El 16 de noviembre habrá una consulta popular cuya pregunta D es: ¿Está usted de acuerdo en que se convoque e instale una Asamblea Constituyente…?
Convocar a una asamblea constituyente equivale, en el mundo jurídico y en la estructura de un gobierno, a la utilización de armas de destrucción masiva en una guerra. Es destruir los fundamentos jurídicos de un Estado para supuestamente empezar de cero, hacer “tabula rasa” con el diseño jurídico del Ecuador.
Ni en la guerra, ni en lo jurídico se empieza desde cero luego de utilizar un arma de destrucción masiva, lo que queda es miseria y confusión. Durante un proceso constituyente hay una sociedad que no puede paralizarse, las personas siguen adelante con su vida, con sus tratos entre personas, sus tratos con el Estado. La sociedad no empieza de cero, usted sigue con sus deudas, con sus obligaciones, la vida avanza, pero con una enorme incertidumbre jurídica e institucional impuesta sobre nosotros mientras dure el “proceso constituyente”.
Esta incertidumbre no se limita únicamente al periodo constituyente, sino que, en el hipotético caso de aprobarse un nuevo texto constitucional, persiste incluso después de ese fatigoso proceso. Ello se debe a que todas las normas secundarias deberían armonizarse con la nueva Constitución. En consecuencia, la incertidumbre y la inseguridad jurídica se prolongan, al menos, por diez años más —tiempo promedio que, como ya mencionamos, suelen durar las constituciones en Ecuador—. Y así, si juzgamos por nuestra historia, el país volverá a convocar otra constituyente y el ciclo refundacional del Ecuador comenzará de nuevo.
Conociendo este ciclo destructivo en la historia del Ecuador, se entiende porque el país no ha logrado construir un ordenamiento jurídico sólido, o una cultura social del respeto a la ley. No ha habido tiempo para construir instituciones sólidas, la gente no cree en la ley, el Ecuador solo respeta los liderazgos tóxicos de gente prepotente que se impone, no en la norma.
Desde 1830 (año en que se fundó Ecuador) hasta la fecha, hemos tenido 20 constituciones. Es decir que cada nueve años y ocho meses cambiamos de constitución ¿El resultado? Un país pobre, desigual, inseguro, injusto, desempleado, de poca educación, mala salud y sin respeto a la ley. ¿Cambiar la constitución va a corregir los problemas estructurales del Ecuador? NO.
Las comparaciones son odiosas, pero ilustrativas. Si tomamos como ejemplo a la democracia más antigua del mundo —el país donde nació el presidente Noboa, Estados Unidos— y comparamos el número de constituciones y asambleas constituyentes que han tenido, quizá encontremos algunas claves de las distintas historias que hemos vivido ellos y nosotros. Estados Unidos ha tenido una sola Constitución; Ecuador, en cambio, veinte, y hoy se nos propone avanzar hacia la vigésima primera. Muchos dirán: “es que su cultura es más avanzada que la nuestra”, “siempre fueron más ricos”, o recurrirán a cualquier otra frase sumisa basada en nuestros complejos de inferioridad.
Es cierto: somos países con culturas e historias muy distintas, pero también compartimos semejanzas, y el Presidente Noboa podría aprender algo de sus compatriotas estadounidenses. Al igual que en Ecuador, en Estados Unidos el respeto a la ley no era, necesariamente, parte de su cultura, pero lo fueron construyendo con el tiempo. Sus instituciones también fueron débiles y atravesaron periodos de gran corrupción; sin embargo, gracias a la estabilidad institucional que lograron mantener, pudieron desarrollar mecanismos para corregir y contrarrestar esos momentos críticos. Han tenido —y aún tienen— pobreza extrema y una marcada desigualdad, problemas que persisten en distintos niveles. La diferencia esencial es que ellos no han recurrido a interminables procesos constituyentes.
En Estados Unidos siempre han sabido que su texto constitucional no es perfecto, y por eso han tenido más de 27 reformas constitucionales, sin contar las reformas hechas en las constituciones de cada uno de sus 50 estados, ya que al ser un gobierno federal cada Estado tiene también su propia constitución. Sus altas Cortes no se han descabezado cada vez que se elige un nuevo gobierno, su sistema de justicia ha ido construyendo, generación tras generación, las bases de una independencia de poderes que es uno de los pilares fundamentales de su democracia.
Me llama mucho la atención, que en la discusión pública sobre la constituyente, muchos economistas, juristas y políticos, que han reclamado día a día por seguridad jurídica y estabilidad para sus clientes y la economía, y que tanto dicen admirar a Estados Unidos, ahora aboguen rabiosamente por un bombazo al marco normativo nacional ¿Por qué están dispuestos a entrar en un proceso de incertidumbre y de inestabilidad? Pienso que algunos le apuestan a que pueden ganar más de lo que pueden perder luego de este proceso. Por ejemplo, al eliminar los derechos de la naturaleza, el derecho al agua y el eje de protección a la naturaleza, pueden avanzar en sus ansias por destruir páramos, ríos, bosques nublados y otros ecosistemas para enriquecerse con una minería barata. Otros sectores le apuestan a la disminución de derechos laborales para abaratar sus procesos de producción; y otros a la privatización de la seguridad social y sectores estratégicos para fortalecer los oligopolios criollos.
Otros de estos actores, que ahora claman por un periodo refundacional, me parece que demuestran un lado aún más rancio: Su desprecio por la democracia. Son personas, he conversado con algunos de ellos o se los ha escuchado en medios, que les incomoda la democracia; le apuestan a un país donde no exista el debido proceso y donde el poder que los representa a ellos (y que siempre debe representarlos a ellos) pueda allanar casas sin órdenes judiciales, controlar a los sectores más pobres que se opongan a sus intereses con el uso sin control de la fuerza: disparar, torturar, detener, todo arbitrariamente. Quieren que no sea delito detener, por ejemplo, a cuatro niños negros en la noche y luego asesinarlos, si es que argumentan que pensaban que eran criminales. Le apuestan a un país donde las mujeres no les hablen como iguales, o que los “maricas” no les den mal ejemplo a los niños. Le apuestan a un país donde los “indios sepan ocupar su puesto”; a un Estado unitario, con una sola nacionalidad, bien a la imagen y semejanza del hombre criollo con poder que ellos piensan que son. Le apuestan a un país sin diversidad.
Los sectores referidos se desenmascaran, no quieren estabilidad, se niegan a impulsar la institucionalidad que el país que ellos tanto dicen admirar, lo ha hecho sin 20 procesos refundacionales. Quieren un país sin democracia, sin instituciones, con más privilegios que derechos, homogéneo a la fuerza, desigual y discriminador, pero controlado por ellos.
Hay quienes genuinamente consideran que una nueva constitución es necesaria para una mejor democracia en Ecuador, pero no comparto que este sea el mejor momento, ni la mejor forma para hacerlo.
Es posible que estos sectores, el 16 de noviembre, logren convencer a una mayoría de que “hay que volver a empezar de cero”, pero veo muy difícil que logren sostener un país con tanto retroceso jurídico. De lograr hoy su cometido, es probable que luego de nueve años y ocho meses aproximadamente (tiempo promedio que dura una constitución en Ecuador), luego de alguna explosión social, se venga otro proceso refundacional, y entonces el día empezará de nuevo (como en la película “el día de la marmota”), mientras los problemas de pobreza, desigualdad, inseguridad, injusticia, desempleo, salud, educación, y falta de respeto a la ley subsisten igual o peor que hoy.
Entonces, por esto digo NO a una asamblea constituyente.
