“No hay futuro”, dicen en las calles de Puerto Príncipe, la capital violada por el siglo XX, con treinta años de dictadura de los Duvallier y ahora asediada por la alianza de bandas criminales. Llegar a la noche con vida no es un hecho: en tres meses hubo 2.500 asesinatos, secuestros y heridos en el país.
El testimonio de un periodista italiano, Simone Coccia, es desgarrador: “el amanecer es el mejor momento para ir a buscar cadáveres. Desde hace un par de horas el aire es respirable y el sol caribeño aún no ha cocinado la alfombra de basura que cubre la ciudad. Los miasmas todavía se sienten, no desaparecen ni siquiera de noche: es el cálido aliento de Puerto Príncipe, que no te permite olvidar ni por un instante dónde has aterrizado.
Agrega: “un pañuelo apretado sobre la boca y la nariz lo hace soportable, por un tiempo. La horda humana de personas sin hogar duerme en el suelo, las brasas encendidas durante el toque de queda iluminan a una mujer que ronca en una alcantarilla, a un anciano que ha encontrado un lugar entre los restos de un coche, a un niño que dormita dentro de una carretilla. Algunos de esos cuerpos tienen un agujero en la cabeza y nunca más volverán a levantarse. En Puerto Príncipe la noche no trae buenos consejos, sino asesinatos”.
“¿La situación? Inquietante”. Dice Sor Marcella Catozza, con voz tonificada y un discurso tenso que no da muestras de desánimo. Lo que dice sobre Haití, su Haití, da escalofríos: “hay disparos por todas partes. Hay robos, asaltos, asesinatos. La gente tiene miedo de salir. Los camiones circulan cuando pueden.
“El amanecer es el mejor momento para ir a buscar cadáveres. Desde hace un par de horas el aire es respirable y el sol caribeño aún no ha cocinado la alfombra de basura que cubre la ciudad. Los miasmas todavía se sienten».
“Esto significa que las tiendas a menudo permanecen vacías e incluso falta agua potable. Aquí tuvimos que esperar unos días a que lloviera para beber. Y si antes las zonas de mayor riesgo en Puerto Príncipe eran los barrios marginales, alrededor del mar, ahora las bandas atacan también los barrios ricos, como Laboule y Thomassin. La ciudad está fuera de control».
Catozza, monja franciscana de 61 años, vive en la isla caribeña desde 2005. Ha visto alrededor de doscientos mil muertos por terremotos (en 2010), el drama de la Covid, el asesinato de un presidente en ejercicio (Jovenel Moïse, asesinado por un comando el 7 de julio de 2021) y la proliferación de bandas armadas.
El país está en el puesto 151 (de 176) en la clasificación mundial del PIB per cápita (la gente vive con máximo 4 dólares diarios). Pero ella no esperaba tal tragedia. Ni siquiera cuando pasó tardes enteras negociando con los dirigentes del barrio pobre de Warf Jeremie para convencerlos de que se alejaran de Kay Pè Giuss, hogar de acogida de 150 niños y jóvenes abandonados, muchos de ellos discapacitados. “Siempre nos hemos salido con la nuestra, hasta ahora. Pero en este momento es difícil», confiesa.
La implantación del plan creado por EE.UU. y Canadá para hacer frente a la enésima emergencia que vive Haití sigue encontrando obstáculos, mientras las fuerzas de seguridad de la isla caribeña llevan a cabo una serie de sangrientas operaciones contra las bandas armadas que controlan amplios sectores. del país y, en particular, de la capital, Puerto Príncipe.
Los desacuerdos cunden entre las fuerzas locales, elegidas por Washington y Ottawa para gestionar una «transición». Esta ha sido calificada como impopular, porque la política del proceso puso todo en duda, incluido el momento del despliegue de otro contingente militar extranjero que buscaba estabilizar una situación que ahora está casi fuera de control.
El empresario Alix Didier Fils-Aimé es, desde hace pocos días, el nuevo primer ministro de Haití, tras la destitución del cargo de Garry Conille. En su discurso inaugural pidió “trabajar juntos” ante los problemas que afronta el país, en medio de las nuevas amenazas de las bandas criminales. El acto fue celebrado en la Villa d’Accueil en la capital haitiana y en medio de la violencia que asola la zona metropolitana de Puerto Príncipe. Fils-Aimé tomó posesión en un acto encabezado por el presidente del Consejo de Transición, Leslie Voltaire.
El diario español ABC calificaba a Haití como “el infierno olvidado del Caribe». Terremotos, brotes de cólera, violencia… Todo pasa en esta pequeña isla que lleva años sumida en una espiral de desgracias.
Sí, Haití está en una grave crisis humanitaria, política y de seguridad. La situación se agravó luego del asesinato del presidente Jovenel Moïse en 2021, y el fortalecimiento de las bandas criminales que controlan buena parte del país. Algunos de los problemas que enfrenta Haití son el hambre, la violencia generalizada, los desplazamientos, la pobreza, la desigualdad de ingresos, los desastres naturales, la inestabilidad política y una deuda histórica, especialmente causada por la antigua metrópoli, Francia.
En una nota reciente, el diario español ABC calificaba a Haití como “el infierno olvidado del Caribe. Terremotos, brotes de cólera, violencia… Todo pasa en esta pequeña isla que lleva años sumida en una espiral de desgracias. Ahora, las bandas de pandilleros han tomado el control del país y han impuesto el régimen del terror”.
La historia de Haití se ha caracterizado por la inestabilidad política y los desastres naturales. Algunos de los males que enfrenta el país tienen raíces profundas que se remontan a su nacimiento como nación independiente. La crisis actual es resultado de la manipulación de los acontecimientos tras el asesinato en julio de 2021 del entonces presidente, Jovenel Moïse.
Para llenar el vacío creado por su muerte, el gobierno estadounidense, con el apoyo de sus aliados occidentales, impuso y luego apoyó a Ariel Henry en el cargo de primer ministro a pesar de la ausencia de cualquier forma de legitimidad jurídica y en contra de la voluntad de la gran mayoría de la población y de la sociedad civil haitianas.
Ya había habido protestas y manifestaciones contra Moïse por su negativa a abandonar el cargo de presidente y convocar nuevas elecciones al final de su mandato. La llegada de Henry al cargo de primer ministro interino tuvo el mismo resultado, culminando en una explosión de violencia y anarquía con la progresiva intervención de bandas armadas capaces de poner de rodillas a un país ya exhausto y de sustituir en gran medida la autoridad del estado.

Intentos de la ONU
A partir de una petición presentada formalmente por Henry en otoño de 2022, el pasado octubre el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó, con la abstención de Rusia y China, crear una fuerza de intervención militar en Haití.
Sin embargo, EE.UU. y otras potencias occidentales descartaron la posibilidad de enviar directamente a sus propios hombres, por el descrédito de estos países entre los haitianos, que es difícil de sobreestimar teniendo en cuenta los precedentes, incluido el de la misión de «estabilización» de la ONU MINUSTAH, que terminó en 2018, con graves denuncias por la actuación impropia de las tropas.
Luego se eligió a Kenia para hacer el trabajo sucio. Su presidente, William Ruto, contra de la opinión pública de su país, tuvo que enviar mil policías a la isla caribeña, financiados principalmente por EE.UU. Aunque el Tribunal Superior de Kenia declaró inconstitucional el despliegue de policías en el extranjero, Ruto confirmó su compromiso con Washington hasta que, en febrero, se reunió en Nairobi con el primer ministro interino de Haití, Ariel Henry, para establecer detalles de la operación ratificados por la ONU.
La cumbre, de la que el propio Henry fue excluido, decidió la creación en Haití de un órgano no electo llamado «Consejo Presidencial», compuesto por nueve miembros, encargado de seleccionar un nuevo primer ministro.
Sin embargo, unos días después ocurrió algo inesperado. Henry, al regresar de su viaje, fue víctima de una especie de secuestro, casi con seguridad orquestado por Washington. A su vuelo se le prohibió aterrizar en República Dominicana, desde donde debía regresar a Puerto Príncipe. El avión fue desviado a Puerto Rico y agentes estadounidenses esperaban a Henry, a quien se le informó de las nuevas decisiones tomadas por Washington y Ottawa sobre el futuro de Haití.
Para dar una apariencia de legitimidad a las maniobras se convocó una reunión de la Comunidad del Caribe (CARICOM) en Kingston, Jamaica, con el secretario de Estado estadounidense, Antony Blinken. La cumbre, de la que el propio Henry fue excluido, decidió la creación en Haití de un órgano no electo llamado «Consejo Presidencial», compuesto por nueve miembros, con dos sin derecho a voto, encargado de seleccionar un nuevo primer ministro.
Este organismo incluye representantes de la política, las empresas, la iglesia católica y la sociedad civil con el objetivo final de llamar a nuevas elecciones. El mecanismo sirve para dar la impresión de un proceso inclusivo y que reúne un amplio consenso en el país, teniendo en cuenta además que en el «Consejo» se incluyó un representante de la plataforma que en el verano de 2021 firmó el Acuerdo de Montana, donde varios movimientos populares, partidos de oposición y otros actores pidieron una solución interna a la crisis, sin intervenciones desde el exterior.
…en las calles de Puerto Príncipe
Mientras tanto, en Haití la situación sigue empeorando. Las bandas criminales arrasan la capital. Las comisarías de policía son atacadas e incendiadas. Miles de presos escapan de las cárceles y las actividades comerciales y servicios públicos no funcionan. Decenas de miles de haitianos abandonaron sus hogares por la violencia y destrucción de las pandillas.
El líder de una de las bandas más poderosas, el ex policía Jimmy «Barbeque» Cherizier, tras haberse aliado con otros grupos armados, aprovechó el caos y el vacío legal creado para hacerse pasar por un líder revolucionario comprometido con la destrucción de una clase política corrupta para devolver el poder al pueblo. Cherizier, cuando fue entrevistado, anunció el paso a la segunda fase de la lucha, es decir, el «derrocamiento de todo el sistema», donde «el 5% de la población controla el 95% de la riqueza del país”.

Las pandillas haitianas han tenido por mucho tiempo vínculos con figuras de la política haitiana, como los propios Moïse y Henry, y con las élites económicas de la isla. Los espacios que han conquistado son una gran acusación contra los líderes populares y las potencias extranjeras que tradicionalmente han controlado y dirigido los asuntos de Haití de acuerdo con sus intereses. La violencia actual fue aprovechada para introducir otro contingente militar extranjero, cuya legitimación deriva precisamente de la aparente unidad del «Consejo Presidencial».
Las autoridades de Florida, de hecho, dieron a conocer que movilizarán cientos de agentes de seguridad ante la llegada de haitianos desesperados que huyen de la violencia en su país.
Aunque la intervención de EE.UU. y sus aliados no tiene nada que ver con la catástrofe humanitaria en Haití, de alguna manera sí son responsables de la tragedia. Ahora actúan ante el temor de que el empeoramiento de una situación ya muy grave en Haití provoque otra ola de refugiados hacia las fronteras americanas.
Las autoridades de Florida, de hecho, dieron a conocer que movilizarán cientos de agentes de seguridad ante la llegada de haitianos desesperados que huyen de la violencia en su país. En el aeropuerto de Puerto Príncipe se ha disparado en contra de aviones de compañías comerciales, que han suspendido sus rutas.
A este riesgo se une la desestabilización del Caribe, empezando por la República Dominicana, que comparte con Haití la isla La Española, tradicionalmente considerada, junto con el resto de América Latina, como «patio trasero» de Washington. El colapso final de la autoridad estatal en Haití representaría una nueva humillación para EE.UU., más aún por la creciente penetración china en Centro y Sudamérica, y por las crisis, como la ucraniana y de Medio Oriente, que han creado problemas de imagen y estrategia en Estados Unidos.
A la espera de la evolución del plan de «transición» política, siguen a diario los enfrentamientos entre las bandas y la policía, que aparentemente intenta arrebatar a la primera el control del principal puerto de la capital. En el frente humanitario, el Programa Mundial de Alimentos de la ONU publicó algunos datos preocupantes: el número total de refugiados internos es de 360.000, más de 4 millones de haitianos, sobre una población de 11 millones, que viven en una situación de incertidumbre alimentaria con 1,4 millones «a sólo un paso de la hambruna».
Haití es un infierno, torturado por las supersticiones violentas del vudú, azotado por siglos de conquistadores, colonizadores y dictadores locales (los peores Papa Doc y Baby Doc Duvallier). La indignación internacional que siguió al asesinato del presidente Moïse parece hipócrita, si no sarcástica, sobre todo cuando los que se pronuncian son los mismos artífices históricos de las peores calamidades perpetradas contra el pueblo haitiano. Un pueblo que ni siquiera puede imaginarse cuál podría ser la vía para poder resurgir.