jueves, mayo 7, 2026
Ideas
Juan Cuvi

Juan Cuvi

Master en Desarrollo Local. Director de la Fundación Donum, Cuenca. Exdirigente de Alfaro Vive Carajo.

Venezuela: la espera indefinida de la democracia

Lo que está en discusión no es la condición humana de la oposición venezolana, sino la respuesta mayoritaria de un pueblo que rechazó al régimen. La pregunta central, en esas circunstancias, es por qué lo hizo.

El poder es una casa encantada de la cual hay que salir corriendo lo más pronto posible. Quien se queda más tiempo del necesario termina poseído por los fantasmas de la codicia, la arbitrariedad, la corrupción y la estulticia. Para muestra un botón: los jerarcas del chavismo han entrado en un estado de trance del que solo pueden esperarse incoherencias y desvaríos. Como las declaraciones que formulan a diario luego de la derrota electoral de diciembre del 2015

Cuando Maduro descalifica al pronunciamiento popular en las urnas como una equivocación, entrega a los sectores oligárquicos de la oposición los argumentos más idóneos para la lucha política. ¿No será que ese mismo pueblo que hoy se equivocó –dirán, con toda razón– también se equivocó en todas las elecciones que ganó el chavismo? La arbitrariedad retórica tiene sentido únicamente dentro de los territorios de la demagogia; pero cuando se la quiere convertir en recurso del razonamiento, aparece como un indicador de pobreza intelectual. De rudeza. De ignorancia. Basta invertirla para que desnude la incoherencia de sus mentores.

Algo similar ocurre cuando Maduro tilda de “burguesa” a la nueva Asamblea Nacional. ¿Significa eso que los 55 asambleístas del oficialismo son parte de la burguesía venezolana? ¿O que la composición del primer poder del Estado marca la naturaleza del régimen en su conjunto? ¿O que estamos asistiendo a una portentosa e inimaginable creación de una nueva doctrina política, de un nuevo modelo de Estado en el cual conviven dos sistemas antagónicos? ¿O que el fracaso del proyecto bolivariano ha sido tan estrepitoso que en 16 años de férreo control del aparato estatal no pudo cambiar la esencia de la representación ciudadana? Mucho bien les haría a estos incultos líderes populistas leer a Gramsci y su tesis de la hegemonía.

Procesar las derrotas atraviesa por aceptarlas. Eso deberían saberlo sobre todo quienes han montado un proyecto cuya columna vertebral son las fuerzas armadas. Es teoría militar básica. Pero tal parece que la fatuidad, la soberbia y la obcecación de algunos comandantes chavistas impiden un baño de realismo. Lo que está en discusión no es la condición humana de la oposición, sino la respuesta mayoritaria de un pueblo que rechazó al régimen. La pregunta central, en esas circunstancias, es por qué lo hizo.

Y aquí no caben sofismas de ninguna clase, como las conspiraciones internacionales o la guerra económica. Las explicaciones deben partir de premisas objetivas, ciertas. De otro modo las conclusiones seguirán siendo equivocadas, fantasiosas, antojadizas. Como hasta ahora.

Lo que más exaspera en esta disputa entre camarillas es la irrelevancia que le asignan a la democracia. Ambas facciones se sienten insufladas por una misión salvífica, ungidas por una verdad suprema, investidas de la legítima representación popular. Cada una, a su modo, padece una especie de síndrome de la convicción: están absolutamente convencidas de tener la razón. Los unos para aferrarse al poder, para continuar gozando de las prebendas a nombre de un supuesto socialismo; lo otros para reemplazarlos, para dejarse poseer por los mismos fantasmas. Todo se reduce a una contienda entre élites: a los atropellos de los antiguos jerarcas se responde con atropellos de nuevo cuño.

Poco importa lo que piense y sienta un pueblo agobiado por la crisis, la incertidumbre y la desesperanza. La democracia puede seguir esperando indefinidamente.

Nuevas columnas

Más leídas

Más historias