una patada una granada que le arrojaron. Todo mientras uno de sus guardias se inmolaba para reducir el impacto de la explosión de una segunda granada. Sobrevivió con leves heridas. Así, Hafez implementó una venganza rápida y despiadada: pocas horas después, centenares de integristas islámicos fueron encarcelados y ejecutados.
Una dinastía en el poder
La tarea de limpiar esa vergüenza fue confiada a su hermano Rifaat, quien se ganó el apodo de “carnicero de Hama” que, como respuesta al atentado, arrastró a la prisión de Tadmur en Palmira a millares de opositores, en la misma cárcel en la que, treinta años más tarde, el sobrino Bashar encerró a opositores. El 2 de febrero de 1982, la población de Hama, de amplia mayoría sunita se levantó. En cuatro días fueron asesinados cerca de trescientos integrantes de Ba’th y militares de una unidad de paracaidistas enviada por el ejército. Las fuerzas armadas sirias, organizadas y guiadas por Rifaat respondieron con un duro asedio y un despiadado bombardeo de Hama por 27 días y barrieron un tercio de la ciudad.
Lo de carnicero no era solo un eufemismo. Rifaat, el hermano menor, no estaba allí solo para quedarse a la retaguardia y hacer el trabajo sucio del mayor. Dos años después, intentó un golpe contra Hafez, debilitado por un infarto. El león más joven quiso despedazar al mayor, pero no pudo. Se exilió y se llevó $ 300 millones a Francia, donde es magnate inmobiliario y ha sido procesado por malversación de fondos y evasión fiscal.
Obligado a cuidarse las espaldas, Hafez solo contaba con algunas personas. Entre ellos su hijo mayor, Basil, que ingresó al ejército muy joven, hizo carrera y llegó a ser jefe de la Guardia Republicana. Tras el infarto de su padre, lo acompañaba en apariciones públicas. Era el hijo que mejor entendía a su padre.
Basil, apodado por la prensa del régimen como «Caballero Dorado» por sus habilidades para montar, fue comparado por el exdirector de la CIA Michael Hayden con Sonny de El Padrino. Para Hafez “el jefe», el hijo era una garantía: mejor que Maher, demasiado proclive a la violencia, o Bashar considerado demasiado débil o peor aún el último, Majad, adicto a la heroína y con problemas psiquiátricos. Pero Basil, apasionado de los coches rápidos, sufrió en 1994 un accidente fatal que cambió el curso de la historia. Cada vez más débil, Hafez murió en 2000 de un ataque al corazón mientras hablaba por teléfono con el presidente libanés Émile Lahoud. Poco antes había llamado a Bashar a su casa.
Tras graduarse en medicina en la Universidad de Damasco en 1988, Bashar fue enviado al Reino Unido para especializarse en oftalmología. En un documental de la BBC “A Dangerous Dynasty” (Una Dinastía Peligrosa) un tutor británico contratado por la familia para enseñar inglés a Basil, recordaba que “una vez me encontré con Bashar cuando entraba en la casa, pero no pude hacer contacto visual, él siempre mantuvo los ojos alicaídos”. No mostraba interés por la vida política ni tenía el carácter adecuado para el mando, cuando fue insertado en el ejército en el año 2000. Tras la muerte de su padre, asumió la presidencia, forzado por un cambio en la ley que, hasta entonces, impedía el ejercicio de cargos a menores de 35 años.
Bashar al-Asad toma el poder
“Gran parte de la familia estuvo asustada por su ascenso al poder. Nadie se sentía seguro”, explicaba Sam Dagher, periodista estadounidense y autor de “Asad or We Burn the Country: How One Family’s Lust for Power Destroyed Syria” (Asad o nosotros quemamos el país. Cómo una familia ambiciosa por el poder destruyó Siria), que vivió en Siria por años antes de ser detenido y expulsado. Y entraron en juego los Makhlouf.
Este apellido es de Anisa, la primera dama siria, esposa de Hafez, que creció en un entorno rural humilde y también es alawita. Tras la muerte de su marido, fue el verdadero centro del poder sirio y utilizó su influencia para fortalecer la posición de sus familiares y controlar a Bashar. A Maher, el segundo favorito, se le asignó el control de unidades militares clave como la Guardia Republicana y el 42º Batallón que monitorea los pozos de petróleo en la provincia oriental de Deir Ezzor. Ella permitió que su hermano Muhammad Makhlouf y sus hijos Hafez, Ayyad y Rami se hagan cargo de los sectores más importantes de la economía siria.

En esos años Rami Makhlouf fundó y se convirtió en director ejecutivo de Syriatel, una de las dos empresas de telecomunicaciones en Siria que llegó a dominar el 70 % del mercado. A lo largo de los años, Makhlouf y su padre, Muhammad, construyeron un enorme imperio empresarial y activos que superan los $ 5.000 millones, mientras que Hafez y Ayyad Makhlouf dominarán el aparato de seguridad del Estado. Según Sam Dagher, los Makhlouf controlaron, de facto, a los Assad por al menos diez años.
Rami era el pariente más cercano del presidente (ayudante y consejero). Fue él quien le animó a disparar contra los manifestantes tras los disturbios de 2011 en la primavera árabe y a utilizar la imagen de su mujer Asma, bien vista en el extranjero para fortalecerse. La rosa del desierto, como la apodaba Vogue en una portada, era ante todo una exdirectiva capaz de gestionar cuentas y flujos financieros. Nacida en una familia de comerciantes sunitas de Homs y Damasco, siempre fue delicada y amable. Pero detrás de su aire de esposa entregada, había mucha ambición. Comenzó a trabajar en la oficina de Londres de Deutsche Bank como analista de fondos de cobertura, cubriendo clientes en el Lejano Oriente y Europa y trabajó en J.P. Morgan, hasta que se casaron en 2000.
rami: La rosa del desierto, como la apodaba Vogue en una portada, era ante todo una ex directiva capaz de gestionar cuentas y flujos financieros. Nacida en una familia de comerciantes sunitas de Homs y Damasco.
Asma tenía una enemiga en la familia: Anisa, la madre de Bashar, que intentó por todos los medios limitar el papel público de la esposa de su hijo. «Antes de 2011, los censores del régimen ni siquiera nos permitían a los periodistas referirnos a Asma como la ‘primera dama'», dijo Iyad Aissa, un periodista de la oposición siria que ha escrito mucho sobre la familia Assad. «Se nos permitió describir a Asma solo como ‘la esposa del presidente’, a diferencia de Anisa, la madre de Bashar, que siguió siendo la primera dama incluso después de la muerte de Hafez».
Solo después de la muerte de Anisa, en febrero de 2016, Asma ahora de 48 años, vio brillar su estrella. «La aversión de Anisa Makhlouf por su nuera era un reflejo de su preocupación por la falta de apoyo de Bashar al-Assad entre la gente», subraya Dagher. De hecho, bajo el mando de Hafez, la atención y los servicios de salud estaban garantizados para la gente con un enfoque soviético. Pero desde 2000 las desigualdades sociales aumentaron. Especialmente tras el fin de la ocupación siria del Líbano en 2005, la crisis económica de 2008 y una serie de sequías desde 2009. La vida para el sirio medio se volvió insoportable: mientras familias como los Maklhouf y los Assad ganaban mucho dinero, la mayoría se moría de hambre.
En este sentido deben interpretarse los disturbios de 2011, que dieron lugar a la guerra civil. Mientras el mundo iba conociendo a Bashar, que estuvo en la sombra, como un feroz “rais” que tortura a sus oponentes y lanza bombas de barril a su pueblo, Asma también jugaba un papel negativo en la historia: “yo soy el verdadero dictador”, se leía en uno de los correos hackeados por WikiLeaks en 2012.
La rosa del desierto se volvió la “María Antonieta” de Siria. Su imagen de mujer cosmopolita y bienhechora se desvanecía. Mientras su país era masacrado por las bombas, Asma se gastaba dinero en muebles, joyas, candelabros, alfombras y lámparas por miles de libras mientras la ONU contabilizaba miles de víctimas en el país. De los cables interceptados surgió el retrato de una mujer codiciosa y adicta a las compras al punto de no resistirse a un par de zapatos con cristales valorados en más de $ 6 mil.
Al comienzo del conflicto de 2011, los Assad todavía necesitaban a los Makhlouf. Desde un punto de vista financiero, Rami manejaba los asuntos del presidente y la familia. Y así lo demuestran también los Panama Papers en los que surgieron tanto los nombres de Rami como el de Asma. Por las sanciones de la UE, Asma ya no podrá ingresar a ningún estado de la Unión Europea, a excepción de Gran Bretaña, país del que conserva su ciudadanía, mientras que los Makhlouf fueron incluidos en la lista negra de EE. UU.
Aunque ganó la guerra, Bashar al Asad se mantuvo con dificultades. Moscú siguió presionando por su parte del pastel de reconstrucción de la posguerra y el aliado iraní amenazó con dejar de apoyar militarmente al presidente.
Con la guerra, el pastel de la especulación se redujo y estalló una disputa entre la primera dama, Bashar y los primos. En diciembre de 2019, justo cuando el estado sirio congelaba partes cada vez mayores de los activos de Rami con varios pretextos, los del tío paterno de Asma, Tarif al-Akhras, eran descongelados.
En septiembre de ese año, Asma y funcionarios leales que trabajaron en su red de ONG lanzaron una adquisición hostil contra una organización benéfica dirigida por Makhlouf a través de la cual se pagan los salarios del SNSP (Partido Nacionalista Sirio) y las milicias leales a Rami. En diciembre de 2019 y marzo de 2020, el régimen incautó activos de las compañías petroleras de Rami para pagar los déficits del presupuesto estatal sirio. Hasta que en mayo de ese año Bashar puso el cuchillo en la garganta de su primo y le pidió que salde sus deudas con Finanzas por más de 300 millones de euros.
Aunque ganó la guerra, Bashar al Asad se mantuvo con dificultades. Moscú siguió presionando por su parte del pastel de reconstrucción de la posguerra y el aliado iraní en apuros económicos amenazó con dejar de apoyar militarmente al presidente. De alguna manera, el surgimiento de estas divisiones dentro del gobierno fueron el resultado del avance del conflicto.

Una guerra olvidada
La guerra en Siria costó la vida a más de 700 mil personas y 2,5 millones de heridos desde el inicio de la guerra civil. Desde 2017, el Gobierno sirio emprendió una campaña contra el Ejército Islámico (ISIS) recuperando territorios al oeste del Éufrates. El 6 de diciembre del 2022, tanto autoridades sirias como rusas, proclamaron el fin de la operación contra el Estado Islámico.
La crisis en Siria causó mucho sufrimiento tanto a los que viven en el país como a los que huyeron. Este conflicto sigue siendo la mayor crisis de refugiados mundial. Más de 11 millones de sirios dependen de ayuda humanitaria. Los habitantes de la parte del país que no controlaba el Gobierno de Damasco, con solo un paso fronterizo con Turquía, sufren la falta de ayuda de las organizaciones humanitarias nacionales e internacionales. Lejos de una solución política al conflicto y con el 90% de los sirios viviendo en la pobreza y doce millones en situación de hambre, las necesidades son mayores que nunca, mientras las agencias humanitarias siguen buscando ayuda en otros países.
La guerra desatada en Ucrania por la invasión rusa no debe hacer olvidar que hay más de medio centenar de conflictos armados activos en el mundo. Hace doce años inició la guerra en Siria, que fue terriblemente cruel y se cobró alrededor de medio millón de vidas y más de once millones y medio de desplazados. El futuro, tras la caída de Asad, se ve incierto todavía.