sábado, mayo 9, 2026

Nosotros los de siempre (IV)

La publicación por capítulos de la novela de Carlos Vásconez, Nosotros los de siempre, es un experimento decimonónico que se ancla en la modernidad. Vásconez ha confiado en Plan V para publicar una novela por entregas, como un ensayo en el cual los lectores son los beneficiarios. Cuarto capítulo: La mancha invisible

Carlos Vásconez

Por: Carlos Vásconez

Capítulo cuatro

La mancha invisible

Oliver Jagord compró un espejo de bolsillo. Midió su calidad soplando aire cálido y garrapateando en su superficie un Sogria que ningún otro ser humano hubiese descifrado. Letra diminuta, idéntica a rastros de vaivén de hormiga laboriosa, o de hormiga ebria, o de hormiga que cargaba en las espaldas un peso exagerado que sin embargo no alcanzaba a doblegarla. No sabía pero pensaba con acierto que el camino más largo era el de regreso, tal como le había asegurado la Rosa de los Vientos. No conocía otro, era el único que conocía para llegar a Sogria. Si le hubiesen dado un mapa habría adivinado al primer intento la ubicación cierta de Sogria y del tapiz y de su padre y de aquel andén. Habría sido un Odiseo leyendo mapas. Habría intuido cuántos kilómetros los ditanciaban al uno del otro, cuántos pasos le hacían falta para llegar a de nuevo contemplar ese rostro tallado en mármol que un día del Señor cobró aliento para desconcertar a su lengua. De pronto, Jagord se olvidaba que no hablaba desde antes, mucho antes de su encuentro con Sogria, sino tenía esa sensación de que la mudez empezó al verla, de que fue ella la culpable de que él no encontrara la palabra indicada que le debía decir. Como si estuviera escapando de prisión de nuevo, estaba convencido que desde cualquier otro punto del camino de regreso y tomando cualquier vía se extraviaría en el intento. Por eso se quedó quieto, para perder la desorientación.

V

También te puede interesar

Nosotros los de siempre (III)

Vio en el espejo de bolsillo hasta donde pudo el fondo de su boca que era el inicio de su garganta. Dijo ah, alargando la h, aunque lo que sonó fue un ahogo, la aspiración de un aire muerto. Los animales muertos que había comido ¿mataron su sistema comunicativo? No había ninguna palabra, ninguna cosa ahí que obstruyera el tránsito de los sonidos. Ejercitó su voz a cada instante mientras el mundo pasaba bajo sus pies que todavía no se acostumbraban de nuevo a eso de andar.

Leyó muchas cosas en un idioma en el que el lenguaje lo es todo y comprendió como comprenden los que no saben que están ante la majestuosidad y que aun así gozan a plenitud de ella, que no hay hazaña de, digamos, Napoleón, que podría compararse a en esplendor a Guerra y paz, porque en todo lo que importa es el lenguaje, que ese es el camino a seguir. Esa idea lo atormentó un momento, hasta el momento en que se olvidó que no lo había leído sino inventado, y quién era él, en su insignificancia, lo que le quería decir “estar sin Sogria”, para crear algo trascendental. Así que mejor leyó, en una opulencia tonal de su lenguaje ido, que en África secuestran a las personas raras. A los albinos, por ejemplo, los raptan con el fin de que les lean el futuro. Cuando ven que sus deseos no son cumplidos, los asesinan criminalmente, para no sentirse muy decepcionados, quizá como excusa del secuestro. “Criminalmente” quiere decir que les hacen sufrir muchísimo antes de darles el zarpazo final. Quiere decir que incluso los destripan, a ver si es allí en donde reposan sus cualidades de videntes.

La verdad es que Jagord no tenía ningún problema en las cuerdas vocales o en el habla. La verdad es que Jagord era un problema entero, es decir que sí tenía también problemas en las cuerdas vocales y en el habla. Tampoco es que no tenía qué decir; muy al contrario, cuidaba un amplio repertorio de ocurrencias, casi todas de muy bajo nivel estético pero, en cambio, tan variadas que podía entretener a cualquiera. ¿No es esa también otra forma de la estética? Y que ni se piense que su egoísmo o megalomanía llegaban a tal nivel que consideraba que decírselo a sí mismo era la única forma de tener un buen interlocutor. Lo único que pasaba era que no sabía cómo sacarlo de sí; un pragmático aseguraría que si algo lo acalló fue la costumbre del silencio, adquirida en su celda.

“Criminalmente” quiere decir que les hacen sufrir muchísimo antes de darles el zarpazo final. Quiere decir que incluso los destripan, a ver si es allí en donde reposan sus cualidades de videntes.

¡Oh, curiosidad empotrada en las cosas!, el barco primero, el tren luego, los vehículos todos que usó de regreso emitían los mismos sonidos que los de ida. Fue en este trayecto cuando conocí a Jagord, a quien yo le cambiaría la vida. ¿No es eso lo que todos anhelamos a la larga? ¿Venir al mundo y tener una causa trascendental que cumplir y hacerlo de modo que nada en el universo lo olvide? De no ser por mis interminables agujeros negros, que cierto psicoanalista de mala cepa tildó de depresiones, no lo hubiese conocido ni me habría interesado su historia. Fue en el extremo oriental de la ciudad de Bujha, en donde me sorprendió lo pecosas que pueden ser las personas que no ven el amanecer, porque en Bujha la gente dormía muy tarde, en que lo vi, acuclillado en una esquina, pidiendo una moneda con su mano torva y extendida. Tenía una cara oblicua, la misma que tienen a quienes les extraen las muelas de una sola mejilla, aunque cuando intentaba dar las gracias la enderezaba. Yo estaba hospedado en el hotel Haim Na-Gou, que en cristiano significaba algo así como Los aprendices. Me gustó ese nombre. Yo siempre me he considerado a mí mismo como un aprendiz.

En el lobby descansaba una cafetera siempre humeante y siempre a rebosar. Una mucama solícita, que se desvivía por los huéspedes, estaba en todas partes, colocando las flores, sacudiendo las cortinas y las alfombras, tarareándoles melodías incomprensibles e iletradas a los gatos, en un tono solo entendido y apreciado por ellos, que parecían multiplicarse de espontáneo. Nunca había observado esa profusión de razas felinas, se enredaban entre mis pies, impidiéndome caminar sin ver al piso para no aplastarlos, como una reverencia al mismísimo acto de caminar. Si Dios existe tendrá su amabilidad. Trabajaba tanto y tan bien que pasaba desapercibida, como un mayordomo, un adorno esquinero sin el cual todo se descompondría.

Salí a la calle con mi tacita con el propósito de sacarle todo el jugo a aquella media mañana palaciega y a un cigarrillo, hábito que no me lo quita ni el Apocalipsis. Tampoco al café, pero el café ningún apocalíptico quiere quitárselo a nadie. El cigarrillo es otro cantar. Siempre he sospechado malamente y viéndolo con recelo, que el cigarrillo nos quita en mucho la voz para suplantarla por la voz que perdimos en el incendio original. Y que nadie me venga con la cantaleta de que no saben que el Edén fue hecho cenizas ante la expulsión de sus dos habitantes originales. Por eso dizque no lo encontramos por ninguna parte. ¡El Edén es el Averno, por el amor de Dios! ¡Cuánto me costó hacérselo entender a mi ex!

V

También te puede interesar

Nosotros los de siempre (II)

Bueno, basta de desvaríos, que de eso se quejó mi gran psiquiatra. Que voy al pasado con la carga del presente, me decía. En fin.

Jagord no veía a los transeúntes y sus maneras no eran las de un hombre a quien no le quedó otra opción que identificarse y actuar como pobre. Eran los ademanes de alguien que pedía dinero con una causa, que tal vez y si se lo proponía habría podido desenvolverse en el mundo, e incluso triunfar, aunque eso les esté reservado a pocas personas. “Los mendigos cantan”, pensaba. Mendigaba como quien reúne, centavo a centavo, con la mira puesta en comprar una mansión. Además, estaba el hecho de que sus ojos eran de alguien que ve una sola cosa como objetivo vital. Magníficos, sus ojos tenían una inocencia que hacían pensar en los ojos propios; en realidad, transfiguraban su fealdad. Sus ojos traspasaban a quien veían. El mendigo o pedigüeño no ve más que el dinero, cuando lo tiene casi siempre termina por administrarlo mal. Su canto es una plegaria por su mala suerte, por no saber contar.

“Esta es mi mano”, decía al estirarla a los paseantes. “Usted tiene en su bolsillo un billete. Ese billete es un estorbo. Créame cuando no le digo que debe entregármelo a cambio de su alma”. Todo lo hacía sin mirar a las personas. Cabizbajo o con los ojos estáticos en la nada, cosa que daba un resultado favorable al cautivar a tanto espíritu pobre que de forma magnética dirigía su mano al bolsillo y extraía, haciendo pinzas con el índice y el del medio, ese billete como si de un conejo de chistera se tratara. Lo colocaban con cierta veneración en su mano en espera de que por fin la mirada recayera en ellos, pero siempre les devolvía lo mismo y Jagord apenas si sostenía el dinero cuando sentía que sufría leves espasmos y tics nerviosos causados por el soplido del viento, que no quería más que jugar a las carreras alguna vez.

Mi depresión estaba bastante controlada. El motivo de mi depresión estaba en su casa a varios miles de kilómetros, lo que, por más que se procure, no es un aliciente definitivo, pero sirve de algo. Quien diga que el mundo no es un acordeón, no entiende nada de nada.

Las recomendaciones de mi psiquiatra fueron claras: “Cambia el mundo en el que vives. Viaja. No olvides llevar unos prismáticos o una lupa, algo que varíe tus perspectivas. Recuerda que estas casi siempre son erradas. Debe ser un giro de ciento ochenta grados, algo sustancial. Respira otro oxígeno. Aspira los suspiros de otra gente, de gente que se alimenta con cosas extravagantes para ti, para mí, para ella. Siente la rugosidad de la vida y no esperes que solo tenga la finura casi invisible de la seda, que es lo que todos por estos lugares buscamos.” Lo entendía a cabalidad. Por eso invertí todos mis ahorros en este viaje, ese dinero que tenía en una cuenta bancaria y que estaba destinado para ella, para nuestros hijos. Me atrajo de inmediato la idea del giro drástico, ¡y a quién no!, por lo que dispuse las valijas, negras con vivos grises, y viajé al otro lado del mundo, buscando la latitud exacta desde donde pudiera empezar. Si bien mi presupuesto no era demasiado, era el suficiente para darme algún lujo. Para que la vida no cambiara de forma radical hasta su extremo escogí la nostalgia que proporciona el viaje, el desprendimiento. Les dije a mis padres, a mis dos amigos de verdad que pretendieran que yo ya no existo, que hicieran eso por mí por un tiempo, que la amargura que me ocasionó esa mujer era solo comparable con el amor que construyó en mí.

V

También te puede interesar

Nosotros los de siempre (I)

Yo no tengo ninguna seguridad en la vida y sin embargo estoy seguro de que Jagord caminaba porque tenía que hacerlo, como un bebé, y por eso buscaba el camino de regreso a la casa de la amada. Sogria se llamaba la chica y era más que una pobre aldeana, atrapada por los prejuicios de su padre en un trabajo que no tardaría en agrietarle la piel y oxidarle los anhelos. Era una mujer opuesta a los impulsos de Jagord. Inmóvil. En otras palabras: una pieza de arte. Deduje con facilidad que vivía en un barrio no visitado por los turistas, al menos que en este no se quedaban. Por eso no la veían con atención. Su casa debía ser modesta en exceso, rodeada por un callejón con empedrado deficiente. Su padre debía ser en cambio un viejo decrépito, de cabellos hirsutos y evidentemente borracho. Exploraba los micromundos con artística minuciosidad, los nanosegundos eran su tiempo de goce. Una cosilla le era la representación del cosmos. Ella no quería irse a ninguna parte, porque estaba bien situada en el mundo. Su lugar, el mundo. Lo digo porque después de un tiempo, he aprendido a no amarla tanto, con la fiebre y tortícolis de quien gira la cabeza a cada rato para buscar lo que nunca está ahí. Pero cuando la conocía imaginariamente por ayudarle a Jagord a recuperar la virtud del habla y porque me dispuse como su traductor personal, llegué a amarla con una profundidad enfermiza, que es, me lo decía Oliver Jagord, la única forma de amar de verdad.

Esa era la práctica que aprendimos a manejar y que comprendimos que daría resultado al final: explotar a Sogria y sus cualidades, hacerlas vigentes, recordarla al punto de que sus rasgos y sus aptitudes peculiarísimas se volvieran palabras que pudiera repetirlas. Una terapia sencilla, bastante básica, a decir verdad, y por lo tanto funcional.

Debo aclarar algo. A pesar de que las consultas psicológicas y psiquiátricas a las que me condujo el abandono de mi ex mujer siempre terminaban con las recomendaciones comunes de “haga ejercicios”, “viaje” y “escriba” sus emociones, no había practicado este último consejo sino hasta que el silencio de mi amigo se interpuso en mi ruido nauseabundo y rudimentario. A partir de entonces, merced a su cualidad silente, que, como una deidad a la que se reza en busca de las palabras adecuadas para convencerla de darnos sus favores y cumplir nuestros deseos, descubrí palabras que me eran hasta entonces extintas o que habían quedado arrinconadas en algún sector de mi corteza cerebral. De pronto, digamos, supe escribir, lo que germinó a este diario siniestro que da cuenta solo de un amor rotundo. Me explicaré con las —espero— dosis suficiente de aceitado empleo del lenguaje. A esto debo añadir que por supuesto que encontré similitudes entre aquel ser oscuro y yo. Éramos dos raros, o excéntricos, si se quiere, como un discurso sabroso y bufón en medio de una cena desabrida. Quiero decir que éramos alimento de los demás. La celebración de los otros.

El motivo de mi depresión estaba en su casa a varios miles de kilómetros, lo que, por más que se procure, no es un aliciente definitivo, pero sirve de algo. Quien diga que el mundo no es un acordeón, no entiende nada de nada.

Un día caminábamos, hombro contra hombro, igual a dos hermanos que pasean por su ciudad de origen; él, con su ensimismamiento abisal que me tomó trabajo digerir, pero encantador; yo, bello y de pelo negro azabache; de físico y porte tan distinto pero idénticos al rato de zambullirse a las ensoñaciones del otro. Nos llamó la atención una bandada de buitres que planeaba en círculos en el centro de la ciudad. Debajo de ellos vi un portal gigantesco y en uno de sus pilares una inscripción con una placa al pie que traducía lo ahí escrito: “Aquí fue expuesto, para su humillación pública, el hombre que juró haber amado a todos. Los buitres hicieron de él su presa de terror, su comida y luego anidaron en sus restos, siendo al fin lo que estaba destinado a ser: criador de buitres. Que su ejemplo sirva de lección”. A espaldas del pilar opuesto se leía en cambio: “Este es un monumento nacional que dedicamos al hombre que nos amó a todos, que ofrendó incluso su propia carne por los animales más detestables del mundo, criando buitres”. Jagord lo veía con tristeza, como quien ve un autorretrato espantoso e inmejorable, mientras una silenciosa inquisición desarrollaba sus fantasmagorías en su espíritu. Todo parecía dictarle unos celos nacidos de la impotencia física, de la distancia y acaso del horror que le causaba su propia decisión de revisar sus pasos con un fin nada seguro como es el amor correspondido. Todo era una farsa. ¡Cuánto soñaba con echar un chal sobre los hombros de su amada, una mascada alrededor de su garganta! Entonces se dibujaba con imperceptible pincel una sonrisita que de tan fugitiva desaparecía al instante en que asomaba su tenue danza sobre aquella boca.

El marco en el que vivía el pobre diablo era la ciudad y la meditación era el aire que se respiraba al verlo. Uno lo veía y exhalaba profundo, aunque uno estuviera del todo sereno y el corazón palpitara a ritmo de vals. Bastaba con alejarse dos o tres metros, prudentemente, y, ¡válgame el Cielo!, era como estar ante un cuadro, el hombre no se desplazaba. Así íbamos, como dos ladrones buscando el lugar preciso para nuestra siguiente fechoría, ofreciendo a todos la imagen perfecta de una relación de amigos que nadie podía imitar.

Implementé un procedimiento desde toda óptica sencillo e innovador. Amortiguaba sus funciones básicas con una pastilla para el dolor de cabeza, un té relajante y la lectura en voz alta de cualquier material impreso que encontrara al paso, pero tenía que ser en un idioma desconocido. La confusión de las lenguas nos obliga a buscar la propia. Tal realidad lo predisponía para el trabajo. Una suerte de terapia de lenguaje, si se quiere contemporizar al hechizo.

Todo empezó cuando le invité a beber café. Me miró y se incorporó como si en lugar de haber recibido una invitación lo mío hubiese sido una imposición. Creí oír el crujido de sus huesos al moverse. Caminó a mi costado, no detrás, lo que reafirmó mi teoría de que no era pobre en sí, sino porque no tenía más escapatoria.

Sorbió el café y una mujer de ojeras venía y se iba a un lugar detrás del patio del hotel en donde recargaba la cafetera. El hombre bebió tres tazas consecutivas. Ante tanta ansiedad, lo invité a almorzar. Y aunque no era en sí un mendigo, tenía que cumplir con la parte de su aspecto y aparentarlo. Por eso la humildad tremenda con la que aceptaba las cosas y con la que se predisponía a dejarse llevar.

—Vamos a hacer lo siguiente, amigo mío. Se trata de una práctica milenaria para cambiar un aspecto mental que obstruye al buen mecanismo de alguna de las funciones normales. Lo acompañaré en su viaje, porque, créame, no tengo nada mejor que hacer.  Sé que viaja, he ahí su calzado como muestra. Y aunque ciertamente la práctica de la nadería me da al dedillo, siento que ya es hora de reformular mis prioridades, y una de ellas puede ser la amistad. ¿Sabe lo que es la amistad? Es la forma más adecuada de olvidarse o por lo menos depreciar el amor. Todos los días haremos cambios como jamás probar el mismo platillo o mudarnos de forma permanente de camarote. Esas variantes impensadas y sorprendentes no serán planificadas, solo surgirán, dependiendo del ánimo con el cual me levante. Le advierto que me considero un hombre ingenioso; solo alguien ingenioso es suficientemente cascarrabias. Pero le aclararé un detalle que aunque sobre su explicación no elude mi responsabilidad de amigo. Usted no es mi esclavo, y si siente que algo de mi terapia supera sus expectativas, basta con que me lo haga saber para enrocar la situación por otra muy distinta o por lo menos olvidarnos de nuestros ejercicios por una jornada. Un día compartiremos un compartimento, al día siguiente nos separaremos lo más posible. Un día comeremos hasta que las palabras salgan de su esófago, expulsadas por la abundancia de alimentos. Luego, ayunaremos como ascetas y como deportistas del hambre hasta que su estómago le reclame a su boca que funcione para la petición. Un día oraremos a un dios y al siguiente a su diablo, y si usted lo hace en silencio, yo oraré por los dos, a menos que usted, amigo mío, me detenga por estarle incumpliendo a su creencia particular. Seremos dos actores, una obra de dos actores, un equipo. Estamos en la región del mundo famosa por la variedad de prácticas curativas, es este el reino de lo exótico. Habrá plantas medicinales, formas mágicas de tensar sus cuerdas vocales hasta que vuelvan a poder ser entonadas. Un rato de esos desaparecerá su afonía. No me las doy de foniatra, pero una pinta de alcohol diario le quitara esa especie de cáncer que debe estar incubando en su garganta inservible. Seguiremos un tratamiento de aguas minerales, de tomas de sol, usted buscará palabras en todos lados. Tal vez, ¿lo ha pensado usted?, sea un problema de idioma. Usted no ha encontrado al suyo o es de una raza extinta que ha sido creada con el expreso mandato de hablar esperanto, y ante la realidad nefasta de no tener con quién conversar, pues… Son especulaciones, lo sé, pero entre esas, la más descabellada será la real, y a partir de dar con esta es que podremos dar con una sanación eficaz. Al final volverá a ser el tenor que nunca pudo ser. Créame.

Sentía que al comienzo el muy desdichado estaba molesto y compungido. No disfrutaba de mi compañía, ¡y vaya si lo entiendo!, pero al aceptaba, por el pan de un día y el caviar de otro. En él descargaba mi atención a la vez que observaba la destreza con la que se desenvolvía. Era un espectáculo cercano tan solo a ver en una bicicleta a un ciclista de élite que pedalea con placidez sobre una superficie para otros viscosa y para él lisa. Se encorvaba al comer. Incluso a mí me daba ganas de darle una moneda o una palmadita de complicidad e irme y olvidarlo. Pero lo tomé como una misión personal. Que no se crea que no reflexioné mucho sobre mi actitud y que por más que indagué en las profundidades de mis recuerdos no hallé la vergüenza que debí pasar de joven y que debió ser el móvil que me afectaba en la edad adulta con la misma intensidad al punto de servirle a un derviche como su instructor del habla. La tiniebla del olvido, que es siempre fresca cuando alguien entra en ella, no me permitió sacar a la luz una de esas quemaduras de mi pasado. Quizá algún mal día agredí a un necesitado en mitad de la calle, lo quedé viendo de manera egoísta y soberbia. Quizá fue algo más íntimo, como el haberle hecho un daño mayor, haberle ganado el puesto de trabajo a alguien que al no tenerlo no le quedaba otra opción sino dedicarse a la mendicidad. Me sonrojaba, pero por no recordarlo, me sonrojaba para que dejaran de predominar las tinieblas en el sótano de mi olvido. Mi cara rojiza sería como el sol que un buen día en cambio iluminaría el camino de mis recuerdos. ¿Pero qué estaba pensando yo entonces, si precisamente ese viaje debía servirme para ejercitar el olvido? Si bien mi psiquiatra me recetó que en mis viajes recordara el rostro de mi ex hasta que esta no fuera una imagen aborrecible sino más bien cotidiana, tolerable, que, es más y de ser posible, llevara conmigo una fotografía de ella, esa misma, decía, en la que salió más bella que nunca, y la contemplara hasta que constituyera algo tan elemental como el ver un árbol espléndido, alto y frondoso, me era inconcebible anticipar que lo único que sacaría en limpio del viaje sería mi gana intestinal de extirparla de mi mente y que ni los alucinógenos más profusos y efectivos pudieron lograrlo. En mi cabeza habitaba como un insecto que daba saltitos juguetones la certeza de que solo otro clavo sacaría ese que me tenía como un cuadro en una exposición de arte de acción contra la pared. ¿Jagord tenía las características para ser ese clavo? Estaba desconcertado.

Lo veía serio y concentrado. No fruncía su rostro, lo llevaba hacia dentro; era como si un invierno se esforzara para que por el poder de su sola existencia la primavera no lo suplantara.

Me agradaba esta novedad de sentarme junto a otra persona y no tener la imperiosa necesidad de escuchar ni hablar. Aparecían personajes variopintos ante nuestros ojos. Una chiquilla, que no pasaría de los catorce años, rasgos orientales bien definidos, de pies largos, con ásperos callos en los bordes exteriores y que no ocultaba sus deformidades sino más bien las exhibía con desenvoltura, solía cubrir con una capa de esmalte algún defecto de sus manos. Veía a mi amigo perderse, con una intensidad casi de ogro que ha encontrado en medio del bosque a su presa, en el ritual de embellecimiento de aquella chica, en cómo arrugaba la nariz, enojada consigo misma, cuando tenía que sacar el frasco de disolvente para reiniciar su tarea, frotarse todo el esmalte que acababa de aplicarse y volver a empezar. Lo mismo hacía con los dedos de los pies y con la misma torpeza. Tenía los dedos algo torcidos, el pequeño al punto de esconderse debajo de su vecino. Apretaba la barbilla sobre las rodillas. Las grasientas mechas del pelo le colgaban sobre la cara. Todo el vagón de estar olía a taller de pintor de pistolas. ¿Alguien ha estado en uno de esos lugares? Luego Jagord me atrapaba mirándola debajo de la falda que dejaba expuesto al público. En su santa inocencia esa chica era provocación salvaje en estado puro. Le sonreía a Jagord que fingía una sonrisa como la mía, y lo más seguro es que se preguntara qué hago yo con pervertidos de esta talla.

Lo veía serio y concentrado. No fruncía su rostro, lo llevaba hacia dentro; era como si un invierno se esforzara para que por el poder de su sola existencia la primavera no lo suplantara; era la cara de quien trata de doblar una cuchara con la mente. Lo veía pensar en las palabras, mascullarlas, hasta diríase que saborearlas. Las tenía en la boca y lo que les impedía brotar era algo que estaba más allá de Oliver Jagord, de mi comprensión momentánea. Las detenía el temor a no sonar bien, es más, el pavor que sentía a equivocarse al hablar, al elegirlas mal. Era un temor que visto de cerca o de lejos no cabía de más racional. Por eso el proceso de aturdimiento en el que lo metía era del todo coherente con el objetivo que teníamos de que volviera a hablar.

Había otro detalle que con el paso del tiempo él no comprendía bien. En el fondo de su corazón, Jagord no quería hablar porque eso significaba retornar a los tiempos en que eso le acarreaba múltiples problemas. Hablar, además, es uno de los limitantes más grandes del pensamiento. Para comprenderse mejor a uno mismo es preferible silbar o hacer trueque de las palabras por la contemplación. Eso lo había leído en varios lugares. Y no entendía, y yo tampoco lo haría fácilmente (es más, es posible que nunca llegue a entender esas capacidades propias de los milagreros), que su silencio era una forma de captación tremenda. Al no dar, recibía, contrario a toda ley cósmica conocida. Comprendía los idiomas con suma facilidad, los aprendía sin urgir de un repaso y por eso mismo su lenguaje corporal llegaba a transgredir las fronteras del conocimiento, la etimología y el tono. Su lenguaje corporal salía de él, lo tironeaba, cual titiritero o agente de rampa.

Y en realidad, ¿qué tiene que decir alguien? ¿Hay algo que verdaderamente sea importante de ser oído que no se haya oído antes? Pensé en el amor, en que no importa, como dicen que dicen ciertos estetas, lo que se dice sino su forma. Porque bajo el cielo no hay nada nuevo. El voto de silencio de Jagord o el hecho de haberse atrofiado el habla por un problema de salud física o mental, no implicaba nada que no se pueda leer en algún libro sagrado. Por eso comprendí que mi tratamiento tampoco significaba gran cosa. Lo único que importaba era mi esfuerzo por convencerlo de que su mujer lo estaría esperando en algún sitio y que declararle su amor era lo único que podía hacer, eso y esperar una respuesta, palmeando el suelo con la planta del pie.

Lo entendí. Si ella no lo amaba, él iba a regresar a prisión por su propia voluntad. Llamaría por teléfono y dejaría descolgado el auricular hasta que detectasen su ubicación con una de esas máquinas de radar sofisticadas. Lo que por algo ignorado por mí me resultó inaceptable. Volver también es una forma de viaje, sentencié, apelando a algún lugar común digno de tarjetita de ánimos.

El voto de silencio de Jagord o el hecho de haberse atrofiado el habla por un problema de salud física o mental, no implicaba nada que no se pueda leer en algún libro sagrado.

—Tómese esta pastilla. Tráguesela. Ahora, abra la boca y trate de devolverla.

Sus ojos sonreían. Yo le sonreía.

Me fijé en mí mismo. Si algo sana la depresión, son los casos ajenos, y mientras peores, para el sufriente son mejores. Yo estudié y me titulé en la universidad de algo tan ajeno a la psiquiatría como es el sector administrativo y financiero, que vivir estas experiencias terapéuticas era una manera eficiente de visitar otros mundos. Por eso escogía hacerlo al otro lado del mundo. Era como subir de a dos los escalones.

Una tarde inventé un diálogo entre Jagord y otra persona.

—Me llamo Oliver.

—¿Sabe escribir?

—Apenas y hablar.

—Pero no importa lo que dice porque lo dice muy bien.

—Usted cree que yo le hablo ahora mismo. No es otra cosa que lo que espera escuchar.

—Eso es con precisión lo que necesitaba oír. Usted es un santo.

—Los santos dicen cosas acertadas.

—Los santos hablan de lo que no saben, por eso aciertan.

—Pero ellos por lo menos saben hablar.

—Ellos saben sentir.

—Sienten las palabras.

—Las palabras se hicieron para mentir.

—Usted miente que no sabe hablar.

—Hablo tanto que solo sale de mí el silencio.

En la realidad, la ropa se encaprichaba en no sentarle bien. Afuera el viento hacía lo que mejor hace, se perseguía a sí mismo. Su semblante era el de un hombre arrepentido. La idea del descanso para él quedaba a años luz de distancia. ¡Cuántas horas a oscuras habrá liquidado a punta de chasquidos, intentando sacar del roce de sus dedos una chispa de luz! ¡Cuando los sentidos olvidan algo desmedidamente, el espíritu es eso lo que necesita por completo! Jagord alisaba su camisa, se subía las mangas y practicaba el gesto de esconder la joroba que no tenía. Era un espectáculo verlo buscar en sus recuerdos como quien ha entrado en la cama de la mujer amada y ya ahí no tiene idea qué hacer.

A Jagord le leía sendos manuscritos sobre algo que a mí me resultaba desconocido. Él lo entendía a la perfección. Yo anduve disfrazado de especialista. Él admitía todo. Ahora intuyo que él descubrió mi pequeño embuste desde un principio. Fingir una profesión no es nada dificultoso, fingir una vocación es una imposibilidad del ser.

Leía lento y leía rápido. Leía con furia. Leía como si un ser diminuto me tirara de la lengua desde el fondo de la garganta, por eso me la aclaraba. Leía con la consciencia limpia, como si yo mismo lo hubiese escrito.

Implementé un surtido conjunto de recursos que si bien no eran del todo innovadores sí valían para calificar los probables avances de mi compañero de viaje, o quizás resultaría más adecuado llamarlo guía; el destino y los avances los marcaba él. Mi imaginación era avivada a diario por el abanico de sus resoplidos, esa manera de bufar tan afín al ganado. Me las ingeniaba para no caer en lugares comunes como obligarle a hacer gárgaras con amoníaco o a deletrear el alfabeto cantonés en reversa. Le suministraba delicias con un tiento admirable. Un día una galleta salpicada de trocitos de nuez apenas salida del horno. O un bocadillo de pan, albahaca y tomate refrito. Al siguiente metía en su boca, que pensé mal pintada por un gran artista, bajo la consigna de que su obra maestra no pudiera soltar los secretos de su paleta, un chocolate elaborado en tierras meridionales y le recomendaba que no lo mordiera sino que dejara que se derritiera sobre su lengua y que intentara que se pegara a su paladar hasta que no quedara sino un recuerdo que su cavidad bucal habría de resistirse a perder. Él seguía mis instrucciones al pie de la letra. Era tan extraño como el mundo el ver a un ser humano entregado a una causa con tal disposición. ¿Cómo sería Sogria, me inquiría, para causar algo así en otra persona, para que Jagord se jugara el pellejo y su voto de silencio por decirle algo coherente y bello? Yo continuaba con las prácticas de mi medicina homeopática e inventada por mí mismo y notaba con algarabía contenida cómo el temor a las palabras se iba apagando en los labios de Jagord. La idea en el caso específico de las exquisiteces en las que invertía mis centavos era que su paladar no contuviera el deleite, en contraste a la cantidad de dolor que debió evitar proferir para no parecer débil.

Leía lento y leía rápido. Leía con furia. Leía como si un ser diminuto me tirara de la lengua desde el fondo de la garganta, por eso me la aclaraba. Leía con la consciencia limpia, como si yo mismo lo hubiese escrito.

Cambiábamos de tren con facilidad. El viaje en locomotora hoy en día es más una idea que un hecho. Las distancias siguen siendo tales cuando uno sube en uno de estos grandes dragones. Los árboles milenarios no estorban para la apreciación del paisaje. Sus pasajeros son románticos, y si no lo son, actúan como si lo fueran. Uno de los detalles que no tardé en percibir fue que Jagord se detenía con frecuencia a observar a los jugadores de ajedrez. Había muchos y se sentía que se jugaban la vida en cada partida. Me animé a retarlo un día.

—¿Juega?

Me miró como quien dice “Nadie que vea mi rostro sobrevive”, y asintió.

La partida no fue justa. Mi derrota en tan pocos movimientos me impulsó a pedirle una revancha que negó. Movía las piezas sin levantarlas del ras del tablero de no ser necesario. Las deslizaba. Eran una extensión suya.

—Si no me honras con la revancha, juega contra alguien más, alguien mejor —solté, seguro como estaba de que tenía de compañero de travesía a un maestro.

Le planeé una partida. Investigué quién era el mejor contendiente a bordo y lo reté en nombre de mi amigo. Había que apostar en contante y sonante. Le expliqué, casi mediante gestos de mendicidad, que mi petición tenía connotaciones terapéuticas. Al cabo, el hombre accedió y tuvo a Jagord al frente en un santiamén. ¿Cuándo le creció la barba a mi amigo? Lo veía y yo sentía cosquillas en la garganta.

Como contra mí, el juego fue un fiasco, no hubo rival. Jagord hizo de él papel confeti. El hombre me agradeció a mí por no haber aceptado el reto económico y, también, por incitarlo a jugar con alguien así de hábil.

—Cualquier amante de este juego espera un día enfrentar a alguien de ese tamaño —me dijo en un yiddish contaminado de turco—. Basta ver cómo se maneja, con cuidado, un equilibrio inusual, como si cualquier paso en falso lo delatara, sin menospreciar a nadie. De estos hay escases en este mundo. ¿Sabe usted que no equivoqué un solo movimiento? Perdí igual a si bebiera el café más costoso, con mi lengua ansiosa por encontrarle ese sabor que lo valoriza en el mercado y sabiendo a la vez que tan solo lo descubriré mucho después de haberlo finalizado. La gloria está en el recuerdo. Su amigo me gana en el recuerdo —eso, o algo muy parecido, fue lo que oí.

No lo molesté más con el tema del ajedrez. Su superioridad en ese juego me amedrentaba. ¿Y si él había sido encarcelado injustamente por ser un maestro capaz de derrotar incluso a las máquinas, a las que se sabe que ya ningún humano derrota? ¿Y si mentes inferiores lo que hacen hoy en día es apartar de la sociedad a las personas con cualidades superiores, para que los mortales como un servidor no se sientan menos que nadie y pueda existir la armonía imperante? ¿Y si el silencio de Oliver Jagord no es tal, sino una forma elevada de comunicación intrasensorial o telepática, que solo es capaz de mantener con seres semejantes a él mismo? Hay algo peor que estar ante un discapacitado, y es estar ante un ser de dotes incomprensibles. Eso me detuvo, como cuando niño jugaba con mis primos a las congeladas y cumplía a cabalidad con las reglas del juego, hasta que alguien se comedía en descongelarme, luego, claro, de ser su hazmerreír.

La combinación de ajedrez y Jagord pasó a ocupar un espacio en mi olvido. Así, simple, ¡hasta nunca!

 

Carlos Vásconez

Carlos Vásconez

Escritor

Más Historias

Más historias