martes, mayo 5, 2026

Antonello Tancredi: El desarrollo del conflicto en Irán dependerá del desenlace de la crisis en el estrecho de Ormuz

La única vía de salida conforme a las reglas del derecho internacional del mar es el restablecimiento del régimen de libre tránsito en el estrecho de Ormuz. La economía internacional difícilmente podrá permitirse un resultado diferente; cualquier alteración al libre tránsito se refleja en un estrangulamiento del comercio y en un aumento de los costos.

Por: Carla Maldonado. Desde Milán

Es catedrático de Derecho Internacional de la Universidad de Milán-Bicocca. Ha sido Global Emile Noël Fellow en la Escuela de Derecho de la Universidad de Nueva York (NYU); profesor visitante en la cátedra «Derecho de las inversiones y Organización Mundial del Comercio» en la Escuela Nacional de Administración de China. También ha sido profesor invitado en la cátedra de estudios de paz, desarrollo y seguridad internacional en las universidades francesas: París II (Panthéon-Assas), Niza y Grenoble. Es miembro de la Asociación de Derecho Internacional (ILA) y de la Sociedad Europea de Derecho Internacional (ESIL). Carla Maldonado, periodista ecuatoriana que vive en Milán, lo entrevistó para Plan V sobre los escenarios de la guerra entre Estados Unidos e Irán, el estrecho de Ormuz, el papel de los países europeos y el orden mundial.

En esta guerra de más de 60 días, Teherán no ha cedido, ¿qué escenarios se pueden prever?

Es difícil predecir cuál será el futuro desarrollo del conflicto actual entre Estados Unidos e Irán. Pero mucho dependerá del desenlace de la crisis en el estrecho de Ormuz. La hegemonía geopolítica estadounidense depende también del control de los mares internacionales, y el control de ellos está relacionado al dominio de los grandes estrechos que, según la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, están sujetos a un régimen de libre tránsito. El bloqueo del estrecho implementado por Estados Unidos, en respuesta al bloqueo previo iraní, busca impedir que las autoridades de Teherán adquieran el control estratégico sobre el paso de los buques en Ormuz, exigiendo el pago de un peaje. Sin embargo, los bloqueos dañan la economía internacional, especialmente la europea, que depende de los recursos que transitan por ese estrecho. En un segundo plano, además, hay la otra cuestión estratégica: el armamento nuclear que Irán estaría intentando desarrollar, un asunto que afecta aún más directamente a Israel. En ambos frentes, la diplomacia internacional deberá agotar sus mejores recursos, con la esperanza de que haya una mayor intervención de las Naciones Unidas. El desarrollo y el posterior resultado de las negociaciones dependerán también de los nuevos equilibrios que se están configurando en Irán entre la autoridad política y la militar, esta última parece salir fortalecida del conflicto. Un ala militar reforzada podría implicar una sociedad más laica, pero también una mayor intransigencia en las negociaciones internacionales. El hecho de que los arsenales militares de los actores involucrados se estén agotando podría, eventualmente, favorecer su disposición a negociar.

El estrecho está sembrado de minas. Su limpieza probablemente requerirá una acción internacional conjunta que, a su vez, podría necesitar el paraguas político y jurídico de las Naciones Unidas.

El estrecho de Ormuz es la «joya de la corona» para el Gobierno teocrático de Irán. Al cerrar el estrecho, Teherán obliga a Estados Unidos a negociar bajo sus propias condiciones, las cuales resultan inaceptables para Trump. ¿Cuáles son las posibles vías de salida?

Estrecho de OrmuzLa única vía de salida conforme a las reglas del derecho internacional del mar es el restablecimiento del régimen de libre tránsito en el estrecho. A mediano y largo plazo, la economía internacional difícilmente podrá permitirse un resultado diferente, cualquier alteración al libre tránsito se refleja en un estrangulamiento de la navegación y el comercio, y en un aumento de los costos. También están en juego los equilibrios geopolíticos y militares actuales. Cualquier resultado distinto, si entregara el control del estrecho a los militares iraníes, constituiría una enorme victoria estratégica para Teherán. Por el momento, además, el estrecho está sembrado de minas. Su limpieza probablemente requerirá una acción internacional conjunta que, a su vez, podría necesitar el paraguas político y jurídico de las Naciones Unidas.

Pero, detrás del Estrecho de Ormuz, también se libra otra batalla: la carrera entre Estados Unidos y China por el control de la energía mundial. EE. UU. quiere mantener los combustibles fósiles el mayor tiempo posible, mientras que los chinos aspiran a dominar los mercados. ¿Es este otro enfrentamiento para tener en cuenta?

Detrás de cada uno de los conflictos abiertos hoy está de fondo el gran contraste geopolítico entre Estados Unidos y China. Desde el punto de vista del observador europeo, la cuestión de las materias primas reviste una importancia crucial. Europa carece de grandes recursos energéticos, y la vía más rápida y económica para obtenerlos —comprarlos a Rusia— que está hoy bloqueada debido a las sanciones que la Unión Europea decidió adoptar contra el Gobierno de Moscú en reacción a la agresión contra Ucrania. Bajo este perfil, la producción de recursos basados en la explotación del sol, el viento y el mar podría resultar la solución más adecuada a la morfología del continente europeo. China, en años pasados, lanzó una amplia ofensiva diplomática —la llamada “Ruta de la seda”— para atraer a su esfera de influencia a gobiernos europeos, con resultados oscilantes y siempre encontrando la oposición de Washington. Pero el contraste chino-estadounidense se repite en todos los demás continentes. La fase actual de enfrentamiento parece pertenecer más a la estrategia de largo plazo de las relaciones internacionales que a la táctica del momento. Esto pasa por muchos y diversos tableros, empezando obviamente por la evolución de la situación de Taiwán. Incluso la situación del continente americano puede verse influída porque Washington, especialmente con la administración actual, ha acentuado esa pretensión de control hegemónico que históricamente constituye uno de los leitmotiv de su política exterior: del célebre “corolario Trump” a la doctrina Monroe, previsto en la última versión de la Estrategia de Seguridad Nacional (National Security Strategy, noviembre de 2025).

¿Qué papel ha jugado Europa en este contexto? ¿Es posible esperar algún resultado concreto?

Europa, por un lado, se vio sorprendida por la iniciativa militar israelí – estadounidense contra Irán, cuya ilegalidad han denunciado varios gobiernos del Viejo Continente, según el derecho internacional. Se trata, además, de Estados que soportan en primera línea el precio de la crisis energética provocada por el bloqueo del estrecho de Ormuz. Las crisis también deben utilizarse para repensar la propia posición estratégica, al menos en el plano energético y económico, y en Europa ya existe un análisis en este sentido. Lo que está en juego, como siempre, es entender qué papel pretende desempeñar Europa en el tablero global frente a los actores presentes y futuros. Se trata de una reflexión integral que ya está en marcha desde hace tiempo, impulsada también por los desafíos que provienen de otros actores como Estados Unidos, especialmente respecto al futuro papel de la OTAN, Rusia, como potencial amenaza de seguridad, y China. Afrontar estos desafíos de forma desarticulada, como Estados-nación en lugar de como Unión Europea, difícilmente podría beneficiar a los intereses del continente.

Estados Unidos podría decidir salir de la OTAN, pero no expulsar a otro Estado integrante. En estos años, las tensiones políticas han sido constantes, al igual que los escenarios planteados.

España ha negado el uso de las bases militares a Estados Unidos y la consecuencia podría ser la expulsión de la OTAN; mientras tanto, Reino Unido tomó la misma decisión, pero después la autorizó, podría perder las Malvinas, reivindicadas por Argentina. ¿Cómo analiza esta situación?

Se trata de soluciones indicadas en algunos correos electrónicos que han circulado dentro del Gobierno estadounidense, no de propuestas presentadas oficialmente por la administración de Washington. La expulsión de un país de la OTAN, por ejemplo, es una hipótesis que no está prevista en el Tratado del Atlántico Norte, el cual solo contempla la posibilidad de retirada voluntaria por parte de un Estado miembro. En resumen, Estados Unidos podría decidir salir de la OTAN, pero no expulsar a otro Estado integrante. En estos años, las tensiones políticas han sido constantes, al igual que los escenarios planteados.

¿Sin embargo, esas noticias pueden ser señales de algo?

Sería un error subestimar las señales que comunican estas noticias. Como suele decirse, nunca hay que perder las oportunidades que abre una crisis. Y Europa tendrá que pensar cuidadosamente en su futuro papel en los diversos frentes de las relaciones internacionales. La guerra en Ucrania ha abierto una nueva página en estas relaciones: desde este punto de vista, se trata de una guerra “de sistema”. Ha puesto en crisis la idea de la existencia de valores universales compartidos en la comunidad internacional, una idea que está en el origen del derecho internacional post-1945. Si el resultado será una comunidad internacional dividida entre hegemonías regionales y equilibrios de poder, aún no es posible decirlo. La lucha por el derecho internacional es diaria, pero es alentador que, ante sus violaciones, muchos Estados apelen al respeto de las normas como baluarte de civilización en las relaciones entre Estados.

Estrecho de Ormuz

En Irán, la población vive bajo una doble amenaza: en primer lugar, los ataques de Estados Unidos e Israel, que violan el derecho internacional y afectan a civiles e infraestructuras; en segundo lugar, la represión de su propio gobierno, que ya ha causado miles de muertos.

La situación del pueblo iraní, heredero de una gran civilización cercana a la europea, merece la máxima atención. El sufrimiento que pasa por la combinación de las dos amenazas a las que usted hace referencia está a la vista de todos. En esta fase, solo cabe esperar que las partes respeten las normas de protección de los derechos humanos y aquellas que regulan los conflictos armados, prohibiendo atacar de manera indiscriminada a poblaciones y objetivos civiles. El mismo deseo, obviamente, se aplica a los objetivos golpeados por la reacción militar iraní.

Estados Unidos, Israel y Rusia han abandonado el viejo orden mundial: ¿cuál sería, por tanto, el nuevo orden mundial actual?

Si se lee la declaración conjunta chino-rusa sobre “una nueva era de las relaciones internacionales”, del 4 de febrero de 2022, que precedió solo por 20 días al lanzamiento de la “operación militar especial” contra Ucrania, surge la evidencia de cómo, más allá de las reivindicaciones político-estratégicas y territoriales o de las frágiles justificaciones jurídicas, la decisión de desatar el conflicto traía consigo la intención de cuestionar el orden que habría sido impuesto por los “vencedores” de la Guerra Fría. Esto implicaba la transición de un mundo unipolar a uno multipolar; de un universalismo de valores de corte liberal-occidental, fundado en la tríada democracia, estado de derecho, derechos humanos, a un pluralismo más respetuoso de las diversidades; de un derecho del hegemónico a uno contrahegemónico. Su desenlace final probablemente podría ser el retorno a un derecho del “Grossraum”, de Schmitt, en el que las reglas internacionales —desde la igualdad de los Estados hasta la prohibición del uso de la fuerza o de injerencia, el carácter absoluto de algunos derechos fundamentales— se aplican entre esferas de influencia, pero mucho menos dentro de ellas.

¿Usted dijo que algunos juristas teorizaron que una guerra podría emplearse para subvertir un orden existente?

La llamada “guerra revolución”, el punto de tal reconstrucción es que esa guerra, siempre ilegal desde el punto de vista del ordenamiento que pretende subvertir, solo puede autolegitimarse en el plano de los hechos, es decir, si resulta victoriosa. Solo el tiempo podrá decir si este intento de subversión del orden internacional, que hoy parece contar en algunos aspectos con el apoyo de la administración estadounidense, resultará victorioso y, por tanto, si de un derecho basado en valores comunes y universales regresaremos a la competencia entre potencias, más o menos regionales.

Carla Maldonado. Desde Milán

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