Desde su llegada a la Casa Blanca, hace un poco más de un mes, a Donald Trump se le pueden achacar muchas cosas, pero perder el tiempo no es una de esas. Una avalancha de ideas, propuestas y decisiones, donde constan el querer anexarse Groenlandia —con la oposición del reino de Dinamarca—, el cambio de nombre de golfo de México a golfo de América —con la consabida queja del gobierno mexicano— y la idea de adquirir los territorios de Gaza —con la venia de Israel y las protestas de los palestinos—, sin olvidar las políticas migratorias y una ola inusual de deportaciones de indocumentados desde el territorio estadounidense.
Trump, que se ha declarado amigo de Vladimir Putin, ha puesto las manos en la masa cuando anunció que busca terminar con la guerra en Ucrania. Así fue como envió a su joven vicepresidente, J.D. Vance, a negociar —más bien a imponer— la paz al presidente ucraniano Volodimir Zelenski. Pero, la iniciativa de Trump corre el riesgo de confundir paz con abuso. El mandatario ucraniano exige que en las negociaciones esté Ucrania y no solo Rusia, Europa y EE.UU. Por eso se debe tener mucha cautela antes de comentar sobre los acontecimientos en Ucrania. “No hay un plan de paz”, dijo Zelensky tras su reunión con Vance en Munich.

Mientras tanto Rusia está entre la euforia y los cálculos: “¿Ucrania? Putin se siente lo suficientemente fuerte para alcanzar el objetivo final». Al zar soviético poco le importan las formas y por ahora ejerce su liderazgo buscando alcanzar sus objetivos. Los analistas sostienen que es muy fácil negociar con Putin: solo hay que darle lo que pide.
Tras el anuncio del inicio de negociaciones entre EE.UU. y Rusia para poner fin a la guerra en Ucrania, los ultranacionalistas temen que exista una trampa. Asimismo, declarar una tregua también puede ser una apuesta arriesgada. Los periódicos rusos se burlan de Zelensky y elogian al zar.
«¿Cómo se llama el tipo que andaba diciendo que había recibido 177 mil millones de dólares de EE.UU., sólo recibió 55 y ahora tiene una deuda de 500?», Moscú se ríe
Desde los tiempos de la URSS, el chiste se consideraba como la verdadera voz del pueblo y en Rusia el humor espontáneo sigue siendo un termómetro de la sociedad. Cuando de un determinado acontecimiento inmediatamente brotan decenas de chistes, que se difunden a través de las redes sociales y el chat, significa que fue apreciado casi de inmediato.
“Después de su primera llamada telefónica, los dos presidentes programaron inmediatamente otra serie de reuniones: Trump debe terminar de escuchar la disquisición de Putin sobre los pechenegos…”. Estos últimos eran la tribu nómada, a menudo citada por el presidente ruso, que atacaba y saqueaba la Rus de Kiev, reclamando su territorio.
«¿Cómo se llama el tipo que andaba diciendo que había recibido 177 mil millones de dólares de EE.UU., sólo recibió 55 y ahora tiene una deuda de 500?», Moscú se ríe. Pero, haciendo caso omiso de la avalancha de nuevos chistes sobre Volodymyr Zelensky, la cuestión no pinta tan sencilla como lo creen en Rusia.
De todos modos, la alegría también contagia a los medios de comunicación, siempre alineados, pero generalmente más moderados. El periódico Moskovsky Komsomolets tituló en primera plana: «Zelensky está en pánico: Trump se prepara para destripar a Ucrania como si fuera un arenque».
Un experto consultado por el periódico Rbk se muestra confiado en que “este diálogo nos permitirá alcanzar todos los objetivos que nos fijamos al inicio de la Operación Militar Especial”. Es curioso el giro histórico llevado a cabo por el sitio geopolítico Ura: “Putin logró derribar el telón de acero que Occidente había tendido sobre Rusia”.
Más allá de las bromas y chistes dirigidos al enemigo ucraniano, hay tres niveles de análisis sobre el significado de esta primera llamada telefónica entre Vladimir Putin y Trump. Del primero se ha dicho: es el que apunta al vientre de Rusia. Komsomolskaya Pravda no huye del clima de júbilo y en su editorial recita un réquiem por la tesis «nada de Ucrania sin Ucrania».
El segundo nivel está representado por la galaxia ultranacionalista de los puros y duros, que domina la comunicación social y televisiva, a pesar de no tener ya ningún referente político tras la rebelión y posterior desaparición de Yevgeny Prigozhin. En el sitio de referencia Tsargrad, creado por el devoto oligarca Konstantin Malofeev, surge una duda: “¿realmente necesitamos congelar la Operación Especial?
Y agrega: “en estos últimos meses debemos apresurarnos a apoderarnos de Kherson y Zaporizhzhia y recuperar las tierras de Kursk conquistadas por el ejército ucraniano. Porque una tregua nos fortalecerá a nosotros y, ciertamente, a nuestro enemigo». El canal Rybar advierte que será largo: “hablaremos cada vez más sobre posibles negociaciones, pero las hostilidades no cesarán, aunque sólo sea porque por ahora todo está en la fase de discusiones a distancia”. Ésta es la primera duda que se cuela entre muchas certezas.
Mientras tanto, Putin seguirá apaciguando a Trump ofreciéndole concesiones que el presidente estadounidense presentará como un «acuerdo maravilloso».
Pero para encontrar una posible respuesta a la única pregunta que realmente importa, hay que pasar a la categoría de agentes extranjeros, politólogos y expertos disidentes que viven en el extranjero. ¿Qué quiere realmente Putin? El siguiente resumen es de Tatiana Stanovaya, una de las figuras más serias de la diáspora opositora rusa.
“Su objetivo es obtener una Ucrania sin potencial bélico, con una Constitución reescrita y con la garantía de su no ingreso en la OTAN. Putin también está dispuesto a que estas negociaciones fracasen. Para el Kremlin, Occidente no tiene forma de revertir sus ganancias territoriales y evitar la desintegración de Ucrania”.
Con la ayuda de Trump este proceso podría acelerarse, pero sin su ayuda sucederá de todos modos, tarde o temprano. Mientras tanto, Putin seguirá apaciguando a Trump ofreciéndole concesiones que el presidente estadounidense presentará como un «acuerdo maravilloso». Pero estas minucias no distraerán a Rusia de su objetivo final: obtener una Ucrania amistosa en sus propios términos”. Es uno de los pocos análisis que actualmente va más allá de la indignación partidista ante el eje ruso-estadounidense.
No obstante, en días recientes se viene dando una guerra de declaraciones en varios frentes. Trump dice que el presidente ucraniano es “un dictador nunca electo y un cómico mediocre”. Respecto a su pedido de nuevas elecciones en Ucrania, sosteniendo que el mandatario ucraniano apenas cuenta con el 4% de respaldo, la respuesta de Zelenski no se hace esperar: “el líder estadounidense vive en una burbuja de desinformación rusa” y “Ucrania no está en venta”.
Para Putin, las reacciones de Zelenski son de “una histeria inapropiada, porque nadie quiere excluir a Ucrania de las negociaciones”. Y como para variar, la Unión Europea aprobó el décimo sexto paquete de sanciones contra Moscú. El primer ministro canadiense Justin Trudeau pidió “que Kiev no sea excluida de negociar sobre su futuro”.
Donald Trump ataca también a Europa sobre la guerra en Ucrania: «ha fracasado, porque no logró la paz». En un post en la red social Truth el presidente estadounidense ratifica que el viejo continente ha gastado menos que los EE.UU. en una guerra que muy cercana. Para Alemania, “solo Putin quiso la guerra”.
Los comerciantes de la calle Arbat, la antigua calle del centro de Moscú, comprendieron inmediatamente el mensaje. Fuera de sus tiendas, en lugar de la figura de cartón de tamaño natural de Xi Jinping y Putin, atracción para los turistas que se hacían selfies, apareció inmediatamente la de Trump abrazando al presidente ruso.

Europa va quedándose sola
De luchar por ahogar económicamente a Rusia, la UE pasó a ser el invitado de piedra en la mesa de negociaciones de paz sobre Ucrania. La propuesta de Trump para acabar apuradamente con el conflicto provoca inseguridad en el continente europeo, que no siente garantías ante una amenaza para la que todavía no está preparado para responder si no tiene apoyo de Washington.
Los líderes europeos están molestos ante la marginación constante a la que les somete EE.UU. Trump quiere poner todos los esfuerzos de su política exterior en el indo-pacífico y una guerra en Europa, que ya se prolonga cuatro años, solo le molesta.
Esto puede constatarse en el plan de paz express que el secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, dio a conocer en Múnich y que Trump transmitió por teléfono a Putin. En un discurso previo a la Conferencia de Seguridad, el jefe del Pentágono dijo que el regreso a las fronteras de 2014 —previa a la anexión rusa de Crimea— “no es realista” y aseguró que Ucrania no será parte de la OTAN y atribuyó sus garantías de seguridad solo a los europeos.
Al parecer, todo indica que las negociaciones dependen solo de Trump y no de Europa, y que la solución al conflicto pasa por conceder a Putin todo lo que pida desde el principio de la guerra, posiblemente para evitar el fracaso de una de sus grandes promesas políticas.
A esto se agregan los reparos del presidente estadounidense a permanecer en su país en la OTAN, pues Trump supedita la continuidad a un incremento casi imposible del 5% del PIB en Defensa, una condición que ni siquiera EE.UU. cumple y a la que en Europa solo se acerca Polonia, con el 4,1%.
Europa, entre la espada y la pared
El escenario resulta bastante incómodo para los europeos, que querían despegarse de la dependencia energética de Rusia y ven cómo Washington opta por el proteccionismo e incluso la confrontación y aislamiento de la UE. El planteamiento de Trump es como el del perro que se muerde la cola. Es decir, aumentar el gasto en Defensa, pero dándole toda la ventaja negociadora a Putin sobre Ucrania. El jefe de Estado francés, Emmanuel Macron ha intentado presionar para avanzar en una autonomía estratégica militar, pero, de momento, parece haberse quedado solo.
Según Francia, para que los europeos garanticen un alto al fuego a largo plazo, debe haber un despliegue de alrededor de 40 mil soldados en el frente de Ucrania bajo un contingente dirigido por Polonia. El presidente ucraniano Zelenski ha pedido a los europeos ir más allá y aboga por la creación de unas Fuerzas Armadas de Europa, proyecto que ya fue descartado por Bruselas.
Durante el tiempo de la invasión a Ucrania, la UE quiso ahogar a Rusia con una larga batalla económica. Desde la anexión de Crimea en 2014, la UE mantiene 210.000 millones de euros en activos rusos congelados, un dinero que se buscaba usar para financiar la ayuda a Kiev. Asimismo, la UE quiso afectar la economía de Moscú reduciendo la dependencia de sus gaseoductos, con un costo económico, sobre todo en Alemania, que ha visto incrementados los precios de energía y electricidad.
Si bien es cierto que esas medidas causaron daños muy significativos en la economía rusa, el Kremlin ha logrado mantener la invasión apostando por una economía de guerra, lo que agotó la paciencia de Washington que, bajo el mando de Trump, ha optado por una solución rápida.
La verdad es no se pudo ahogar a Rusia, no se la pudo frenar en su objetivo militar y tampoco se ha causado un grave daño en su economía. La Unión Europea siempre apostó por el multilateralismo, por el que Ucrania debe decidir su futuro. Pero, no hay que olvidar que esta apuesta por negociaciones de paz llega porque todo lo que se intentó hacer previamente fracasó.

Érase una vez la solidaridad con el pueblo ucraniano
Hay un aire de rendición europea ante la paz que se avecina en Ucrania, de la que quizás Putin salga vencedor. Y una total subestimación de lo que significa la aparición de un nuevo orden mundial donde Europa corre el riesgo de quedar reducida a un espacio geográfico. Donald Trump simplemente está haciendo lo que prometió. Por esto, no hay de qué sorprenderse.
Dejando de lado las cuestiones geopolíticas hay que plantearse si tras la agresión rusa, cuando hubo un estallido de solidaridad, ya pasados tres años lo que hay hoy es indiferencia. El tiempo pasa, la guerra ha tenido sus costos (y los tendrá más para la Unión Europea), porque no siempre se puede vivir en emergencia. Sin embargo, el sufrimiento ucraniano sigue y a ello se suma un sentimiento de soledad.
El analista Joaquín Hernández en su artículo ¿La hora más oscura de Ucrania? Sostiene que “todas las personas de bien quieren que la guerra desatada por Rusia contra Ucrania termine, pero no a costa de esta última”.
Agrega que actualmente “nos encontramos en un mundo de violencia donde los poderosos parecen ser los que tienen la última palabra. Así ha sido siempre en la historia de la humanidad. Occidente rompió la fatalidad de esta condición de la especie con el cristianismo, el derecho y la razón, en suma, una nueva concepción de lo humano. Sin embargo, ahora en el siglo XXI, el horizonte de este optimismo tecnológico es siempre la barbarie, es decir el reconocimiento de que los más fuertes, los matones, son los que tienen la última palabra”.
Todos quieren que la invasión de Rusia contra Ucrania termine, pero no a costa de esta última. La paz no debe ser consecuencia del sacrificio de Ucrania.
Ucrania fue invadida hace tres años por Rusia ante una Europa dormida, que todavía creía en el fin de la historia de Fukujama y en la llegada de una nueva época de libre mercado y globalización. “Hoy Europa se ha dado cuenta de que las lealtades no son permanentes”, agrega Hernández, que subraya que, “además, paradójicamente, enfrentar los problemas derivados de su pérdida de confianza en los valores occidentales que hicieron de Europa, Europa, y le impidieron siglos atrás ser una colonia más de las grandes dinastías de Asia”.
“Todos quieren que la invasión de Rusia contra Ucrania termine, pero no a costa de esta última. La paz no debe ser consecuencia del sacrificio de Ucrania, que perdería por ello territorios ocupados por Rusia ilegítimamente y que aceptaría no ingresar a la OTAN”, agrega el articulista.
Lo cierto es que esa paz no puede ser negociada sin la participación de Ucrania, salvo que ocurra una vergüenza parecida a la del primer ministro británico Chamberlain negociando con Hitler a espaldas de Checoeslovaquia, previo al inicio de la segunda guerra mundial y de la anexión de esa república. Putin no quiere renunciar a sus sueños imperiales. Chamberlain tardó un año en darse cuenta, cuando el nazismo se había tomado media Europa. Dice el dicho que “los hombres repiten la historia no porque la desconozcan sino porque la desprecian”, culmina Hernández.