Una planta de tratamiento de aguas residuales (PTAR) es una buena vecina: no es ruidosa, no genera malos olores, atrae aves y devuelve agua cristalina a quebradas y arroyos. Eso ocurre desde 2017 en Quitumbe, al suroeste de la capital, en el complejo municipal que procesa las aguas prácticamente muertas que arrojan 15 barrios de la zona.

Es una tarea infatigable: 24 horas-siete días para devolver algo de vida al Machángara, el río de menta de los versos de Jorge Carrera Andrade, el río donde jugaron quienes fueron niños en la primera mitad del siglo XX. El río que incide directamente en al menos un millón de habitantes que viven en la franja de influencia de su cauce, en el centro y suroriente quiteño.
La de Quitumbe es, de momento, la PTAR más grande del Distrito, y aunque procesa el 3 por ciento de las aguas residuales de la urbe, es una especie de escuela-laboratorio de todo lo que se puede hacer eficazmente para rescatar los ríos de la ciudad. De hecho, la Alcaldía afina estudios para la puesta en marcha de cuatro plantas de tratamiento con mayor capacidad: las PTAR Quito, Calderón, Monjas y Tumbaco. Sus coberturas en relación a la población son, en este orden, 49%, 27%, 10% y 4%.
Un viaje mágico, químico-biológico
Parece arte de magia. Una molécula de agua gris —cargada de bacterias, grasas, úrea, antibióticos y olvido ciudadano— emprende un viaje de 37 horas por cuatro estaciones, a lo ancho de las 1,5 hectáreas de la PTAR Quitumbe, hasta convertirse en una molécula de agua clara, apta para la agricultura, el riego de jardines o la recuperación de cauces contaminados. La magia es, en realidad, servicio público de la Empresa Metropolitana de Agua Potable y Saneamiento (Epmaps).

La PTAR Quitumbe procesa actualmente 90 litros de aguas residuales por segundo, pero su capacidad instalada es de 108 l/s, a la espera del crecimiento demográfico en el sector. Por lo pronto, el complejo beneficia a más de 85.000 vecinos de barrios como Manuelita Sáenz, Martha Bucaram de Roldós, La Ecuatoriana, La Concordia o Ninallacta.
“En la planta recreamos, de manera artificial, las condiciones en que la propia naturaleza depura, mediante sus procesos biológicos, las aguas de los ríos”, dice Irina Moncayo, ingeniera en Biotecnología. Hace cuatro años se vinculó a la Epmaps y ahora es la subgerente de Construcciones. Usualmente vestida de jean y zapatos “todoterreno”, Moncayo recorre la planta como niña en juguetería. No es para menos: el complejo es como un parque, con laberintos de hormigón, piscinas circulares, tanques que parecen el Coliseo Rumiñahui a escala y un sinfín de árboles de Eugenia (Syzygium paniculatum). El fruto magenta de esta especie y los espejos de agua del lugar son un imán para mirlos, huiracchuros, pinzones azafranados, golondrinas, y hasta garzas y patos de torrente.
3.500 especies de microorganismos se pueden distinguir en cada gota de agua que ingresa a la planta de tratamiento. El 95 por ciento corresponde a bacterias y el resto a microinvertebrados. Todo un ecosistema que se activa con oxígeno, se reproduce, forma alianzas simbióticas y establece comunidades las cuales, por su densidad, se van decantando en los fondos de los sistemas y van dando paso al agua clarificada.
Primera parada del viaje: la gran rejilla


Los ríos que atraviesan el sur de Quito, como el Machángara, desde el este, y el Grande, desde el oeste, nacen de las lomas de Caupicho y las laderas del Atacazo, respectivamente. Y nacen puros, cristalinos, cargados de vida microscópica. Pero a su paso por barrios y pequeños comercios, la gente les hace un cargamontón de residuos.
Las aguas tristes del suroccidente llegan por un túnel conector a la PTAR Quitumbe y en una especie de pozos-rejilla comienza la primera fase de pretratamiento, en la cual se separan la basura que arrastran los arroyos y también las sustancias flotantes (aceites y grasas). Entonces, se filtran inicialmente los sólidos grandes. “En la red de alcantarillado —cuenta Irina Moncayo— vamos a encontrar palos, piedras, botellas, cadáveres de animales, en una rejilla gruesa que los retiene, pero pueden pasar sólidos más pequeños, como una tapa de cola, un preservativo, una esponja, los cuales pasan a un tamiz más fino”.
¿Cuál es el volumen de sólidos que se extrae en esta etapa? El ingeniero Henry Vaca, jefe de la PTAR Quitumbe, cuenta que en la primera canastilla de filtraje de sólidos, ubicadas en los pozos-rejilla, se recolectan 40 kilos cada ocho horas. Luego, en los cribadores más finos se obtienen 50 kilos cada ocho horas. “Retenemos la basura que más podamos para que estos elementos no interfieran en las siguientes etapas de tratamiento, especialmente en los reactores biológicos”.
El agua que queda después de pasar por estos filtros es como la de mar que avanza y se devuelve en la playa, o como el último sorbo de un café con el concho al fondo de la taza, con muchas partículas suspendidas: tierras, restos vegetales, cáscaras de huevo pulverizadas, etc. Henry Vaca cuenta que cada 21 días se retiran 14 m3 de estas arenas.
¿Adónde van estos materiales? “Los sólidos grandes que se obtienen reciben un tratamiento similar al de los residuos sólidos domésticos y por eso son entregados a Emaseo”, dice Viviana Muñoz, gerenta de Ambiente de la Epmaps. Como en el cauce de los ríos también se arrojan grasas, luego del proceso de tamizaje y separación, estos residuos son trasladados hacia un gestor ambiental. “La cantidad que se extrae no es tan grande y por ello entregamos una vez al año, en un recipiente completamente protegido”, dice la joven ingeniera ambiental.
Segunda parada del viaje: la alquimia del oxígeno

¿Qué pasa, en cambio, con las arenas que aún flotan en el agua? La travesía llega ya a la línea de lodos activados mediante aireación extendida: la especie de laberinto de hormigón de la planta de Quitumbe. Moncayo cuenta que se siguen dos procesos. En la fase de levantamiento por aire se inyecta una corriente al flujo “para que las arenas se golpeen entre sí y se laven, es decir, se separen de la materia orgánica”. El oxígeno que se introduce ayuda a la proliferación de bacterias que degradan aquella materia orgánica. Luego, estas partículas pasan al lavador de arenas donde se hace recircular el agua para que al final solo salgan elementos inorgánicos. Este material, en otros países, es empleado como arena para compactación de asfaltos. “A futuro tenemos planificada una planta de gestión de estos productos, que reciba las arenas de todas las PTAR del Distrito”.
Una vez que se han separado los sólidos inorgánicos más finos, el agua aún tiene un color pardo, especialmente porque en su caudal flotan, como si fuesen pequeños algodones de azúcar, verdaderas microgalaxias de bacterias y residuos de materia orgánica. Estos elementos son sometidos a varios ciclos de sedimentación. En una muestra en esta fase, el 0,5% corresponde a biomasa y el 99,5% a agua.
Tercera etapa del viaje: descanso y claridad



Posteriormente, el flujo pasa hacia los espesadores, en un proceso de presión y sedimentación más lento para obtener ya un 3% de biomasa y un 97% de agua. Moncayo, con la paciencia de una maestra parvularia, explica a Plan V que al final de este proceso, el caudal pasa a un deshidratador-centrifugador “que, como en la fase de centrifugado de una lavadora de ropa, saca el líquido hasta llegar a un 20% de sólidos y un 80% de agua”.
Para entonces, en las piscinas circulares del complejo, el líquido cristalino empieza a emerger. Hay paz. Los espejos de agua reflejan estratocúmulos, las tradicionales nubes bajas y algodonosas que anticipan lluvia en el sur quiteño. Y de cuando en vez, estos tanques de clarificación son el sitio de recreo de patos de torrente y hasta garzas.
Aquel 20% de sólidos que se obtiene, de un color a medio camino entre el gris y el verde, se siente al tacto como una plastilina puesta al sol: una masa ni muy dura ni muy suave, pero muy rica en fósforo, “un nutriente esencial para la agricultura”, recuerda Moncayo. El caudal que recibe la PTAR Quitumbe no tiene contaminantes industriales; sin embargo, en la planta se desarrollan análisis cretib, para identificar si en las aguas hay desechos peligrosos, sean corrosivos, reactivos, explosivos, tóxicos, inflamables o biológicamente infecciosos (de allí la sigla cretib). Una prueba de calidad para asegurar la inocuidad en el destino final de estos elementos.

Hasta este momento del recorrido ¿se desprende algún mal olor en cualquiera de las fases? No. “El proceso es aerobio —explica Muñoz—, es decir, se emplea oxígeno y esto evita que se desarrollen los microorganismos que provocan malos olores”.
Moncayo aporta una buena noticia: en las cuatro nuevas PTAR que se construyan, empezando por la de Tumbaco, se implementarán biodigestores en las líneas de lodo para capturar metano y con base en este gas generar electricidad. “Aprovecharemos nuestros propios desechos, bajo condiciones controladas, para obtener energía, en una coyuntura en que este recurso es cada vez más escaso”. En el relleno sanitario de El Inga, por ejemplo, se captura metano y se generan 5 MW.
En la planta de Tumbaco, asimismo, habrá una fase de secado de los lodos que se obtengan para que su composición sea un 70% de sólidos y el resto agua, y así trasladar estos elementos, más fácilmente, a las tareas agrícolas. “Todo en procedimientos sellados para evitar la fuga de malos olores”, reitera Muñoz.
Quico da la razón a las ingenieras de la Epmaps. ¿Quién es Quico? Un perrito callejero, grande, sereno y de pelaje blanco, que fue acogido por los trabajadores de la PTAR y que pasea libremente por la planta sin perturbación alguna. Cuando Moncayo visita el complejo, la cola de Quico es una verdadera hélice a toda potencia.
“Esta es la razón de mi vida: la descontaminación de los ríos es mi meta personal. Cómo me encantaría que los niños de estas generaciones vuelvan a jugar ya en el río, como lo hacía mi padre hace muchas décadas”.
Irina Moncayo, subgerenta de Construcciones de la Epmaps
“Hay un mal concepto sobre las plantas en ciertas comunidades que se están negando la posibilidad de tener estas infraestructuras. Nuestro trabajo de vinculación con la comunidad es clave para cambiar el chip”.
Viviana Muñoz, gerenta de ambiente de la Epmaps
Última parada de un viaje que nunca acaba

El agua ya es clara, no hay rastros de turbiedad. No hay olores. Pero el proceso no corre riesgos, por ello el caudal pasa a la sección de microfiltrado y desinfección mediante lámparas de luz ultravioleta. Solo entonces el líquido puede volver a las quebradas de la urbe. De la PTAR Quitumbe sale un ducto subterráneo, bajo un pequeño bosque de cholanes, molles y alisos, hasta empatar con las aguas de la quebrada Shanshayacu, uno de los principales tributarios suroccidentales del río Machángara.
A simple vista, el agua de la planta corre a lo largo de cinco metros y ya empieza a mezclarse con las aguas grises de Shanshayacu. Las 37 horas de aquella “magia” que convierte una gota de agua gris en una clara parecieran esfumarse en menos de 37 segundos… En ese paisaje, con el arroyo serpenteante en el frío sur quiteño, entre muros de bloque visto y garajes de transportistas pesados, se activa un dilema digno del mito de Sísifo.
En la mitología griega, Sísifo, rey de Éfira, fue castigado por el siempre celoso Zeus. Y su pena fue empujar una inmensa roca cuesta arriba por una colina. Cuando parecía que ya se divisaba la cima, la piedra rodaba y el penitente debía volver a empezar. ¿Se sienten así Viviana Muñoz e Irina Moncayo? Las dos ingenieras reinterpretan el mito de Sísifo como un símbolo de perseverancia. Persistir, dice Viviana, hasta consolidar una cultura ciudadana de cuidado de las fuentes primarias y de ahorro del recurso. Para Irina, el trabajo en la planta es la razón por la cual se despierta cada día. “La descontaminación de los ríos es mi meta personal”.


¿20 años? ¿17?¿En cuánto tiempo los quiteños podrán volver a pasear por las riberas del Machángara de menta? ¿En una década? Ojalá antes, cuando entren a operar las cuatro plantas grandes de tratamiento de aguas residuales. La cuenta regresiva está encendida y en la Epmaps hay gente que trabaja con una insignia en la mente: ser guardianes del agua.


“Esta es la razón de mi vida: la descontaminación de los ríos es mi meta personal. Cómo me encantaría que los niños de estas generaciones vuelvan a jugar ya en el río, como lo hacía mi padre hace muchas décadas”.
“Hay un mal concepto sobre las plantas en ciertas comunidades que se están negando la posibilidad de tener estas infraestructuras. Nuestro trabajo de vinculación con la comunidad es clave para cambiar el chip”.