miércoles, febrero 4, 2026

Digámoslo todo

Mal de espejos no sólo es una novela, es un tratado filosófico sobre el Ecuador que sigue ahogado en la barbarie, el prejuicio y no termina de consolidarse.

Andrés Lasso Ruales

Por: Andrés Lasso Ruales

“…..digámoslo todo pero… digámoslo todo por partes”.
(Mal de espejos, p.16, Edwin Alcarás)

Mal de espejos no es sólo una novela total, sino es una invitación a la claridad, a la sutileza como a la casi perfección, y digo de esta manera porque tal vez las buenas ficciones no terminan de escribirse nunca y por eso no alcanzan a ese estado y porque están vivas por las lecturas del futuro. Edwin Alcarás ha construido no sólo una obra memorable sino magistral, ¿por qué?, se preguntarán. Esta breve postura crítica desea justificar esta aseveración.

Mal de espejos no sólo es una novela, es un tratado filosófico sobre el Ecuador que sigue ahogado en la barbarie, el prejuicio y no termina de consolidarse. Este relato, que cruza los fragmentos de la memoria familiar y de la historia de la nación arroja, y ¡ojo! con lo que digo, a uno de los personajes literarios más importantes que parió la literatura ecuatoriana en el siglo XXI y por qué no en toda su existencia. El protagonista de la novela se llama Marcelo Trinidad Alcasser; para los que gustan de la literatura y la historia, repito, ¡atentos y atentas a ese nombre!.

Marcelo Trinidad Alcasser traslada al lector al concepto de tradición. Incluso el nombre de la novela ya es un ingreso a esa idea: Mal de espejos es una alegoría a esas máximas de los ancestros que vienen de la cultura popular, me refiero a la sentencia: “mal de ojos”.

Alcasser representa al campo versus la ciudad, al duende que representa a la oralidad y al dios del discurso establecido, a lo plebeyo y a la aristocracia, a lo coloquial y a lo académico, al lenguaje desproporcionado, o sea, a todas sus variantes; al relato como un río impetuoso que no para nunca para fundar una sociedad, o como un máquina que produce historias como para afirmar la existencia de los olvidados, de los callados, de los invisibilizados y por qué no del silencio. Marcelo Trinidad Alcasser, en sus diarios, intenta encontrarlo, así como indica la frase del escritor y ensayista francés Pascal Quignard (1948):

“Hay que buscar ese:“el silencio [que] ha dejado de ser un callarse”.

Podría decir que Mal de espejos es la historia de un niño de la calle, un lustrabotas de la Plaza Grande que generará un cambio en el porvenir, por la suerte o el azar de haber conocido a uno de los más importantes narradores de ficción no sólo del Ecuador sino del castellano, Pablo Palacio (1906-1947), a veces olvidado y vilipendiado por muchos por su enfermedad mental. En esta obra, Alcarás funda una corriente en la literatura ecuatoriana que podría llamarse la literatura de la orfandad, entre el delirio, el silencio y el olvido. Pregunto: ¿acaso en todo el planeta conocen al Ecuador?, o parafraseando a Ricardo Piglia, este relato del novelista es una ficción paranoica de la realidad ecuatoriana desde sus inicios a hasta el día de hoy.

«Mal de espejos» funda una nueva tradición: “la literatura de la orfandad”, se aleja de ese realismo puro de la literatura ecuatoriana y modifica la realidad en un híbrido de tres registros: entre la ficción, la historia y la filosofía.

Además, Alcarás en esta novela emula al Aleph de Jorge Luis Borges (1899-1896) porque el escritor argentino en ese memorable cuento utilizó el recuerdo de la mujer que tanto amó, Beatriz Viterbo, o sea, a la realidad, y a Carlos Argentino Daneri un poeta perfecto o imperfecto, con él suma a la ficción, para encontrar ese plano donde observó al universo, al origen de todo y especialmente a su tradición. Alcarás, al igual que Borges, con la ficción y la no ficción construye como plano futurista a Marcelo Trinidad Alcasser para buscar la razón de la existencia de este país ubicado en el medio del mundo. El personaje es una voluntad para recuperar la memoria o la búsqueda incesante de comprender qué significa ser ecuatoriano y para eso le sirve el gesto palaciano de don Pablo, tanto el del narrador ficcional como el de figura pública, o sea, una mezcla de lo que fue, de lo que es y de lo que puede ser el Ecuador.

Por eso utiliza, me atrevo a decir al atributo del pie de página en los diarios de Marcelo Trinidad Alcasser para reconstruir esa “realidad de verdad” como el indica en la novela, que viene hacer un reflejo de la sociedad ecuatoriana en el siglo XX, el nieto de Alcasser desea y quiere contarlo todo, en esos pies de página le cuenta a su destinatario Antoñito y le insiste en ejecutar una biografía de su abuelo, y aquí pregunto: ¿por qué no podría ser una biografía diferente de toda la literatura nacional?.

Mal de espejos, con esa tríade: alucinación, poder y orfandad, funda una nueva tradición: “la literatura de la orfandad”, se aleja de ese realismo puro de la literatura ecuatoriana y modifica la realidad en un híbrido de tres registros: entre la ficción, la historia y la filosofía. Este relato se convertirá en un tratado filosófico-novelístico, en un revisionismo-fábula, en una ficción-biografía de la ecuatorianidad o un retrato literario de uno de los escritores más importantes que ha parido la línea imaginaria. El relato de Alcarás podrá ser leído en todo destino, en todo tiempo, así como lo dice Palacio en el final de la novela: Vida del ahorcado. Novela subjetiva:

“Ahora bien:

«Esta historia pasa de aquí a su comienzo. En la primera mañana de mayo; sigue a través de estas mismas páginas, y cuando llega de nuevo aquí, de nuevo empieza allá…

«Tal era su iluminado alucinamiento”.

Digámoslo todo pero digámoslo todo por partes o tal vez falte tiempo, o tal vez, alguien se entere, se anime y lo estudie toda la vida, o como cuando termina Mal de espejos:

“Tal vez no sucedió o tal vez sí ; todo pura verdad, sin embargo”.

Andrés Lasso Ruales

Andrés Lasso Ruales

Cronista y ensayista. Máster en politícas ambientales y territoriales por la Universidad de Buenos Aires. 

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